Injusticia (Amber Farrell – Investigadora Paranormal, precuela) Capítulo 8
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Capítulo 8

No hablamos en el coche. Yo estaba asimilándolo todo. Ella era la única persona que conocía que había sido mordida y que había sobrevivido. Tenía una cierta sensación de alianza con ella.

También me estaba tomando tiempo para desarrollar mi estrategia.

Tenía que reconfortarla y para ello tenía que parecer que sabía exactamente de lo que hablaba mientras le sacaba hasta el último detalle.

Y mi mente volvía en bucle a la sorprendente constatación de que tenía la primera prueba de lo que el coronel me había enviado a buscar.

Había vampiros en América. Justo aquí, en Denver.

Y eran muy buenos ocultándose.

En ese sentido, era impensable que hubieran mordido a alguien por casualidad y luego le dejaran marcharse. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaban intentando convertirla? ¿O habían cometido un error presas del pánico? Si era un error, ¿volverían a solucionar el problema?

¿Y qué significaría eso? ¿Se la llevarían o la matarían?

Tenía que resolver esto, tanto por Valerie como para informar al coronel.

Valerie vivía en Colorado Boulevard, cerca de City Park.

Aparcamos cerca de un edificio que me hizo darme cuenta que posiblemente el Club Agonía  pagaba mejor que el Departamento de Policía de Denver.

Se quedó sentada, mirando fijamente al edificio, sin hacer ningún gesto para salir del coche.

—Oye —dije, y dio un respingo.

—¡Oh, lo siento! Estoy un poco asustada.

—No te preocupes, te acompaño, de todas formas.

—Gracias. —Me dedicó una sonrisa forzada y salimos del coche. Debíamos dar una imagen un tanto extraña: Valerie en tejanos y chaqueta acolchada y yo, con mi vaporosa capa de vampiro. Era una lástima que no hubiera niebla.

Una vez dentro, me ofreció un café. Acepté y se dirigió a la pequeña cocina. Encendió las luces.

—¿Puedo ir al baño? —pregunté—. Me gustaría quitarme toda esta capa de pintura.

Eso le causó una risa nerviosa y me indicó el fondo del pasillo.

El piso de Valerie me sorprendió. Me esperaba un lugar desaliñado, lúgubre y lleno de angustia. En cambio, estaba decorado con tonos pastel claro y había cuadros pintados a mano colgados en las paredes; principalmente pingüinos en poses graciosas. Todo estaba impecablemente limpio y ordenado.

Me froté la cara de vampiro hasta hacerla desaparecer.

Un gato me dio la bienvenida al salir del baño, reclamando mi atención con ronroneos.

—Ya veo que has conocido al señor Leo Pardner, el dueño del apartamento —dijo Valerie desde la cocina—. Leo para los amigos. Normalmente no habla con extraños.

Le rasqué las orejas y dejó pelos en mi abrigo mientras ronroneaba de placer.

—¿Los pingüinos son obra tuya? —pregunté en voz alta por encima del ruido de la cafetera.

—Sí, aunque nunca he visto uno de verdad. Mirábamos muchos documentales de naturaleza salvaje en casa.

—Son unas pinturas muy bonitas.

Sonrió y vino hacia el salón con dos tazas.

Nos sentamos en el sofá y Leo reclamó un espacio entre nosotras; me pareció justo.

—Valerie…

—En realidad no me llamo Valerie. Solo soy la aburrida y rara Valery Hawks, de ningún sitio en particular, North Patte, Nebraska. —Su nombre perdió el acento agudo cuando lo pronunció esta vez.

Sonreí.

—Todo el mundo viene de algún sitio. No puede ser tan malo.

Gimió de forma teatral y se estiró hacia atrás en el sofá, abrazándose a un cojín.

—¿Sabes que tienen la mayor plataforma ferroviaria del mundo?

—¿Y?

—Hay una torre especial a la que puedes subir para verlo. Sabes que ya no te queda nada más que hacer cuando subes a una torre a ver un cruce ferroviario.

—Suena bastante mal —dije.

—Y siendo, bueno, diferente… No lo entiendes.

—Sus ojos se posaron en mí y luego se desviaron de nuevo.

Se sentó—. Imagina lo que es ir a la escuela y que un cuarto de tu clase sea de tu familia.

Vas a comer y un primo es el camarero y el otro el cocinero.

Vas a bailar y la mitad de los compañeros de baile son tus puñeteros primos. ¿Qué vas a hacer?

—Puedes besar a tus primos—señalé.

—No a los del mismo sexo. —Se llevó las manos a la cabeza—. Al menos, no en North Platte.

Me reí.

—Bueno, no puedes ser rara y aburrida. Y oye, North Platte suena exótico para una chica de Denver como yo.

Me lanzó una mirada fulminante, pero sin mucha pasión.

—Valerie, aburrirse es un privilegio. Mañana, harás la maleta y te irás a casa una temporada. Por favor, tómate un descanso. —Seguí llamándola por su nombre en francés, le quedaba bien.

—No puedo dejar a Dominé. —Vio la expresión en mi rostro—. Se ha portado muy bien conmigo. No sabes cómo es en realidad.

—Ya… ¿Quieres decir que se ha puesto una máscara para mí? La gente que se pone una buena máscara suele tener un par más en la reserva. ¿Estás segura de que alguna vez la has visto tal y como es en realidad?

—Sí, cuando te acoge, te ayuda a encontrar alojamiento, te ayuda a abrir una cuenta, conseguir un pequeño crédito, ese tipo de cosas.

