Impius Capítulo 30
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Capítulo 30

Lyra

Siempre existe un lugar adonde ir. No importa cuán fácil sea llegar, cuestione siempre cuál es la dificultad de salir.

Rompe las cadenas.

¡Rompe!

¡Rompe!

¡Rompe!

Rómpelas y destroza cada una de ellas. No fuiste hecha para permanecer atada, ¡fuiste hecha para volar!

¡Acaba de una vez con esto!

Escucho mi voz canturreando, provocando, intentando hacerme ceder a algo.

¿Será que ya estoy muerta? ¿O será que aún no lo estoy?

Todo a mi alrededor es indistinguible; no sé si estoy viva o flotando como un alma en un lugar desconocido.

Alzo la mano, intentando concentrar todo mi poder en ella, y cuando mis dedos empiezan a relucir en dorado, dejo escapar un suspiro de alivio.

Un suspiro que reverbera por el espacio, como si estuviera compuesto por paredes separadas, con ecos profundos escapando por todas las grietas.

No es frío.

Tampoco caliente.

En realidad, parece dividido en microrregiones, donde cada una posee su propia temperatura.

Doy un paso hacia un lado en medio de la negrura y siento frío; enseguida regreso al lugar donde estaba y siento… ¿calor? ¡Qué maldita confusión!

Intento forzarme a ver alguna luz. Pero todo suena como si estuviera hecho de la materia más oscura del universo y contuviera los misterios más insanos de la humanidad.

Ni siquiera sé explicar por qué hago esa comparación, pero es oscuro a ese nivel.

Extremadamente depredador, con mis vellos erizándose y anticipando un peligro que ni siquiera puedo ver.

Llevo la mano instintivamente a la parte más vulnerable, la herida que fue la razón de estar aquí.

Pero no encuentro nada. La herida se ha curado y no siento ni siquiera la sangre deslizarse por la punta de mis dedos.

Increíble. Me encuentro perfectamente normal.

Lo constato al palpar cada mínimo centímetro de mi cuerpo, aún confundida y perdida respecto a lo que está sucediendo.

¿Será esta una representación astral mía, como suele hacer Serpens?

Mi poder empieza a aumentar y lo siento en todas las células, mientras se multiplica de forma desenfrenada, ansioso por explorar la amenaza.

La manera en que me envuelve, aclarando poco a poco algunos metros a mi alrededor, esparce una sensación de cuidado, dando a entender que me mantiene a salvo frente a lo desconocido.

Y, joder, tan desconocido que me asusta lo que estoy a punto de descubrir.

Es la atmósfera, con ese caos de no sentir nada, y la oscuridad que tanto me aflige apoderándose de mis miedos. Lo único que me reconforta es el silencio. Como si cualquier criatura capaz de producir sonidos tuviera prohibido entrar aquí.

El olor, sinceramente no consigo asociarlo a algo específico, pero me recuerda al moho, a casas antiguas, a material estropeado y hasta a una mezcla de óxido y ropa que pasó demasiado tiempo en la lavadora.

Me concentro en identificar alguna pista que me indique dónde estoy, quizá aún en el Territorio Infernal, si tengo suerte. O no muy lejos de él. ¿En alguna de las otras regiones, tal vez?

Vagamente, recuerdo el mapa que robé de uno de los libros.

En él, el Arco del caos y la Fuente de energía del infierno se encuentran en el centro y las demás regiones a su alrededor, como si mantuvieran protegida la parte más importante del antro de condenación.

Sin embargo, en ninguna parte describe con gran detalle de qué se compone el paisaje de cada una.

Claro que hay dibujos y explicaciones, pero esta negrura, la sensación de no estar en ningún lugar, no estaba descrita.

Mis párpados descienden varias veces.

Más suspiros resuenan.

Y la respiración antes dolorosa se transforma apenas en un eco de incomodidad, más por lo que mi cerebro recuerda que por las heridas en sí, ya que estas se han curado.

¿O acaso nunca existieron en este plano? ¿Quién sabría decirlo?

El poder empieza a iluminar mis manos y, en cuanto las alzo, noto que hay una razón para ello.

Quiere mostrarme en qué estoy a punto de meterme.

Librarme del peligro, creo yo. En cuanto elevo los puños, haces de luz son lanzados, volviéndolo todo tan claro que me veo obligada a cerrar los ojos, tomada por sorpresa por el brillo que hiere mis córneas.

Espero unos segundos y finalmente levanto los párpados.

Pero ¿qué… diablos es esto?

Ante mí, cientos de escalinatas, tal vez miles, ascienden hacia ningún lugar y vienen de la nada, medio grisáceas, coqueteando con las partes agrietadas y llenas de… suciedad. ¡Cielos! ¿Qué mierda de lugar es este?

Miro hacia abajo y noto que estoy en la cima de una de las escalinatas y que, si hubiera intentado explorar dando un paso ínfimo hacia adelante, habría caído desde una altura aterradora.

Tanto que, al inclinar la cabeza e intentar ver el final de la caída, solo veo oscuridad, aunque la luz dorada que ahora flota a cierta distancia de mi cabeza ilumine un amplio espacio.

