Capítulo 21
Lyra
Nadie habla de la Caída y hay una razón para ello.
La división del paraíso en la fiesta suena muy similar a la visión que tuve. De un lado, el azul claro, tonos pastel y piedras preciosas; del otro, fuego, fuego por todas partes. El rojo rebota contra el azul, como si fueran dos mitades de una misma cosa.
La paz.
La condenación.
Me detengo en una de las pilastras y me quedo allí, apoyada, enrollando un mechón de cabello entre los dedos.
Mientras lo hago, observo la zona elevada, donde Nilo está en el centro, Asmodeus a su lado y Azazel al otro.
Los demás generales están bebiendo en rincones apartados, pero muy cerca.
Noto que la mayoría de ellos tiene demonios satisfaciéndolos de las maneras más depravadas posibles.
Machos y hembras.
Los reconozco por trabajar en el castillo.
No están aquí por el Electio; ocupan cargos en el infierno.
Algunos son informantes y otros, soldados que ya forman parte de la legión.
Por lo que entendí, pueden participar en la fiesta, pero no todos.
Y, al parecer, son invitados para satisfacer el humor infernal de los generales.
Mis dedos hormiguean al ver que una intenta ponerle fruta en la boca a Nilo, sonriéndole de forma descarada; él no parece muy dispuesto a aceptar la atención, pero tampoco la aparta.
Bastardis.
El insulto surge en mi cabeza sin que pueda controlarlo y, como si supiera el contenido de mis pensamientos, noto cuando su mirada se fija en mí y entrecierra los párpados, intentando leer mi expresión.
Lo que me dan ganas es de matarlo lentamente, y quizá incluso de segar la vida de su acompañante si sigue rondándolo.
Es un ansia tan increíblemente fuerte que apenas me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración, hasta que suelto el aire de golpe.
—De verdad son los seres más poderosos que existen. Cuando están así, cerca, es fácil de entender.
—He notado algo…
En realidad, lo percibí hace algún tiempo, leyendo los registros en los libros.
—¿Qué? —Kalliope se interesa, sin apartar la vista del lugar donde los demonios que un día fueron ángeles están.
—¿No son siete generales?
Siete caídos.
Siete que sostienen el infierno en la palma de la mano.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué solo hay cinco?
Asmodeus, Azazel, Érigor, Belphegor y Moa.
Es la primera vez que veo al último y, en apariencia, parece más joven que los demás, con el cabello pelirrojo y unos ojos tan azules que resaltan su color.
También es alto, pero tan esbelto como Érigor.
Belphegor, en cambio, desentona de todos, porque es literalmente una montaña de músculos, muy intimidante.
Yo no querría luchar con él ni aunque mi vida dependiera de ello.
Tiene aspecto de aplastar a seres frágiles.
—El sexto es Nilo, lógico.
—Sí, pero aún falta uno.
—Dicen que murió. Pero todo eso ocurrió hace miles de años. Son siete en total, pero el último fue borrado de toda la historia. —Kalliope me mira, con la curiosidad apoderándose de ella—. ¿Por qué quieres saber cosas que a nadie más que a ti le interesan?
Lo que dice me deja muy intrigada. ¿Cuál es la razón para que un general del infierno, alguien tan poderoso, haya desaparecido sin dejar ni rastro de su existencia?
Tomo una de las copas ofrecidas y bebo un sorbo. No es el vino que he estado tomando en los últimos minutos, por desgracia, porque el líquido abre un agujero de brasa en mi esófago.
—Extraño.
—Solo si piensas demasiado en ello. La verdad es que ninguna de estas cosas va a interferir en nuestra breve estancia en el castillo.
Y por “breve estancia” me pregunto cuál será mi futuro después de que todos estemos aptos para formar parte del ejército, para enfrentarnos a los Enneblados.
Son muchas preguntas, en realidad. Porque si cada año existe el Electio, ¿adónde van esos soldados?
¿Cuál es el verdadero propósito de la guerra en el infierno?
Tal vez yo sea demasiado curiosa, o el resto no se interese.
