infiltrado (Escuadrón Alfa 3)
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Prólogo
*Hace seis meses*
—Thomas —dijo Eric Blackwood, alfa del asentamiento de lobos en Rannoch, Escocia, en voz baja pero decidida.
—Sí, Alfa —respondió Thomas Blackwood, bajando la mirada, como era costumbre cuando el líder de la manada se dirigía a un subordinado.
—Como sabes, desde la aparición de la Nueva Alianza y la exposición de nuestra especie al mundo, nos hemos quedado rezagados respecto al resto de los cambiantes en nuestros esfuerzos por adaptarnos a la nueva realidad.
Ahora que el gobierno humano está poniendo en marcha algún tipo de programa policial con la Nueva Alianza, no podemos permitirnos seguir de brazos cruzados. ¡Debemos actuar!
Thomas parpadeó varias veces. ¿A dónde quería llegar?
—Estoy de acuerdo, señor.
—¿Qué dirías si te pidiera que te unieras a esta nueva iniciativa? ¿Que fueras nuestros ojos y oídos dentro de ese... cómo se llama?
—Escuadrón Alfa, señor.
El Alfa Blackwood resopló.
—Eso es. Escuadrón Alfa. He movido algunos hilos para que te incluyan en su programa de entrenamiento. El resto depende de ti. El fracaso no es una opción; la manada cuenta contigo.
Thomas respiró hondo y asintió con solemnidad. No defraudaría a su alfa ni al resto de la manada. Era un gran honor que lo eligieran para una misión así, y jamás se lo perdonaría si la echaba a perder.
Además, sería la primera vez que salía de Rannoch. Era una oportunidad única para ver cómo era el resto del mundo, y estaba deseando aprender todo lo que pudiera.
—Recae mucho sobre tus hombros, pero no te habría elegido para esto si no creyera que estás a la altura —dijo el alfa—. Es un asunto delicado, y entenderás que prefiera mantener las cosas en familia por ahora...
Thomas asintió de nuevo. Desde que el Alfa Blackwood había enviado a su propia hija a Edimburgo para trabajar con la Alianza, hacía ya un año, no quedaban otros Blackwood en la manada para asumir un encargo así.
Thomas, como sobrino del alfa, era la elección lógica.
Más aún teniendo en cuenta que sus padres habían fallecido hacía unos años y que el alfa y su esposa se habían volcado en su educación y crianza.
Les debía mucho a sus tíos, y había llegado el momento de corresponderles.
—Gracias, señor. Haré todo lo que esté en mi mano.
El alfa le puso la mano en el hombro.
Aunque el cabello empezaba a encanecer en las sienes, el Alfa Blackwood era un hombre de aspecto imponente. Su mano, grande y fuerte, pesaba sobre el hombro de Thomas, aunque el lobo más joven tampoco era ningún debilucho.
—El entrenamiento físico no debería costarte demasiado. Concentra tu energía en ganarte la confianza de los demás. Nunca deben sospechar que me informas.
—No hay problema —dijo Thomas con firmeza, aunque la perspectiva de tener que engañar a sus compañeros de entrenamiento y a los mandos del escuadrón le resultaba inquietante. No era mentiroso por naturaleza.
Pero si su alfa lo ordenaba, tenía que obedecer. Así funcionaba la sociedad de los lobos.
—Bien. El entrenamiento empieza el lunes. Haz las maletas; alguien te llevará a la estación esta misma tarde. Ya está todo preparado.
Thomas tragó saliva. ¿Esta misma tarde?
Había estado presente cuando Heidi, su prima, se marchó a Edimburgo el año anterior.
Había oído los rumores sobre cómo sucedió todo e incluso la vio subir a uno de los Jeeps de la manada, para no volver jamás.
A ella tampoco le habían avisado con más antelación, así que ¿cómo iba a esperar un trato diferente?
Ni siquiera era descendiente directo del alfa.
Así que no discutió e hizo lo que le ordenaban.
Hacer las maletas no le llevó mucho tiempo. Aun así, apenas tuvo tiempo para despedirse.
No se permitió pensar ni analizar demasiado la situación. Eran sus órdenes, y las cumpliría lo mejor que pudiera.
Solo cuando se encontró a solas en el tren, ya entrada la tarde, se permitió un breve respiro.
Qué extraño resultaba dejar Rannoch. Heidi nunca había vuelto a casa y, aunque los rumores abundaban, Thomas no tenía ni idea de por qué su marcha había sido definitiva.
¿Había sido decisión suya? ¿Le había pasado algo allá fuera?
El mundo fuera de Rannoch era inmenso. Quizás ella no había estado preparada para enfrentarse a todo aquello y se había metido en líos. Eran primos, y no se llevaban muchos años, pero nunca habían estado muy unidos. Aun así, no podía evitar preguntarse qué le habría pasado.
¿Y qué sería de él? ¿Lo conseguiría? ¿Sería capaz de mantener en secreto sus verdaderas órdenes y engañar a sus compañeros reclutas?
¿Qué pasaría si lo descubrían?
El tren se detuvo en una estación tranquila y observó un reencuentro lleno de lágrimas en el andén. Una pareja joven, rebosante de alegría por volver a verse.
Quizás el mundo exterior no fuera tan malo. Había visto cómo algunos de sus compañeros encontraban pareja en el propio Rannoch. Pero él nunca había sentido atracción ni conexión alguna con ninguna de las lobas de su edad.
Aquella misión hacia lo desconocido podría hacer que se cruzara con su compañera destinada. Eso esperaba, desde luego.
Tenía que estar en algún lugar, ahí fuera; simplemente, aún no la había encontrado...