Impius Capítulo 15
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Capítulo 15

Lyra

Los generales pueden vagar por la Tierra cuando les plazca. Una existencia entera condenada al infierno es monstruosamente tediosa.

Semanas antes de la debacle

Entro en la librería de la ciudad en la que voy a vivir.

Es pequeña, con olor a madera vieja y alfombra polvorienta.

La señora detrás del mostrador me saluda y sonríe con amabilidad. Su expresión es serena mientras coloca un marcapáginas y pausa la lectura.

Noto la taza de café junto al libro y una pequeña lámpara.

Todo es tan increíblemente acogedor que me dan ganas de sentarme y quedarme aquí el resto del día, aun sabiendo que no tengo tiempo para eso.

—¿Puedo ayudarte, querida?

¡Qué servicial!

Sus ojos son de un tono de gris increíble, con un brillo divertido flotando en ellos.

Su sonrisa es genuina, se extiende hasta las orejas, mientras que las líneas de expresión alrededor de los labios son suaves, tranquilas.

Y lo más adorable son los mechones medio rizados y canosos que lo enmarcan todo, aportando un aire armonioso, de completo equilibrio a su semblante.

—Estoy conociendo el lugar. Pronto me mudaré a la ciudad.

Ella sacude los mechones a la altura de los hombros y dice, animada:

—¡Entonces, sé muy bienvenida! Que encuentres la felicidad en Arroyo de Acacia.

Agradezco sonriendo, sintiendo cómo mi corazón se calienta con su trato increíble.

La señora se acerca a mí y me abraza, sin que yo entienda el motivo.

Siento sus manos alisar mi espalda y un calor acogedor expandirse por mi cuerpo.

Cuando el abrazo termina, ella sigue sonriendo y vuelve a su sitio, dejándome un poco perdida con el gesto.

Ignoro la sensación inexplicable de que algo muy extraño acaba de ocurrir y me interno entre las estanterías.

El olor a madera cede lugar al incienso y a la tierra mojada, ya que afuera está lloviendo. Es una lluvia fina, de esas que duran un buen rato, porque caen despacio, como si bendijeran el suelo con su presencia.

A través de una de las ventanas con el cristal ligeramente empañado, veo las nubes oscuras en el cielo, pesadas, rencorosas, ocultando parcialmente el sol.

Y los días así, nublados, son mis días favoritos.

Ese clima frío y la aura misteriosa —simplemente mágica— proporcionan la ocasión perfecta para leer romances envolventes. Aunque traigan presencias indeseadas, en las que prefiero no pensar demasiado. Por lo general, las ignoro la mayor parte del tiempo y finjo no escuchar sus clamores.

Es lo mejor para todos.

No puedo hacer nada para aliviar el peso que cargan.

Vuelvo a prestar atención a las estanterías e ignoro una silueta que entra en la librería, como si sintiera mi presencia.

Si finjo que no lo vi ni lo sentí, no se quedará mucho tiempo.

Así que me concentro en los lomos y los recorro con los dedos.

Me detengo en los que están identificados como fantasía, una ficción increíble.

Amo a quien definió así la sección y colocó el cartel. Tiene todo el sentido del mundo.

Busco nombres conocidos y, sobre todo, libros que ya leí en mi lector digital, susurrando feliz cuando encuentro algunos y aún más cuando doy con el de una autora con la que trabajé. Recuerdo que logré darle visibilidad a su trabajo y que se convirtió en el libro que mejor rindió en su carrera.

¿Cómo explicar la sensación de realmente marcar la diferencia?

No hay forma de ponerlo en palabras. Sobre todo ahora que puedo tomarlo y sentir el aroma delicioso del papel.

Me quedo con esa edición y continúo observando las estanterías.

Veo un libro de fantasía del que nunca había oído hablar y, en cuanto lo abro para echar un vistazo a la primera página —siempre hago eso—, siento una presencia detrás de mí. Al girarme, me topo con un hombre enorme, que me da un susto tan grande que apenas consigo respirar.

Extiende la mano y toma un libro muy por encima de mi cabeza.

Con el gesto, todo su cuerpo se yergue sobre el mío y me hace sentir diminuta frente a la estantería.

No es que eso sea malo —pienso—. Es tan guapo que sería bueno, para variar, divertirme un poco con un desconocido.

Ni recuerdo la última vez que me desnudé para un hombre.

Pero este tipo me hace querer quedarme desnuda aquí mismo.

Joder, Lyra, ¿por qué este aluvión de pensamientos guarros?

¡Todavía son las diez de la mañana, loca, a ver si calmas ese coño!