Al fin y al cabo, si los Enneblados son una amenaza tan grande, ¿por qué los generales se preocupan más por las fiestas que por liquidarlos? Algo no encaja. Simplemente no encaja.
Solo deberías pensar en volver a casa, no en flotar alrededor de lo que el infierno oculta.
La cuestión es que siento que, cuando encuentre las respuestas, todo ocurrirá de forma natural y despertaré en mi cama, fingiendo que no viví nada de esto. Si tengo suerte, ni siquiera lo recordaré, como una pesadilla que no deja marcas.
—Lyra, voy a recorrer el salón, ¿quieres venir conmigo?
¿Socializar, por voluntad propia, con la mayoría de los demonios a los que ni siquiera les agrado? Ah, no, ni hablar.
—No, gracias.
Kalliope no parece sorprendida por mi respuesta y se aleja, dejándome sola en compañía de teorías descabelladas. Durante mi tiempo a solas, ignoro por completo dónde están los generales mientras evalúo la decoración y observo el portal repleto de nubes lume.
Nubes lume…
Aquí todo tiene nombres extraños.
Y la mayoría parece derivar del latín, lo que, sinceramente, tiene sentido, ya que era la lengua hablada por los ángeles, según los registros de la biblioteca Disparitio.
—¿Qué te está pareciendo la fiesta?
Sócriseilá aparece y me entrega una copa.
El vino del infierno es dulce y, al mismo tiempo, amargo.
Nos impulsa a seguir bebiendo, a disfrutar.
Pero, a la vez que relaja, no embriaga. Es difícil explicar la sensación de verse libre de preocupaciones y, aun así, mantener el control sobre las propias acciones.
—Es diferente.
—Podemos decirlo así.
—¿Cuánto tiempo llevas en la legión del infierno?
—Cientos de miles de nox, quizá más. Aquí abajo se pierde la cuenta.
Mientras converso con él, siento la mirada febril de Nilo devastando cada porción de mi piel. Y decido provocar. Ya que él observa toda la depravación, riendo mientras una de las demonias coquetea con él, bien puedo hacer lo mismo.
No entiendo esta necesidad que tengo de herirlo, de devolverle los celos, pero existe.
Alzo la mano y recorro el camino de los bíceps del pobre desgraciado cuyo nombre ni siquiera recuerdo.
Él entiende lo que quiero y sonríe, mostrando todos los dientes.
Es un demonio muy atractivo, pero no se acerca al diablo.
En realidad, nadie lo haría. La belleza de Nilo es incomparable y él se aprovecha de ello; lo noto de reojo mientras observo a la demonía sentarse en su regazo y a él reírle.
Maldito infeliz.
La imagen de él follándome no sale de mi cabeza y verlo prestarle atención a otra me revuelve el estómago y esparce un sabor horrible en mi lengua.
—¿Quieres ir a un lugar más reservado, Lyra?
La forma casi atenta de preguntar despierta cierto arrepentimiento por usarlo para provocar a otro.
Pero es un sentimiento que se disipa enseguida, en cuanto coloca la mano en mi cintura y recorre mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en cada curva, deleitándose con las zonas transparentes del tejido.
—Puede ser.
Su mano asciende por mi espalda y me guía hacia las partes más oscuras del primer piso.
A diferencia de las chispas que el mero contacto de Nilo provoca en mí, este no me provoca nada.
Sigo siendo un bloque de hielo, vagando entre parejas que se tocan con ganas, la mayoría sin ropa, el olor a sexo flotando en el aire como el perfume perfecto para la fiesta.
Algunos están en grupo, otros en pareja y los demás disfrutan solos, como meros espectadores.
—Me interesaste desde el momento en que te vi.
Esbozo una sonrisa incómoda, pero permito que continúe llevándome hasta que entramos en un corredor oscuro y somos sorprendidos por otro demonio en su interior.
Lo reconozco de mi grupo; está entre los primeros puestos.
Pero la diferencia entre las clases y este nox es que nadie está interesado en matar, solo en el placer.
