Infinito Por Infinito CAPÍTULO DIECISEIS #2
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CAPÍTULO DIECISEIS #2

Sin gritos. Sin drama. Sin solución.

Y eso era aún peor.

Aquella tarde Greta no respondió a los mensajes, las llamadas, ni a los memes absurdos que Vicente envió como intento desesperado de mediación diplomática.

Gabriela pasó horas caminando, pensando, recordando y comprendiendo algo que nadie le había enseñado. Liderar no consiste en tener razón sino en conseguir que las personas sigan sintiéndose parte del sueño.

Y ella había fallado.

No por maldad o egoísmo, fue por miedo, miedo a equivocarse, el mismo que Alejandro había descrito años atrás.

Aquella noche recibió una llamada de Vicente.

—¿Cómo estás?

Gabriela soltó una pequeña carcajada.

—Como una líder desastrosa.

—Exagerada.

—No tanto.

Vicente guardó silencio y entonces dijo algo inesperado.

—Yo también tengo una noticia.

El corazón se aceleró porque aquella frase nunca traía tranquilidad.

—¿Qué pasa?

Hubo una pausa.

—Me han ofrecido quedarme más tiempo.

El mundo pareció detenerse.

—¿Más tiempo?

—Sí.

—¿Cuánto?

Y entonces llegó la cifra.

—Tres años .

El aire desapareció porque tres años ya no eran una experiencia, una aventura o un proyecto temporal.

Tres años eran una vida. Una vida completa.

Vicente continuó.

—Todavía no he respondido.

Gabriela observó el horizonte oscuro y tuvo la sensación de que el futuro acababa de abrirse en direcciones completamente nuevas y ninguna parecía sencilla.

Pero antes de que pudiera responder, llegó un mensaje.

Uno de Greta. El primero en todo el día.

Solo contenía una frase.

"Creo que necesito salir de Horizonte."

Gabriela se quedó consternada porque en menos de treinta segundos acababan de aparecer dos amenazas.

La posibilidad de perder a Vicente y la de perder a Greta.

Y por primera vez desde que Horizonte había comenzado, comprendió algo aterrador.

Los sueños no fracasan porque falten ideas. Fracasan porque las personas se rompen por el camino. De repente ya no estaba construyendo un proyecto, estaba intentando proteger una familia y no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Gabriela encontró a Greta al día siguiente y no fue difícil porque cuando necesitaba desaparecer siempre iba al mismo lugar, una vieja pista de atletismo detrás del instituto.

Un lugar extraño para alguien que odiaba correr pero precisamente por eso le gustaba ya que nadie esperaba encontrarla allí.

Estaba sentada en las gradas sola con las piernas recogidas mirando el campo vacío.

Gabriela se sentó a su lado sin hablar.

No todas las conversaciones empiezan con palabras, algunas lo hacen solo con presencia.

Pasaron casi cinco minutos en silencio hasta que Greta rompió el hielo

—No quiero que me convenzas.

Gabriela asintió.

—No he venido a convencerte .

Greta soltó una pequeña carcajada.

—Mentira.

—Un poco, reconoció Gabriela.

Las dos sonrieron.

Finalmente Gabriela respiró y soltó lo que le salía del fondo del corazón.

—Lo siento.

Greta permaneció inmóvil.

—Lo sé.

—No.

Negó Gabriela.

—No lo sabes.

—Pensé que estaba protegiendo el proyecto.

—Ya.

—Y no me di cuenta de que estaba dejando de proteger a las personas.

Aquella frase encontró algo pequeño pero real dentro de Greta porque por primera vez levantó la vista para escuchar de verdad.

—Ese no es el problema, dijo finalmente.

—¿Entonces cuál es?

Greta tardó varios segundos en responder.

Y cuando habló, su voz sonó diferente, más vulnerable, más honesta, más Greta que nunca.

—Tengo miedo de desaparecer.

El silencio cayó entre ambas porque aquella respuesta era completamente inesperada.

—¿Desaparecer?

Greta asintió y sonrió con rostro triste.

—¿Sabes qué ocurre cuando algo se vuelve importante?

Gabriela negó.

—Empiezan a llegar personas mejores que tú.

La frase salió suavemente como si llevara años escondida y hubiera estado esperando un momento para escapar.

—Greta...

—Déjame terminar.

Gabriela asintió .

Y Greta continuó.

—En el instituto era fácil.

—Entre nosotros era fácil.

—Pero Montreal es otra cosa.

Tragó saliva.

—La gente allí sabe más.

—Es más inteligente.

—Más preparada.

—Más profesional.

La voz comenzó a romperse.

—Y cuanto más crece Horizonte...

Una pausa pequeña y dolorosa.

—Más siento que ya no me necesita.

Gabriela sintió algo dentro de ella por comprender por fin que aquello nunca había tratado sobre las propuestas eliminadas, ni sobre la reunión o el proyecto.

Trataba sobre pertenecer.

Siempre había tratado sobre pertenecer.

Y de repente recordó algo.

Una conversación con Abel mucho tiempo atrás.

Una frase casi olvidada.

"Las personas no suelen abandonar los lugares donde se sienten útiles."

"Abandonan los lugares donde dejan de sentirse necesarias."

Y entonces entendió el error.

No había eliminado unas ideas, había eliminado una voz.

Sin querer pero lo había hecho igualmente.

Gabriela permaneció unos segundos en silencio y después dijo algo que jamás había planeado decir.

—Creo que Horizonte existe por ti.

Greta soltó una carcajada.

—Eso es ridículo.

—No .

Gabriela negó.

—Es verdad.

Observó el lugar vacío y continuó.

—Alejandro tuvo la idea.

