23. Amara
AMARA
—Tu chófer sí que es persistente —dice Electra mientras nos sentamos en una cafetería a la vuelta de la esquina. Iván aparcó delante y está sentado en una mesa al otro lado del restaurante, fingiendo leer el periódico—. ¿Siempre te sigue así? —pregunta.
—Ransome insiste —le digo.
Es quedarme corta. Ransome se habría enfadado muchísimo si hubiera sabido que Iván me permitió almorzar con Electra.
Primero, insistió mucho en que Iván me llevara al salón de masajes y de vuelta a casa, a ningún otro sitio.
Pero además, Ransome nunca ha sido fan de Electra, y nunca lo ha disimulado.
Pero, sinceramente, me da igual. Por eso le dije a Iván que le dijera a Ransome que el masaje me había dejado hambrienta y que necesitaba comer cuanto antes, antes de que me dieran náuseas.
—Me parece increíble que hayas vuelto —dice ella—. Y que lo estés viendo otra vez. Creí que habías dicho que era un cretino.
—Lo es —admito, dándole un mordisco a mi sándwich y saboreándolo. Ransome dice que el tocino no es bueno para los bebés. Algo sobre los nitratos. Pero por cómo se mueve el pequeño dentro de mí ahora mismo, parece que le gusta sin problema.
—También es una locura que estés embarazada. Muy embarazada. Y no me lo hayas dicho —dice con tristeza en los ojos. No ha tocado su ensalada de pollo.
Me muerdo los labios.
—Lo siento. Pero no pude. Literalmente lo dejé todo. Mi dirección, mi número de teléfono, mi coche. Incluso usé otro nombre durante un tiempo.
—Eso es una locura. —niega con la cabeza—. ¿Con qué clase de tipos se relacionaba Gianni para ser tan peligroso?
—Los chicos del taller —miento. Aunque solo es una mentira a medias. Al fin y al cabo, Tristan estaba relacionado con los coches.
Respira hondo y exhala.
—Bueno, me alegro de que todos estén bien. Y me alegro de que hayas vuelto también. Tenemos mucho de qué hablar —dice con una sonrisa. Y conozco esa sonrisa.
—Vale, cuéntamelo —le digo, dando otro bocado—. ¿Con qué chico estás saliendo ahora?
—En realidad, es el mismo.
Dejo de masticar.
—¿El mismo? —me devano los sesos tratando de recordar de quién habla. Entonces caigo: el señor Podría-Ser-El-Indicado—. Espera. ¿Ese tipo no era un poco imbécil?
—O sea, sí, era territorial. ¿Pero acaso no lo es Ransome también?
—Ransome es diferente —le digo.
—Bueno, este tipo también. Además, tiene dinero. Muchísimo. —sonríe mientras toma su mimosa—. Y me deja hacer lo que quiera.
—Suena demasiado bueno para ser verdad —le digo—. ¿No te controla para nada?
—Oh, sí que lo hace. Es solo que no le importa demasiado. Trabaja muchísimo. Al parecer, tiene un trabajo muy importante y muy peligroso. —Electra sonríe como si fuera algo bueno.
Se me encoge el corazón. Electra no tiene precisamente un buen historial con los hombres, realmente dudo que esta vez vaya a ser mejor.
Una parte de mí quiere advertirle. Decirle que no todo lo que brilla es oro y que esté atenta a las señales de alerta. Que tenga cuidado.
Por otro lado, ¿quién soy yo para dar lecciones? Estoy con el mismísimo Sr. Tóxico. Me quedé embarazada de su hijo y todo. No soy tan ingenua como para creer que puedo decirle a nadie cómo vivir su vida.
—Bueno, me alegra que nos hayamos podido ver —choco mi refresco light con su copa de mimosa—. Además, me alegra que estés feliz —mi sonrisa se desvanece un poco, no puedo evitarlo—. Solo prométeme que tendrás cuidado. Lo que parece demasiado bueno para ser verdad nunca lo es en realidad.
—Fue un brindis terrible —dice ella, pero al final ambas acabamos riéndonos.
Después del almuerzo y una despedida muy larga, durante la cual Electra me convence para que intercambiemos números de teléfono, con la condición de que no me llame sin par, Iván me lleva a casa.
Sorprendentemente, Ransome no ha llamado ni enviado ningún mensaje. O está muy ocupado o Iván se las arregló para guardar silencio.
Decido darme un baño en cuanto llego. Hacía mucho que no me daban un masaje, creo que había olvidado lo mucho que duelen los músculos después. Pero el agua no está lo suficientemente caliente como para que penetre bien y de repente me dan escalofríos, así que salgo y decido acostarme temprano.
Durante un rato, doy vueltas en la cama, con la mente ocupada en los pensamientos del día.
Fue una locura volver a la ciudad hoy. Prácticamente no he ido a ningún sitio desde que regresamos. Fuimos directamente del aeropuerto al hospital y luego a la finca. Es como si hubiera vuelto, pero no del todo.
Tampoco puedo dejar de pensar en Electra. Fue tan bueno verla. Se me saltan las lágrimas de solo pensarlo. En la libertad de su vida. Citas espontáneas, moverse por la ciudad sin que nadie la vigile. Sin preocuparse de quién la observa.
Un fuerte dolor en el vientre me hace estremecer.
—Supongo que tú también estás cansado de no poder estar cómodo. —me incorporo—. Seguro que para ti es peor, retorcido ahí dentro como un pretzel.
Cambio de posición otra vez, esta vez con una almohada entre las piernas y otra presionada contra el vientre para aliviar la presión. A pesar de la incomodidad, mis párpados empiezan a cerrarse y pronto me quedo dormida.
Pero no estoy exenta de sueños.
Me vienen a la mente imágenes de Electra.
La imagino en citas que no terminan con alguien escapando de su cama al otro día.
La idea de que tenga una relación más seria me resulta extraña.
Sobre todo con alguien que tiene tantas buenas señales que, con la iluminación equivocada, podrían confundirse con señales de alerta.
Me despierto en mitad de la noche con un fuerte dolor en el vientre otra vez.
Me incorporo de golpe. La almohada está empapada en sudor y el pelo se me pega a la cara. O acabo de tener una pesadilla horrible o algo no anda bien. Espero que sea lo primero.
Decido servirme un vaso de agua y dirigirme al baño. Al mirarme al espejo, veo mi reflejo. Mis mejillas están enrojecidas sobre la piel pálida como la muerte y tengo ojeras.
Cierro el grifo y llevo mi vaso de vuelta al dormitorio.
Pero justo cuando estoy a punto de acostarme, me quedo paralizada.
El vaso de agua cae al suelo y se rompe. Al otro lado de la habitación, fuera de la ventana, hay un hombre. Solo alcanzo a distinguir su silueta, pero al verlo moverse, juro que lo conozco.
Tristan.
Parpadeo, demasiado asustada para moverme, demasiado asustada incluso para gritar.
Y en un instante, desaparece.
Corro hacia mi mesita de noche, agarro mi teléfono y llamo a Ransome.