Capítulo 21
La voz de Lia despertó a Alex. Todavía estaba agotada, pero sabía que tenía que levantarse.
Medio dormida aún, pensó que el final de la noche anterior había sido más interesante que los últimos meses de su vida.
Estar de nuevo con Julie enredaba sentimientos y sensaciones en algo que no lograba nombrar del todo.
Julie tenía el poder de herirla tanto como de curarla.
Alex se había convencido de que lo mejor para ellas sería recuperar la amistad que siempre habían tenido. Pero cada vez que miraba esos ojos, toda certeza desaparecía. Por mucho cuidado que pusiera en crear distancia con sus defensas, tarde o temprano, todas acababan por los suelos.
—Alex, lo siento, pero tienes que despertarte —insistió Lia—. Tenemos una cita.
—Es a última hora... —respondió Al sin abrir los ojos—. Todavía es temprano.
—¡Es dentro de una hora!
—¿Qué? —Abrió los ojos—. ¡Dios mío, estaba en coma!
—Dúchate para que despiertes del coma... —Lia se detuvo y la miró con una expresión demasiado divertida—. ¿Qué es eso? —Señaló el hombro de su amiga.
—¿El qué? —Alex se miró y vio la enorme marca de mordisco, tan obvia que no tenía sentido negarla. Solo le quedaba prepararse para las bromas—. ¿Colaría si dijera que Rolf me confundió con una extraña cuando llegué ayer a casa y me mordió el hombro?
—Ni de lejos —dijo Lia, riendo.
—Vale. Fue Julie.
—Parece que la pelea fue interesante —dijo Lia con sequedad.
—Oh... tiene una manera de pelear... —Alex suspiró, pero se levantó rápidamente de la cama y se dirigió al baño—. ¡No quieres ni saberlo!
—¡Sí quiero! —gritó Lia.
—¡No! —le gritó desde el baño.
—Solo dime una cosa... ¿habéis vuelto? —preguntó su curiosa amiga, yendo directa al grano.
Alex volvió y asomó la cabeza por la puerta.
—No... lo sé. Y antes de que preguntes, no sé cómo va a ser ni qué va a pasar. ¿Puedo ducharme?
—Ve ya, aguafiestas.
—Oye, Lia, vamos en tu coche. El mío lo tiene Julie.
—No, qué va. Está en el garaje —le dijo Lia.
—¿Ya lo ha traído? —Alex volvió a asomarse, ahora envuelta en una toalla.
—Ahí está. Meg me ha dicho que lo dejó antes.
—Hmm... entonces... vale —dijo Al, y por fin fue a ducharse.
—Te espero abajo —dijo Lia.
—Vale.
Un rato después, bajó las escaleras a toda prisa.
—¿Alguien ha visto mis gafas de sol? —preguntó Alex, que ya iba tarde.
—Aquí. —Meg se las dio.
—¡Gracias! Meg, ¿a qué hora ha traído Julie el coche?
—Sobre el mediodía —respondió la mujer.
—¿No quiso entrar? —preguntó Alex, curiosa.
—No. Solo me dio las llaves y se subió a otro coche con ese amigo alto. —Meg no conseguía recordar su nombre.
—¿Max? —Alex supuso enseguida que sería el enfermero.
—Sí, ese.
—Ah, vale. Gracias, Meg.
—¡Al, vamos! —Lia ya estaba en la puerta, esperándola.
—Vamos, Lia. —Se despidió de Meg con la mano y salieron.
Fueron al garaje, y Alex tuvo que apartar los pensamientos que insistían en arrastrarla a aquel amanecer inolvidable.
Desbloqueó su Lexus clásico, y al abrir la puerta, encontró un capullo de rosa roja enganchado en el volante.
Sonrió al ver el precioso capullo.
—Juh... bien jugado —comentó Lia mientras se subía al coche.
—Es... —Al buscó la palabra adecuada.
—Increíble —sugirió Lia.
—Exacto. —Seguía sonriendo, y Alex no podía dejar de mirar el capullo ni de aspirar su aroma.
—¿No vas a darle las gracias por la rosa?
—Es complicado —dijo Alex.
—Vuestra historia es tan bonita... nunca lo habría imaginado.
—¿Y crees que yo sí? Me irrita y me fascina a partes iguales, ¿sabes?
—Lo sé, Al.
—En fin... vamos. —Dejó el capullo de rosa en su regazo, arrancó el coche y se dirigió a la cita de esa tarde.
Era difícil no pensar cuando el perfume de Julie lo impregnaba todo. Alex habría jurado que lo había rociado dentro del coche a propósito.
—¿Seguro que no quieres replantearte lo de si habéis vuelto? —preguntó Lia, y Alex sonrió.
—Boba.
—Ayer quería matarte por coquetear con la tía del bar.
—Ya me di cuenta. Cuando empieza a apretarse la sien, es que está a punto de explotar.
Alex estaba disfrutando demasiado con aquello.
—¿Cómo pudiste ver eso desde donde estabas? —preguntó Lia.
—¿De verdad creías que estaba tan borracha? —admitió Alex.
—¡Serás cabrona! —se rio Lia—. Cuando metiste tu número en el móvil de esa tía, pensé que Juh os iba a saltar a las dos.
—Si ella supiera... —Alex conducía y se reía con el recuerdo.
—¿Qué hiciste?
—Puse un número equivocado —dijo Alex, partiéndose de risa.
—Eres una diabla. Solo para torturar a Juh.
—Se lo merecía.
Se rieron de las travesuras de la noche anterior hasta que llegaron al restaurante y atendieron sus compromisos.
En el apartamento de Julie...
