Capítulo 7
Lyra
Existen trece regiones en el infierno. Y en ninguna de ellas se debe caminar con pasos solitarios.
No descubro una mierda.
No sobre cómo volver a casa.
Pero aprendo todo lo que puedo sobre el infierno y su sistema de guerra.
Toda la organización y cómo funcionan las clases.
Incluso sobre el tiempo. Según una guía de curiosidades sobre todos los sectores de aquí —lo juro, esa porquería existe — el tiempo transcurre de manera distinta en el antro de la condenación eterna.
No existe el día, solo la noche, sin fin.
Y en cada ciclo de doce horas, contamos un nox . En cada nox , apenas un segundo transcurre en la tierra. Es decir, para que se complete un día entero allá, sería necesario vivir… ochenta y seis mil cuatrocientos nox .
Así que por más que las horas transcurridas desde que vine a parar aquí suenen infinitas, la verdad es que Helena ni siquiera debe haber notado mi ausencia.
Solo se dará cuenta de que no estoy en casa al despertar, normalmente a media mañana, cuando ya habrán pasado por lo menos treinta mil nox en este maldito lugar.
Treinta mil.
Y aún estoy en el tercer nox . ¡Tercero!
Mi desesperación es perfectamente comprensible.
El sudor frío se extiende por mi cuerpo y, al alzar la cabeza, sin querer contemplar nada más que la magnitud de mi insignificancia, veo lo que antes no había notado: decenas de niveles. La biblioteca posee decenas de pisos curvos que se elevan hasta lo alto de la torre.
Las estanterías ocupan la mayor parte de las paredes, pero en los pequeños espacios donde no se amontonan libros, destacan obras de arte. Objetos también, que parecen tan antiguos como este lugar.
Cierro el libro que estaba leyendo y escucho el sonido resonar por la enorme biblioteca.
Es diferente a todo lo que cualquier humano haya visto jamás.
Sus estanterías se mueven, entrando en pasajes que desaparecen y reaparecen con una frecuencia que todavía no entiendo. No consigo ver adónde conducen desde donde estoy, lo que me hace dudar si debería intentar subir para descubrirlo.
La respuesta más sensata sería no.
El problema es que yo no soy nada sensata.
Tanto es así que verlas hundirse en enormes pasajes rectangulares capta por completo mi atención. A medida que una fila desaparece, ocurre lo mismo con todas las demás, siendo sustituidas por nuevas remesas de libros y obras de arte.
A partir de ahí, lo mismo sucede con los otros niveles y, en la planta baja, en cuanto aparece la nueva disposición, descubro el nombre de la biblioteca.
Disparitio.
Biblioteca Disparitio.
El cartel, al igual que todo aquí, aparece de repente por uno de esos portales, junto con una gran mesa de madera apoyada en un pilar de piedra en el centro.
Una chimenea que ni siquiera había notado se enciende. Las llamas esparcen un brillo anaranjado que acaricia mi rostro con una chispa de calor.
Su crepitar es suave.
Lo que me resulta extraño, ya que no hace frío. Todo lo contrario. Sin embargo, segundos después de pensarlo, la temperatura se vuelve un verdadero hielo y me veo obligada a llevar el libro cerca de la chimenea.
Vuelvo a contemplar los niveles superiores y el deseo de explorar se disipa. No hay forma de subir hasta allí. Muerdo mi labio inferior, porque quería analizarlo todo, saber cómo es la colección. Una escalera grisácea surge a cada lado. Conecta los niveles, invitándome a cumplir mis mayores deseos.
Dejo el libro que estaba leyendo sobre la alfombra frente a la chimenea y, rodeándome los brazos con las manos mientras intento entrar en calor, empiezo a subir sin tener ni la maldita idea del peligro que corro. Sin comprender que aquí existen más secretos que en cualquier otra parte del mundo.
Estoy a punto de llegar al segundo nivel cuando los escalones desaparecen tal como surgieron, sin aviso previo, y no tengo tiempo ni siquiera de pensar antes de joderme al caer al suelo de una manera muy extraña, golpeándome primero las rodillas y luego la frente.
Suelto un gruñido de dolor.
¡Pero qué mierda!
—¿Entonces para qué la escalera? —hablo en voz alta, creyendo que algo aquí va a escucharme. Tiene que escucharme.
Paso las manos por la ropa, apartando el polvo que cubre las zonas castigadas. Ninguna respuesta de la entidad invisible ni de los poderes que no comprendo.
—Tu curiosidad algún día te va a matar, Lyra —suspiro, expulsando el dolor, intentando ignorarlo al máximo.
El problema es que la clase del último nox dejó sus propias secuelas y, después de caer desde una altura considerable, las heridas que había logrado ignorar vuelven a arder y a reclamar atención.
Qué hermosa porquería.
Si me hubiera quedado quieta leyendo el libro, esto no habría pasado.
Regreso a la alfombra con el arrepentimiento abriéndose y formando un hueco en mí.
El frío, momentáneamente olvidado, se empeña en soplar a mi alrededor, sin que vea ninguna ventana por donde pudiera haber entrado esa corriente helada.
