Lágrimas y champán #2
—Pensé que esta noche iba a ser diferente —murmuró Amanda—. Tenía tantos planes, como puedes ver por la cocina. Yo... estaba tan segura de que te acordarías y... ¿A quién pretendía engañar?
—Lo siento muchísimo. —Christina le tomó las manos con cuidado de nuevo, y esta vez Amanda no las apartó—. Me siento fatal. No sé qué más decir para que me creas.
—Yo tampoco lo sé. —Amanda le apretó las manos—. Siempre pasamos nuestro aniversario juntas en casa, solo tú y yo.
—Lo sé. Por supuesto que lo sé.
—Y aun así lo olvidaste.
—Así es. No puedo creer que haya metido la pata así. Llevo más de un mes pensando en este día, incluso tengo un regalo para ti... ay, maldita sea. —Christina gimió y dejó caer la cabeza hacia atrás—. Sigue en la oficina.
Para sorpresa de Christina, Amanda se echó a reír con una risita contagiosa, a medio camino entre la alegría y las lágrimas.
—Solo tú, Chrissy. Solo tú.
—Soy un desastre. Por favor, cariño, perdóname.
—Yo también debería pedirte perdón.
—¿Por qué? —preguntó Christina al fin.
—Nunca quise herirte burlándome de tu trabajo. Tengo la boca muy grande. —Amanda alzó las manos con gesto de impotencia, las palmas hacia arriba—. Nunca dijiste nada.
—Sabía que estabas bromeando, es solo que... algunos días...
—...puedo ser insoportable.
—Por lo visto, yo también.
—Pensé que no te importaba nuestro día —susurró Amanda.
—Sí me importa. —Christina contuvo las ganas de llorar—. Soy un caso perdido.
—Sí, lo eres. —Amanda vaciló unos segundos que parecieron eternos y luego le rodeó el cuello con un brazo esbelto, atrayéndola a la cama junto a ella.
—Pero estás aquí ahora —susurró entre besos—. Es lo único que importa. Estás en casa.
—Sí, lo estoy —susurró Christina.
Amanda la soltó y señaló hacia el baño.
—Quítate esa ropa y ponte cómoda.
Cuando Christina volvió al dormitorio con solo una toalla, Amanda estaba sentada en la cama, ofreciéndole una copa de vino.
—Toma —dijo Amanda, con la voz ligeramente quebrada—. Brindemos por nosotras.
Christina tomó la copa y las alzaron en silencio.
—Por nosotras —articuló Christina sin emitir sonido, y la suave sonrisa en los labios de Amanda le desgarró el corazón. Tras chocar las copas y beber el vino, Christina dejó la suya y se inclinó para besarla, queriendo acortar la distancia entre ellas en más de un sentido.
Amanda la atrajo bruscamente hacia sí y Christina se encontró boca arriba.
Los labios y las manos de Amanda parecían estar en todas partes mientras le separaba los labios con la lengua y la besaba profundamente.
Sin aliento por el deseo y aliviada de que parecía estar perdonada, Christina le devolvió el beso con todo su amor.
Christina le tomó el rostro entre las manos, grabando en su memoria cada rasgo querido de aquellas facciones fuertes.
¿Cuántas veces había visto esos extraordinarios ojos gris ceniza fulminarla con ira, o derretirla con una sola mirada sensual?
¿Cuántas veces la había besado Amanda con esos labios carnosos y curvos, recorriendo cada centímetro de su piel?
Christina le pasó los pulgares por los elegantes arcos negros de las cejas.
¿Cuántas veces las había visto fruncirse en concentración o mirarla con confusión dolida o ira cuando discutían?
—Oh, Dios, cariño. ¡Cariño! —Darse cuenta de que había llegado a dar por sentada a esta mujer, esta mujer asombrosa, única, especial, extraordinaria, hizo que Christina se enfureciera tanto consigo misma que se le cerró la garganta.
—¿Qué pasa, Christina? —preguntó Amanda con voz preocupada.
—Nada, cariño. Ahora no. —Christina sonrió con los labios temblorosos—.
Es que eres tan hermosa que me duele el alma.
—Sabía que tenía que ser sincera o este momento extraordinario no valdría nada—.
No he sido justa contigo, ¿verdad? No he sido honesta.
Me he refugiado en el trabajo en lugar de decirte la verdad.
—¿La verdad? —preguntó Amanda, con un dejo de preocupación.
—La verdad es que lo único... quiero decir, la única persona en mi vida que realmente me importa eres tú. Sin ti, todo lo demás —la carrera, el dinero, el estatus, la reputación— carece de sentido.
—Eres quien eres, Christina —dijo Amanda en voz queda—. Una mujer inteligente y ambiciosa. No tienes por qué disculparte por ello.
Christina atrajo a Amanda hacia sí.
—No me estoy disculpando. Lo que intento decirte es que mi trabajo me llena de alegría, pero en parte es porque puedo compartir mi éxito contigo.
Nada de lo que hago o vivo me parece real ni tiene verdadero sentido si no puedo volver a casa y contártelo.
¿Me entiendes? Sin ti, todo es... vacío. Hueco.
Christina le rozó la barbilla con un dedo y le alzó el rostro. Besó lentamente los labios temblorosos de Amanda, una y otra vez.
—Te quiero —murmuró contra aquella suavidad aterciopelada—. Eres todo para mí, mi amor.
—Ámame —exhaló Amanda—. Hazme el amor, Christina.
—Amanda —susurró Christina con voz ronca—. Cariño...
Se recolocó ligeramente para poder acariciar el cuerpo de Amanda.
—Cinco años —murmuró contra su cabello sedoso—. Cinco años contigo, Amanda, con tu amor y tu lealtad. Es algo por lo que dar gracias de verdad, pero soy tan insaciable como tú. Yo también quiero al menos cincuenta más.
—Mmm —ronroneó Amanda—. Trato hecho.