Capítulo 21
MARTES
Conduje hacia el oeste, hasta Red Rocks, y aparqué en un lugar con vistas a Denver.
Abrí la puerta del coche, crucé las piernas y coloqué los pies en el salpicadero. El aire cálido de otoño me acariciaba, trayendo consigo la promesa del frescor que estaba por llegar.
Morales y el coronel habían celebrado una reunión de urgencia e impusieron un bloqueo informativo sobre el caso, hasta que Morales ofreció una rueda de prensa cuidadosamente preparada.
Los periódicos de hoy habían publicado una gran historia.
Bandas que dirigían con éxito clubes clandestinos, forasteros que se entrometían, mataban al personal e intentaban hacerse con el control.
La policía seguía las pistas y los acorralaba.
Sicarios emboscados en un edificio, con una niña como rehén.
Un ataque quirúrgico, de manual, por parte del SWAT.
Una operación limpia y ordenada, todo resuelto.
Sigan circulando, amigos, aquí no hay nada que ver.
Parece ser que habíamos llegado a un mutuo acuerdo para que yo dimitiese de la policía, pero ningún periódico se molestó en publicar esa nota insignificante y sin ninguna relación con el tema.
Morales recibió una lluvia de elogios desde las altas esferas.
Las malas lenguas decían que ayer le nombraron capitán de la Unidad de Delitos Graves.
Ahora, él sabía todo lo que el ejército sabía sobre mí, y había solicitado que estuviera a su disposición como consultora.
Parece que nadie más en el cuerpo sabía nada, aunque ya había dicho que tendría que formar un equipo para casos de emergencia y que habría que informarles.
El coronel desapareció con el escuadrón antes de que nadie empezara a hacer preguntas sobre la presencia de un alto rango militar en Denver.
Volvería para reunirse conmigo a finales de la semana.
Quizá ese era el tiempo que me quedaba en libertad.
Que Morales me hubiera pedido estar de guardia no quería decir que el ejército lo hubiera aprobado.
El Club Agonía había desaparecido. Entré en el edificio vacío con una sensación de irrealidad.
La entrada con la cabeza mecánica no estaba, solo quedaba un enorme agujero.
Habían abierto enormes ventanas en las plantas superiores y ya habían retirado los grandes paneles de cristal negro.
Los brillantes rayos de sol se filtraban a través del cascarón vacío, convirtiendo el aire polvoriento en una miel espesa.
Unos obreros desmontaban ruidosamente los marcos que habían sostenido los paneles de cristal, mientras otros sacaban los materiales y los metían en camiones.
Todo parecía tan cotidiano, casi cutre, como el atrezo de un mago en un escenario expuesto a la luz del día. Como si todo hubiera sido una ilusión. Me pasé los dedos por el cuello y pude sentir el cosquilleo de una presión. No, no había sido una ilusión.
El jefe de obra vino corriendo y me acompañó afuera.
—Es peligroso estar aquí, señora —dijo.
Resoplé.
Cuando empezaba a irme, alguien me llamó.
—¿Señora Farrell?
Me giré. Era difícil estar segura, pero parecía que era el bandolero que nos había traído el champán al despacho de Dominé. Vestía vaqueros y una camiseta, y parecía el universitario que posiblemente era.
—No estaba seguro de que fuera usted —dijo, vacilando al hablar. Se refería a que no iba vestida como un vampiro—. Dominé pensó que usted podría venir.
Le dediqué una sonrisa tensa pero educada, que era más de lo que podía permitirme.
—¿No está aquí?
—Se ha ido a Alburquerque —dijo—. Nos estamos mudando—murmuró, mientras señalaba al edificio—. Bueno, parece evidente.
Suspiré.
—He venido a pedirle disculpas. Fracasé.
Asintió con la cabeza. Sacó un sobre de su bolsillo.
—Dejó esto para usted.
Dentro estaba su tarjeta de visita con su número de teléfono. No había ningún mensaje. En la esquina superior, sujeta con un alfiler, había una brillante púa de un angoisse .
Salí del coche y me senté sobre el capó con las piernas cruzadas para disfrutar de la brisa.
Entre Dominé y el maestro Liu, había tenido mi ración completa de advertencias y mensajes misteriosos durante varias semanas.
Debía mantener las cosas sencillas. Había cambios en mi cuerpo y mi cabeza que tenía que gestionar.
La oportunidad de hacerlo sería un privilegio.
En ese momento, mi cabeza se mantenía firme en la idea de seguir siendo humana, libre y sana.
Todo parecía estar estrechamente relacionado.
Acuné la placa de Tara entre mis manos.
— Vaya, qué cara de felicidad —dijo Tara—. Cuéntamelo todo .
—Bueno, vamos a ver. Lo fastidié todo y una chica murió porque no podía arriesgar mi puesto de trabajo dando falsas alertas.
Un trabajo que, igualmente, he perdido. Acabé con tres vampiros y el ejército está cabreado conmigo porque les hubiera gustado tener una pequeña conversación con ellos.
He incumplido la cláusula de confidencialidad de mi acuerdo, así que imagino que el departamento jurídico del ejército quiere que me fusilen.
Morales sabe lo que me ocurre. El resto del cuerpo de policía, bueno, solo Dios sabe lo que piensan.
Quizá que soy algún tipo de experimento de soldado mutante que se ha escapado de un laboratorio.
Posiblemente la mitad de ellos esté enfadada con el ejército por hacerme esto y la otra mitad por dejarme escapar.
— O ambas cosas.
—O ambas cosas. ¡No me interrumpas cuando estoy lloriqueando!