¡Carajo!

Hay una pared detrás de mí y retrocedo hasta apoyarme en ella. El frío del material me atraviesa incluso a través de la ropa. Una en perfecto estado, igual que cuando salí de mi habitación para luchar en la sala de entrenamiento.

El cuero no está rasgado.

Y la parte frontal, prácticamente un escudo hecho de un material más rígido y consistente que protege mi tórax, está intacta. ¿Qué cosa tan…?

Mientras me debato en decenas de dilemas internos, por fin escucho algo.

Una especie de chirrido y, enseguida, algunos portales se abren, exactamente como ocurre en la biblioteca Disparitio.

Sin embargo, por más que parezcan conectar un lugar con otro, todo lo que veo a través de los más cercanos son escaleras, una cantidad interminable de ellas.

Con peldaños de alturas y longitudes distintas, pareciendo surgir de todas las direcciones, entrelazándose, cuyo único punto central es la caída del precipicio.

Me acerco al borde una vez más, solo para confirmar que no quiero caer allí.

—Sería una caída tremenda… —encuentro tiempo y ánimo para decirlo.

¿Y ahora qué hago?

¿Me quedo donde estoy o intento bajar por alguna escalera? ¿O quizá subir?

No hay forma de ir a un lugar más bajo que el infierno, ¿verdad? ¿Y subir, será que voy al Cielo? Aunque, con los últimos acontecimientos, dudo muchísimo que fuera bien recibida allí. Creo que, en realidad, sería justo lo contrario: jamás encontraría el camino al paraíso.

Observo las escaleras como si fueran a matarme. Lo cual sería imposible, ya que ya morí como demonio. ¿Será que existe otro tipo de muerte por estos lares?

Escucho un rugido gutural.

Reverbera por los peldaños, haciéndolos vibrar hasta desprender algunas piedras de un material que no identifico bien, haciéndolas resbalar y caer hacia lo desconocido.

No producen sonido.

Durante mucho tiempo.

Y siguen sin emitir nada, lo que me hace comprender que esta mierda es mucho más profunda de lo que podría imaginar.

Mucho más. Apostaría a que crearon este lugar para invocar exactamente esa sensación: desesperación frente a un pozo sin fondo y un mar de escalones.

Un sitio pensado para enloquecer al desgraciado que viniera a parar aquí.

Y mierda, yo soy la desafortunada de turno.

Vamos, Lyra, eres valiente, ¡intenta descubrir dónde estás!

Me aferro al hecho de que tendré que explorar, tarde o temprano.

No puedo quedarme como una estatua esperando a que el rugido se acerque.

¿O es idea mía o está cada vez más cerca?

Ojalá sea solo una sensación… Si no lo es, ni siquiera podré correr, ya que estas malditas escaleras forman una ilusión óptica de mierda.

Parecen unirse, como parte del mismo camino.

Pero al afinar la vista y analizar con precisión, noto que ni siquiera están cerca. La mayoría ni siquiera se toca.

Otro sonido gutural, primitivo, que aparenta pertenecer a una bestia que jamás querré ver, me alcanza. ¿Recuerdas que esto no produce sonido? Entonces, ¿por qué este sí? Es confuso e inexplicable.

El bramido vuelve a resonar en mis oídos y reverbera otra vez en los peldaños, haciendo que partes considerables de algunos se desprendan, incluso de los de arriba, generando una especie de lluvia de fragmentos mortales.

Me pego aún más a la pared, rezando para no recibir una pedrada en la cabeza o perder el equilibrio y provocar una caída espectacular en los brazos de lo que será una segunda muerte tan dolorosa como la primera.

¿Tener las entrañas arrancadas? Bien, ya pasamos por eso.

¿Pero morir aplastada? En realidad, ¿cómo se llama a las personas que mueren por causas relacionadas con caídas? Creo que no me va a gustar descubrirlo.

Mierda, mierda, mierda.

Antes eras mucho mejor que esto.

Alguien me habla directamente en la cabeza y me llevo un susto de la hostia, tropezando con mis propios pies y evitando caer solo porque consigo sostenerme antes de que sea demasiado tarde.

¡Ahora no, joder!

Nada de locura inexplicable en este momento, por favor. Ya estoy entrando en pánico sin que nada de eso ocurra.

Deberías romper las cadenas de tu poder.

La voz —no sé si femenina o masculina, ni cuál es su entonación real— resuena y ecoa en mis pensamientos. ¿Quiere ayudar o complicar las cosas? Quizá un poco de ambas.

—¿Y cómo haría eso, listillo?

Asumo que es hombre. No sé por qué.

Recibo silencio y escucho una risa extraña, que me obliga a llevarme las manos a los oídos.

No sirve de nada; la terrible sensación de impotencia sigue envolviendo mi cuerpo, transformándolo en un pozo de temor.

Porque así es como me siento: totalmente incapaz de salir de esta, aunque haya logrado apañármelas en el infierno, en el puto infierno, durante bastante tiempo.

¿Maté a algunos demonios?

Sí, pasa. Lo necesitaba.

¿Estuve a punto de matar a una persona?

