Capítulo 4
Lyra
Ellos cayeron. Los que seguían los comandos de su general fueron impedidos de regresar al paraíso y crearon sus propias reglas. No existe ningún poder por encima de los SIETE.
De los siete caídos.
—Si estoy en el infierno, entonces tú eres un demonio.
¡Felicidades, Lyra, cuánta inteligencia!
No rebate la afirmación, simplemente continúa:
—No causes más confusión.
—¡Espera! ¡Espera! —Me echa del lugar sin siquiera tocarme.
Cuando tropiezo y caigo, en medio del corredor agorero, la madera golpea el marco y sigo aquí, toda torpe, intentando entender qué está pasando con mi vida y cuál es la probabilidad de que esté soñando sin saberlo.
Enorme.
Porque es imposible que haya entrado dentro del libro que estaba leyendo.
No, de ninguna manera, es imposible.
Sigo tendida en el suelo frío, aturdida e impresionada con la belleza del hombre malhumorado y sin la menor paciencia.
¿Por qué tenía que nacer tan jodidamente guapo ese hijo de puta?
La vida tiene de verdad sus rarezas.
—¿Tu madre no te dio educación? —grito en un último intento de provocar alguna reacción en la criatura que ya no logro ver.
Aprieto los dientes y me clavo las uñas en las palmas, los puños tan cerrados que duelen.
—¡Ese infeliz! ¡No puede ser una cosa así!
¡Esto solo puede ser una broma!
¿Cuál es su maldito problema?
Extiendo la mano para girar el picaporte y desaparece.
Retrocedo unos pasos, dispuesta a patear esa maldita madera, pero me frena la temperatura húmeda del corredor, que ralentiza mis avances. Darme cuenta solo ahora de que estoy en completa oscuridad tampoco ayuda.
Nunca me gustó la oscuridad.
Cuando era niña, podía ver ojos a través de ella, deslizándose por la fina capa que separa lo sobrenatural. Eso me provocó un terror tan grande que, hasta hoy, duermo con alguna luz encendida.
Por eso, al verme engullida por la penumbra, mis pasos suenan desorientados y busco alguna barrera donde apoyarme, intentando pensar qué hacer.
Por reflejo, palpo mis bolsillos y noto que el celular no está conmigo.
Al parecer —en esta maldita pesadilla— los dispositivos electrónicos no están permitidos.
Y aunque con ese pensamiento surge el hecho de que Helena jamás sabrá lo que ocurrió y mi madre mucho menos, todo en lo que consigo concentrarme es en que necesito entender dónde estoy y por qué.
Necesito saber cuál es mi realidad.
La verdadera.
Levanto las manos en busca de alguna superficie.
Y en cuanto toco la pared, antorchas se encienden en una cadena invisible, iluminando el largo corredor.
Se oyen algunos chasquidos, como si las rocas se movieran intentando esconderse de la luz.
Por más que las ramificaciones de la noche quieran enredarse en el espacio, la luminosidad titila y las ahuyenta con maestría.
Mientras tanto, una ráfaga de brisa recorre el ambiente y el sonido que provoca se asemeja más a una especie de coqueteo con una voz susurrada. El viento conversa conmigo. Y no es cosa de mi cabeza: realmente lo escucho susurrar mi nombre.
¡Lyra!
¡Pequeña e indefensa, Lyra!
Una risa rebota entre las paredes y comienza a crecer a mi alrededor, el volumen aumentando hasta hacerme llevar las manos a los oídos a medida que el sonido se vuelve ensordecedor.
¡Lyra! ¡Lyra! ¡Lyra!
Repite mi nombre sin parar, al punto de volverme loca y hacerme gritar en busca de silencio.
—¡PARA!
La palabra retumba en las piedras oscurecidas por el limo y se desliza hasta el suelo, haciéndolo vibrar bajo mis pies. Es tan demencial que ni siquiera percibo que mi ruego es atendido: la risa desaparece de manera suave y, poco a poco, se esfuma sin dejar rastro.
Aturdida por el ruido constante, tardo algunos segundos en recuperarme y, al apoyar la mano en la pared, siento la piedra calentar mi palma hasta que la temperatura supera lo soportable y me obliga a retirarla de inmediato antes de quemarme.
Todo es muy… peligroso.
Como si fuera un ambiente hostil, donde nadie debería estar.
Tanto es así que el corredor empieza a enfriarse de una forma inimaginable y, en pocos minutos, siento las puntas de mis dedos helarse y entumecerse.
Y la mierda de ropa que llevo no ayuda en nada: al fin y al cabo, fui transportada tal como estaba, con el short gastado de dormir y una camiseta holgada con el nombre de una banda de rock.
Sin sostén.
Sin una muda extra.
Sin nada.
Lo más insano de toda esta locura es que empiezo a darme cuenta del lío en el que me metí y de lo jodida que estoy. Sinceramente, si de verdad fuera una pesadilla, ya debería haber despertado. Esa percepción hace que mi esperanza se disipe, mientras el desánimo me atormenta.
Bienvenida al infierno.
Cierro los ojos y me entran ganas de llorar.
Nunca lloré antes, pero ahora quisiera hacerlo.
Recuerdo que mamá me llevó varias veces al psicólogo porque, según ella, no tengo corazón.
El máximo diagnóstico al que llegamos fue que deberíamos investigar causas fisiológicas, ya que no se trataba de un trauma.