—Perdón, no sabía que estabas ocupado aquí.
Aprieto sus dedos.
—Podemos quedarnos. Me gusta el sexo a tres.
En este momento no sé por qué digo eso, pero mentalmente me encojo de hombros, creyendo que lo peor que puede pasar es que me corra varias veces, y eso ni siquiera sería malo. Ya que la fiesta depravada es para que todos pierdan el control, me permitiré este momento también.
Y todo parece ser mejor de lo que podría imaginar cuando uno me presiona e inclina la boca para besarme, mientras el otro pega su cuerpo al mío y sujeta mi cintura. Siento sus labios rozar mi cuello y alzo la mano para tocarlo, animándolo a continuar.
Sus manos suben hasta mis pechos y rodea los montes, apretándolos en sus palmas, infiltrándose en las partes enredadas para atrapar los pezones entre los dedos. Inclino la cabeza, apoyándola en su pecho, deleitándome con el tacto de ambos sobre mi cuerpo.
Es depravado.
Y suena prohibido.
Mis poros gritan que no debería dejar que otros me toquen, pero no veo razón para ello cuando se siente tan bien. No tan increíble como fue con las manos de Nilo en aquella visión, pero bien.
Unos dedos recorren mis piernas y levantan la parte encajada del vestido, liberando hasta la mitad de los muslos; y en cuanto el que está frente a mí se arrodilla y me devora, suelto un suspiro entrecortado.
Joder.
Sí que es bueno, buenísimo.
Su lengua trabaja en mi clítoris mientras el otro aprovecha la abertura y levanta por completo la parte trasera de mi vestido, emitiendo un sonido cargado de deseo al ver mi culo y colocarse entre él.
Oigo el roce del tejido y, de repente, siento su polla deslizarse entre mis nalgas, provocando, subiendo y bajando antes de cualquier penetración.
Sus manos están por todas partes.
Y mis sentidos se convierten en una confusión de sensaciones, de necesidades.
—Vamos a devorarte… —dice el que está detrás de mí antes de guiar su polla hacia mi ano, dispuesto a empezar por ahí.
El otro, frente a mí, se incorpora y me besa, el sabor de mi coño extendiéndose por su lengua.
Estoy tan afectada por lo que ambos me hacen que, cuando oigo un sonido cada vez más cercano, no me importa; me dejo llevar por las miles de sensaciones, por el beso que me hace gemir.
La mera idea de ser penetrada por los dos al mismo tiempo me provoca locura.
Pero antes de que eso pueda suceder, un líquido caliente corre por mi rostro y las salpicaduras me asustan, al igual que el gorgoteo de uno de ellos, que me mira con los ojos desorbitados. Intenta aferrarse a mis hombros, pero no lo consigue y cae de lado, permitiéndome ver quién le segó la vida.
Nilo.
Está diferente y respira con rabia, mirándome con los ojos rojos como la cima de un volcán, a punto de escupir lava. Sus iris parecen agrietados; el azul se oscurece mientras arde.
La sangre gotea de la daga, una que acaba de sacar del cuello del demonio muerto.
Oigo un sonido asustado provenir de algún punto detrás de mí y el calor que cubría mi espalda de pronto se aparta.
—Nadie toca lo que es mío. Nunca.
Y así como mató a uno, pasa la daga a milímetros de mi hombro, alcanzando al que estaba detrás de mí con una frialdad que asustaría al ser más despiadado del universo, mientras me presiona contra su cuerpo, tirando de mi cintura con vehemencia.
Su calor se esparce por mi piel y me transforma en pura brasa, algo totalmente distinto a todo lo que he sentido.
Sonrío por dentro.
Mi teoría acaba de confirmarse.
—Sabía que vendrías.
Sócrialguncosa suelta un último grito antes de desplomarse y me mantengo ajena a las dos muertes, mirando fijamente al diablo, notando las vetas incandescentes que parten del centro de sus ojos y se extienden en todas direcciones.
—Vas a pagar muy caro por permitir que te tocaran, Reggie.