Capítulo 20
Entré corriendo en la oficina de al lado, ignorando los gritos frenéticos de la recepcionista.
Encontré una salida hacia el aparcamiento, que a su vez daba a la galería.
Habría sido demasiado esperar que la puerta de la galería estuviera abierta, pero al menos había ventanas por las que podía mirar.
Una de ellas estaba entreabierta, permitiendo la circulación del aire.
Me agaché para que no me vieran y la sacudí suavemente, pero estaba demasiado bien cerrada como para forzarla.
Al asomarme por el alféizar, no vi ningún movimiento en el interior.
Pero oí a unos hombres discutiendo y a una niña llorando.
La recepcionista apareció en la puerta trasera de la oficina y estaba a punto de salir al aparcamiento.
Saqué la HK de la funda del hombro. Esa cosa es enorme; era imposible que no viera lo que era.
Se llevó la mano a la boca y volvió a desaparecer en el interior del edificio, dando un portazo tras de sí.
—Aquí oficial Farrell. Estoy en el aparcamiento detrás de Galería del Sur, en Cheyenne. Tengo razones para…
La radio chirrió como suele hacerlo cuando alguien intenta interrumpirte.
—Farrell, estás suspendida, zorra estúpida. Sal de la puta radio. —La voz de Buchanan se escuchaba distorsionada por sus gritos en el micro.
Cerré los ojos, hice una pausa y continué.
—Tengo razones para pensar que los secuestradores de Emily Schumacher están en la galería. Solicito la presencia inmediata del equipo de intervención en el lugar.
—Farrell…
Se oyó un ruido ahogado, seguido de un silencio, luego el operador volvió a hablar.
—Entendido, equipo de intervención alertado.
Pasó el micro a quien estuviera al mando del equipo.
Un minuto más tarde, descubrí quién era. Escuché la voz de Morales.
—Farrell, ¿está segura? —Al menos no estaba discutiendo sobre mi situación laboral con la policía.
—Si, teniente. Puedo escucharlos discutir y la niña está llorando.
—El equipo está de camino. Manténgase al margen y no haga nada.
Los vampiros se habían recuperado lo suficiente como para esconderse de miradas indiscretas.
Si estaban siendo tan racionales, su discusión podría ser sobre cómo iban a salir de esta.
No se habrían dado cuenta de que yo estaba allí, y tampoco sabían que el equipo SWAT estaba de camino.
Por lo que a ellos respectaba, su mejor opción habría sido separarse e irse.
Si iban a hacer eso, no dejarían ningún testigo.
Eran solo unos minutos, pero podría ser demasiado tarde para cuando llegase el equipo de intervención.
Tenía entrenamiento en rescate de rehenes.
Estaba tan bien entrenada que sabía perfectamente que entrar ahí con solo una pistola, sin más armas o distracciones, ni chaleco antibalas ni otro tipo de protección eran «parámetros inadmisibles», según había dejado claro mi instructor.
Significaba que era muy probable que me matasen y posiblemente a Emily también.
Tenía calor, agachada junto a la ventana.
Mis sentidos parecían haberse agudizado.
Podía oír el rugido sordo de los ventiladores de la oficina al otro lado del aparcamiento, los coches que pasaban por la calle, la música a todo volumen que salía de uno de ellos.
Tenía la sensación de que el tiempo se me escapaba entre los dedos, como los sueños al despertar.
«¿Qué haría Top?»
El sargento mayor Gabriel Luther Wells había sido mi referente en Ops 4-10. Ante cualquier situación de combate en la que tuviera tiempo para pensar, imaginaba lo que él hubiera hecho y entonces lo hacía.
Casi podía oírlo ahora mismo, su voz profunda y firme tranquilizándome.
Una vez le pregunté de qué tenía miedo. Su respuesta fue sucinta: del fracaso. Si hoy entrase en la galería y fracasara, es poco probable que me arrepintiera. Y tampoco creo que pudiera aconsejarme sobre los vampiros.
Su olor emanaba del edificio, como si sus emociones hicieran que el aroma fuera denso como la niebla.
Era un olor metálico y nauseabundo. La palabra vampiro me martilleaba la cabeza al ritmo de los latidos de mi corazón.
El tipo de criatura que me había mordido en la selva.
El mismo que había matado a mi escuadrón.
Los que habían matado a Valerie. Y a Marcel. Mi respiración se aceleró.
