18. Amara
AMARA
Tengo los oídos llenos de ruido blanco.
Apenas puedo entender lo que dice Jenica, sus labios se mueven silenciosamente alrededor de las palabras.
—¿No te lo mencionó Ransome? ¿Antes de traerte de vuelta a Nueva York?
Su voz es delicada. Ligera y etérea como la de un ángel. O la de alguien que lleva años practicando para sonar más dócil de lo que es. Práctica que te da la Bratva.
La miro.
Y ella está sonriendo. Sigue sonriendo, joder.
—Ay, Dios mío. No te lo dijo.
Siento como si mis pulmones hubieran reventado como dos globos baratos.
—No —susurro—. No lo hizo.
Entro en la sala de estar siguiendo su rastro. Está pasando las manos por todas sus cosas, dejando su aroma como si fuera la dueña del maldito lugar. Como si fuera su dueña.
Antes de desmayarme, me siento en el sofá.
—Este lugar es tan precioso —dice con voz melosa—. En serio, es como una versión en miniatura de nuestra finca.
—¿Su finca? —repito como un loro.
Jenica me mira.
—Sí. Vivimos en la finca oficial de los Rozanov.
La que heredó de Anton. ¿Es, quizás, tres veces más grande?
—agita la mano como si nada, asegurándose de que la piedra en su dedo refleje la luz.
Probablemente con la esperanza de cegarme—.
Me dijo que tenía otra finca, pero es mucho más pintoresca de lo que me imaginaba.
—¿Cuándo… cuándo has… cuándo él…? —Tartamudeo las palabras, incapaz de formular la pregunta que intento hacer.
Me mira con una sonrisa, se deja caer al otro lado del sofá y suelta una nube de perfume de plumería en el aire.
—¿Cuándo me pidió matrimonio? —pregunta, mirando el anillo con adoración—. Justo después de que te fueras. Estaba destrozado.
—¿Por mi partida? —pregunto.
Jenica aparta la mirada de su anillo el tiempo suficiente para mirarme.
—¿Qué? No. Porque su mejor amigo estaba en el hospital. Le rozó una bala durante una pequeña discusión.
Mi mirada pasa de la perplejidad a la irritación.
—No le rozó. Fue un disparo directo. Me sorprende que haya sobrevivido. Había muchísima sangre…
—¿Estuviste allí? —retuerce la nariz como si fuera lo más grotesco que jamás haya escuchado.
—Sí. Mi hermano también —el veneno me sube por la garganta—. Y Tristan. También desapareció después de eso, por lo que oí.
Jenica esquiva la pregunta. No es de extrañar.
—Eres una auténtica salvaje, ¿verdad? Las mujeres de la Bratva nunca se meten en el trabajo de los hombres. Es… impropio. —su sonrisa se torna menos dulce y más venenosa—. Nuestro trabajo es apoyarlos. Alimentarles el ego. Hacerles quedar bien, ¿sabes?
La miro con expresión impasible.
—Creo que sus egos están perfectamente bien sin necesidad de halagos.
Su máscara se resquebraja un poco antes de continuar.
—En fin, Ransome finalmente recapacitó cuando te fuiste. Sin más distracciones, pudo tomar la decisión correcta. Nos casamos en cuestión de semanas, una boda enorme y ostentosa, sin escatimar en gastos. Obviamente —ríe de nuevo, mostrándome el anillo.
—Obviamente —repito con una sonrisa pícara. Mientras tanto, mi mano está sobre mi vientre, mis dedos rozándolo. Sus ojos, lo quiera o no, no pueden dejar de observar el movimiento, y sé que estoy clavando una puñalada en su punto débil.
—Entonces te ama —digo, pero es más bien una pregunta.
—Claro que me ama. Estamos casados. Supongo que eso se da por sentado.
Inclino la cabeza de un lado a otro.
—Los matrimonios concertados no siempre implican un compromiso emocional.
Con eso, su sonrisa se transforma en un ceño fruncido y una mirada fría.
—No sabes nada de nosotros. No sabes nada de las mujeres como yo.
—Y eso está bien —digo levantando las manos—. No tengo ningún deseo de hacerlo.
—Las mujeres como yo son el único tipo de mujeres con las que hombres como Rozanov se casan.
Trago saliva con dificultad, pero me obligo a ponerme de pie para quedar frente a frente.
—Puede que no esté casado conmigo, pero está comprometido —le digo con la mano aún sobre el vientre.
Jenica sonríe con amargura. Baja la barbilla con un gesto condescendiente.
—No está comprometido, cariño. Está obligado. Hay una gran diferencia. Estás esperando un hijo suyo. Un heredero de la Bratva. Y eso es lo único que le importa.
La sangre me hierve en las venas, pero por el bien del bebé, mantengo la calma.
—Creo que ya has abusado de mi hospitalidad —le digo.
—Estaba a punto de decirte lo mismo. Pero creo que aún te quedan unos tres meses antes de que pueda echarte definitivamente. Y créeme, lo haré.
Jenica sale sonriendo. Cierro la puerta de un golpe tras ella.
Solo entonces dejo que mis verdaderos sentimientos se manifiesten.
Empiezo lanzando un jarrón de flores al otro lado de la habitación y termino desplomándome en el sofá, con el pulso acelerado, las lágrimas corriendo por mi rostro y el corazón roto.
Jenica es una perra. Así de simple. Vino aquí para sacarme de quicio. La verdad es que no lo habría conseguido si no fuera por ese anillo.
Pero el anillo cambia muchas cosas.
Ransome no me dijo que estaba casado. Probablemente porque sabía que, de haberlo hecho, lo habría mandado al diablo en lugar de aceptar volver a Nueva York.
Pero incluso después de llegar aquí, él siguió sin decir nada. Como si yo no fuera a enterarme.
Y eso explica muchas cosas.
Como por qué me quedo aquí en lugar de en la finca que heredó, donde él realmente vive.
Y por qué no se queda a pasar la noche.
Y tal vez incluso por qué no quiso tocarme y se fue antes de que pudiera pasar nada.
Es comprensible que intente evitar problemas, ya que se casó para mantener la paz y toda esa mierda de la Bratva.
Pero también me hace cuestionarme otras cosas.
¿Eran ciertas todas las cosas que dijo cuando estábamos en Montana?
¿Está arrepentido? ¿Cree que se equivocó? ¿Le importo? ¿O todo es por el bebé?
Y si todo es por el bebé… ¿qué me depara el futuro dentro de tres meses?