¿Basta con ver a un tío guapo para que todo se desmadre?

Y eso que ni siquiera tengo un buen historial romántico.

La mayoría de los hombres con los que estuve desaparecieron al día siguiente y no dieron más señales de vida.

Lo que me llevó a adquirir cierta reticencia a follar, muriéndome de miedo de que el problema fuera yo.

Algo que Helena dijo de inmediato que no era así, que simplemente los hombres son así, unos completos capullos.

Pero, en fin, este realmente despierta algo inexplicable en mí. Un frenesí incomprensible. Y completamente ajeno al vendaval que llevo dentro, toma el libro que quiere y vuelve a alejarse, aunque no lo suficiente como para que mi mente pervertida no piense tonterías.

Para ayudar, decido iniciar conversación, porque toda la situación no fue para nada incómoda, claro.

—¿Te gusta leer?

Me giro para mirarlo y casi me desplomo en el suelo, desmayada.

Sabía que era guapo porque lo vi de reojo, pero así, tan cerca y de frente, ese hijo de puta debería ir preso.

¿El delito? Ah, el delito… haber sido esculpido por Dios en un molde que nadie más volverá a usar.

Los ojos, dos cristales límpidos de azul, me observan con curiosidad, mientras que la barba muy corta que cubre parte de su mentón solo resalta los rasgos fuertes y marcados.

El cabello, un poco largo pero no lo suficiente como para tocar los hombros, está despeinado de una forma sexy, que parece intencional, y se ve como un rubio oscurecido por la lámpara que ilumina su figura, aunque puedo jurar que en las partes que no toca la luz se asemeja más a un castaño oscuro, casi negro.

De tanto evaluarlo, solo me doy cuenta de que aún no respondió a mi pregunta cuando por fin lo hace:

—Sí. Tengo mucho tiempo para leer lo que quiera.

¡Guau, qué envidia!

—Qué bien por ti.

Por más que trabaje leyendo y hablando de libros, aún no tengo tiempo de leer los que se acumulan en mi estantería. Creo que, en realidad, jamás tendré tiempo para leerlos todos, pero sigo confiando en la mentira que mi mente se inventa cada día: que sí, y que siempre puedo comprar uno más.

—¿Y tú, lees mucho?

—Claro, forma parte de mi trabajo.

—¿Tu trabajo es leer libros? —La voz grave suena curiosa y resulta casi irreal que un hombre se interese tanto, de manera genuina, por lo que hace una mujer.

Y eso es algo pésimo, porque la mayoría nunca se interesa por nada con franqueza. Tanto que empiezo a desconfiar.

—Básicamente.

Evito dar más información. En el mundo de hoy, hay que andar con pies de plomo con cualquier cosa.

—Genial. ¿Y qué haces en la ciudad?

—Paseo —miento, sin querer darle la información verdadera.

Los hombres guapos son peligrosos.

Este lo parece, con la sonrisa evaluadora y las cejas formando un pliegue en el puente de la nariz. Todo en él me provoca un escalofrío, como si hubiera un objetivo oculto.

—Lyra, ¿dónde estás?

Escucho la voz de Helena y rezo para que no entre diciendo que ama la ciudad y que menos mal que vamos a mudarnos aquí, porque eso evidenciaría mi mentira y no quiero que un desconocido me pille en falta.

Mi amiga no espera respuesta, probablemente guiada por la encantadora señora. En cuanto me ve, camina dando saltitos.

—Sabía que te encontraría aquí… —Se acerca lo suficiente como para que yo pueda tocarla, así que le doy un codazo, intentando pedirle en silencio y con discreción que no hable de más.

Ni siquiera nota al hombre, aún no, mientras comenta—: ¡Tu madre volvió a exigirme! Quiere conocerlo todo, comprobar…

—Helena… —siseo, ella me ignora por completo.

—Dijo que si no consigues mantenerte, tengo que avisarle, que te obligará a volver a casa y, con eso, a conseguir un trabajo de verdad.

Porque, según ella, su hija no puede convertirse en una paria y bla, bla, bla…

—Le doy un codazo más fuerte, hasta que suelta un gritito y se gira, encontrándose con el hombre y abriendo los ojos de par en par.

—Hola.

Eso es todo lo que dice.

Solo eso.

Nada más.

Le dedica una sonrisa a Helena y luego vuelve a decirme:

—Bueno, fue un placer. —Empieza a alejarse, pero parece recordar algo, así que regresa y dice—: No van a recordarlo. Lo único que hicieron en esta librería fue hablar de libros, las dos.

Solo que no contó con que yo sí lo recordaría.

Y eso lo cambia todo.

Todo.