—Escuche, Farrell, el equipo SWAT estará ahí en cinco minutos. Aguante. No precipite nada. No entre en ese edificio. Esa gente está entrenada para este tipo de situación.
Yo también.
—No le oigo, Farrell.
—He oído lo que ha dicho. —No iba a salirme con la mía con esa evasiva, no con Morales; era demasiado inteligente.
—Farrell, quédese donde está. No tiene refuerzos. Esos hombres están armados. Ya han matado a dos policías…
—Espere. Están gritando ahora. —Me esforcé por distinguir lo que decían—. No me gusta esto.
Empezó con uno de ellos gritando y ahora lo están haciendo los tres. Una discusión sobre cómo escapar.
—¡Farrell, quédese fuera! —Morales también estaba gritando y la radio distorsionaba su voz.
Emily gritó.
Mi mirada se quedó fija en un punto. Todo parecía nítido como el cristal y, en cierta forma, distante.
Dejé caer la radio. Rebotó en la acera y profirió unos ruidos que no querían decir nada.
La puerta principal estaba demasiado lejos, era demasiado evidente y estaba demasiado reforzada.
Emily se estaba quedando sin tiempo. Esos cabrones enfermos la habían elegido como pica-pica y se estaban preparando para huir. No se iban a llevar a Emily con ellos.
Di unos pasos atrás y miré a la ventana bajo la cual me había agazapado. No tenía ningún plan, en realidad. No tenía ni idea de cómo era el interior del edificio o dónde estaban. No tenía nada, pero no me importaba. Me lancé contra la ventana y la atravesé de golpe.
Todavía estaban cayendo cristales mientras rodaba por la habitación, me levanté sujetando la HK delante de mí.
El primer vampiro estaba allí, de pie junto a Emily.
Se estaba preparando y su rostro era una máscara de sorpresa.
Disparé. Tap, tap, tap. Como me habían enseñado en Ops 4-10.
Pecho, pecho, cabeza y no fallé a esa distancia.
«Objetivo Antonio abatido», dijo una voz tranquila y lenta en mi mente. «Quedan dos objetivos y nueve balas».
Diez metros más lejos, Rodrigo saltó por una escalera de estructura abierta para recuperar una escopeta que había entre un montón de material.
Error. Lo único que me habría detenido sería una amenaza contra Emily y ahora mismo estaba estirada en el suelo, detrás del cuerpo de Antonio, gritando, pero relativamente protegida.
Corrí hacia Rodrigo y disparé antes de que se agachara.
Fallé. Salté por la barandilla en lugar de utilizar las escaleras.
Retrocedió y disparó. Sentí el soplo de la descarga de la escopeta y respondí al fuego. No podía quedarme quieta e, incluso tan de cerca, es complicado correr y disparar. Tuve suerte de que la bala le rozase el muslo.
—¡Mierda!
Se distrajo lo suficiente. La escopeta ya no me apuntaba.
Me detuve y me calmé. La primera de las tres balas que pretendía dispararle le dio en el hombro y retuve la segunda mientras él se caía hacia atrás.
Volvió a disparar la escopeta, pero ya no tenía puntería.
Aunque le había herido, seguía moviéndose con una rapidez inquietante.
Se lanzó detrás de un tabique.
Corrí y salté, me coloqué en posición fetal para seguir rodando al caer al suelo.
Me levanté y me puse en cuclillas mientras sujetaba la HK con ambas manos.
Tap, tap, tap. Mierda, era demasiado rápido.
Fallé el tiro a la cabeza. Tuve un fogonazo de la selva, mi equipo disparando y fallando objetivos, disparando y fallando.
Siluetas como sombras agazapadas entre los árboles.
«Nunca te conviertas en un objetivo fijo. Evita moverte como se espera que lo hagas». Salté hacia un lado.
Raúl estaba en el siguiente tramo de escaleras. También tenía una escopeta y estaba disparando a la zona que había entre Rodrigo y yo. Disparé una vez hacia Raúl, para mantenerlo ocupado mientras volvía a cambiar de dirección.
Rodrigo seguía peleando, intentaba conseguir un disparo limpio mientras la vida se le salía a borbotones por las heridas del pecho.
Sus manos temblaban, aunque él intentaba mantenerlas firmes.
La escopeta rugió de nuevo, falló y ahora yo ya estaba bastante cerca.
Lo estampé contra la pared y le rompí alguna costilla.
Su mano convulsionó y la escopeta se disparó contra el techo.