Abandono la curiosidad por unos instantes y me caliento con el sonido de la madera siendo devorada por las llamas, lo que me hace recordar a aquel hombre.
Al hombre en cuyo cuerpo caí. Parece que han pasado semanas, pero solo fueron dos nox .
En los que intenté entender toda la dinámica de este lugar.
Muevo el hombro, sintiendo un dolor irritante surgir en él. Y me niego a mirar cualquier espejo, con miedo de ver las marcas que me infligieron. Debo estar tan colorida como una caja de lápices. Pero paciencia, ya es un milagro que siga viva.
Empujo el hecho de sentirme mucho más fuerte de lo que debería al fondo de mi mente.
Así como la sangre de color vino. ¿Será que ahora de verdad soy un…
? Prefiero no pensar en eso. Me concentro en lo que está escrito en uno de los lomos y me pregunto si funcionará.
Porque, en el mejor de los casos, si voy a quedarme aquí, al menos necesito saber cómo defenderme de los ataques brutales.
Abro el ejemplar de técnicas de combate para demonios.
Tiene tantas páginas que ni el libro de fantasía más extenso que haya leído se le acercaría. Pero por cuestión de supervivencia, es mejor leer esta porquería y aprender todo lo que pueda.
Y cuál no es mi sorpresa al ver que los dibujos, en realidad, se mueven de acuerdo con las instrucciones.
Si la indicación dice girar el cuerpo, eso es exactamente lo que hace la representación, acertando una patada en la mandíbula de su oponente.
Me fascina la diferencia entre los libros didácticos del infierno y los de la tierra.
Si los de historia y geografía fueran así, me pregunto qué podría pasar.
¿Seríamos teletransportados a los momentos narrados o a los países abordados?
La divagación desaparece con la sensación de haber visto este ejemplar antes. Una risa, mi risa, resuena en mis pensamientos, mientras me escucho decir: —Así es mucho más didáctico.
Sacudo la cabeza y busco a alguien más aquí.
Estoy sola.
Completamente sola.
En realidad, mis únicas compañías son los libros polvorientos y el crepitar constante de la chimenea.
—¡Qué locura!
Intento desprenderme de la impresión de haber visto antes estas figuras, pero es imposible.
Mientras observo el libro abierto, iluminado por el fuego, siento un deseo insano de reproducir los golpes.
De poner mi cuerpo a trabajar. Es casi una necesidad, como si hubiera nacido para eso, para luchar.
Lo cual, por supuesto, no es más que un absurdo.
Lo más cerca que estuve de golpear a alguien fue cuando un chico de la escuela gritó junto a mi oído y casi se llevó un puñetazo.
Solo tuvo suerte porque tropezó de repente y cayó hacia atrás.
Aunque no puedo llamarlo suerte de su parte, se abrió la cabeza y necesitó veinte puntos.
Analizo minuciosamente las figuras e intento reproducir los golpes.
Algunos salen bien, otros terriblemente mal; sin embargo, llego a la conclusión de que el libro es un arma formidable para alguien tan inexperta como yo. Y voy a hacer buen uso de él.
Lo dejo a un lado y me vuelco a la búsqueda frenética de cómo escapar de este infierno.
Literalmente.
Por eso opto por elegir los que tienen títulos sugestivos. Tales como: Magia en el mundo demoníaco . Poderes demoníacos . Demonios de la A a la Z, la enciclopedia infernal .
O tal vez esté buscando aquel maldito libro dorado que me arrastró aquí. ¿Quién podría saberlo? En este punto de mi travesía, estoy desesperada.
Paso un tiempo considerable en la maldita biblioteca, con el estómago rugiendo de hambre. Y solo me queda rezar para que la comida habitual de los demonios no sea algún animal vivo… o carne humana de moribundos torturados.
Solo pensarlo me revuelve el estómago.
Con los escalofríos constantes y el zumbido del viento que gira a través del espiral de estanterías, pienso en volver a mi habitación, armada con una pila de libros para analizarlos mejor.
En cuanto tomo más de cinco, las estanterías empiezan a desaparecer a una velocidad alucinante.
Giran en todos los niveles y entran en los portales, sin la menor señal de que vayan a volver.
Todo lo que queda en su lugar son las paredes de piedra, con algunos grabados en madera envejecida y yo, con una pila de cinco libros en las manos, observando atónita el lugar ahora vacío.
El olor a moho se disipa lentamente y las luces a mi alrededor comienzan a parpadear y a debilitarse.
Mis piernas pierden firmeza y el terror se apodera de mi valentía.
¿Va a quedarse oscuro?
Recordar lo que pasaba cuando era pequeña, las decenas de entidades que se aprovechaban de la ausencia de luz para susurrarme al oído, me desespera.
Aprieto los libros contra el pecho y dirijo la atención al aire entrando en mis pulmones.
Creo que una bebida podría ayudar ahora.
Los libros son retirados de mis brazos y depositados lentamente sobre la alfombra, mientras una copa de vino aparece en mi mano.