Capítulo 68
—Siento que te haya tocado esto, amigo —afirmó Roy, saliendo a toda velocidad del aparcamiento—.
El procedimiento dice que al menos dos personas deben asistir a un posible suicidio, y el resto de mi equipo estaba demasiado lejos ahora mismo.
No me voy a llevar a una mujer, y tu otro compañero no me parece muy de fiar.
Bryant se agarró al asiento mientras Roy conducía de forma tan errática como si llevara una luz azul parpadeante en el techo.
—¿Qué es lo que han reportado? —preguntó Bryant, que confiaba muy poco en Roy para hablar con una persona que estaba considerando la posibilidad de suicidarse.
—Hay un hombre de unos treinta años en lo alto del aparcamiento del Sainsbury’s. Ha llamado un ciudadano muy preocupado. No deja de caminar junto al borde.
Bryant sabía que el supermercado estaba a solo unos kilómetros de la comisaría, pero, como Roy conocía todos los atajos, el hombre entraba y salía de callejuelas de todo tipo como si fuera un piloto de carreras. Bryant iba balanceándose todo el tiempo.
—Siento conducir así, compañero, pero ya sabes cómo es la cosa cuando tienes la oportunidad de salvar a alguien.
Cuando Roy giró hacia Talbot Street, el teléfono de Bryant comenzó a sonar.
—No tenemos tiempo para que lo cojas, amigo —dijo Roy, entrando a toda velocidad en el aparcamiento—. Imagínate que ese hombre se tira y tú estabas hablando con tu mujer por teléfono. Tu equipo sabe dónde estás porque se lo he dicho antes de salir.
Bryant comprendió que iban a atender la emergencia de un posible suicida. No podía salir del coche hablando por teléfono.
Roy detuvo el coche al principio de la rampa que conducía a la planta de arriba, donde estaba el aparcamiento del supermercado.
—Venga, vamos a salir de aquí y subimos andando. Así no lo asustamos con el ruido del coche.
Bryant cerró la puerta del copiloto y lo siguió.
La parte superior del Sainsbury’s se parecía a la mayoría de los aparcamientos en azoteas. Un espacio vasto y abierto con algunos coches dispersos aquí y allá.
No había señales de movimiento.
—¡Por allí! —exclamó Roy, señalando los edificios de la sala de máquinas—. Siempre tienen un lugar favorito para hacerlo.
El sargento de Blackpool no esperó y echó a correr en esa dirección.
Bryant lo siguió y tuvo que saltar una pequeña valla para llegar detrás del edificio de ladrillo.
Dobló la esquina y no encontró… nada. Solo a Roy, de pie con los brazos cruzados y una sonrisa de suficiencia en el rostro.
—Vaya, joder. Parece que ha debido cambiar de opinión.