Descubierta en la luz #2
Se suena la nariz con un pañuelo enorme y colorido, y luego imita la voz seductora de Mark, esa de ojalá-pudieras-acostarte-conmigo.
—«Lo siento, nena, pero mi agente cree que esta podría ser mi gran oportunidad».
—Camille, lo siento...
Al fin y al cabo, este tipo de cagada es responsabilidad mía. Se supone que tengo que mantener a raya a mis actores.
—Le llamaré.
—¿Para qué? Está a siete horas.
Respira hondo y se pellizca el puente de la nariz.
—En fin, dice que llegará a tiempo para la función de mañana.
Saca una bolsa de plástico con lo que parecen cacahuetes bañados en chocolate.
—¿Quieres?
Meto la mano en la bolsa y saco un par.
Coge un puñado y se mete uno en la boca, y empieza a despotricar mientras mastica con furia.
—Mira que dejé a mi madre de noventa y un años, que acaba de llegar de Phoenix, sola en casa. Bueno, no exactamente sola, mi vecina va a pasarse a verla, pero básicamente sola, y este imbécil no tiene la decencia de llamar para decirme que no viene. ¡Es tan arrogante!
Otro chocolate al gaznate.
—Nunca he trabajado con un actor como él. Se inventa la mitad del texto y hace payasadas con el resto. Ese tío no reconocería la verdad ni aunque le mordiera.
De pronto, como salida de la nada, una sonrisa le asoma a la cara.
—Ojalá pudiera estar allí cuando los de publicidad descubran que no es tan joven como en su foto.
Me echo a reír. Cuando vino a las audiciones, ni siquiera lo reconocí por aquella foto satinada de hacía veinte años. Pero sobre todo, me alivia que haya dejado de llorar. No sé muy bien qué hacer cuando una mujer llora. Se inclina hacia mí y me coge una mano, apretándola entre las suyas.
—Roque, de verdad que has sido una de las mejores cosas de trabajar en Minutos que pasan. Eres una joya.
Quiero decirle que a mí también me ha gustado trabajar con ella, pero solo puedo pensar en la suavidad de sus manos, en cómo las yemas de mis dedos transmiten esa sensación a todo mi cuerpo.
—A lo mejor podemos hacer un repaso antes de la función del viernes —es lo que consigo decir.
Me suelta la mano.
—No puedo —dice—. Le prometí a mi madre que la llevaría a cenar antes de la función. Vas a tener que sustituirle.
Se me cierra la garganta. —¿Yo?
—¿Por qué no? Conoces la obra mejor que nadie.
—¿Como un repaso del texto?
—Voy a necesitar que también hagas su parte. Los movimientos escénicos me ayudan a recordar. Así que si pudieras leer sus líneas e intentar reproducir su marcaje...
—Eh... claro... ¿por qué no? Quiero decir, si te sirve de ayuda...
—Me ayudaría más que eso —dice, poniéndose de pie—. Y, ¿quién sabe?
Me pone un dedo en el pecho y me dedica una sonrisa traviesa.
—Podría ser divertido.
Un escalofrío involuntario me recorre la espalda.
Diez minutos después, tenemos el decorado y la utilería en su sitio. La obra es básicamente una serie de viñetas que transcurren en un dormitorio, un fragmento de la vida de este matrimonio.
—¿Los técnicos de mesa tienen que venir al ensayo? —pregunta, comprobando su utilería en la mesita de noche.
—No. Solo tú y Mark.
—¿Puede venir alguien más? ¿Taquilla? ¿Mantenimiento?
—No. Todo para nosotros.
Ladea la cabeza y me mira directamente a los ojos. —Bueno, empecemos.
Las primeras escenas van bastante bien. Son las típicas escenas cómicas sobre la vida después de tener hijos.
Sorprendentemente, me sé casi todo el texto de memoria.
Supongo que no debería sorprenderme tanto.
He asistido a un montón de ensayos. Aun así, me siento bastante orgulloso de mí mismo e incluso empiezo a probar suerte con la interpretación.
Ya sabes, metiéndome en el papel y eso. Me paseo por el escenario como si fuera Doug, un gerente de tienda de artículos deportivos aparentemente satisfecho consigo mismo que, en el fondo, anhela darle sentido a su vida.
