Incertidumbre y temor Intervención
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Incertidumbre y temor

Incertidumbre y temor

Por Jassiel H. Yanez

© inepub.com

Intervención

La mañana de ese sábado era una de las más frías de aquel verano en la ciudad de Puebla.

Bruno tomó su ropa deportiva de nailon color gris y una sudadera de algodón del mismo tono.

Antes de salir de su departamento, se preparó una taza de café negro cargado, acompañada de unas galletas Crackets.

Al terminar, se cepilló los dientes, tomó sus audífonos inalámbricos, los vinculó a su celular y reprodujo su lista favorita para comenzar a correr.

Mientras iniciaba su recorrido, repasaba los pendientes del trabajo.

Empezó a planear su día para organizarse y no tener que ir de un lado a otro.

Conforme aceleraba el paso, la música cambiaba de ritmo; así había diseñado su lista en Spotify: comenzaba con canciones suaves y melodiosas, para terminar con música más intensa, de mayor velocidad y voces más graves.

También estaba el asunto de la maestría. Tenía que terminar un proyecto que debía entregar ese mismo fin de semana. Eran demasiados pendientes y muy poco tiempo. Y, sinceramente, no tenía ganas de nada: solo quería quedarse en cama y dormir todo el fin de semana.

Tomó rumbo por el Circuito Juan Pablo II. A esa hora, la avenida no tenía mucho tránsito, así que decidió optar por ese camino después de tanto tiempo sin recorrerlo.

Corría por la acera mientras cantaba algunas de sus canciones favoritas y observaba cómo algunos locales de tacos y birria seguían abiertos o estaban por cerrar. El sol aún no salía, pero el cielo comenzaba a aclararse.

Siguió hacia el Hospital General de La Margarita, cruzando el puente que unía ambos extremos de la barranca del río Alseseca.

El frío aminoraba conforme sudaba y aumentaba su velocidad.

Corrió hasta el hospital, dio la vuelta y regresó por el mismo camino.

Al volver al puente, notó algo que lo hizo reducir la velocidad hasta detenerse.

Un hombre de cabello negro rizado, lentes y ropa un tanto desaliñada estaba sentado en la orilla, contemplando el sucio y apestoso río que había crecido por las lluvias.

Bruno se quedó quieto. Se quitó los audífonos y se acercó lentamente al joven, que seguía mirando al vacío.

¿Qué está haciendo ese tipo?

—Hola.

El joven se sobresaltó, pero no devolvió el saludo. Solo lo miró con una expresión vacía.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó con amabilidad.

El joven no respondió y volvió la mirada al río.

No fue difícil para Bruno comprender la situación. Aquel hombre estaba al borde de algo irreversible. No sabía qué podía estar pasando por su cabeza, ni qué estaría viviendo. Entonces recordó los cursos que había tomado sobre prevención del suicidio para ayudar a amigos y familiares.

Sin decir nada más, se sentó a su lado y comenzó a mirar el río, mientras ejecutaba el plan que tomaba forma en su mente.

—¿Cómo te llamas?

El joven no respondió.

—Yo me llamo Bruno. Bruno Caballero.

Bruno lo observó con mayor atención. En su mirada notó una profunda melancolía, como si en cualquier momento fuera a romper en llanto.

Permanecieron en silencio un largo rato, hasta que el joven finalmente habló.

—Sí, necesito ayuda —dijo con la voz quebrada—. Me llamo Jared, Jared Heredia.

Bruno sonrió e intentó estrechar su mano, pero Jared no correspondió.

—Un placer conocerte, Jared. ¿Cómo te puedo ayudar?

Jared no respondió de inmediato.

Esto va a tomar más tiempo de lo que pensé.

—No lo sé. No sé cómo puedes ayudarme.

Bruno guardó silencio y continuó.

—Entonces dime, ¿qué es lo que te pasa?

Jared lo miró, confundido.

—¿Por qué lo haces? ¿Qué ganas con esto?

—Pareces una persona que necesita ayuda, y a mí me gusta ayudar. Por eso pregunto de nuevo: ¿cómo te puedo ayudar?

Un par de lágrimas brotaron de los ojos de Jared. Volvió la vista al río, y Bruno sintió un escalofrío ante la idea de que pudiera arrojarse.

—Han sido unos días de porquería. Estoy cansado… Solo es eso. Estoy cansado.

—Entiendo.

Jared soltó una risa amarga.

—No lo creo —dijo con sarcasmo.

—Tienes razón. No te entiendo. Por favor, explícame.

Jared guardó silencio, organizando sus ideas.

—¿Alguna vez has perdido a alguien a quien amaste con todo tu ser, que te quiso incluso más que tú, que estuvo para ti en todo momento y que sabes que no volverá?

Porque yo sí . Pensó Jared.

Bruno no respondió de inmediato. No esperaba esa pregunta. Era ambigua: podía referirse a un amor o a un familiar.

—Sí, he perdido a alguien a quien quería mucho.

Jared lo miró. Bruno mantenía una expresión serena. Por un momento, sintió en él un interés genuino.

—Entonces sabes lo que se siente.

—Quizá no de la misma manera, pero en cierto modo lo entiendo.

—A veces siento que no puedo seguir. Me siento demasiado cansado de intentarlo. Y estos días han sido cada vez más pesados.

—¿Y qué haces aquí?

Jared observó el horizonte.

—Pensar… mientras veo el amanecer.

Bruno hizo lo mismo. Por momentos lo miraba de reojo, observando cómo su expresión cambiaba de la nostalgia a una breve paz.

—¿Te gusta la música, Jared?

—Sí, me encanta.

—¿Has escuchado a The Beatles?

