El amanecer
Después de perder completamente la noción del tiempo y del espacio dentro del laberinto, donde había sido usada de formas que nunca antes había imaginado —manos anónimas surgiendo de la oscuridad para tocarme, apretarme, abrirme y penetrarme sin piedad, pollas entrando y saliendo de cada uno de mis agujeros sin descanso, y orgasmos tan intensos y prolongados que me dejaban temblando, y casi sin fuerzas—, salí de aquella zona caminando con gran dificultad.
Mis piernas estaban débiles y temblorosas, como si ya no me pertenecieran del todo.
El top lencero negro colgaba roto de uno de mis hombros, los leggings de látex estaban bajados y destrozados, el rostro y el pecho cubiertos de una capa espesa y pegajosa de semen seco de decenas de hombres, y mi coño hinchado, palpitante y rebosante de corridas ajenas que se escapaban sin control por mis muslos con cada paso, dejando un rastro húmedo y visible detrás de mí.
A pesar del agotamiento físico tan brutal que sentía en cada músculo de mi cuerpo, mi mente seguía extrañamente encendida, seguía hambrienta, seguía ardiendo con una necesidad que parecía no tener fin.
Era como si esa noche hubiera despertado una bestia dentro de mí, una versión mucho más oscura, más libre y más insaciable que ya no quería ni podía volver a encerrar en la jaula de esposa perfecta y ejemplar que había mantenido durante tantos años.
En esa sala ocurrieron las escenas más intensas, salvajes y liberadoras de toda la noche.
Álex me tumbó en uno de los colchones centrales y casi inmediatamente, otros hombres se acercaron atraídos por el espectáculo de una mujer casada completamente libre y dispuesta a todo.
Pronto me encontré rodeada de nuevo, pero esta vez con Álex al frente, dirigiendo en cierta forma lo que ocurría.
Me quitaron lo poco que quedaba de mi ropa y quedé completamente desnuda, solo con los tacones altos.
Manos y bocas comenzaron a invadirme por completo.
Alguien me comía el coño con avidez mientras otro me metía su polla gruesa en mi boca.
Álex se arrodilló a mi lado y me susurraba al oído palabras sucias y posesivas, diciéndome lo cerda que era, lo espectacular que me veía así, completamente entregada a cualquiera, mientras me pellizcaba los pezones con fuerza y me besaba con hambre.
Me follaban sin parar, un hombre tras otro, a veces dos y hasta tres al mismo tiempo mientras que sentía pollas entrando en mi coño, en mi boca, en mi mano, dedos explorando mi culo, manos apretándome las tetas con fuerza, bocas succionando cada centímetro de mi piel.
Me corrí tantas veces que perdí la cuenta por completo, gritando, gimiendo, llorando de placer y temblando sin control mientras era devorada por todos los desconocidos que se acercaban.
En uno de los momentos más salvajes y abrumadores, dos hombres me penetraron al mismo tiempo —uno en el coño y otro en el culo— mientras yo chupaba con desesperación la polla de Álex.
El placer era tan intenso, tan bestial, que casi perdí el conocimiento.
Mi cuerpo ya no me pertenecía, sino que se había convertido en solo un instrumento de placer para todos ellos, y esa rendición total me hizo correrme con una fuerza que me dejó sollozando.
Álex fue el último y cuando los demás se apartaron, él se colocó encima de mí, me miró fijamente a los ojos con una tremenda intensidad y me penetró con una lentitud deliberada, profunda y casi dolorosa de tan intensa. Mientras me follaba, me hablaba con esa voz grave que tanto me desarmaba:
— Eres mía esta noche… aunque seas de tu marido el resto de tu vida.
— Nunca vas a olvidar cómo te follé.
— Dime que eres una zorra casada… dime que necesitas esto más que respirar…
Yo repetía todo lo que me pedía entre gemidos entrecortados, completamente rota de placer y con la voz ronca de tanto gritar y cuando finalmente se corrió dentro de mí, sentí sus chorros calientes e intensos inundándome mi vagina por última vez, llenándome hasta el fondo mientras mi propio orgasmo me atravesaba con una fuerza devastadora.
Me corrí con él, abrazándolo con desesperación, clavándole las uñas en la espalda mientras sollozaba de placer, emoción y un extraño sentimiento de despedida que ya empezaba a invadirme.
Después de ese último orgasmo devastador, todo se volvió más lento, más íntimo y casi melancólico.
Álex se quedó unos segundos más dentro de mí, con su polla palpitando dentro de mi coño, mientras me abrazaba con fuerza contra su pecho, como si tampoco quisiera que ese momento terminara nunca.
Me besó en la frente, en los párpados, en las mejillas y finalmente en los labios con una ternura sorprendente que contrastaba brutalmente con toda la rudeza con la que me había follado durante toda la noche.
Me acariciaba el pelo con suavidad, pasando sus dedos entre los mechones pegajosos, sin decir nada, solo sosteniéndome mientras mi cuerpo seguía temblando con pequeñas réplicas de placer y mi respiración intentaba normalizarse.
Me sentía completamente destruida por dentro y por fuera, llena de semen de tantos hombres con los que ya hacía rato que había perdido la cuenta y una sensación que nunca antes había experimentado.
Una extraña tristeza comenzó a instalarse poco a poco en mi pecho, porque en el fondo sabía que la magia de esa noche tan salvaje y liberadora estaba llegando a su fin, y que pronto tendría que volver a mi otra vida, a mi rol de esposa ejemplar.
