Capítulo 20
Lyra
Los demonios saben dar una fiesta. Ten cuidado con lo que bebes, pero jamás con lo que haces. Lo importante es pecar.
Y es intentando entender lo que ocurrió, el motivo de ser castigada por un vacío extenuante en el pecho, que digo en voz alta, esperando encontrar respuestas:
—Hace poco entré en una piscina y no sé con certeza qué me ocurrió… ¿Hay algún libro que pueda leer para descubrirlo? —le pregunto a la biblioteca, esperando que me entregue algún volumen específico, pero es otra persona quien responde, alguien a quien nunca he visto en persona.
Érigor. Uno de los siete generales del infierno. Lo identifico por el retrato en una de las aulas.
El hombre, ligeramente más bajo que los otros generales, con una barba espesa y negra, el cabello largo del mismo color y un cuerpo más esbelto, me mira de arriba abajo con los párpados entornados. Su ropa se parece mucho a la de la Tierra: unos vaqueros negros y una camiseta gris.
—Fuiste a parar al ala de las piscinas. No están en el castillo, pero en algunos casos las puertas conducen directamente a ella.
—¿Ala de las piscinas? ¿La gente hace ejercicio en el infierno?
Él ríe.
—Ya me había olvidado de lo graciosa que eres, y un poco irritante también, pero en fin, esas son las Piscinas de los recuerdos.
Quien cae allí consigue recordar lo que creyó haber perdido.
—Su voz vuelve a sonar grave y ronca, pero esta vez muy cerca de mí, con Érigor apareciendo a mi lado.
Camina a mi alrededor, con las manos a la espalda, mientras habla—.
El problema es que cuanto más tiempo pasas en esas aguas, mayores son las probabilidades de no salir nunca.
Muestran recuerdos dulces, y muchas personas prefieren vivir eternamente en ellos antes que enfrentarse a la realidad.
—¿Entonces fueron esas personas las que me arrastraron?
Recuerdo haber sido tironeada cuando me agaché para mirar, después de escuchar un canto tan dulce que me impulsó a seguir su mandato.
Él lo confirma con un gesto de cabeza.
—¿Lograste salir sola? —parece sorprendido, con una pizca de incredulidad goteando de la pregunta—.
No sabía que fuera posible salir por cuenta propia siendo un demonio común, a menos que…
—Esta vez sus ojos chisporrotean hacia mí y ladea la cabeza de un lado a otro, con una actitud bastante desconfiada—. Olvídalo, no me interesa.
—¿Cómo que no se puede salir?
—Ese lugar succiona hasta tu última gota de poder al mostrarte lo que más deseas ver.
Entonces se vuelve cada vez más difícil salir; tu mente entra en un estado de trance y, por eso, no consigues desprenderte de los brazos de la ilusión.
Si estás allí, viviendo, no tienes la noción de que necesitas largarte.
A menos que alguien te encuentre y te ayude.
A tiempo, claro. Porque una vez que tu energía se drena por completo, tu alma se transforma en el agua de la piscina.
Bajo la cabeza y me concentro en la sensación de haber sido arrastrada.
¿Será que alguien me sacó?
Pero cuando abrí los ojos no había nadie allí.
Ni una sola alma aparte de las extrañas ondulaciones del agua.
El demonio, con una pose relajada pero seria, me observa fijamente. Frunce el ceño durante unos segundos.
—Este castillo es una auténtica telaraña de trampas; hay que tener cuidado.
Por lo general, Nilo blinda el acceso a las piscinas durante el Electio.
Por lo tanto, es poco común que hayas conseguido llegar hasta ellas.
A menos que desearas respuestas. Ni siquiera Serpens puede controlarlo todo, suponiendo, claro, que ya sabes de ella.
—Sí. —Al menos no necesita explicármelo todo—. Y, en realidad, vi a alguien entrar…
—Y sentiste curiosidad, comprensible —deduce él, con sus ojos oscuros e impasibles evaluándome.
—Si son recuerdos —me detengo en el hecho de que las haya llamado Piscinas de los recuerdos—, quiere decir que viví eso en algún momento, ¿no? ¿Existe la posibilidad de que sean recuerdos de otras vidas?
Sé que es una locura cuestionar este tipo de cosas. Pero creo que ya he pasado el punto de confiar solo en la racionalidad.
Se aleja y camina hasta la puerta, dudando antes de responder a mi pregunta.
