Infinito Por Infinito CAPÍTULO DIECISEIS #3
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CAPÍTULO DIECISEIS #3

Mucho más difícil que empezar.

Porque exigía confianza y la confianza siempre es un salto. Nunca una garantía.

Poco después encontró un mensaje de Greta.

"¿Cómo ha ido?"

Gabriela respondió:

"Creo que acabamos de aprobar la asignatura más difícil."

La respuesta tardó apenas unos segundos.

"Entonces prepárate porque seguro que la siguiente es peor."

Gabriela soltó una carcajada y por primera vez en todo el día sonrió sin tristeza porque Greta probablemente tenía razón y de alguna manera extraña ya no le daba miedo. O al menos no tanto.

El tiempo tiene una habilidad extraordinaria.

Cuando deseas que algo llegue, se mueve lentamente.

Cuando deseas que algo permanezca, acelera.

Y las semanas anteriores a la marcha de Vicente parecían demostrar aquella teoría con una precisión cruel.

Los días comenzaron a desaparecer uno tras otro. Demasiado deprisa.

Mientras tanto, Horizonte seguía creciendo y ese era precisamente el problema.

Porque cuanto más crecía Horizonte.....más real se volvía la partida de Vicente.

Una mañana recibieron un correo inesperado, uno de esos que obligan a releer tres veces la misma frase porque el cerebro se niega a creerla.

Greta fue la primera en verlo y, fiel a su costumbre, envió exactamente cinco mensajes consecutivos todos escritos en mayúsculas, lo que normalmente significaba desastre o éxito. Con Greta nunca estaba claro.

"AbrID EL CORREO."

"AHORA."

"NO ES UNA brOMA."

"REPITO."

"NO ES UNA brOMA."

Cinco minutos después los cuatro estaban conectados en videollamada mirando la misma pantalla y la misma noticia.

Una importante fundación educativa europea había seleccionado Horizonte entre los proyectos emergentes más prometedores del año.

Prometedores.

La palabra parecía pequeña pero las consecuencias no lo eran.

Significaba financiación adicional, visibilidad internacional, colaboraciones, puertas abiertas.

Y también significaba algo más.

Responsabilidad.

Mucha responsabilidad.

Laia fue la primera en verbalizarlo.

—¿Os dais cuenta de que esto ya no es pequeño?

Silencio.

Porque todos se habían dado cuenta mucho antes pero nadie quería decirlo en voz alta.

—Ya no podemos fingir que somos cuatro personas con una libreta, añadió.

Greta suspiró y las risas aparecieron pero duraron poco porque la realidad seguía allí esperando.

Aquella noche, después de la reunión, Gabriela caminó sola por la playa.

Se había convertido en una costumbre. Una especie de conversación privada con el mundo.

El mar estaba tranquilo, demasiado, como si supiera algo.

Y entonces apareció una idea. Pequeña pero persistente.

Durante meses había tenido miedo de la distancia. Los kilómetros. Los horarios. Las despedidas. Todo eso .

Pero ahora empezaba a comprender algo.

Quizá el verdadero desafío no era la distancia. Quizá era el cambio.

Porque Vicente no sería el mismo dentro de tres años.

Ni ella tampoco.

Y aquella realidad resultaba mucho más difícil de aceptar porque la distancia puede medirse, el cambio no.

Se sentó sobre la arena y recordó algo que Abel había dicho una vez.

Una frase aparentemente sencilla.

"Las personas no están hechas para permanecer iguales."

"Están hechas para convertirse."

En aquel momento no la había entendido.

Ahora sí.

Porque amar a alguien no significa amar únicamente quién es hoy.

También significa aceptar que algún día será diferente.

Y confiar en que seguirás queriendo conocer a esa nueva persona.

La reflexión la acompañó durante todo el camino de vuelta hasta que llegó a casa y encontró una sorpresa.

Sobre su escritorio había un sobre.

Sin remitente.

Sin explicación.

Solo su nombre escrito a mano.

Gabriela.

Frunció el ceño.

Porque reconoció aquella letra inmediatamente.

Era la letra del abuelo.

Lo abrió lentamente.

Dentro había una sola hoja y una fotografía.

La fotografía mostraba a Alejandro mucho mayor que en la estación abandonada.

Tendría aproximadamente la edad que tenía cuando ella nació.

Sonreía y sostenía algo entre las manos.

Una maqueta.

Un diseño.

Un proyecto .

Debajo había una frase escrita por el abuelo.

"Encontré esto entre sus cosas."

Gabriela observó la imagen y entonces descubrió algo que le hizo contener la respiración.

En la maqueta aparecía un nombre.

Un nombre escrito décadas antes de Montreal.

Décadas antes de Abel.

Décadas antes de todo.

HORIZONTE

El corazón comenzó a latir con fuerza.

Porque acababa de comprender algo extraordinario.

Alejandro no había tenido una idea.

Había dedicado años de su vida a construirla. A soñarla. A intentar hacerla real.

Mucho antes de que nadie lo supiera. Mucho antes de que ella naciera.

Y de repente una nueva pregunta apareció dentro de Gabriela.

Una pregunta enorme.

La más importante desde la caja escondida.

Si Alejandro había llegado tan lejos...

¿Por qué se detuvo?

¿Por qué abandonó Horizonte?

Y mientras observaba la fotografía, una intuición comenzó a crecer lentamente.

La sensación de que todavía faltaba una pieza.

La más importante de todas.

Y que cuando apareciera.....comprendería finalmente quién había sido realmente su padre.

No como padre.

No como recuerdo.

Sino como persona.

