Capítulo 66
Bryant entró en la sala de la brigada y se encontró con un silencio atronador. La única persona presente era Roy Moss.
Como Red solía rotar a las personas que se quedaban al mando atendiendo los teléfonos, supuso que aquel día le tocaba a Moss. O eso, o que Red seguía sin soportar verle la cara.
Moss lo saludó con un saludo militar. Bryant le devolvió el saludo y se dirigió a la sala en la que estaba trabajando su equipo.
Tanto Penn como Stacey levantaron la vista, sorprendidos.
—¿Te has olvidado algo, Bryant? —preguntó Stacey, mirando a su alrededor.
—Kim está con la inspectora jefa —explicó mientras se sentaba—. ¿Tenéis algo más?
—Sigue chirriándome que ambas familias fueran víctimas de sendos robos en los últimos meses.
—¿Gestionaron ambos casos los mismos agentes?
—No, Red y Moss acudieron a casa de la familia Stevens, y Adil y Dickinson, a la de la familia Reid.
Bryant comprendía el callejón sin salida en el que se encontraba su compañera. No había indicios de irregularidades por parte de ninguno de esos dos últimos agentes, pero entendía su inquietud.
—Todavía me parece un poco…
—¡Peleas de gallos! —exclamó Penn, mirando a Bryant y a Stacey alternativamente.
Stacey asintió, mientras que Bryant arqueó una ceja.
—De eso lo están disfrazando en la dark web . Es lo bastante asqueroso como para que lo encuentren quienes saben lo que están buscando, pero no llama tanto la atención como las peleas de perros —explicó, antes de volver a centrar toda su atención en la pantalla de su ordenador.
Como no sabía qué hacer, Bryant decidió ir a preparar una cafetera. Probablemente, a la jefa le vendría bien un café antes de que se marcharan hacia su próximo destino, fuera el que fuera.
Cogió la taza de Penn y salió por puerta en dirección a la cocina.
Comenzó a preparar la cafetera y se quedó mirándola, todavía tratando de encontrarle algún sentido a lo que les había contado Richard Wade.
Un pelo, un único pelo rubio, que sin duda pertenecía a Justin Holmes.
Si optaba por pensar lo peor de Moss, entonces todo cobraría sentido: la visita improvisada al novio, el haberse pasado innecesariamente por la morgue…
No sería el primer agente en colocar pruebas para obtener un resultado rápido, pero Bryant esperaba que fuera el último.
Como con todo lo demás, no tenía suficientes pruebas. Todo era circunstancial. «Al infierno con ese bastardo miserable», pensó Bryant mientras metía la taza vacía de Penn en el fregadero.
—¡Oye, amigo, tenemos que irnos! —gritó Roy desde el umbral de la puerta. Su voz estaba llena de urgencia y sus ojos brillaban—. Hay un suicida en el supermercado. Está en el tejado y aquí no hay nadie más. El jefe me ha dicho que te lleve conmigo.
—Vale, déjame decirle a…
—Ya se lo he dicho yo. Venga, vamos, no tenemos mucho tiempo.
Bryant dejó la cafetera y siguió al hombre hacia el exterior del edificio.