Interludios románticos 1 Descubierta en la luz
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Descubierta en la luz

Clifford Henderson

A fin de cuentas, ni siquiera estoy segura de querer una novia, no a estas alturas de mi vida.

No quiero tener que cambiar. Ya lo hice una vez: dejé de comer carne por alguien.

Vaya, eso sí que no mereció la pena. Mis amigas creen que soy una cabezota.

Me dicen que al menos debería comprar otra silla, quizá incluso una segunda copa de vino: la idea es que así parecería abierta a la posibilidad de tener novia.

Pero ya he probado ambas cosas, muchas veces, y nunca funciona.

Mi piso no es lo bastante grande para dos, de todos modos.

Y me gustan mis rutinas, o manías, como les gusta llamarlas a mis amigas más bocazas.

Mis rutinas son todo lo que tengo. Y ellas no me replican.

Bueno, casi nunca. Las noches pueden ser un poco duras.

Sobre todo los fines de semana. Es cuando mi imaginación se dispara y empieza a pedirme algo más que la cena de microondas de siempre y el maratón de televisión.

Eso es lo que me trajo aquí. Me pregunté: ¿qué me mantendría ocupada las noches de fin de semana? Y la respuesta que me vino a la cabeza fue: teatro comunitario.

Fui técnica en la universidad. Me encargaba de toda la iluminación y la construcción de decorados para los espectáculos.

Se me daba bien, además. Solo que no pude ganarme la vida con eso una vez que me gradué, al menos no con prestaciones y un sueldo decente.

No es que el trabajo que tengo ahora sea muy glamuroso: conducir una carretilla elevadora en una empresa de papel.

Pero soy la única mujer en el almacén y eso me da cierta satisfacción, cuando no me está dando por culo.

Como aquella vez que decidí darles a esos tíos una razón para mantenerse alejados de mi carretilla.

Trataban a Bessie como si fuera propiedad de todos, cosa que nunca hacían con las carretillas de Jerry o de Don.

Si a alguno no le apetecía caminar los cuatrocientos metros de un lado del almacén al otro, cogían a Bessie como si fuera un kart o un taxi, y eso me cabreaba muchísimo.

Así que una mañana llegué temprano y forré la barra antivuelco con tampones pegados con cinta americana, dejándolos colgar de los cordones como pompones de esos coches tuneados.

Problema resuelto. Ahora nadie se acerca a menos de tres metros de Bessie.

No me gusta aguantar gilipolleces. Sobre todo de los tíos.

Con las mujeres es otra historia. Me pongo blandita con las mujeres...

Pero no me hagas empezar. Basta con decir que ya he sufrido bastantes desengaños amorosos y no me apetece que me vuelvan a pisotear el corazón.

Soy demasiado vieja para esas mierdas. Además, tengo la cadera fastidiada, que me está dando mucha guerra esta noche mientras intento mantenerme ocupada esperando a que lleguen los actores.

Soy la regidora de una comedia nueva que se estrenó el fin de semana pasado.

Se llama Minutos que pasan, escrita por un lumbreras local.

No creo que haya tenido la acogida que esperábamos.

Las críticas no fueron malas, pero tampoco la calificaron exactamente de «imprescindible», que es lo que hace falta hoy en día para que la gente mueva el culo y vaya a ver teatro en vivo.

Es la historia de una pareja cuyos hijos ya se han ido de casa, que es parte del problema. Hollywood nos tiene tan enganchados a la juventud y la belleza que a nadie parece importarle la gente de mediana edad y con pinta normalita. En cuanto pasas de los treinta, ya no eres interesante.

El otro problema de la obra es Mark. Actúa junto a una actriz preciosa, Camille, y es como si no la viera.

Solo tiene ojos para la mona y joven operadora de la mesa de luces, Lucy, con la que me toca llevar el espectáculo durante el próximo mes.

Te lo digo, puede que sea mona, pero es tonta de remate.

Tengo que dar los pies de luz un par de segundos antes porque tarda ese tiempo en oír la indicación y luego enviar la información hasta sus bonitas uñas de manicura francesa para ejecutarla.

La chica es espesa. Pero cuando Mark está en escena, dice sus líneas para ella, actúa para ella.

O eso parece: se coloca de cara al público en lugar de mirar a Camille, y siempre está echando vistazos a la cabina como diciendo: mira este movimiento, Lucy.

Y en cuanto sale de escena la acosa, preguntándole si le ha gustado su actuación, si se ha fijado en cómo ha dicho tal línea o en cómo ha lanzado la copa de vino a la chimenea.

No sé por qué el director nunca le llamó la atención.

Yo desde luego lo habría hecho. Pero ahora el director ya está con otro montaje y solo quedo yo para mantener esta mierda en marcha.

Esta noche tenemos un ensayo de repaso. Mi trabajo es abrir el teatro, encender las luces y tener a mano el cuaderno de dirección por si alguno de los actores se queda en blanco. No estoy aquí para dar opiniones. Solo la rutina básica de regiduría.

Como llegué temprano, decidí cambiar un filtro lavanda fundido.

Eso es lo que me tiene subida en esta escalera.

