Impius Capítulo 17
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Capítulo 17

Lyra

El infierno se apodera de ti. De todas tus partes.

Nunca he matado a nadie.

Nunca he necesitado matar a nadie.

Hasta hoy.

Hasta verme a punto de segar una vida.

Mis sentimientos son una miríada de horror y fascinación. Una necesidad que urge ser alimentada, que me hace vibrar ante la mera posibilidad de apropiarme de la vida que se apaga en otros ojos.

La forma en que estos pensamientos se enredan en mi querer me asusta y me hace vacilar. Durante segundos analizo mis movimientos y la sed insaciable hace que mi corazón enloquezca, palpitando a una velocidad alucinante.

Tengo que segar una vida.

Soy hambre.

Necesidad.

Soy la propia segadora.

Los cambios suceden.

Y tienen que suceder, es el ritmo de la vida.

Primero empecé a entrenar, sin saber nada, sin conocer gran cosa de este mundo. Luego empecé a sentirme bien.

Bien con la fuerza.

Bien con mi cuerpo.

Bien con toda la jerarquía.

Y entonces pasé a comprender lo que hacen, lo que sienten, porque ahora esa soy yo, y me pregunto qué diría mamá si supiera lo que su hija anda haciendo.

No es que tenga derecho a opinar sobre mi vida, cuando nunca se esforzó demasiado por amarme.

Cuando todas nuestras interacciones sonaron falsas y contra su voluntad.

—Hola, mamá, me convertí en un demonio y castigo a personas como tú.

—¿Qué dices, niña, te volviste loca? ¡Yo voy al cielo, no al infierno!

Soy capaz de escuchar sus decenas de afirmaciones falsas, manipulaciones e intentos de hacerme sentir inferior.

¿La razón? No tengo idea. Pero con la mente más clara, de algún modo gracias a la maldad y a la porción cada vez menor de humanidad, veo lo que ocurrió hasta mi adultez: una necesidad constante de aprobación que nunca llegó a existir.

¡Eso, Lyra, acepta lo que eres!

¡Deja el pasado exactamente donde está!

¡Eres mucho más de lo que imaginas!

Mi voz invade mis pensamientos y sacudo la cabeza, liberándome del control de lo que parece ser otra persona y, por unos pocos segundos, logro ver a través de la niebla sangrienta, del torbellino de brutalidad que gobierna mis actos.

No es que los odie.

Todo lo contrario.

El demonio yace bajo mis rodillas mientras lo contemplo, dispuesta a segar su vida… para siempre. Su alma no tendrá ya lugar alguno y será como si su conciencia jamás hubiera existido. O eso es lo que creo, después de saber por Nilo que el lugar al que van los demonios cuando mueren es terrible.

Él suplica por una oportunidad de continuar la lucha.

No tengo la menor intención de dársela.

Escucho crujir mis dientes, el sonido resonando en mis tímpanos. Pero no son mis dientes, sino mis dedos, que aplastan los huesos de su antebrazo. Noto que estoy en la misma situación que cuando comencé el entrenamiento, con la diferencia de que ahora no soy la presa, soy la cazadora.

Y es una diferencia maravillosa.

Estar al mando me embriaga. Transforma el aire de mis pulmones en combustible para la destrucción.

Si lo matas, no hay vuelta atrás. Esa será tu verdadera naturaleza. Serás parte del infierno y de la legión.

La voz, que se parece mucho a la mía, vuelve a resonar en mi cabeza, dejándome aturdida durante unos segundos. Parece demasiado real. Tan real que me confunde.

Pero tienes que matar, debes matar.

Retumba como un estruendo potente e intimidante, sacudiendo mi visión, nublándola y volviéndola opaca.

En los segundos en que intento comprender qué está pasando, qué voz es esa y de dónde surge, el demonio logra liberarse de mi opresión, pero recupero el control más rápido de lo que podría imaginar, lanzándolo contra la barrera de choque. La descarga devasta su cuerpo y no le permite soltarse.

—¿De verdad creíste que podrías escapar? —mi voz es entonada por otra, más profunda, amenazante.

