Incendio (Bomberos de Sky Ridge 3) Epílogo. Xander
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Epílogo. Xander

Epílogo

Xander

Siete meses después

—Mira a quién traigo... —anuncio en voz baja, empujando la puerta despacio.

En esta habitación de hospital se respira silencio y los rayos de luz de primera hora de la tarde se cuelan por las cortinas medio cerradas.

Entramos los cuatro y veo a mi preciosa mujer sentada en la cama, con una sonrisa de oreja a oreja.

Dalton lleva un ramo de flores en las manos y las deja en el ancho alféizar, tal y como le he pedido que hiciera antes de cruzar la puerta.

Penny camina de puntillas por este suelo pulido para hacer el menor ruido posible, justo como hemos practicado.

A lo largo del último año, esta diablilla se ha relajado un poco (aunque muy sutilmente).

Llevo a Bea, que ya tiene trece meses, en brazos.

He intentado recogerle sus rizos cortos y castaños en unas coletas tan bien como he sabido.

Kent y Colleen nos siguen, se meten en la habitación y el espacio se llena de cháchara, aunque hablan en susurros.

Antes de que la puerta se cierre a sus espaldas, aparecen Scottie y Cal.

Sacudo la cabeza. Creo que ya no cabe nadie más en este cuarto minúsculo.

Voy hacia el lado de la cama y me inclino para darle un beso delicado en la frente a mi mujer. Ella levanta la cara hacia mí y sonríe alegre y serena. Dios, tengo a la mujer más guapa del mundo.

Bea alarga los brazos hacia Teddy y yo la bajo despacio.

—Vale. Recuerda: tenemos que ir con mucho cuidado —le susurro a la niña. Ella se acomoda al lado de su madre y le apoya la cabeza en el pecho—. ¿Cómo te encuentras? No he tardado demasiado en volver, ¿no? —le pregunto a Teddy.

—Xander, no has tardado ni una hora. Estoy bien —se ríe liviana y estira el brazo para acariciarme la mejilla.

Me rasca mi barba espesa con las uñas. Le cojo la mano y me acerco los dedos a los labios para besárselos con ternura.

Joder, cuánto quiero a esta mujer—. Rowan y Vi han venido a verme y a conocer a la bebé mientras no estabas.

Los dos miramos a nuestra hija recién nacida, Spencer Leigh Macomb, que duerme felizmente arropada en el otro brazo de mi mujer.

Penny me tira de la camiseta. Me agacho para levantarla con cuidado y la siento en el borde de esta cama de hospital.

Se inclina por encima de la bebé y suelta un «oooh» casi inaudible.

Me va a estallar el puto corazón. Dalton se queda rezagado y voy hacia él.

—¿Quieres verla?

—¿Puedo cogerla? —me pregunta el niño levantando la vista hacia mí.

Miro a Teddy y ella asiente.

—Vale, campeón. En esa silla —le indico—. Espera que coja una almohada...

Pillo la almohada que usé anoche para dormir en la pequeña cama supletoria que hay en la esquina de la habitación.

Preparo bien al niño y luego le cojo mi hija recién nacida a Teddy.

Le doy un beso por encima del gorro rosa que le cubre su pelo oscuro (ese que tanto ardor de estómago le dio a Teddy los últimos meses) y, acto seguido, con cuidado, la coloco en el brazo de Dalton, que tiene apoyado sobre la almohada.

—Bien hecho, chaval. Eres todo un experto.

El crío pone los ojos en blanco y responde:

—No es la primera vez que lo hago.

Río con discreción y asiento mientras me pongo en cuclillas a su lado. Kent, Colleen, Cal y Scottie se han acercado a Teddy y nos han dejado a Dalton y a mí con la bebé. Miro a mi hijastro mientras él estudia a su hermana con sus ojos marrones llenos de adoración.

—Qué mona —comenta.

En eso tiene razón. Teddy y yo hicimos un trabajo espectacular, leches.