—Abel la transformó.

—Yo encontré las cartas.

—Vicente le dio estructura.

—Laia le dio equilibrio.

Una pausa.

Y entonces sonrió.

—Pero tú le diste vida.

El silencio fue absoluto porque Greta no estaba preparada para escuchar aquello.

Ni remotamente preparada.

—Las personas recuerdan conceptos, dijo Gabriela.

—Pero siguen historias.

—Y tú eres quien nos enseñó eso.

Greta bajó la mirada porque las lágrimas habían aparecido sin pedir permiso como siempre ocurre con las verdades.

—No soy tan importante, susurró.

Gabriela sonrió y respondió exactamente lo que necesitaba escuchar.

—Eso es exactamente lo que diría alguien importante.

Las dos comenzaron a reír entre lágrimas y luego se fundieron en un abrazo.

Finalmente Greta respiró muy hondo y preguntó:

—¿Y ahora qué hacemos?

Gabriela sonrió con la sonrisa de quien no tiene respuestas pero sí compañía.

—Supongo que cometeremos más errores.

—Muchísimos más, añadió Greta.

—Definitivamente.

—Y después los arreglaremos.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale .

Una pausa.

Y entonces añadió:

—Pero la próxima vez que elimines mis ideas sin preguntarme......

Gabriela cerró los ojos.

—Lo sabía.

—Esconderé una cabra en tu casa.

Las carcajadas resonaron y Gabriela sintió que Horizonte volvía a respirar.

Mientras caminaban de regreso, una inquietud permanecía dentro de ella porque Greta se quedaba, sí, pero Vicente seguía teniendo que decidir y algo le decía que la conversación que estaba por venir sería todavía más difícil.

La propuesta llegó un jueves a las 08:14 de la mañana exactamente porque las noticias capaces de cambiar una vida suelen llegar en momentos absurdamente normales. Mientras desayunas. Mientras revisas correos. Mientras crees que el día será como cualquier otro y después deja de serlo.

Vicente estaba solo cuando leyó el mensaje y tardó varios minutos en comprenderlo.

No porque fuera complicado sino porque era demasiado sencillo.

"Le damos la bienvenida a su estancia en el Campus de  estudiantes."

Las palabras permanecieron inmóviles frente a él. Como una montaña. Como una puerta. Como una pregunta. Una carrera. Un futuro.

Cerró el portátil.

Lo abrió.

Volvió a cerrarlo.

Y después se echó a reír.

Porque a veces el cerebro no encuentra otra forma de reaccionar.

Aquella misma tarde llamó a Gabriela.

Ella supo inmediatamente que algo había ocurrido porque la voz de Vicente había cambiado.

Las voces siempre cambian cuando una decisión importante entra en una vida .

—¿Qué pasa?

Hubo silencio.

Y después:

—Tengo miedo

El corazón de Gabriela dio un vuelco y durante unos segundos apareció una versión alternativa de sí misma. Una versión egoísta pero humana y comprensible.

Una versión que quería decir:

"No vayas."

"Quédate."

"Elige otra cosa."

Porque el amor a veces desea conservar incluso cuando sabe que no debería.

Pero entonces recordó algo.

El anciano de la isla.

Clara.

La postal.

Los años pasados.

Y comprendió.

Aquella era exactamente la prueba. La verdadera. No las cartas. No las asignaturas. No Horizonte.

Aquella.

La capacidad de amar a alguien sin convertirlo en una jaula.

Respiró hondo y preguntó:

—¿Lo quieres?

Silencio.

Vicente tardó apenas un segundo.

—Sí.

La respuesta llegó limpia. Sin dudas. Sin matices.

Sí.

Y Gabriela sintió lágrimas en los ojos porque precisamente sabía lo que tenía que decir aunque doliera muchísimo.

—Entonces tienes que aceptarlo. Estaremos juntos mientras dure el proyecto Horizonte y luego tú deberás permanecer en Canadá.

El silencio que siguió fue enorme. Inmenso .

Porque ambos entendían el precio de aquella frase. Los kilómetros. Los años. La incertidumbre.

Todo.

—No quería que fueras tú quien tuviera que decirlo, susurró Vicente.

Gabriela sonrió.

—Yo tampoco quería ser quien tuviera que escucharlo.

Y entonces ocurrió algo curioso.

Ambos comenzaron a reír. La sinceridad tiene esa capacidad, la de aliviar incluso las verdades más difíciles.

Permanecieron hablando mucho tiempo sobre posibilidades, sobre viajes, sobre videollamadas, sobre miedos, sobre futuros que todavía no existían.

Y cuando finalmente colgaron, Gabriela caminó sola hasta el mar.

Necesitaba pensar.

Necesitaba sentir.

Necesitaba aceptar.

El horizonte estaba tranquilo.

El agua también.

Y por primera vez comprendió algo que Alejandro jamás había escrito.

Porque algunas lecciones no pueden heredarse.

Hay que vivirlas.

El amor no consiste en encontrar a alguien que nunca se aleje.

Consiste en encontrar a alguien cuyo crecimiento te importe más que tu comodidad.

Y eso era muchísimo más difícil pero también mucho más hermoso.

Mientras observaba las olas recordó la caja.

La carta.

La libreta.

Y una frase apareció dentro de ella.

No de Alejandro.

No de Abel.

Suya.

Otra frase completamente suya .

"Si amo de verdad este momento..."

"tengo que dejar que se convierta en el siguiente."

Y entonces comprendió que no hay que tratar de aferrarse.

Hay que tratar de aprender a soltar sin dejar de amar.

Y aquella asignatura...

Aquella asignatura era probablemente la más difícil de todas.

Mucho más difícil que perder.