Julie tenía el día libre y aprovechó para poner en orden algunas cosas del apartamento.
Pero esa noche tuvo una visita inesperada.
Caminó hasta la puerta porque sabía quién subía.
Cuando Alex salió del ascensor y se acercó a ella, Julie sonrió al instante, sobre todo al ver que Alex llevaba el capullo de rosa que había dejado en el coche esa mañana.
—Qué rosa tan bonita —dijo Julie, sonriendo.
—Alguien me la regaló... y ha estado conmigo todo el día.
Ninguna de las dos supo quién dio el primer paso, pero se abrazaron. Largo. Cálido. Necesario.
Minutos después, estaban sentadas en el sofá, una frente a la otra, hablando sin prisas.
—Me hiciste algunas preguntas... en el garaje... —sonrió Alex al decirlo—. Y creo que te debo respuestas.
—Me gustaría mucho que las respondieras.
Alex se detuvo un momento y luego miró directamente a Julie.
—No quiero que te vayas. No quiero que vayas a ninguna parte, y mucho menos al infierno.
Julie se rio.
—Bien.
—Juh... —Alex buscaba las palabras, era evidente—. No tengo control sobre lo que siento por ti. Es aterrador, pero es verdad. Y al mismo tiempo, eres la persona que me da paz.
Julie le prestó toda su atención.
—Nunca seré solo tu amiga. Lo sé ahora. No podría ser solo amiga de la única persona en el mundo que deseo.
Alex le acarició la cara.
—Calmas mi corazón solo con existir.
Ambas estaban conmovidas. Hablar de sentimientos tan profundos despertaba innumerables emociones.
—Tú también eres el amor de mi vida, Juh... y no puedo decir que lo lamente —terminó Alex.
Julie le acarició la cara con suavidad, hablando en voz baja.
—Te quiero tanto... tanto... —le dijo a Alex, y cada palabra rebosaba sentimiento.
Se besaron. Sin prisa. Sin arrebato. Solo un beso delicioso entre dos mujeres que se amaban profundamente.
Había tanto que decir y, sobre todo, tanto que escuchar.
Permanecieron así durante mucho tiempo, hasta que una llamada interrumpió el momento.
Después de la llamada, la expresión de Julie cambió por completo.
—Juh... ¿qué pasó? —preguntó Alex, preocupada.
—Tengo que ir al hospital. ¿Me esperarás?
—Por supuesto.
—Es Josh —le dijo Julie.
—¿El niño? —preguntó Alex. Julie le había hablado del caso.
—Sí...
Se puso las primeras zapatillas que encontró. Se acercó a Alex, la besó en los labios y cogió rápidamente las llaves del coche.
—Te veo luego.
No hubo tiempo para responder. Julie salió casi corriendo. Alex se quedó preocupada, porque sabía cuánto cariño le tenía Julie a ese niño.
Julie condujo todo lo rápido que pudo sin dejar de ser prudente.
Aun así, no fue suficiente.
Cuando llegó, el Dr. Bennett, el médico de guardia esa noche, salió a recibirla. Estaba visiblemente afectado.
—¿Qué pasó? —preguntó Julie, angustiada, y él negó con la cabeza.
Ella entendió ese gesto.
—Dios mío...
—Cuando llegó, ya no pudimos hacer nada más —dijo con pesar.
Se acercó más a Julie y le puso una mano en el hombro.
—Sabemos que los últimos meses fueron un milagro, que viviera tanto tiempo.
Julie respiró hondo y no respondió, pero sabía que tenía razón.
La impotencia era inevitable. De alguna manera, ese niño se había vuelto especial para Julie, e incluso cuando había estado fuera del país o en Nueva York, siempre había mantenido el contacto.
Él la admiraba por participar en trabajos humanitarios. Ella lo admiraba profundamente por tener tanta fuerza con tan poco tiempo de vida.
Julie caminó hacia su habitación, acompañada por la enfermera que lo había tratado. Y cuando la madre de Josh la vio en la puerta, no se lo pensó dos veces. Corrió hacia Julie y la abrazó.
Allí, Julie no era solo la doctora de Josh. Era alguien que compartía el dolor de esa familia.
Las lágrimas llegaron sin permiso, pero aun así intentó contenerlas.
Aun así.
En Josh, Julie veía la misma fuerza que había visto en tantos niños que había conocido por todo el mundo.
Niños que de alguna manera sonreían y encontraban esperanza donde la esperanza ni siquiera debería existir, sin perder la dulzura en la mirada, incluso al enfrentarse a una realidad demasiado cruel.
Muchas enfermeras, sobre todo en pediatría, estaban visiblemente conmocionadas. Todas las idas y venidas de aquel niño habían creado vínculos que no siempre se veían en los fríos pasillos del hospital.
Le contó a Alex lo que había pasado y le dijo que probablemente se quedaría hasta la mañana.
Se quedó con la familia y ayudó en todo lo que pudo. Y, al final, se despidió de Josh y de su familia.
Después de ocuparse de todo, envió un mensaje. Como Alex no respondió, Julie supuso que se había quedado dormida.
Estaba amaneciendo.
Julie caminó lentamente hacia el aparcamiento lateral donde siempre dejaba el coche. Al acercarse, vio a Alex apoyada en él, observándola desde que había aparecido.
Julie la amó aún más en ese instante, simplemente porque estaba allí.
Julie se detuvo frente a ella.
Alex no dijo una sola palabra.
Solo abrió los brazos.
Y Julie se refugió en ese abrazo.
Un abrazo fuerte, acogedor, lleno de puro consuelo.
Julie ya no pudo contener las lágrimas.
Simplemente lloró.