Capítulo 28
Alex no tenía ni idea de cómo había logrado salir de allí. Condujo por la ciudad y solo se detuvo al llegar al Observatorio Griffith, uno de los puntos más altos y desde donde se contempla una de las vistas más impresionantes de Los Ángeles.
Aparcó la moto y se sentó en el césped, con todo Los Ángeles extendiéndose ante ella.
Durante un rato, perdió la noción del tiempo. Se quedó a solas consigo misma, dejándose envolver por el silencio, y por fin consiguió pensar con más claridad en los últimos acontecimientos de su vida.
Mucho más tarde, por fin respondió a la llamada de Lia.
—Al, ¿dónde estás? Llevo horas intentando localizarte —dijo Lia, angustiada.
—Salí a despejarme. ¿Qué ha pasado?
Lia, que en ese momento estaba con Brandie, le contó que habían ingresado a Jill en el hospital y que iba para allá porque todavía no sabía bien el motivo.
Alex se preocupó y quedaron en verse en el hospital.
Llegaron casi a la vez y, una vez allí, se enteraron de que Jill se había desmayado. Tras averiguar dónde estaba, fueron a su habitación.
Antes de entrar, Al se detuvo ante la puerta.
—Espera —le dijo a Lia. Se quitó el anillo de compromiso y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Su amiga no hizo ningún comentario.
Entraron en la habitación.
—Jill, Dios mío, ¿cómo estás? ¿Qué ha pasado? —preguntó Alex angustiada, abrazando a Jill, que estaba en la cama, y después a Sam.
—¿Así que esto es lo que hace falta para que vosotras dos, bribonzuelas, vengáis a verme? Volvisteis hace días y ni os habéis dignado a llamar —se quejó Jill.
—¿Quejándote? Ya estás curada —bromeó Lia, acercándose también a su amiga.
—Por fin habéis vuelto a la madre patria —bromeó Sam, abrazándolas.
—Pero ¿qué ha pasado? ¿Por qué te has desmayado? —les preguntó Alex a los dos.
—Tranquila. Está bien —respondió Sam primero—. De hecho, él o ella también lo está —añadió, sonriendo de oreja a oreja.
Alex tardó unos segundos en entenderlo, pero luego soltó una carcajada de alivio y alegría.
—¡No me lo puedo creer! ¡Qué calladito os lo teníais! —celebró.
—¡Qué noticia tan maravillosa! —se sumó Lia—. ¡Oh, qué bonito!
—Bribona. Y ni siquiera nos lo habías dicho —le dijo Alex a Jill.
—¡Pero si yo no lo sabía! —Sus amigas la abrazaron—. ¡La culpa es toda suya! —Jill señaló a Sam—. Este loco me convenció de dejar los anticonceptivos, y este es el resultado: ¡un Wise más para quitarme el sueño!
—¡Échame la culpa a mí! —Estaba radiante. Los dos lo estaban.
—Chicos, uno más... —dijo Jill, acariciándose el vientre con lágrimas en los ojos.
—Oh, mi niña preciosa, ¡enhorabuena! —Alex la abrazó, emocionada.
—Ahora sí que sé que estás embarazada. Ya han empezado los llantos —dijo Sam, sin poder borrar la sonrisa de los labios—. Solo nos faltan los ataques de histeria. —Se rio pensando en los cambios de humor que tendría que aguantar durante meses.
—Sí, Sam, esto no es más que el principio. Me acuerdo muy bien de Jill embarazada. Que Dios nos pille confesados —bromeó Alex.
Sonaron dos golpes en la puerta y esta se abrió.
—Bueno, ¿cómo están los futuros papás? —Julie entró sonriendo. Acababa de enterarse de la noticia.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Alex, su rostro se tensó. También se sorprendió, porque no sabía que Alex estaba en Los Ángeles.
Julie no sabía si entrar en la habitación o salir corriendo, pero se mantuvo firme. O al menos eso parecía.
—¡Lia, cuánto tiempo! —Se acercó a Lia y la abrazó con cariño.
—Muchísimo, Juh. Te he echado de menos, tía —respondió Lia.
Entonces Julie miró a Alex con una mezcla de firmeza y cautela.
—Hola, Alex.
—Hola, Julie.
Ese fue todo su saludo.
Julie no pudo evitar echar un vistazo al dedo anular de Alex, buscando el anillo que Max había mencionado, pero no estaba. Fue una mirada tan fugaz que no llegó a ver la tenue marca que había dejado. Al fin y al cabo, lo había llevado puesto hasta hacía solo unos minutos.
La incomodidad entre ellas era palpable. Resultaba casi insoportable estar en la misma habitación, y esa tensión se contagió a todos los presentes.
—Cariño, ya que estás bien, vuelvo luego —dijo Alex, besándole la mano a su amiga.
—Sam, tengo que pasar visita a unos pacientes y luego vuelvo —Julie también intentó escabullirse.
Las dos hablaron casi a la vez.
Jill se limitó a observarlas, hasta que se hartó.
—¡No! —dijo Jill, alto y claro.
Todos la miraron y ella empezó a hablar.
—Vosotras dos os quedáis. ¡Qué demonios! Quiero a mi familia aquí conmigo, a todas juntas. ¿Podéis aparcar vuestros problemas un rato y alegraros por mí y por Sam?
—Cariño, tranquila... —Sam intentó calmar a su esposa, en vano, sabiendo que el ataque de nervios que faltaba acababa de llegar.
—No, Sam. Se acabó. Ya estaban buscando excusas para largarse. —Jill hizo una pausa, pero aquella épica bronca estaba lejos de terminar—. Todos los que estamos aquí hemos cometido errores. Todos tenemos miedos e inseguridades porque somos humanos, y la cagamos pero bien.
Julie abrió la boca para decir algo, pero no la dejaron.
—Ni lo intentes. Hoy vosotras dos solo escucháis —advirtió la furiosa cuñada.
Alex no se atrevió a pronunciar una sola palabra.
—¿Sabéis cuál es el problema? No sabéis hablar, y desde luego no sabéis perdonar. Y puedo afirmar con total seguridad que vosotras dos… —Señaló con un dedo a Alex y luego a Julie—. No tenéis la madurez que requiere el amor.
Ninguna de las dos sabía dónde mirar, pero siguieron escuchando el primer arrebato oficial del embarazo de Jill.
—Cuando me enteré de que os habíais enamorado, supe que acabaría mal. Estaba segura. Pero luego vi crecer ese hermoso sentimiento entre vosotras, y confié en que os ayudaría a superar los momentos difíciles. Solo que ambas sois inmaduras.
Respiró hondo antes de continuar.
—Así que esto es lo que va a pasar —Jill extendió una mano hacia Alex y luego la otra hacia Julie—. Juntas o separadas, superadlo. Os quiero, y os necesito a las dos en mi vida ahora mismo. ¿Podéis hacerlo?
Asintieron con las sonrisas avergonzadas de quienes acaban de recibir la bronca de sus vidas. Aceptaron, aunque no tenían ni idea de cómo lograrlo.
Aun así, entendían que era necesario.
Por suerte, avisaron a Julie de una emergencia. De momento, tanto ella como Alex respiraron aliviadas.
—Necesito urgentemente fresas con nata, sal y limón —concluyó Jill, arrancándole una sonrisa a su marido.
Sam sabía que su martirio de antojos descabellados acababa de empezar.
Y volvieron a celebrar el embarazo de Jill, incluso después de su memorable —y muy necesario— arrebato.