Álex parecía sentirlo también, por lo que me apretaba contra él con más fuerza, como si quisiera retener un poco más ese momento, como si tampoco estuviera listo para dejarme ir.
El silencio entre nosotros era cómodo, cargado de todo lo que había pasado esa noche, pero también de una cierta melancolía que ninguno de los dos quería expresar en voz alta.
Finalmente, cuando las luces del club empezaron a subir de intensidad anunciando el cierre, me ayudó a levantarme y mis piernas apenas me sostenían.
Me puse como pude mi ropa sucia y casi destrozada, sin importarme demasiado el aspecto y alex me acompañó hasta la salida, caminando a mi lado en silencio.
Al salir del club, llegamos al parking y el amanecer ya estaba tiñendo el cielo de tonos rosados y anaranjados.
El aire fresco de la mañana golpeó mi piel caliente y sudorosa, produciéndome un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo y me recordó, de golpe, la realidad que me esperaba fuera de aquellas paredes.
El parking ya estaba casi vacío, pues solo quedaban unos pocos coches así que caminamos hasta el mío en silencio y antes de que abriera la puerta, Álex me detuvo, me tomó de la barbilla con suavidad y me besó una última vez.
Fue un beso largo, profundo y sorprendentemente tierno, muy diferente a la rudeza con la que me había follado durante toda la noche.
Cuando se separó, me miró fijamente a los ojos y me dijo con voz baja pero firme:
— Esto no tiene por qué ser solo una noche, Lucía. Sabes dónde encontrarme y yo te estaré esperando.
No le respondí con palabras, solo sonreí débilmente, con una mezcla de tristeza, satisfacción y algo parecido a la esperanza, y me subí al coche, arranqué el motor y salí del parking sin mirar atrás.
Durante todo el camino de vuelta a casa no pude parar de llorar, pero no eran exactamente lágrimas de arrepentimiento, sino de una emoción abrumadora, compleja y contradictoria que no sabía cómo procesar.
Había vivido más en una sola noche que en muchos meses, quizás años, de mi vida, había sido follada por decenas de hombres, había tragado semen de desconocidos, había sido usada en la oscuridad, en cabinas, en pasillos y en colchones colectivos, estuve sintiendo placeres tan intensos que en algunos momentos que pensé que iba a desmayarme y todo eso mientras mi marido dormía confiando plenamente en mí.
Las lágrimas caían por mis mejillas sin control mientras conducía y en un semáforo me miré en el espejo retrovisor y casi no me reconocí: el maquillaje corrido, los labios hinchados, restos de semen seco todavía visibles en el cuello y en el escote.
Me veía exactamente como lo que era: una esposa infiel que acababa de pasar la noche más salvaje y reveladora de su vida.
Cuando por fin llegué a casa, el sol ya estaba alto, aparqué el coche y me quedé varios minutos sentada dentro, respirando profundamente, intentando recomponerme antes de entrar.
Me limpié como pude las lágrimas y los restos visibles de la noche y al abrir la puerta de casa, el silencio familiar me golpeó con fuerza.
Todo estaba como lo había dejado: ordenado, limpio, normal porque la vida que compartía con mi marido seguía allí, esperándome.
Me duché durante mucho rato, dejando que el agua caliente intentara borrar todas las marcas físicas que tenía pero por más que frotaba, sabía que las marcas mentales y emocionales jamás se irían.
Me miré en el espejo del baño durante un buen rato: tenía el cuerpo lleno de chupetones, mordidas, marcas rojas en las nalgas y en los muslos, los labios vaginales todavía hinchados y sensibles, y mi anillo de casada, seguía en mi dedo, brillando inocentemente como si nada hubiera pasado.
Tras la ducha, me puse un camisón limpio y me metí en la cama al lado de mi marido, que todavía dormía plácidamente. Él se movió instintivamente, me abrazó por detrás y murmuró con voz dormida:
— ¿Qué tal la cena, cariño? ¿Llegaste tarde?
Sentí una punzada fuerte en el pecho, tragué saliva y le respondí con la voz más tranquila que pude:
— Bien… llegué un poco tarde, pero todo bien.
Él me besó suavemente el hombro, suspiró satisfecho y volvió a dormirse, abrazándome con más fuerza pero yo me quedé completamente despierta, sintiendo su calor familiar contra mi espalda, su respiración tranquila y su brazo rodeándome con cariño.
Y en ese momento, con una claridad absoluta y dolorosa, lo entendí todo.
Esta era yo, una mujer que amaba profundamente a su marido, que valoraba la vida estable y cariñosa que habían construido juntos, pero que al mismo tiempo necesitaba, de forma casi vital, experimentar esa otra versión de sí misma: la zorra, la infiel, la promiscua, la que se dejaba usar y degradar en la oscuridad por hombres desconocidos porque ya no había forma de negar mi naturaleza ni quería seguir luchando contra ella.
Mientras mi marido dormía confiado a mi lado, yo permanecía despierta, con el cuerpo dolorido y lleno de recuerdos de la noche anterior, sabiendo con certeza que esta no sería la última vez, que probablemente seguiría siendo infiel durante mucho tiempo y que necesitaba esa doble vida para sentirme completa.
Cerré los ojos, respiré hondo y, con una sonrisa pequeña, cansada pero sincera en los labios, me dejé llevar por el sueño.