Apagué las luces de sala y el lugar está a oscuras salvo por este elipsoidal en el que estoy trabajando.

Me gusta la satisfacción de colocar un filtro nuevo, ver cómo la luz pasa de blanca a lavanda.

Alguien entra.

Como tengo las luces de sala apagadas, no distingo cuál de los dos actores es.

Ella se acerca al círculo de luz y levanta la vista hacia mí, protegiéndose los ojos con la mano.

—Hola, Roque.

Como siempre, el corazón me da un vuelco triple.

Es tan hermosa bajo la luz, su luz. Esta noche lleva un chal con flecos echado sobre un hombro, que le da un aire bohemio que le sienta de maravilla.

Camille tiene mucha clase. Alta, con el pelo rizado y entrecano recogido en lo alto con un lápiz.

Mechones sueltos le enmarcan el cuello largo.

Un rizo especialmente rebelde le cae sobre el ojo.

Se lo aparta mientras echa la cabeza hacia atrás para verme.

—Eres tú, ¿verdad?

—Sí, solo estaba... eh... poniendo un filtro nuevo en tu especial.

—Gracias, Roque. ¿Ha llegado ya Mark?

—No.

La oigo acomodarse en su sitio de siempre, el de pasillo en primera fila. Es de esas mujeres que llevan un bolso que parece más bien una bolsa de compras elegante. Rebusca en él.

—Enciendo las luces de sala —digo—. Para que puedas ver.

—No te molestes. Me gusta el teatro así. —Sigue rebuscando—. Además, parece que me he dejado las gafas en casa.

—No deberías necesitarlas esta noche —digo mientras bajo de la escalera y la pliego—. Ya te sabes el texto de memoria, ¿no?

Se ríe.

—Eso quisiera, pero la memoria me falló poco después que la vista.

Me río.

—Te entiendo perfectamente. Ayer me pasé media hora buscando las llaves. Resulta que estaban puestas en la puerta. ¡Dejé la compra y me olvidé por completo de ellas!

Espero a que diga algo, quizás que me cuente algo peor sobre su memoria, pero parece distraída. Cojo la escalera y la llevo entre bastidores. No se me da bien eso de hablar por hablar. Nunca se me ha dado.

Detrás de los bastidores está oscuro como boca de lobo.

Apoyo la escalera contra la pared del fondo del escenario y busco a tientas la lámpara de pinza con gel azul; cuando la encuentro, la enciendo.

Me fastidia ponerme tan nerviosa cuando estoy con Camille.

Acabo quedando como una idiota. Parte del problema es que no nos conocemos demasiado.

Durante los ensayos todo ha sido trabajo, y después de los ensayos, bueno, ya tenemos una edad en la que ninguna quiere salir de copas.

Camille es contable. Lo sé porque se ofreció a ayudar al teatro con la contabilidad hasta que contraten a alguien nuevo.

También sé que tiene un par de nietos que la vuelven loca.

Y está soltera. Una vez, en un ensayo, cuando estaban trabajando la construcción del personaje, dejó caer que había tenido experiencias con mujeres.

No recuerdo sus palabras exactas, pero me miró al decirlo.

Supongo que se nota bastante que me van las mujeres, aunque nunca lo he dicho. No hace falta.

Otra cosa de Camille: le encanta el chocolate. Trae bolsas para compartir con todos, pero me fijo en que es la que más pica. Yo siempre cojo un puñado por educación, pero los dulces no son lo mío. Lo mío es la sal.

Una vez que he hecho todo lo que puedo entre bastidores, salgo. Mark sigue sin aparecer.

—Así que... —digo.

—Así que... —dice ella.

Que me aspen si se me ocurre algo para continuar este inspirado fragmento de diálogo. Me agacho y fijo una marca de posición que se está despegando, bañada por la luz lavanda. Es la marca de Camille, donde coloca los pies cada noche para que la luz le dé de lleno.

—¿No deberíamos llamarle? —pregunta.

Me parece tierno que diga «deberíamos» porque las dos sabemos que la que debería llamar soy yo.

—Eh, sí. Deja que encienda unas luces y busque mi hoja de contactos...

—No pasa nada. Lo tengo guardado en el móvil. Llamo yo.

Saca el teléfono y pulsa unos cuantos botones. La luz de la pantalla le ilumina tenuemente el rostro. Me sonríe mientras espera a que conteste.

Ahora me siento como una idiota total. ¿Por qué nunca me he molestado en aprender a guardar números en el móvil?

Son los malditos botones del cacharro. Son demasiado pequeños.

Cojo mi carpeta de geles de repuesto y la llevo a la cabina, luego subo las luces de sala a la mitad, un resplandor dorado muy agradable, y enciendo algunas luces de escenario tenues. No tiene sentido que estemos a oscuras.

Cuando vuelvo, tiene los ojos llenos de lágrimas, pero no de tristeza, sino de rabia.

—¿Estás bien?

—No. No estoy bien. Ese imbécil acaba de decirme que está en Los Ángeles haciendo una audición para un anuncio.

Siento que se me oprime el pecho y me recuerdo que tengo que respirar. El tipo no merece un infarto.

—¿Parecía saber que había ensayo?

—Claro que lo sabía.