Con el tiempo, lo dejamos; no valía la pena.
Hoy, quisiera poder soltar las lágrimas; tal vez me calmarían y me librarían de este peso desesperador.
El pecho se me oprime.
Los pulmones se me retuercen.
Y comienza una crisis de ansiedad, porque a cada minuto que sigo aquí sé que me alejo de casa, que estoy a punto de vivir cosas que van a acabar conmigo.
Y no tener idea del motivo ni de cómo salir alimenta un pavor tan devastador que mi visión se nubla y caigo al suelo, con las piernas débiles y los músculos inconsistentes.
Intento concentrarme única y exclusivamente en respirar.
En tomar aire y tratar de sobrevivir al corazón acelerado y a esa sensación de que va a estallar mi tórax en cualquier momento.
Apoyo la espalda en la pared y ni siquiera el calor que me castiga es suficiente para impulsarme a levantarme. Entre otras cosas porque no puedo; no soy capaz de nada más que de inspirar y expirar, obligando a mi cuerpo a lo básico.
Mis ojos pierden el enfoque.
Mi cuello parece no soportar el peso de la cabeza. Pesa tanto que apoyo la nuca en la piedra y cierro los párpados, intentando concentrarme solo en no quedar incapacitada, justo en un lugar como este que no conozco y que dicen ser mucho más de lo que estoy dispuesta a creer.
Infierno.
In. fier. no.
Me reiría si fuera verdad.
Pero al mismo tiempo que no existe explicación para todo lo que viví en las últimas horas, tampoco tengo un motivo para no creerlo. Es insano. Terriblemente insano. Y aterrador.
Porque no morí, entonces ¿cómo llegué aquí?
El oxígeno se me traba en la garganta y hago ruido al intentar llenar los pulmones, recibiendo nada más que el viento frío y la caricia de la luz tenue que se extiende titilante.
Voy a morir.
Si no morí y entré en el libro, voy a morir ahora, con el corazón galopando furioso mientras mis uñas se quiebran contra el suelo al arrastrarlas desesperadamente.
Ni siquiera el dolor me saca del entramado de caos en mi mente.
Ni el dolor es suficiente para ayudarme.
Mierda.
No puedo irme así, no de esta forma, no sin que nadie lo sepa…
Siento la sangre calentar las puntas de mis dedos, pero no dejo de arrastrarlos, de infligirme un dolor sofocante, intentando minar la ansiedad de no tener ninguna noción, ningún control.
Pasos resuenan no muy lejos.
Y en pocos segundos, alguien aparece en mi campo de visión. Una mujer. Al verme, corre hacia mí y, aparentemente sin notar mi estado, me levanta sin cuidado y mira a ambos lados del corredor mientras dice:
—¿Por qué estás parada aquí? ¡Nuestra clase está a punto de empezar!
¿No tienes idea de los castigos que podemos recibir si nos encuentran merodeando?
Por lo que dicen, todos los que son hallados caminando donde no deberían son castigados por Nilo.
—La mujer, con una melena pelirroja hasta la cintura y llena de ondas, empieza a arrastrarme.
Mi falta de aire, la cabeza completamente atormentada, todo parece ceder lentamente espacio a un sentimiento muy distinto: curiosidad.
Y aun con los restos de aquel desespero que dejó un sabor amargo en la lengua, soy capaz de analizar la figura emblemática y nada paciente cada vez que se gira para mirar un punto detrás de nosotras.
Es un poco más baja que yo y su cuerpo curvilíneo destaca, como si su rostro perfecto por sí solo no fuera suficiente para captar la atención.
Tiene los ojos oscuros, labios carnosos, y la piel tan perfecta que parece porcelana.
Al igual que el tipo que me echó, parece irreal y resplandece, como un pecado convincente.
Solo entonces noto que estoy siendo llevada sin oponer la menor resistencia. ¿A dónde? No lo sé. Y eso me asusta tanto que hasta me olvido de la maldita crisis que cesó o de cómo me sentí cuando caí en el regazo de aquel ser.
—¡ESPERA! —grito y me detengo en seco.
—Si quieres que te arranquen un dedo, adelante. Ni siquiera sé por qué intento sacarte de aquí; ni te conozco.
¡Exacto!
—¿A dónde me llevas?
—Al entrenamiento. Es nuestro primer día, ¡tienes que ir!
—¿Qué entrenamiento? —hablo demasiado alto, con la voz chasqueando contra las piedras como un látigo, haciendo incluso que las luces se inclinen con el sonido.
—¡De combate! ¿En qué mundo estabas viviendo que no sabes lo esencial, chica?
Esta academia es legendaria en el infierno y solo algunos de nosotros tenemos derecho a cursarla para poder salir mejor parados frente a lo que se avecina.
El resto sigue despreparado y su destino puede ser peor que la muerte.
Es legendaria en el infierno.
Infierno.
Otra vez.
¡O aquí todo el mundo está loco, o la loca soy yo!
—¿Estamos de verdad en el infierno? —pregunto, la voz apagándose, perdiendo la fuerza de minutos antes—. ¿O todo es una broma?
Miro alrededor en busca de cámaras. No encuentro ninguna. Pero lo que veo me deja extremadamente asustada.
Vísceras.
Vísceras de alguien, y mucha sangre salpicada en la pared.