Capítulo 53
Mical
No existe manera de separar aquello que no puede ser separado.
En cuanto clavo la lanza en uno de los ojos, lo veo sangrar y el árbol vuelve a aullar, liberando un vendaval en un intento de defenderse.
La fuerza, esta vez, me hace resbalar antes de hincar la lanza en el suelo.
En cuanto la primera ráfaga cesa, otra ocupa su lugar de inmediato, empujando mi cuerpo con tal brusquedad que mis dedos sueltan el asta y soy lanzada contra uno de los árboles, con la espalda golpeando con violencia el tronco.
Siento el crujido y el dolor se extiende como fuego en rastrojo seco, imparable.
Me pongo de pie, incluso ante las protestas insistentes de mi cuerpo, y corro hacia el árbol, la lanza lista para alcanzarlo una vez más.
Con el golpe certero, la embestida abre un tajo dorado en las vetas oscuras de la madera, antes de que intente detenerme de nuevo con gritos ensordecedores y la maldita ventisca.
Pero no volveré a fallar: ya estoy preparada para su sistema de defensa y salto segundos antes de que cree la ráfaga, aterrizando en una de sus ramas.
Se retuerce, intenta derribarme, sin éxito.
Y tomo este instante como el momento perfecto para intentar acabar con él, hundiendo la lanza hasta que el filo desaparece en su cuerpo y descendiendo, la herida abriéndose y manando una sangre grisácea, como si el propio árbol se hubiera transformado en un Enevoado.
El hedor del líquido es el mismo del pantano, una mezcla de muerte y podredumbre.
Algunas de las ramas empiezan a caer, sus gruñidos se elevan mientras intenta resistir a mi poder. Este se infiltra en la herida y alcanza el núcleo de su existencia, destruyéndolo de dentro hacia fuera, haciendo que todas las almas que de algún modo lo alimentan se conviertan en polvo.
Cuando por fin alcanzo el suelo, levanto la cabeza y observo el corte de metros de extensión y todo lo que se derrama de él. Incluso la energía oscura escapa como una niebla y se amontona en el claro, transformándolo en un manto tan denso que apenas consigo ver a un palmo de mi nariz.
Los golpes contra mi muro mental se intensifican.
Los ladrillos invisibles vibran, siguiendo el mismo ritmo que los gritos del árbol, su lamento, su dolor.
Lo veo encorvarse, con el tronco partiéndose y creando astillas afiladas de madera.
Los ojos explotan, lanzando una especie de pus en todas direcciones, algo extremadamente repugnante y aterrador, porque ya estoy completamente inmunda y esta mierda no ayuda.
Alzo el brazo y protejo el rostro en cuanto veo las burbujas formándose en toda la corteza, creciendo, dilatándose, con una sustancia tan intragable como la anterior.
Segundos después, la explosión ocurre y la voz en mi cabeza grita, una copia del último sonido emitido por el árbol, como si el dolor que reverbera en el tronco inmenso fuera el mismo o incluso peor de lo que él esperaba.
En ese instante, con el odio en pleno hervor, noto que la grieta por fin cede y, como utilicé gran parte de lo que me quedaba de poder para combatir la influencia mental del bosque y el resto para destruir el árbol, ya no existe contención alguna, ningún vestigio de control por mi parte.
Solo él.
Solo el alquimista.
Caigo de rodillas cuando empieza a entretejer sus deseos en mi mente y me transforma poco a poco en parte integrante de sí mismo, apoderándose lentamente del control de mis miembros, carcajeándose, provocándome, porque matar el árbol jamás acabaría con él.
Puede que me hayas debilitado, Mical, pero con eso rompiste la última barrera que aún me mantenía lejos. Todo tiene un costo y una consecuencia; una vez más hiciste la elección equivocada.
Como cuando lo maté e hice exactamente lo que él quería.
Pero jamás cometería el mismo error dos veces y está a punto de descubrirlo.
