Inocencia Feroz (La Bratva Rozanov nº 2) 15. Ransome
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15. Ransome

RANSOME

No voy a mentir.

Salir de mi casa, mi verdadero hogar, y dejar a Amara sentada en el sofá con los labios fruncidos casi me mata.

No solo porque me siento fatal por haberle dado falsas expectativas sobre cómo iban a ser las cosas, sino también porque esos labios fruncidos me vuelven loco.

Me costó muchísimo no arrancarle la ropa y explorar su cuerpo, que lleva a nuestro hijo dentro, con los dedos, la boca y todo lo demás.

Pero no pude.

Para mi mala suerte, Jenica me estaba bombardeando a llamadas. Sabe que he vuelto del viaje y está ansiosa por que vuelva a casa con ella. Pero, obviamente, no por las razones que una esposa suele tener para ver a su marido. Quiere ponerme a prueba.

Y vaya si me presiona. En el momento en que entro por la puerta, se transforma en una auténtica Chadovich.

—Gde ty byl? —espeta. ¿Dónde has estado?

—Ocupándome de mis asuntos —respondo, colgando mi chaqueta.

—¿Hay asuntos más importantes que volver a casa con tu esposa? —pregunta.

—Teniendo en cuenta que no nos casamos por elección, creo que se puede afirmar que cualquier asunto es más importante que eso —digo robóticamente, dirigiéndome a la cocina para servirme un vaso de whisky.

—Ty mudak —se burla. Eres un imbécil.

—En inglés, por favor —digo mientras doy un sorbo y dejo que el whisky me calme los nervios, que ahora mismo parecen cables a punto de estallar—. No tengo energía para discutir contigo en más de un idioma ahora mismo.

—¿Sabes cómo me veo estando casada contigo? —pregunta ella.

—Teniendo en cuenta mi estatus, diría que bastante bien.

Intento dirigirme a mi oficina, pero ella se interpone en mi camino.

—Me veo haciendo el ridículo, Ransome. Te vas de la ciudad sin ninguna explicación más que “es por trabajo”. Lo cual es una tontería, porque literalmente nunca has ido a Montana por nada en tu vida, ni por trabajo ni por ningún otro motivo.

—Fue por motivos laborales —digo, aunque solo miento a medias.

—¿Sí? ¿Cómo así?

Me hago a un lado.

—Fue por negocios.

—¿Qué clase de negocios? —pregunta, poniéndose de nuevo delante de mí.

—Es asunto mío. No tengo por qué contarte dónde estoy ni qué hago todo el tiempo solo porque estemos casados. Este acuerdo es solo para mantener la paz. Pero eso no significa que tengas derecho a controlarme.

Jenica suelta una risa aguda, como la de un pájaro.

—¿A esto le llamas paz? Tu familia anda por ahí con dos resentimientos a cuestas, a pesar de que Maverick está vivo y coleando. Mientras tanto, Tristan acecha en las sombras, listo para atacar en cualquier momento, sin importarle en absoluto nuestro supuesto acuerdo de paz.

Chasqueo la lengua. Perder los estribos con ella no sería inteligente pero, joder, me pone difícil mantener la paz que tanto desprecia.

—Quizás deberías dejar de meterte en mis asuntos y canalizar esa energía en ocuparte de tu propia familia, por una vez.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Eso significa que, si sabes algo sobre dónde está Tristan o qué está haciendo, tienes que ponerle un alto. Quizás deberías hacerle entrar en razón y recordarle que, al nosotros estar casados, tiene que mantenerse al margen.

Jenica entrecierra los ojos con una sonrisa amarga.

—Estamos hablando de Tristan. Le importan una mierda las treguas, el margen y la familia. Lo que le importa es el poder y la venganza.

—¿Y a ti qué te importa? —pregunto—. Si la familia a la que se supone que debes lealtad es un equipo en el que no quieres jugar, entonces ¿por qué te importa en absoluto?

—Ah, claro. Como si dejar esta familia fuera una decisión que puedo tomar.

No tengo nada más que decirle. Soy plenamente consciente de que la situación no es ideal.