—suspiré—. El coronel no me ha pedido que vuelva a la base.
Todavía. Eso son buenas noticias. No me va a conseguir otro trabajo, así que ¿qué hago?
Necesito un trabajo, aunque sea de cajera en un supermercado.
En el caso de que me dejasen seguir aquí, sea cual sea el trabajo que consiga, todavía deberé seguir trabajando para el ejército, a cambio de gastos cubiertos y una miseria; y se supone que debo estar disponible como consultora para Morales.
Ni siquiera me ha propuesto una miseria, así que se supone que lo haré pro bono .
— ¿Quién es Bono? ¿No será el cantante?
—Muy graciosa. ¿Dónde voy a conseguir un trabajo que me permita dejarlo todo e ir a cazar vampiros para la policía y el ejército?
— ¡Venga! Tienes una propuesta de trabajo.
—Tenía una propuesta de trabajo. Era para el lunes, estamos a martes.
— Llama .
Un consejo sensato, teniendo en cuenta que venía de una voz en mi cabeza.
Llamé a Whitman.
—Señor Whitman, soy Amber Farrell. Siento no haberle llamado ayer. Tuve un día complicado en comisaría.
—Ningún problema, Farrell, no te preocupes. Podrías alegrarme el día…
—Sí, sobre eso… Me gustaría pasar por ahí y comentarlo…
—¡Genial! ¡Fantástico! Mira, tengo reuniones hasta muy tarde hoy. Ven mañana a primera hora, ¿sobre las nueve?
—Lo haré.
—Perfecto —dijo de nuevo—. Hablamos mañana.
—Lo estoy deseando. Adiós —dije, intentando acertar con el tono positivo y optimista. ¡Sí!
Tendría que practicar eso. Si de verdad iba a tener clientes, tendría que caerles bien. Me estremecí y, todavía con el móvil en la mano, decidí que era mejor hacer la siguiente llamada antes de perder ese positivismo.
—Mamá, hola.
—¡Amber! ¡Qué sorpresa! ¿Es tu día de descanso?
—Oh, no exactamente.
—Mmm… —Hubo algún ruido de fondo—. Bueno, cariño, ya estoy sentada. Me lo puedes decir.
—He dejado la policía.
—Oh, eso es… —Consiguió detenerse a tiempo antes de decir lo maravilloso que era—… interesante. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Vuelves a la contabilidad? John conoce una empresa…
—Tengo… bueno… el tema es que voy a ser investigadora privada —solté.
—No nos precipitemos —dijo precipitándose—. No tienes ninguna presión para encontrar un nuevo trabajo, Amber. Sabes que puedes venir y quedarte en casa todo el tiempo que necesites. Dios sabe que te debo tanto…
—Gracias, mamá, pero necesito hacerlo. De verdad, está bien. Es más seguro que ser contable.
—¿Cómo se te ha ocurrido eso, exactamente?
—Bueno, se me ocurrió sin más. Pero no creo que sea como los detectives de la tele, no es tan emocionante.
No iba a hacerle cambiar de opinión, aunque estuviera hablando con ella otros quince minutos. Nunca sería capaz de explicárselo. Lo mejor que podía hacer era orientarla hacia mi necesidad de independencia y querer un trabajo que no implicase mucho tiempo detrás de un despacho.
¿La verdad sobre mi vida, la amenaza de los priones en mi cuerpo, las obligaciones con el ejército y la policía? Nunca podría explicarle todo eso, aunque quisiera.
A lo lejos, ante mis ojos, la bruma se extendía por los contornos difuminados de Denver.
Estaba segura de que había vampiros ahí fuera; una comunidad que se había estado ocultando durante quién sabe cuánto tiempo. Y el ejército quería que yo averiguara todo sobre ellos. En mi tiempo libre.
También había carreteras allá fuera. La I-70 me llevaría hasta Kansas, la I-25 a Cheyenne, I-76 y I-80 a Omaha.
Me imaginé la red de carreteras extendiéndose como ríos por el territorio, llena de pequeños remansos en los que podría esconderme.
Podría hacerlo. Había sido entrenada por los mejores.
Sería la opción más fácil. Pero ¿qué diría cuando la I-80 me llevase más allá de North Platte y el nudo ferroviario más grande del país?
«Lo siento, Valerie».
¿Y cuántas Valeries podría haber ahí fuera, ahora y en el futuro?
Conduje de vuelta a la ciudad y fui a la tienda de los Schumacher, esperando que estuviesen por allí.
Werner sí que estaba. Klara estaba con Emily y había enviado a Werner a vigilar la tienda.
Emily tenía otra sesión en la comisaría.
Las normas decían que había que darle muchos descansos.
Aunque no sabía muy bien cómo iban a explicarle que la verdadera historia sobre lo que ocurrió en la galería de arte tenía que mantenerse en secreto.
Werner me dio un fuerte abrazo, tenía los ojos sospechosamente brillantes.
Sin pensar en el motivo por el que estaba allí, cerró la tienda e insistió que me quedase hasta que Emily volviera. Intentó sobornarme con café y galletas, como si eso fuera a funcionar.
Luego, cuando estaba sentada en la pequeña cocina, trajo una caja.
—Son para ti —dijo— y te garantizo que nunca, mientras vivamos, te faltarán un par de mis botas.
Eran preciosas. Botas de vaquero hechas a mano, con el tacón más bajo que otras, así que podía llevarlas también al trabajo. Había un cinturón a juego. Era un diseño exclusivo para mí; solo mío y, según dijo, nunca lo haría para nadie más.
Llámame frívola, pero me las puse y me sentí mejor.