El ruido del bosque llorando la pérdida del árbol más grande camufla los pasos de alguien cuya cercanía sentiría incluso si mi cuerpo ya no existiera.
Nilo surge en cuestión de segundos, apartando la niebla con su brillo plateado.
Está muy fuerte, porque yo estoy muy débil.
Y puedo ver el tormento que eso le provoca.
— Prometiste que aceptarías — comento, el tono de mi voz abrazando el de dos almas.
Dos entidades que habitan el mismo cuerpo.
Pronto, solo existirá una de ellas.
— Sí, pero estoy aquí para quedarme contigo.
El monstruo toma la delantera y lo que atraviesa sus pensamientos me hace apretar los dientes.
— ¡Aléjate, Nilo! Si no puedes matarme, vete… — No logro terminar la frase; mi voz se apaga y cede el lugar a otra.
Él niega con la cabeza.
— No me enfrenté al bosque para huir.
— ¡No, no, no, no…!
Grito la negativa, intentando impedir algo que no puede ser impedido. Aquí, durante unos segundos mínimos, ínfimos, en los que el rey consigue asumir el control, veo todo lo que desea hacer, cuál es su mayor ansia.
Soy el huésped perfecto.
Siempre lo fui.
Para él, nada más importa.
Nilo sigue avanzando; su armadura, completamente destruida, expresa cuánto se esforzó en la batalla y para estar aquí, justo en este segundo, como si ya lo supiera, como si sintiera que debía venir cuanto antes.
Apenas tengo tiempo de advertirle cuando el alquimista sujeta mi lanza y la alza.
Soy incapaz de hacer que mi cuerpo responda a mis órdenes.
De impedirlo, de detener sus actos. Y acompaño cada mínimo movimiento como si durara minutos y no apenas segundos, en una agonía profunda hasta verlo lanzar el arma.
Él
Lanza
Mi
Lanza.
En dirección al único ser que amo.
Observo la escena como si estuviera en una película, o viendo el pasado, sin poder interferir.
La lanza recorre la trayectoria a una velocidad abrasadora, con tanta fuerza que apenas puedo creer que Nilo ni siquiera intente esquivar el golpe. Simplemente… no esquiva.
NO.ESQUIVA.
Entro en colapso; el miedo burbujea y me hace comprender que existe un solo sentimiento más fuerte que el odio: el miedo.
Porque el miedo, cuando no paraliza, invoca una fuerza cuya procedencia jamás logramos explicar, y eso es lo que ocurre conmigo cuando veo a Nilo sonreír, un segundo antes de que la punta encuentre su corazón y yo vea su energía desvanecerse, lista para formar parte de mí en una transferencia que no quiero.
¡NO!
¡NO!
¡NO!
La negativa resuena y toda mi alma se apiada del dolor paralizante de ver los ojos azules que tanto amo perder poco a poco su color.
Sin pensar.
Sin lograr razonar.
Algo en mí estalla y corro hacia él, a tiempo de sostener su cuerpo antes de que su cabeza golpee el suelo. En cuanto mis brazos lo rodean, Nilo amplía la sonrisa. Retiro la lanza y la sangre color vino con destellos plateados empapa mi mano y la armadura destruida.
El alquimista clavó mi lanza en Nilo. La única arma capaz de matarlo de verdad.
No. No. No.
No puede ser.
Esto no está ocurriendo, no puede.
Palpo su herida e intento curarla, sintiendo el poder acumularse en mi núcleo de energía, ahora inundado por un plateado límpido, como plata derretida, moldeándose al oro. Algo que rechazo. No puedo, simplemente no…
Meciendo su cuerpo entre mis brazos, mis ojos se llenan de lágrimas mientras lloro todo el dolor que llena mi pecho, el dolor que oprime mi corazón y lo hace sangrar, aquí mismo, ante el hombre que se va apagando poco a poco, intentando tocar mi rostro para detener las lágrimas.
