Impius Capítulo 18
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Capítulo 18

Lyra

Todas las puertas conducen a lugares peligrosos. Sé consciente antes de explorarlas.

Salgo de mi dormitorio, la mente tan agitada que apenas me doy cuenta de Kalliope hasta que está a mi lado.

—¿Estás así de nerviosa por el evento de más tarde?

Su aroma dulce y empalagoso me hace estornudar varias veces seguidas, hasta que mi olfato se acostumbra a la profusión de fragancias azucaradas.

—¿Qué evento?

—La fiesta del infierno. Tiene lugar cada setecientos treinta nox.

Un año infernal.

¿Qué llevo yo aquí? ¿Dos meses?

Mi noción del tiempo parece algo nublada, y el conteo que antes parecía fácil se vuelve cada vez más difícil. ¿Cuántos nox han pasado desde que llegué?

¿Treinta?

¿Cuarenta?

¿Cincuenta?

Ni idea.

—No soporto las fiestas.

Kalliope niega con la cabeza, incrédula.

—No, Lyra, esta te va a encantar. Por ella, la mayoría de los demonios ansía…

Empiezo a caminar, dirigiéndome a la biblioteca Disparitio, mi amiga más comprensiva, sinceramente.

Kalliope me sigue de cerca y, en el trayecto, vemos al demonio al que le gusta hacer explotar cosas.

Está tan arreglado que incluso yo me detengo un momento para observarlo.

No parece aquel tipo que nos dio un susto enorme con una explosión repentina.

Su belleza queda realzada por la ropa de tono azul oscuro, con cruces laterales y una estructura similar a un traje.

Apostaría a que es el estilo que está de moda aquí, pero la verdad es que no me importa.

—¿Todavía no están listas, chicas?

—Lyra está dando largas. Pero yo no voy a llegar tarde, ni loca. ¿Cuál es el tema esta vez?

—Algo como la guerra entre el cielo y el infierno. A Nilo y a los generales les gusta provocar. Y al castillo también.

—¿Van a narrar la caída?

Hace una mueca.

¿Cómo era que se llamaba?

¿Soris? ¿Sokris? ¿Sócrates?

Caramba, soy pésima con los nombres.

—Ni idea, no participé en la organización.

Clavo la mirada en el techo, perdida en mis pensamientos.

Me pregunto si saben que todo el castillo es Serpens, que ella fue un sacrificio para que pudieran disfrutarlo. Ojalá pudiera sacarla de aquí, liberarla de esa entrega constante.

De todo el infierno, ¿cómo puede ser la serpiente de la manzana la criatura por la que más empatía siento?

Inexplicable.

Mi atención se desvía de los dos conversando hacia una silueta que veo desaparecer por una de las puertas del pasillo.

Los dejo a ambos y, a pasos sigilosos, me acerco a la abertura, deteniéndome justo delante al constatar una rendija. Intento espiar —no es que me enorgullezca de ello—, pero no veo nada. Empujo sutilmente la puerta de madera, encogiendo el cuerpo al oír el sonido que provocan las bisagras.

Temo haber alertado a quien entró, pero sigo adelante.

Doy unos cuantos pasos y las antorchas se encienden, señalando un camino a seguir.

Es una especie de corredor abierto, con muretes a la altura de mi rodilla, que me permiten ver dos piscinas, una a cada lado.

Sus aguas son oscuras —si es un reflejo del techo o del material que las rodea, que parece roca volcánica—, no lo sé.

Me detengo unos instantes y observo.

Algunas ondulaciones se forman en el agua, cuya única separación es este corredor, una pasarela que se aventura sobre las piscinas. Son extensas y, si pudiera compararlas con algo, sería con un campo de fútbol. Quizá un poco más grandes.

Con pasos cuidadosos, finjo no notar los sonidos que me alcanzan, como si hubiera criaturas en el agua.

Parecen dispuestas a asustarme, ya que me acompañan, como atraídas por el calor de mi cuerpo.

Intento contener la urgencia de huir, pero la sensación de estar siendo seguida me hace aumentar la velocidad y, sin control, me veo corriendo por la pasarela, con el cabello suelto azotándome el rostro por un viento que ni siquiera sé de dónde viene, pero que me golpea y representa resistencia.

Solo las luces de las antorchas me proporcionan cierta dosis de seguridad. Sin embargo, por más que pueda ver, no saber qué hay detrás de mí es inquietante. Entonces, contrariando el instinto que me grita que huya, simplemente me detengo.

No hay forma de saber si ganaría si no tengo el valor de enfrentarme.

Desencajo una de las antorchas de la pared y me giro, evaluando las piscinas, una a cada lado. El frío de aquí es mucho peor que el del castillo; es como si corroera incluso mis huesos.

Otro ruido.

Movimiento.

Pasos que resuenan en todas direcciones.

Giro sobre mis talones a una velocidad alucinante, con los vellos erizados, advirtiéndome del peligro, implorando que haga algo para defenderme.

¿Pero cómo?

No veo nada fuera de lo común, solo mi oído jugándome malas pasadas. Aguzo la vista y noto que las piscinas no tienen en sí formas rectangulares; parecen lagos. Y donde sus aguas terminan y ondulan tranquilamente, van acompañadas de colas luminosas que dejan su rastro al ir y venir.

Un canto resuena en todo el lugar.

Una voz hermosa, que me obliga a prestar atención a la melodía que entona:

De cerca, vamos a recordar

Dulces memorias, recuperar

Basta una mirada al agua para encantarte

Y sus moradores pueden llevarte

Y como hipnotizada, me agacho, dejo la antorcha a un lado y apoyo las manos sobre la piedra fría y resbaladiza, cubierta de limo.

En cuanto inclino la cabeza para mirar más allá del murete, el movimiento en el agua aumenta y las tímidas ondulaciones se transforman en olas que crecen desde los laterales de las paredes y vienen hacia mí, con susurros de varios tonos, hasta que parte del agua se agiganta en una especie de cascada y…

diversos seres, figuras oscuras con manos y piernas rechonchas, dientes puntiagudos y cuerpos desfigurados, surgen, flotando en el aire como insectos.

Sus alas están destrozadas y todo lo que puedo ver de ellas son pequeños filamentos oscuros que parten de sus espaldas y se entrelazan como la tela de una araña.

En una mezcla de agua, oscuridad y luces incandescentes, los seres de alas destruidas clavan sus garras en mí y, de repente, sin que tenga forma de resistirme, estoy en medio de una de las piscinas, ahogándome en escenas perturbadoras.