Interludios románticos 1 Mercurio
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Mercurio

Jennifer Harris

Mi primer beso fue por una apuesta. Tenía doce años y no recuerdo cómo se llamaba. Era rubio y no era guapo. Recuerdo que quería besarlo solo para demostrar que no era bollera, porque aún no había besado a ningún chico y porque me sentaba en la primera fila de la clase.

Me explico. Mi padre nos mudó de Aurora, Ohio, a Laguna Beach, California.

Un choque cultural brutal. Eran los ochenta y yo iba de preppy total, una empollona bollera, y el sur de California era todo pantalones cortos Dolfin, Vans y porros.

Además, acababa de tener mi primera pelea la semana anterior.

Jennifer Cohen empezó a gritarme en el almuerzo y a empujarme.

Iba de: vamos a pelear, vamos, vamos. Yo le dije:

—Estamos peleando ahora —y pregunté—: ¿Qué quieres decir con «ir a pelear»? ¿Adónde?

Y las chicas de mi bando me enseñaban a cerrar el puño. Nunca entendí a qué venía todo aquello, pero me rompió la nariz.

Así que a la semana siguiente, cuando la lengua del - cómo-se-llamara se deslizó dentro de mi boca, solo pensé en las anguilas del zoo.

En cómo se deslizan por el fondo de los tanques, levantando tierra y lodo.

Sabía a Doritos. Mantuve los ojos abiertos.

Detrás de nosotros, mi mejor amiga Suzie hacía muecas.

Me besó en el parque detrás del colegio; había eucaliptos por todas partes y el aire apestaba a eso.

Suzie lo retó a hacerlo. Recuerdo que él dijo: claro, claro, tampoco es para tanto.

—Podría ser peor —dijo.

Pensé que no estaría tan mal.

Pero claro, era a Suzie a quien quería de esa manera preadolescente. Sabía que era bollera, pero no me interesaba que nadie lo supiera todavía. Me hacía sentir por encima de todo, como si me diera igual lo que pensaran esos imbéciles.

Era poder, ¿entiendes?

Suzie murió unos años después. Yo tenía dieciséis y no fui a su funeral.

Le dispararon en Los Ángeles, en un espectáculo de monster trucks.

Un tío le robó el bolso a las puertas del Coliseum.

Era de imitación de cuero, blanco, con dos dólares y un pintalabios dentro.

Un tío se acercó sin más y se lo quitó. Suzie hizo señas a un guardia de seguridad y lo persiguieron dos manzanas hasta un callejón.

Cuando el tío se vio acorralado, se dio la vuelta, sacó una pistola y le disparó a Suzie en medio de la frente.

Se quedaba a dormir mucho en mi casa porque su madre era enfermera y trabajaba en el turno de noche.

Mi madre decía que no estaba bien que estuviera sola tanto tiempo, pero Suzie siempre se escapaba.

Suena raro, pero siempre supe que no llegaría lejos.

Eran sus ojos. Tenían algo triste. Pero en aquella época dormíamos juntas constantemente.

Dormíamos solo en ropa interior, abrazadas.

A veces me tocaba, pero yo sabía que no iba en serio.

Ya se acostaba con chicos. Sabía que conmigo solo estaba aburrida y quería ver si me oponía.

Pero nunca lo hice. Un mes después de la apuesta, la madre de Suzie consiguió trabajo en Huntington Beach, a unos veinte minutos al norte, así que con el tiempo perdimos el contacto.

El día que me enteré de que Suzie había muerto estaba con mi primera novia, Anna, íbamos a hacer bodysurf al Wedge, en Newport, cerca de la calle Treinta y uno con Pacific Coast. Íbamos dando vueltas, con la radio a tope, cantando.

Anna paró en un 7-Eleven de Pacific Coast y justo ahí, en portada de la sección Metro del L.A.

Times, estaba la foto de Suzie. No me fijé en la foto.

Leí el artículo entero sin darme cuenta de que esa Suzie era mi Suzie; la Suzie que había tramado mi primer y único beso con un chico.

Anna me quitó el periódico de las manos.

—Esta es Suzie, ¿no? Erais muy amigas, ¿verdad?

Cogí el periódico y me quedé mirando su foto. Parecía extraña. Como si no tuviera nada que ver con los recuerdos que guardaba de ella. No podía asimilar que aquella chica muerta fuera Suzie Coleman.

Más tarde, en la playa, extendí la toalla, me eché Coppertone del 4 y bajé al agua. Las olas rompían bastante bien ese día. Con una curva lenta. Anna y yo nos metimos y nos dejamos mecer por el oleaje.

La declaración del guardia de seguridad decía: «Había sangre por todas partes, se desplomó sin más. No sabía qué hacer».

En aquel parque con todo aquel olor a eucalipto, recuerdo al chico dándose la vuelta y alejándose entre risas.

Suzie me retó porque ella ya se había liado con varios y supongo que pensó que yo al menos debería besar a alguien.

Recuerdo sus frágiles ojos azules. Recuerdo que me dijo que tenía que abrir más la boca; que a los chicos les gusta cuando abres mucho la boca.