Su sangre, que salía de las heridas y de su boca, me salpicaba por todos lados mientras luchábamos.
Entonces, apreté la HK contra su mandíbula y le volé la cabeza.
Me giré y utilicé su cuerpo como escudo, pero Raúl ya estaba huyendo. Subía las escaleras.
Arranqué la escopeta Remington de las manos muertas de Rodrigo. Estaba vacía. La tiré a un lado.
«Me quedan un objetivo y dos balas».
Corrí por las escaleras.
El disparo de la escopeta dejó un enorme hueco en la escalera de metal, justo donde yo acababa de pasar.
Y otra vez. No podía darme, pero tampoco conseguía tener un tiro claro contra él.
Estaba en la última planta. ¿Habría una escalera de incendios? Se giró para buscar la salida y, por primera vez, pude dispararle con precisión por encima de la barandilla. Le di en la pantorrilla. Atravesé el músculo, pero fallé el hueso, de lo contrario lo habría derribado.
Maldijo y se giró para disparar de nuevo.
Mi última bala. Apreté el gatillo, pero me agaché justo cuando la escopeta volvía a apuntarme.
Tiré la HK al mismo tiempo que escuché el clic de su gatillo en una recámara vacía y me eché encima suyo, mientras él intentaba utilizar la escopeta como garrote.
Con su pierna inutilizada, no podía empujarme hacia atrás. Lo levanté. Lo paseé vacilante por la habitación mientras íbamos cogiendo velocidad. Delante nuestro, había una gran ventana panorámica.
Yo me detuve. Él no.
Lo vi claramente, con gran detalle a través de los fragmentos de cristal. El punto exacto en el que se dio cuenta de que iba a morir, la forma en que se abrían sus ojos. El grito. Una eternidad más tarde, el golpe sordo y el silencio repentino.
Bajé corriendo. Parecía mucho más lejos. Cinco plantas. El final de la descarga de adrenalina me dejó sin fuerzas.
Emily volvió a gritar cuando me vio. Imaginaba cómo debía verme, pero no podía hacer nada para evitarlo.
—Se han ido, Emily —dije, intentando tranquilizarla—. Se han ido todos.
—¿Amber?
Me quité la chaqueta llena de sangre y la abracé.
Se oían los megáfonos en el exterior.
Emily seguía llorando cuando nos sentamos.
—Tranquila, está bien, no pasa nada —dije. Estaba temblando por los efectos de la adrenalina—. Ahora estás a salvo. Estás conmigo. La policía está fuera. No saben lo que ha pasado. Habrá mucho ruido y dará un poco de miedo cuando entren, pero ahora estás a salvo.
—No me dejes.
—No te dejaré. Saldremos juntas. Vamos a estirarnos aquí en el suelo, ¿vale? Cierra los ojos y tápate los oídos.
Nos tumbamos.
Incluso con las precauciones que habíamos tomado, el estruendo y los destellos de las granadas de aturdimiento nos desorientaron.
Emily lloraba con un quejido débil y yo la abrazaba fuerte contra mí cuando el escuadrón SWAT irrumpió en la habitación.
Llevaban todo el equipo: chaleco antibalas, cascos y máscaras negras.
Llegaron desde tres lados a la vez, gritando y subiendo las escaleras como enormes hormigas asesinas.
Un par de ellos nos tiraron de los brazos, intentando separarnos.
Emily se negaba, no iba a soltarme y nos dejaron juntas mientras nos ponían en pie.
Nos rodearon cuatro de ellos formando un escudo y salimos corriendo por la puerta principal.
Emily había escondido su rostro en mi camiseta, que ya estaba empapada con sus lágrimas.
Salimos a trompicones a un silencio gélido y extraño. Había coches de policías por toda la calle con oficiales armados postados detrás. A un lado, estaban esperando una ambulancia y el transporte del equipo SWAT, eclipsados por un camión blindado del ejército con las puertas bien cerradas.
Morales y Buchanan estaban de pie junto al camión, rodeados de un grupo de policías uniformados. También estaba el coronel Laine. Nuestras miradas se cruzaron y el coronel me hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza.
Los médicos nos metieron en la ambulancia. Me encogí de hombros ante sus atenciones. Mientras cerraban la puerta, vislumbré el rostro de Knight entre una marea de camisas azules.
Levantó la mano y dijo algo. Podría haber sido: «Bien hecho, compañera».