—Sí.
—¿A la primera o a la segunda pregunta?
—Depende de ti descubrirlo.
Érigor se va y me deja con más dudas de las que imaginé posibles.
¿Viví eso?
¿En otras vidas?
Joder, ¿qué mierda de historia es esta?
Odio los libros de fantasía que tardan toda una saga en aclarar lo que apareció en el primero; ojalá no esté viviendo uno así. Sería terrible.
—Biblioteca, ¿puedes ayudarme?
Guarda silencio.
Y mi cerebro también.
Miro mi vestido en el espejo.
Uno que el castillo proporcionó para algún evento que no me importa. No es indecente; es… una ofensa a lo que la gente llama ropa, al mismo tiempo que su belleza me deja con la boca abierta.
Mis pechos están cubiertos, pero de forma lamentable, ya que solo el centro de la prenda tiene un círculo de tela negra.
El resto queda totalmente visible: el hueco formado entre los montes y la parte inferior, desde mi ombligo hasta el inicio de mi pubis.
La cintura es tan indecente que apenas consigo dejar de mirarla.
La pequeña tira de tela sobre mi coño no cumple muy bien su función y estoy segura de que, al caminar, mostraré más de lo que quiero.
Creo que en toda mi vida no he usado ni siquiera una lencería tan descarada como esta… cosa.
Giro y contemplo el espejo.
La parte de atrás es mil veces más provocadora, con una especie de rectángulo de tela cubriendo el centro de mi culo. Sin embargo, por más obsceno que sea, tengo que admitir que me deja tremendamente buena.
Observo, conmocionada, la depravación de la transparencia, sorprendida por mis ganas de usarlo y de ver qué vestirán los demonios. O cuál será la reacción de Nilo al contemplarme así.
Un escalofrío me recorre y siento el frío apoderarse de mi estómago. No tengo razón para alterarme al pensar en él. Es un absurdo. Ni siquiera debería preocuparme por si va a encontrarme tan increíblemente tentadora como yo creo que lo soy.
—Lyra, ¿estás en la habitación? ¡Tenemos que ir a la fiesta! ¿Ya te arreglaste?
—¡Todavía no!
—¿Cómo que todavía no? ¿Qué falta hacer? Abre la puerta, que te ayudo.
Siento vergüenza de abrir la puerta así, pero no tengo opción: es el único vestido disponible. El castillo se aseguró de privarme de todas las demás prendas, consciente de que no elegiría esta si tuviera más opciones.
Mierda.
Qué hermosa mierda.
Pongo el brazo delante de los pechos y abro la puerta.
Kalliope evalúa mi postura, la forma en que intento cubrir mi cuerpo, y contiene la risa.
Esa desgraciada se divierte con mi incomodidad.
Al menos no soy la única con un vestido que no cubre nada.
El suyo es diferente al mío, con dos tiras en la parte superior y una en la inferior, pero en un tono punzante de púrpura.
La diferencia entre nosotras es que ella está muy cómoda con el suyo.
—¿Por qué parece que te obligaron a ponerte eso? —señala mi cuerpo.
—Porque me obligaron. El castillo hizo desaparecer toda la ropa.
—Las fiestas en el infierno tienen un atuendo preestablecido, cariño.
—¿Y todos van a estar así?
—O peor. Si quieres ir sin nada de ropa, también puedes.
La manera en que lo dice, la tranquilidad, me descoloca un poco. ¿Así que habrá demonios completamente desnudos en la fiesta?
No es que eso deba sorprenderme, al fin y al cabo… son demonios.
—¡Apenas quiero ir con esto!
—Entonces resígnate y vamos ya. ¡Está a punto de empezar!
No tengo tiempo ni de mirarme una última vez en el espejo antes de ser arrastrada por corredores que parecen un laberinto, subiendo y bajando, avanzando en línea recta y luego subiendo y bajando otra vez; una auténtica confusión de direcciones.
En cuanto llegamos frente a las puertas del salón, Kalliope me mira con algo parecido a la curiosidad, y no entiendo esa sensación hasta que las enormes placas de hierro forjado se abren y muestran el interior decorado de uno de los lugares más emblemáticos del castillo infernal.
—Guau… —murmuro, fascinada.
—Imaginé que te sorprendería. Saben dar una fiesta.