Y se asegura de que todos nos sintamos a salvo.

Tiene a esos tipos grandes controlando la situación por si las cosas se complican.

Supongo que es necesario en este tipo de club.

Me incliné hacia adelante.

—Vale, posiblemente no sea tan mala como intenta aparentar. Pero tampoco es buena. Y esta vez ha calculado mal. Ahora mismo es peligroso. Las marcas en tu cuello dicen que es peligroso. Que tengas miedo de ir caminando desde el parking hasta tu casa, dice que es peligroso.

Tenía toda la razón de estar asustada. Solo necesitaba un pequeño empujón y estaría dispuesta a volver a North Platte.

—Tendré que explicárselo primero —dijo.

—Vale. Llámala, explícaselo, pero no le digas adónde vas. Y no dejes que te haga sentir culpable. —Tomé un sorbo de mi café y continué como si nada—. ¿Quieres contármelo?

—Yo, no… —tartamudeó y se quedó callada.

—Valerie, he estado en ese club esta noche y he visto a un montón de gente fingiendo, gente que no sospecha la verdad ni en sus peores pesadillas. He visto a una jefa que está asustada y que imagina la verdad. Pero hay dos personas que saben la verdad y las dos están sentadas en este sofá.

Asintió con un movimiento automático. Podía ver cómo se disipaba la cautela que la retenía. Me incliné hacia adelante. Si los vampiros eran buenos para pasar desapercibidos, esta podría ser la única oportunidad que se me presentara. Tenía que darme una pista sólida.

—¿Los conociste en el club? —pregunté.

Tomó un poco de café y se recostó en el sofá, seguía abrazando el cojín.

—Han venido un par de veces como invitados, pero no son miembros.

—¿Me los puedes describir?

—Eran tres, todos entre los veinte y los treinta.

Rodrigo y Antonio venían de México, supongo.

Tienen el físico de un boxeador, pero no un peso pesado, más bien mediano.

No tenían cicatrices ni narices aplastadas ni nada por el estilo.

Rodrigo lleva bigote. Los dos tienen el pelo negro y los ojos oscuros.

El otro tipo es alto, más de metro ochenta.

No sé de donde es. Rubio, ojos grises, delgado pero fuerte.

Le llaman Raúl, pero no es del mismo lugar que ellos.

Todos están en forma, como si entrenasen.

—¿Hablan inglés entre ellos?

—A veces. Otras veces hablan un idioma que no he oído nunca.

—El club les dejó entrar, así que imagino que se estaban comportando bien.

Asintió.

Eso los diferenciaba bastante de los que yo había conocido.

—¿Apellidos? ¿Direcciones?

Negó con la cabeza. Se frotaba la garganta con la mano y miraba al suelo, con la mirada perdida.

—Entonces, ¿qué ocurrió?

Pensó un momento.

—La primera vez la recuerdo un poco borrosa, como si estuviera borracha o algo así. —Apretó los labios y me miró a los ojos—. No bebo.

—¿Fumas un poco por diversión?

—A veces. Pero no esa noche, y no es la misma sensación.

—Movió los pies—. No, es como si estuviera volando.

No lo puedo explicar con palabras. Pienso en ello como en una pintura.

Verás, la marihuana es como acuarelas sobre papel, ¿vale?

—Asentí para animarla a continuar—. El sexo es como la pintura plástica.

Ahora imagina que arrastras esa pintura con la mano y casi no puedes distinguir lo que era antes. Así es como lo siento en mi cabeza.

El gato se movió, como si hubiera percibido mi inquietud. Lo acaricié.

—¿Hubo sexo? —pregunté. Había visto a gente follando en el club. Intenté que mi pregunta sonara indiferente—. ¿Tuviste sexo con alguno de ellos?

—No, aunque se parecía un poco a eso, la verdad. —Resopló—. No me van los tíos, pero si el sexo con ellos fuera tan bueno como eso, no me importaría.

—¿En qué parte del club sucedió eso?

—Estaban arriba, en la zona de los sofás. Era pronto, así que las luces todavía estaban encendidas. Pasé por delante y, de alguna forma, me fijé en ellos. Era como si me hubieran llamado, aunque no lo hicieron.

Si yo podía detectar a los vampiros, a lo mejor alguien más podía hacerlo también. Me quedé en silencio, dejándole seguir su ritmo.

—Me senté en el brazo del sofá, y hablé con ellos. Al principio, solo hablamos de cosas de tíos.

—¿Cómo qué?

—Oh, tenían algo así como una broma interna. Uno dijo que yo era preciosa, como una pintura y que me colgaría en su muro. El otro dijo que debería estar en una galería, y el tercero, Rodrigo, les echó la bronca. Pero luego dijo que pensaba que yo sabría bien.

Hice una mueca.

—No creo que estuviera haciendo una broma de mal gusto— dijo. Terminó su café—. Dije algo sobre que me había parecido que me habían llamado para que me acercase. Ya sabes, coqueteando. Parecían sorprendidos. Ahí fue cuando empezaron a discutir en ese idioma.

—¿Alguna idea de lo que podría ser?

—Creo que hablaban de mí. A Rodrigo no le gustaba que estuviera allí.

Todo se vuelve un poco borroso. Lo siguiente que recuerdo es que estaba inclinada sobre Antonio, como si estuviéramos abrazados.

Me mordió y tuve esa sensación. Estaba tan caliente, como si estuviera a punto de correrme. Es raro, ¿verdad?