Sí, también. Y mierda, me arrepiento de no haber tenido tiempo. Se merece con creces el destino que tendrá.

Observo la lluvia de piedras y espero a que termine, solo para que empiece de nuevo cuando el rugido suena más cerca, tan cerca que mis vellos se erizan y me preparo para la lucha inminente.

Compruebo si mis armas vinieron conmigo y no encuentro ninguna.

Ni dagas, ni espada, ni lanza. Intento conjurarlas, como en la visión que tuve, pero no ocurre nada.

El poder dorado sigue flotando a mi alrededor, aparentemente queriendo protegerme.

¿De qué? Creo que ni el de Arriba lo sabría.

Pero que se joda.

Tengo mis puños, tengo fuerza, tengo mi poder. De cero no parto. Puede que reciba una paliza tremenda, pero yo también golpearé.

Los materiales dejan de caer y siento la presencia amenazadora tan cerca que un escalofrío me recorre la espalda.

Aprieto los dientes para no gritar de miedo, de sobresalto o de cualquier otro sentimiento que me convierta en una cobarde.

No hubo tiempo de explorar, de buscar salidas, así que voy a romper estas malditas escaleras hasta encontrar una.

El rugido suena atormentado y tan próximo que ese frío se transforma en una capa de hielo de kilómetros de extensión.

Me vuelvo hacia la pared y empiezo a atacarla con mi poder.

Las ráfagas doradas se vuelven tan implacables como vientos de tornado y tan poderosas como la destrucción de olas gigantes.

Y aun sintiendo que puedo agotarme, aun con la resistencia de esa barrera, sigo intentándolo, consciente de que no hay muchas alternativas para mí.

Es esto o saltar.

Y, por desgracia, saltar empieza a parecer una gran alternativa cuando el suelo cede a temblores traicioneros y más piedras se desploman desde lo alto, siendo el único lugar libre de ellas el centro hueco del precipicio, del pozo sin fondo.

Tras otros golpes —con los puños, los pies y mi poder—, que resultan tremendamente en vano, siento un aliento frío golpearme y hacer que mis cabellos se agiten.

—Tenerte aquí es algo que me sacará del ocio, reina.

La voz… la voz es fantasmagórica, tan nebulosa como si no existiera y fuera solo la representación de lo que debería ser una. Aunque suene comedida, la amenaza que encierra es tan real que un escalofrío me recorre el cuerpo, haciéndome morder con fuerza la lengua.

Un siseo.

Castañeteo de dientes, ansiando saborearme.

Todo eso sin que vea nada. Sin que logre distinguir a quien me rodea, complacido con la nueva presa.

La sensación es aterradora. Estoy encerrada y, aunque solo he visto los límites del Castillo Infernal, soy plenamente consciente de que existen criaturas en este mundo que asustarían incluso al diablo.

Una aproximación.

Y de reojo, noto que el ser es mucho más grande de lo que imaginé. Solo veo parte de sus piernas, justo aquí, frente a mí, con una consistencia extraña de color oscuro, cuyos tonos grisáceos son los únicos puntos que relucen con el brillo provocado por mi poder.

El suspiro ronco vuelve a resonar. Una señal de satisfacción por su parte.

Me pregunto si estoy dispuesta a enfurecer a la bestia con un ataque de ráfaga dorada, sabiendo que no funcionará.

Creo que, para algo vivir aquí, debe tener una resistencia absurda.

¿Cuáles son las probabilidades de que haya comido en los últimos…

milenios? No sé la respuesta, pero no quiero comprobarlo, y mucho menos convertirme en alimento de un ser capaz de inspirar tanto terror.

Esa posibilidad es tan aterradora que la Lyra valiente que vive en mí grita fuerte y claro en mi cabeza:

¡CORRE!

Y apenas tengo tiempo de preguntar ¿hacia dónde?, cuando mis pies se mueven y me lanzan al interior del abismo oscuro, con las chispas doradas como únicas compañeras de mi caída.

Agito los brazos, las piernas, sacudo frenéticamente las manos. Todo inútil: sigo cayendo entre las escaleras, con su temblor provocándome cientos de descargas eléctricas, fruto de la adrenalina de saber que la criatura me persigue.

No quiere perder la diversión.

Mis vellos siguen tan erizados que tengo serias dudas de que, si salgo de esta, vuelvan a la normalidad.

Los peldaños pasan como un borrón, al igual que las grietas provocadas por la agitación en alguna parte sobre mí.

Solo sé que estoy cayendo.

Cayendo.

Cayendo.

Cayendo.

Y permanezco con esa sensación durante largos e interminables segundos. Tantos que se transforman en minutos.

La carrera a mi espalda es innegable, así como los rugidos grotescos que deleitan mis tímpanos cuando el ser percibe que aún no ha llegado lo bastante cerca para devorarme.

La tensión, el pánico, me corroen de dentro hacia fuera y, por más que intente hacer algo, es inútil. Casi parece que el lugar quiere que siga cayendo, sin ofrecer resistencia alguna. Y, lentamente, al notar la falta de recursos, simplemente dejo de moverme y cedo a la gravedad de este agujero.

Cuando llegue el final, que sea más rápido de lo que merezco.