Me olvido del vestido indecente e incluso de mi incomodidad al notar a los demonios desnudos, solo con una pintura corporal que simula fuego, follando en uno de los rincones.
Uno está siendo chupado por otro que, arrodillado, se le lanza a la polla, divirtiéndose hasta atragantarse.
El que estaba agachado se levanta y es empujado bruscamente contra un pilar, mientras el hambriento apenas lo prepara para recibir la erección por detrás.
Sigo la escena, hipnotizada.
Con el deseo por las nubes.
Empiezan a follar sin el menor tacto. Los golpes de las caderas se pierden entre otros sonidos. Ambos parecen tan ansiosos que no consigo apartar la mirada; simplemente no puedo, es más fuerte que yo.
La entrepierna se me humedece y mi cuerpo grita por participar en el sexo ajeno. Es tan… descarado e irresistible ver a los dos follando en medio de todos, sin importarles nada.
—Te dije que todo el mundo aprovecha. Solo hay que encontrar a alguien, o a varias personas, y empezar tu propia fiesta.
Desvío la atención de ellos y me encuentro con los escalones que descienden un poco más adelante.
Fluyen hacia el inmenso salón y luego otra escalinata, suntuosa, hecha de un material que no sé identificar, se eleva al otro lado.
Esta se abre en hojas hacia los laterales, llevando a los demás pisos, que son cuatro en total, y en todos ellos estatuas desnudas son bañadas por el brillo del fuego que titila en una iluminación macabra.
Es posible ver que de un lado todo es azul y del otro, rojo.
Creo que representan el cielo y el infierno.
Demonios bailan sobre pedestales a ambos lados y serpientes se enroscan en los pilares, observándolo todo y probando la atmósfera con sus lenguas bífidas.
Sus ojos son rojos y poseen la tonalidad más profunda de verde musgo.
Alzo la cabeza con una sensación extraña y veo el mismo tipo de portal que suele aparecer en la biblioteca Disparitio.
Pero este es tan grande que es posible ver al otro lado.
El cielo repleto de nubes rojas se extiende como un túnel, dando una apariencia tridimensional, representando algo que no conozco.
—Es la conexión con el cielo. De ahí fue de donde cayeron.
—¿Y está abierto? ¿Entonces pueden volver si quieren? —El tema capta toda mi atención.
—No. Ese portal no puede usarse. Quien intenta subir, aunque sea por curiosidad, es incinerado por las nubes lume.
Nubes lume…
Las rojas, supongo.
Bajamos las escaleras, el sonido de los tacones amortiguado por la música alta.
Es una mezcla de clásica con… ¿electrónica?
No sé, pero el infierno tiene gustos muy terrenales.
Tal vez porque la mayoría de los demonios caminan entre los humanos, haciéndose pasar por ellos, ocultando su verdadera naturaleza.
Las criaturas mágicas están en todas partes y solo con el conocimiento que tengo ahora soy capaz de entender este hecho.
Tal vez mamá lo sepa.
Siempre murmuraba sola que necesitaba estar alerta y acabar con la amenaza.
—El infierno es realmente una locura.
—Tiene muchas capas.
Recuerdo el infierno de Dante y me pregunto si logró visitar este lugar, porque no puedo dejar de notar cierta semejanza. Poca, pero existente.
—¿Crees que…? —empiezo a decir, pero noto que Kalli ya no está a mi lado, sino tomando algo de comida del inmenso bufé en uno de los rincones del salón.
Carnes, tartas, pastas cubren la mesa, que parece estar siendo ignorada.
La mayoría de los demonios no quiere comer comida.
—Me dejaste hablando sola —reclamo al acercarme.
—Perdón, necesitaba comer algo.
Cojo un plato, pero antes de servirme, una sensación extraña de peligro se derrama por mi nuca y desciende por la columna.
El escalofrío suena como una advertencia, una alerta para que no baje la guardia.
Algo quema mi piel, tan caliente como un beso de llamas.
Y en cuanto busco el origen de esa sensación, entiendo por qué todos han dejado de conversar y miran hacia la entrada del salón.
Él está aquí.
Y, una vez más, la ola electrizante me hace dudar.
Porque no solo Nilo llega a la fiesta, sino todos sus generales, asumiendo una formación en V.
—Ahora sí que esto se va a poner interesante.
No presto atención a Kalli, pero siento que, de verdad, muchas cosas van a ocurrir en este nox.