Gabriela tardó tres días en reunir el valor para preguntar.

Tres días observando la fotografía.

Tres días mirando la maqueta .

Tres días intentando comprender por qué aquella imagen la inquietaba tanto.

Porque no era una fotografía triste, ni misteriosa, ni siquiera parecía inacabada.

Todo lo contrario.

Alejandro sonreía con una sonrisa luminosa. La sonrisa de alguien que cree profundamente en algo y precisamente por eso resultaba tan desconcertante.

Porque si había creído tanto en Horizonte...

¿Por qué lo abandonó?

Finalmente llamó al abuelo.

Era una tarde de lluvia de esas que parecen hechas para recordar.

—¿Puedo preguntarte algo?

El anciano soltó una pequeña carcajada.

—Llevas semanas haciéndolo.

Gabriela sonrió.

—Esta vez es diferente.

Silencio.

—Lo sé, respondió él.

Y aquella respuesta bastó para que Gabriela comprendiera que ya sabía de qué iba a hablar.

—¿Por qué dejó Horizonte?

El silencio apareció inmediatamente.

Largo.

Profundo.

Como si la pregunta hubiera abierto una puerta que llevaba años cerrada.

Finalmente el abuelo suspiró.

—Porque te eligió a ti.

Gabriela parpadeó confundida.

—¿Qué?

—Porque te eligió a ti, repitió.

Y por primera vez su voz sonó emocionada.

Muchísimo.

—No lo entiendo .

—Lo sé.

Otra pausa.

Y entonces comenzó a hablar.

—Cuando tu padre tenía treinta años trabajaba prácticamente todo el día.

Gabriela escuchó.

—Daba conferencias.

—Escribía proyectos.

—Viajaba.

—Buscaba financiación.

—Vivía obsesionado con Horizonte.

La palabra quedó suspendida.

Obsesionado.

No apasionado.

No comprometido.

Obsesionado.

—Pensaba que estaba construyendo algo importante.

Continuó el abuelo.

—Y probablemente era cierto.

—¿Y entonces?

La respuesta tardó varios segundos.

—Entonces naciste tú.

El corazón de Gabriela se detuvo.

Solo un instante pero suficiente.

Porque de repente intuía lo que venía después y no estaba ni remotamente preparada.

—Los primeros meses siguió igual.

—Intentando hacerlo todo.

—Trabajo.

—Horizonte.

—Familia.

El abuelo soltó una pequeña risa.

—Como hacemos todos cuando aún creemos que somos infinitos.

Gabriela cerró los ojos porque aquella frase tenía algo dolorosamente verdadero .

—¿Y qué pasó?

El silencio volvió suave y pesado y entonces llegó la respuesta.

—Una noche llegué a vuestra casa.

—Tu madre estaba dormida en el sofá.

—Tú también.

—Y Alejandro seguía trabajando.

Gabriela escuchaba sin respirar prácticamente.

—Me enseñó unos documentos.

—Nuevos socios.

—Nuevos acuerdos.

—Nuevos planes.

—Todo era brillante.

Una pausa.

—¿Y?

Susurró Gabriela.

—Y se quedó callado.

—Durante mucho rato.

—Muchísimo rato.

—Solo mirándoos.

Las lágrimas aparecieron.

—Después me dijo algo.

Gabriela apretó el teléfono con fuerza.

—¿Qué?

El abuelo respiraba profundo al otro lado de la línea.

Gabriela pudo escucharlo claramente.

—Me dijo:

"Creo que llevo años intentando cambiar la vida de personas que todavía no conozco..."

Una pausa.

Pequeña.

Eterna.

"Y se me está olvidando vivir con las que ya amo."

El mundo desapareció completamente porque de repente todo encajó.

Todo.

La caja .

La libreta.

Las cartas.

Las fotografías.

Horizonte.

Todo.

Alejandro no había fracasado. No había abandonado. No había renunciado. Había elegido.

Y aquella diferencia lo cambiaba todo.

—Al día siguiente canceló varios proyectos.

Continuó el abuelo.

—Un mes después dejó Horizonte.

—Y nunca volvió a hablar demasiado del tema.

Silencio.

—¿Se arrepintió?, preguntó Gabriela.

La pregunta salió sola porque necesitaba saberlo. Necesitaba entender.

El abuelo respondió inmediatamente sin dudar.

—Jamás.

Las lágrimas caían lenta e imparablemente.

—Ni una sola vez.

—¿Estás seguro?

—Completamente.

Una pausa.

Y entonces añadió algo que Gabriela recordaría toda su vida.

—Lo único de lo que se arrepentía era de haber pensado que tenía que elegir.

Silencio absoluto.

Porque aquella frase era una respuesta y también una advertencia.

Una advertencia para ella. Para Vicente. Para Horizonte. Para todos.

Cuando colgó, permaneció inmóvil durante mucho tiempo observando la fotografía y la sonrisa de Alejandro.

Y por primera vez dejó de verlo como un héroe. O como una leyenda. O como un recuerdo.

Lo vio como una persona.

Una persona que se había equivocado, que había dudado y que había tenido miedo .

Y que aun así había amado profundamente.

Y de repente aquello resultó mucho más inspirador que cualquier perfección.

Porque las personas perfectas son admirables pero las personas humanas son las que realmente nos enseñan.

Mientras el sol comenzaba a ponerse, Gabriela comprendió algo.

La verdadera pregunta ya no era si debían construir Horizonte.

La verdadera pregunta era cómo construirlo sin perder aquello que les había llevado hasta él.

Y por primera vez sospechó que la respuesta no sería sencilla, las mejores cosas de la vida nunca lo son.