Veo cómo los ojos del demonio se vuelven un borrón desesperado al encontrarse con los míos y no tengo idea de qué es lo que lo aterroriza, ni me importa.

Simplemente hago que los brazos dorados y centelleantes de mi poder se afiancen en su cuello y lo giren de una manera antinatural, de una forma que ninguna vida podría resistir.

Su último sonido es una mezcla de palabras que no consigo comprender.

Y lo que me sobresalta es que no siento remordimiento ni ningún otro sentimiento relacionado con el arrepentimiento. No. Me siento estupenda, sobre todo con el silencio que cae en el salón, de quienes dudaron de mi capacidad, de quienes me juzgaron por la mujer que era, sin conocimiento alguno.

No es que esté entre las primeras posiciones, pero ya estoy por debajo de los veinte. Y si continúo así, antes de que puedan darse cuenta, destruiré a mis oponentes uno a uno.

Lo veo desplomarse cuando los brazos de poder lo liberan, y el sonido hueco de su cuerpo al caer en el suelo de la arena es el único ruido que resuena en la sala de entrenamiento.

Ni el más leve susurro, ningún murmullo…

el silencio es tal que miro alrededor y me encuentro con rostros asustados y muchos de ellos petrificados de admiración.

Nunca me había sentido admirada antes, no de esta manera.

Y de repente la sed regresa, el deseo de apaciguar a la bestia que ruge en mi interior, clamando por crueldad.

Entonces, no conforme con lo que acaba de suceder, tomo mi espada y voy hacia la humana colgada, alimentándome del olor de sus pecados, sonriendo al escuchar sus gritos de pavor.

Es como si mi poder mutara, se volviera gigantesco.

Me detengo frente a ella.

Me ve y se aterroriza.

—No voy a terminar rápido contigo —digo, logrando visualizar lo que su miedo hará conmigo: saciará la necesidad de penitencia, que pagará el mal con algo mucho peor de lo que podría esperar.

—¡Mátame de una vez! —suplica, intentando influirme para que acabe con su calvario.

Lo que ella no sabe es que esa posibilidad no existe.

Será herida una y otra vez, regenerada poco después, para soportar más dolor.

Dicen que el infierno es la causa de los pecados.

Los alimenta, castiga y los transforma en arrepentimientos que no servirán de nada. Pero la verdad que nadie consigue asumir es que cada uno es responsable de sus propias acciones y aquí deben lidiar con las consecuencias de ellas.

Nadie que sea bueno acaba en esta mierda.

No, las personas buenas pasan lo más lejos posible de las garras de la condenación. Y suerte la suya.

—Eso no va a pasar.

Arranco la daga sujeta a mi pantorrilla y trazo un corte superficial en su rostro.

Llevo la sangre a la boca y veo todas las maldades que cometió en la Tierra.

Mató a su propio hijo —un recién nacido— de manera atroz, además de haber hecho daño a varios animales sin la menor justificación.

Es un alma mala, y las almas malas no tienen salvación.

—¡Maldita! —escupe, irritada por verse en la posición de víctima por primera vez.

Está acostumbrada a cazar, a maltratar, a causar dolor. A seres indefensos, lo que es aún peor. Entonces, ¿por qué no hacer las cosas más divertidas y jugar con mi premio por la victoria en la arena?

Regreso al lugar donde dejé la espada y, con un movimiento certero, rompo la cadena que la mantiene colgada. Al darse cuenta de que fue liberada, intenta afirmarse sobre los pies entumecidos por la posición en la que estuvo tanto tiempo, pero no logra correr.

Los demás demonios observan lo que hago con una curiosidad mórbida, en completo silencio.

—¿No te gustan las presas que no pueden defenderse?

¿Cómo te sientes ahora? —se orina por completo, el líquido fétido extendiéndose por el suelo—.

Así fue como se sintió tu hijo cuando lo ataste, lo metiste en una bolsa y lo arrojaste al fondo de una laguna.

Miento —divago, sintiéndome furiosa por lo que hizo, creyendo que hay personas con menos humanidad que los demonios—.

Se sintió mucho peor. Nada de lo que ocurra aquí te hará pagar por aquello. Esa deuda será eterna.