Vivir, descubro, es fácil cuando las palabras y los movimientos ya están decididos, cuando lo único que tienes que hacer es recitar.
Y Camille da tanto a cambio. Para empezar, escucha de verdad, y aunque sabe lo que voy a decir, actúa como si no lo supiera.
Encuentra matices dentro de matices en su personaje, Anna, una mujer que busca formas de dar vida a sus días vacíos.
Entonces llegamos a la escena, la que le da un vuelco a la obra. Anna ha comprado un libro para reavivar su vida sexual.
—Vuelvo en un segundo.
Considero salir corriendo hacia la salida.
—Tengo que ir al baño. Demasiado café, supongo.
¿Camille espera que también haga esta escena?
En el diminuto baño de los actores, apenas consigo mear y paso una eternidad lavándome las manos. ¿Cómo voy a hacer esto? Toda la escena transcurre en la cama.
Para cuando vuelvo, Camille ya está en su sitio, justo en el centro de la cama grande. —Entonces —digo, intentando sonar lo más natural posible—. Apareces iluminada. Doug está entre bastidores, en la ducha, cantando.
—¿No vas a hacerlo tú también? —pregunta.
Noto que se ha quitado el chal con flecos y ahora lleva solo el vestido de tirantes azul aciano.
—Eh, claro. ¿Quieres que lo haga?
—Bueno, me ayudaría —dice, quitándose el lápiz del pelo. Mechones de rizos entrecanos le caen sobre los hombros—. Esta escena siempre me cuesta.
—Vale. Pues me voy aquí fuera a ser Doug duchándose.
Me retiro entre bastidores y empiezo a cantar Todo de mí... ¿por qué no tomas todo de mí?... igual que hace Mark. La verdad es que en esto él me gana. Soy un cantante pésimo, pero lo doy todo. Lo que sea por Camille.
No puedo dejar de pensar en lo que sé que está haciendo en el escenario: consultando el manual sexual y probando diferentes posturas. Es una escena muy subida de tono, aunque ella la interpreta para hacer reír.
Noto la llave inglesa todavía en el bolsillo.
Sin dejar de graznar, la dejo en la mesa de utilería.
Me reviso la bragueta, por si acaso, y me paso los dedos por el pelo.
He visto cómo la sobreactuación de Mark cargaba esta escena noche tras noche, pero ¿seré capaz de hacerle justicia?
Me vienen a la cabeza las palabras de Jan, la técnica de sonido, esa bollera jovencita.
«Esa Camille está buenísima para ser una vieja».
Los críos, ¿qué sabrán ellos de hacerse viejo?
Termino la canción y respiro hondo, mentalizándome para ser un Doug digno de Camille/Anna, uno que sepa hacer que una mujer se sienta hermosa.
Me asomo por detrás del decorado para ver si ha llegado a la parte en que está de rodillas masajeándose los pechos —ahí es cuando se supone que Doug debe entrar—, pero todavía no.
Sigue leyendo el manual. Así que retomo la canción.
Todo de mí. ¿Por qué no tomas todo de mí?
... Deja el manual y abre las piernas, fingiendo hacerle señas a Doug para que se acerque.
Pone morritos intentando parecer seductora.
El público siempre se ríe en este momento.
Abandona la postura y consulta el libro, lo gira boca abajo y arquea una ceja.
Nuestro público de mediana edad siempre se parte de risa con esto.
Supongo que se identifican con eso de aferrarse a esa cosa mágica que los hará sentirse jóvenes, vivos.
Veo a Camille darse la vuelta y levantar el trasero, luego estudiar el libro una vez más antes de dejarlo y ponerse de rodillas...
La sangre se me sube a la cabeza.
Camille se pone las manos en los pechos y empieza a masajearlos, como si estuviera sacando brillo a un par de tapacubos.
Un elefante, dos elefantes, tres elefantes...
Allá voy...
—¡Anna! —digo con voz grave, voz de Doug. Me imagino llevando solo unos pantalones de pijama.
—Cariño —dice, apartando las manos de los pechos.
—No —digo—. No pares. Me gusta lo que estás haciendo.
—¿De verdad? —dice, volviendo a ponerse las manos en los pechos y acariciándoselos—. Es que estaba leyendo este capítulo: «Cómo seducir a tu pareja».
Gran carcajada del público.