Y, gracias a Dios, no tuvimos un parto domiciliario de emergencia, aunque todos los chicos se aseguraron de recordarme a qué podía dedicarme ahora que he dejado mi curro como bombero de élite.

Este parto fue la mar de normal y estoy agradecidísimo por ello.

No sé si habría estado igual de tranquilo y sereno en esta ocasión.

Cal tenía el puesto de superintendente merecidísimo y ha demostrado ser el líder justo y exigente que yo esperaba que fuese. Al poco de asumir el cargo, ascendió a Rowan a capitán. Estoy orgullosísimo de ellos dos, simple y llanamente. Son mis hermanos, de por vida.

A lo largo de este último año, esa parte de mí que hacía que me sintiera tan atado a mi trabajo por una cuestión de moral se ha ido disipando. Supongo que se debe a que, ahora, me toca hacer el trabajo más importante de toda mi vida. Y me siento honrado de cojones de tener esta oportunidad.

La de haberme convertido en marido y padre.

La de ver crecer a todos mis hijos (porque, ahora, los hijos de Teddy también son los míos); es lo mejor del mundo.

La de pasar todos los días con el amor de mi vida a sabiendas de que, cuando me meta en la cama cada noche, ella estará a mi lado.

La de poder hacerle el amor y demostrarle que mi amor por ella y por esta familia es inquebrantable e incondicional.

Nos hemos ido del dúplex (tanto del suyo como del mío) y nos hemos mudado a una casa en la misma calle que Cal y Scottie.

Tenemos un jardín lo bastante grande para que jueguen los niños (sin arroyos detrás, por suerte) y espacio para nuestra familia, que no para de crecer.

Desvío la vista hacia Teddy y no me avergüenza en absoluto reconocer que lo que más me gustaría en este mundo es añadir, como mínimo, un miembro más a nuestra familia... Cuando ella esté lista, por supuesto.

Mientras íbamos decorando la nueva casa, Teddy sugirió, discretamente, que dejáramos las fotos de Logan en las cajas, pero yo la abracé y me negué.

Dalton y Penny (y, algún día, también Bea) necesitan algo que les recuerde a sus raíces.

El amor que compartimos con Teddy, esta vida que ahora tenemos la oportunidad de vivir, no se verá amenazada ni mermada por la vida que vivió ella con Logan.

Ahora lo sé. Y estos niños merecen saber quién era su padre y lo mucho que los querían, tanto él como Teddy.

Tenemos una foto de nuestra boda al lado de una de hace muchísimos años donde salen Teddy y Logan muy jóvenes.

Estos niños siempre sabrán lo mucho que los queremos nosotros también.

—¿Xander? —me llama Dalton en voz baja para captar mi atención.

Me giro un poco sin levantarme, aún en cuclillas, y lo miro.

—Dime, campeón.

—¿Esta niña te llamará «papá»? —me pregunta con un hilo de voz para que nadie más lo oiga.

Asiento, le coloco la mano en el hombro y se lo aprieto con delicadeza.

—Sí, así es.

—Ah... —responde. Asiente con la cabeza, desvía la vista hacia la bebé de nuevo y luego me mira a los ojos—. ¿Crees que yo también podría llamarte «papá»?

Miro por encima del reposabrazos y veo a Teddy. Está mirándonos fijamente y diría que ha oído la conversación, porque tiene los ojos llenos de lágrimas. Vuelvo a mirar a Dalton con el corazón encogido.

—¿Sabes una cosa, campeón? Sería un honor para mí que me llamaras «papá» —logro responder con un susurro, a pesar de que tengo un nudo enorme en la garganta.

Miro de nuevo a mi mujer y, al acordarme de la carta que me escribió mi padre, me gusta pensar que habría estado orgulloso de narices de la vida que tengo ahora.

Porque he encontrado ese amor que solo se encuentra una vez en la vida... Y pienso aferrarme a él con ambas manos, con todas mis fuerzas.