Jared lo miró, confundido.

—Claro. ¿Quién no?

—Hay personas que no —respondió Bruno con una ligera sonrisa—. Viendo el amanecer, pensé en esta canción.

Sacó su celular, buscó la canción y la reprodujo. Le ofreció uno de los audífonos. Jared lo tomó sin pensarlo y se lo colocó.

Ambos escucharon Here Comes the Sun mientras el sol terminaba de elevarse.

— Little darlin', the smile's returning to their faces … —tarareó Bruno.

Jared comenzó a sonreír.

— Here comes the sun, and I say …

— It's alright —cantaron ambos.

Bruno sonrió al notar que su plan funcionaba. Jared comenzaba a mejorar su ánimo.

—¿Alguna petición?

Jared lo pensó un momento.

—Sí. Hay una.

—Te escucho.

— Zombie , de The Cranberries.

—Interesante.

—¿Qué es interesante?

—No pareces del tipo que escuche esa banda.

—¿En serio? Tampoco tú pareces del tipo que escuche a The Beatles —respondió Jared con una sonrisa.

—Está bien. Aquí va.

Bruno reprodujo la canción y lo observó, analizando su expresión. Tras el intro, Jared comenzó a cantar. Su rostro volvió a tornarse melancólico y las lágrimas reaparecieron.

Bruno dudó. Quizá no había sido buena idea.

—Gracias —dijo Jared. Le devolvió el audífono a Bruno y aprovechó para estrechar su mano.

—No tuve oportunidad antes. Gusto en conocerte, Jared.

—El gusto es mío, Bruno.

Se quedaron unos segundos con las manos entrelazadas, sin apartar la mirada. Fue entonces cuando Bruno lo observó con mayor detenimiento.

Su apariencia era desaliñada, pero llamativa: de cuerpo fornido, cabello rizado con los lados rasurados y orejas pequeñas y pegadas, con un lunar en la punta de la izquierda.

Sus cejas eran gruesas, más pobladas hacia el extremo; pestañas largas y rizadas enmarcaban unos ojos color café claro, detrás de lentes redondos.

La barba, apenas recortada, delineaba un rostro ovalado con tres pequeños lunares cerca de la nariz —de punta ligeramente grande—, uno mediano junto a los labios y dos más en la frente.

Tenía el mentón definido, cuello ancho, piel morena clara y abundante vello en brazos y pecho, visible por encima de la sudadera.

Espalda ancha, sin exagerar. Vestía pantalón de mezclilla, playera negra y una sudadera roja, blanca y azul marino con las letras NYC en la franja blanca.

No parecía una tela adecuada para el frío de esa mañana.

—Jared, ¿ya desayunaste?

—No, todavía no. A decir verdad, no he comido muy bien estos días.

Bruno asintió, soltó su mano y se levantó. Luego volvió a extenderla.

—¿Me acompañas a desayunar algo? Muero de hambre.

Jared miró la mano de Bruno, luego el río y finalmente volvió a ella. La tomó y se puso de pie. En ese momento, Bruno lo abrazó.

Esta vez fue Jared quien lo observó con detenimiento.

El cabello lacio estaba ligeramente esponjado por el sudor; un mechón caía sobre su frente y él lo acomodaba constantemente.

Sus ojos cafés oscuro y su barba resaltaban las facciones de su rostro redondo, especialmente la nariz y las cejas.

Su complexión era robusta y tonificada. La piel caucásica, ligeramente enrojecida por el frío, le daba un aspecto más saludable de lo que probablemente se sentía.

—Tranquilo, todo está bien.

Jared rompió en llanto y devolvió el abrazo. Permanecieron así unos momentos, hasta que Bruno se separó con suavidad.

—Vamos, tenemos que comer algo.

Caminaron por el Circuito Juan Pablo II hasta llegar a un local de comida corrida que, para Bruno, era aceptable.

—Dime, Jared. ¿A qué te dedicas? ¿Dónde vives?

Jared mantuvo la vista en el menú mientras respondía.

—Vivo en La Noria. Soy químico farmacobiólogo. Trabajo como inspector de calidad en una farmacéutica en San Manuel.

—Interesante, un químico. Debes de ser muy inteligente.

Jared sonrió.

—¿Y tú? ¿Dónde vives? ¿A qué te dedicas?

—Vivo en La Paz. Trabajo como supervisor en una cadena de centros comerciales.

—Genial, debe de irte muy bien.

—¿Qué vas a ordenar? —preguntó Bruno, evadiendo el comentario.

—Chilaquiles rojos con pollo y frijoles. ¿Tú?

Bruno revisó el menú y, tras un breve análisis, respondió:

—Enchiladas verdes.

—Muy bien, ordenemos.

Jared guardó silencio mientras Bruno pedía.

Pensó que, hacía apenas una hora, la jaqueca, el cansancio, la bruma mental y la taquicardia casi habían desaparecido desde que Bruno apareció.

Llevaba ya un mes sin medicamentos: sin antidepresivos, ansiolíticos ni antipsicóticos. Había trabajado duro para no depender de ellos.

—Y bien, ¿cómo te sientes? —preguntó Bruno mientras tomaban asiento.

—Supongo que bien… aunque tengo hambre. Y eso es raro.

—¿Por qué?

Jared miró por la ventana, respirando hondo antes de responder.

—Tranquilo, no tienes que responder si no quieres.

—No, está bien. Quiero responder. Es solo que…

—¿Qué?

—…Llevo una semana sin comer.

—¿Nada?

La mesera llegó con las tazas de café. Jared agradeció con un gesto.

—Nada. Perdí el apetito desde el lunes.