—¡Hice lo que tenía que hacer!

Madres, padres, familiares… el mundo es, de verdad, algo mucho peor que el infierno.

La tomo del cabello y la obligo a mirarme, mientras le arranco la oreja derecha con la hoja afilada. Su grito reverbera y resuena en las paredes, mientras golpea con manos temblorosas mi antebrazo, intentando que la suelte.

La sangre corre del corte y se acumula en su cuello y hombro, un hilo deslizándose por su brazo y cayendo al suelo, formando un pequeño charco.

—Yo también hice lo que tenía que hacer —susurro.

Sujeto el trozo ensangrentado y lo arrojo delante de sus ojos.

Vuelve a gritar, perdiendo la repentina valentía que había creado, cediendo al terror.

Golpeo su frente varias veces contra el suelo hasta dejarla inconsciente y luego la arrastro del cabello hasta donde están los demás humanos encadenados.

La encadeno una vez más y la dejo así, como carne expuesta.

Limpio la sangre de mis manos en su ropa y retomo mi lugar junto a Kalliope, prestando atención al siguiente combate. Nadie dice una sola palabra, asustados por mi frialdad.

¿No era eso lo que querían de mí?

Pues es lo que tendrán.

Incluso Kalli parece pensarlo mucho antes de decir algo, ¿tal vez con miedo de irritarme?

—Estás muy callada, eso no es normal —comento, empujando su hombro en un gesto amistoso.

La sensación electrizante de todo lo que hice aún corre por mis venas y me provoca sonrisas internas que no consigo contener. Hace apenas unos minutos parecía controlada… y es como si ese encanto se fuera disipando poco a poco y me mostrara la dimensión de lo que realmente hice.

Maté a alguien.

Yo… acabé con una vida a sangre fría.

¿En qué me estoy convirtiendo?

—Sabes que no necesitabas matarlo, ¿verdad?

Me encojo de hombros.

—Me habría matado si hubiera podido.

Empujo al fondo de mi mente la duda y la vacilación.

—La diferencia es que él no tuvo a un Nilo para interferir.

En tu caso, solo estás viva hoy porque el diablo fue contra las reglas que él mismo creó y, incluso después de que…

—pronuncia el nombre del demonio que maté, un nombre que no escucho por el caos de mis pensamientos— suplicara misericordia, aun así lo remató.

Su reproche me molesta. ¿Quién se cree que es? Sé que desde el principio creamos cierto vínculo, pero eso no le da derecho a opinar sobre las decisiones que tomo; al fin y al cabo, esto es el infierno y podemos actuar como nos plazca.

No es que no esté dándole vueltas al arrebato, de hecho.

—Tuve suerte aquella vez.

Mucha suerte.

Más aún cuando Nilo se ofreció a entrenarme. Si no fuera por él, yo sería uno de los demonios muertos durante el Electio .

—Bastaba con suplicar para que el otro también te perdonara.

No, no lo habría hecho. Pero Kalliope no está preparada para esa conversación. Cruzo los brazos, intentando ignorar la sensación de ser juzgada por alguien que no tiene derecho a hacerlo.

—No voy a justificarme.

—Ni hace falta, todo el mundo ya lo entendió.

La clase termina y todo el mundo se va, quedando solo Asmodeus y yo; él me contempla con su habitual semblante impasible.

—Ellos no entienden lo que es ser amenazado. Cuando eso sucede y cambiamos, nada puede interponerse en nuestro camino. Creen que fue un proceso rápido, pero yo creo que comenzó en el momento en que pusiste un pie aquí. O, quién sabe, quizá incluso antes.

Es extraño que un general demonio entienda exactamente lo que estoy sintiendo. Y aún más extraño que parezca saber lo que me ocurrió.

—Tú…

—Sí, todos los generales saben que no eres de aquí.

Frunzo el ceño y, al sentir una evaluación que va más allá de la suya, miro hacia la puerta y veo a Nilo. En cuanto enderezo la postura, dispuesta a descubrir la razón por la que me ha visto en la tierra, el maldito desaparece.

Simplemente… se evapora.

Como si nunca hubiera estado allí.