Está desapareciendo.
Su energía es consumida por la mía.
Veo la espada en su otra mano y, antes de que su cuerpo sea llevado a algún lugar, observo cómo su sonrisa serena se transforma en pavor al comprender lo que estoy a punto de hacer.
No voy a existir en un mundo sin él.
Me niego, en cualquier realidad.
Y por la debilidad, por el golpe fatal que recibió, Nilo no logra impedir que levante su mano, manteniendo sus dedos cerrados alrededor de la empuñadura de la espada.
— Te amo — susurro.
Me aparto de él y clavo la hoja en mi pecho, en el mismo punto donde mi lanza perforó el suyo. Mis ojos se abren de par en par y algo dentro de mí se queja al encontrar su fin junto al de mi alma, junto a todo lo que más deseaba.
No lograrás nada de lo que planeaste.
Solo el fracaso. Deprimente y lleno de nada.
El dolor desaparece y lo que invade mis pensamientos es la sensación más deliciosa de paz, de alivio, con el final de algo que solo nos causó sufrimiento y una angustia constante.
Veo la negativa brillar en sus ojos, la desesperación oscureciéndolos, y esta vez soy yo quien sonríe, intentando tranquilizarlo como él intentó calmarme.
Fuimos hechos juntos.
Y partiremos juntos.
No veo cómo una existencia podría valer más la pena que por cuánto fui amada y amé.
— Todo está bien, querido. Todo muy bien — susurro, alzando la mano para acariciar su rostro, sintiendo la vida abandonarme.
Rápido.
Tan rápido que me siento flotar, mientras lo oigo murmurar:
— Mical…
Sangre color vino y plateada escapa de sus labios y apoya la cabeza en mi mano, mientras mis entrañas arden, con el corte palpitando y esparciendo el ardor, como si me devorara de dentro hacia fuera, como si destruyera cada mínima partícula de mi alma.
Me inclino con dificultad y cubro el cuerpo de Nilo con el mío.
— No debiste hacer esto — dice con dificultad. — ¿Las doscientas veces fueron en vano? — sus palabras entrecortadas me parten el corazón.
— Doscientas vidas en las que te encontré. Si no estamos malditos a ser el uno del otro, me pregunto qué seríamos entonces.
La luz rojiza cubre nuestros cuerpos como un manto delicado de cariño. Alzo ligeramente la cabeza y veo cómo los árboles se apartan para permitir que la luna infernal en lo alto del cielo ilumine nuestros cuerpos y acaricie cada centímetro de nuestra piel.
Lentamente, comienza a desaparecer, en una reverencia silenciosa, un final tan elegante y de transición suave que, cuando su luz se desvanece, apenas tengo tiempo de comprender que la decisión que pertenecía a la luna, la decisión que yo, como señora infernal, tomé el día en que Nilo y yo entrenamos, es que en realidad… yo no existiría sin él.
Aunque me costara todo.
Eso fue lo que decidí aquel día.
Esa es la elección que hice ahora.
Él.
Yo lo elegí.
Como él me ha elegido durante milenios.
Observo cómo las lágrimas se abren paso por el rostro de Mical.
Ella nunca lloró, nunca… ni siquiera en sus vidas humanas, en las que algunas fueron puro sufrimiento. Ella nunca lloró. Jamás. Y aquí, con los dedos sobre mi rostro, recorriendo mis facciones, Mical no solo llora, sino que vive el dolor en su forma más intensa.
Algo también se derrama en mí. Volviendo mis pensamientos un desastre caótico. Tanto, que empiezo a disociar, recordando todo lo que hicimos, todo lo que vivimos para llegar hasta aquí, en los instantes finales de una vida que fue demasiado buena para seres que no lo merecen.
De una vida cuyo final fue postergado durante demasiado tiempo.
Porque eso es lo que está ocurriendo… la despedida. Solo que partir con ella, quizá sea la mejor cosa que me haya sucedido jamás.