Cumplir treinta años me coronó pakhan, pero necesitaba el puesto antes.

Es la única razón por la que firmé los papeles.

Y si tuviera que adivinar, la desaparición de Tristan motivó a Jenica a hacer lo mismo.

Ella tenía miedo. Todos en la familia Chadovich con un mínimo de sentido común lo tenían.

Y con razón. Porque, si algo se puede decir de Tristan, es que no está cuerdo.

Es irracional. Desquiciado. Sediento de poder.

Mi teléfono vibra. Reviso el mensaje antes de regresar a la puerta principal.

—¿Adónde vas ahora? —pregunta bruscamente.

—A una reunión —respondo.

—¿Por la noche?

Esa respuesta me hace reír.

—¿Eres nueva aquí?

—A ver si lo entiendo bien —dice Maverick al otro lado de la mesa en el salón. Ya estaba harto del interrogatorio en casa, y como no puedo volver a mi otro hogar sin convertirme en un depravado sexual, decidí reunirme con Mav y Baron para tomar una cerveza fría.

—Fuiste a Montana. De alguna manera convenciste a Amara para que aceptara hacerse una prueba de paternidad. Además lograste convencerla para que volviera contigo. Y ahora, ella vive en tu finca mientras tú vives en tu otra finca con tu esposa.

—Sí —digo. ¿Por qué de repente me arrepiento de haber salido con los chicos?

—Así que la mamá sexy está detrás de la puerta número uno. Y la esposa sexy está detrás de la puerta número dos. ¿Hay una puerta número tres? —Maverick se ríe.

Y esa es precisamente la razón por la que me arrepiento.

—Sí, la hay, y detrás está mi puño —dice Baron—. El hombre acaba de regresar de un viaje al otro extremo del país. Busca apoyo, no bromas.

Niego con la cabeza. Mav ofrece una disculpa a medias.

—Lo siento. Parece una situación bastante estresante. ¿Qué vas a hacer?

—Bueno, no puedo abandonar a Jenica. Es lo único que mantiene la paz en las calles ahora mismo. Tristan puede estar desaparecido, pero todos los demás se han portado bien. Pero Amara está embarazada de mi hijo. Mi hijo. Es un Rozanov. No puedo ignorar ninguna de las dos situaciones.

—Es cierto —dice Baron mientras apura su cerveza—. ¿Y cuál es tu plan de acción?

Dejo el vaso sobre la mesa, entrecerrando los ojos mientras pienso. Siendo sincero, no tengo ni idea. Estoy en una cuerda floja muy resbaladiza, colgando sobre un foso lleno de cocodrilos. Si me resbalo, se acabó.

—Voy a decir una cosa —dice Maverick, como si alguna vez se callara—. Puede que las mujeres nos pongan patas arriba. Pero la familia es lo primero. Y en nuestro caso, la Bratva es la familia.

—¿Eso significa que Jenica y la tregua deberían ser la prioridad? —pregunta Baron—. Ese bebé también es de la familia. El legado de la familia.

—Bueno, con eso queda todo resuelto —dice Maverick mientras se termina la cerveza de un trago—. Estás jodido de cualquier manera.

—Jesús. —Baron niega con la cabeza.

Continúo mirando fijamente mi vaso, con expresión seria.

—Es solo cuestión de equilibrio, eso es todo.

Y aunque la verdad es que es un auténtico desastre, siempre se me ha dado bien hacer malabares.

Esto no va a ser diferente. Puedo con la situación de estar casado con una mujer y cuidar de otra.

Mi acuerdo con Jenica es precisamente eso: un acuerdo para evitar un baño de sangre mientras averiguo dónde se esconde Tristan.

Pero mi verdadera prioridad es la otra mujer. La que está embarazada de mi hijo. Aquella cuyo aroma me hizo recorrer el país a su antojo, solo para rebajar mi orgullo y pedirle que volviera conmigo. Algo que jamás hago. Porque no se trata solo del bebé, sea o no heredero de los Rozanov.

Se trata de la madre del bebé.

La mujer que lleva a mi hijo en su vientre.

Y esa mujer tiene un lugar especial en mi corazón.