Impius Capítulo 3
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Capítulo 3

Lyra

De toda la creación, existe un único lugar en el que ninguna criatura del Señor osa pisar. Donde los demonios cobran vida y los pecadores, condenación eterna.

Manos pesadas reposan sobre mis piernas.

El crepitar de una chimenea ruge, no muy lejos.

Un hombre enorme me observa con el semblante cerrado, los ojos azules oscureciéndose, como si sus sentimientos fueran incontrolables y comandaran el color de las dos esferas que ocupan gran parte del blanco, a su antojo.

Son mucho más grandes que unos ojos comunes.

Tal vez por la forma en que el azul más intenso cede lugar al contorno en un negro tan vívido que hipnotiza.

Por unos instantes, podría jurar que el tono oscuro aumenta, lo que me invade con una sensación aterradora de que el peligro que corro es mucho mayor de lo que puedo imaginar.

Porque él no es humano.

O usa unas lentes de contacto tan buenas que su humanidad queda disimulada con maestría.

Aun así…

Aunque cada poro de mi cuerpo grite que debería correr y huir de aquí cuanto antes, soy incapaz. Porque es fascinante. Tan fascinante como aterrador. Los labios son carnosos y atraen mi atención, mientras que la nariz pequeña y recta armoniza con el resto de los rasgos.

Su belleza es surreal, increíble. Resplandece ante mí. Pequeñas partículas brillantes se amoldan a su figura, besando cada uno de sus ángulos, como si la luna estuviera aquí dentro, justo a nuestro lado.

La mitad de su rostro está iluminada por un brillo plateado.

La otra, por un tono dorado.

Y aunque sean palabras algo superficiales para describirlo, es la mejor forma que encuentro de hacer justicia a lo que veo.

Sacudo la cabeza e intento apartarme del encantamiento. No debería perderme en algo así cuando estoy metida en un problema tan grande.

¡Acabo de ser engullida por un libro!

¡Por un libro!

¿Y aun así me parece de buen gusto quedarme analizando a una persona que ni siquiera conozco?

Eso considerando que de verdad haya sido arrastrada por las páginas. Teniendo en cuenta que fue lo último que vi, creo que sí. Pero ¿y si no estoy en mis cabales? ¿Y si todo esto es una locura de las buenas? Yo qué sé.

—¿Piensas seguir en mi regazo mucho tiempo? —La voz cortante me parte en dos.

Su tono es impaciente.

Todo lo contrario al contacto cálido y firme de los dedos, que viajan de las piernas a la cintura y esparcen una quemazón que durará horas.

Un calor abrasador que marca mi piel igual que esa cosa extraña en mi muñeca.

De hecho, podría jurar que él mira de reojo el dibujo y frunce el ceño, empeorando la mueca.

Luego… el maldito se pone de pie.

Sin tocarme, me quita de su regazo con brusquedad y caigo de manera nada elegante al suelo. Tan vergonzosa que, al levantarme, me froto el trasero, quejándome sola de esta maldita suerte.

Para colmo, el dolor irradia por las nalgas y me hace apretar la mandíbula, intentando ofrecer al menos un resto de orgullo. No es que vaya a servir de algo.

Abro y cierro la boca, levantando una de las manos hasta los labios.

Finjo no notar su mirada aguda siguiendo el gesto.

El hombre vuelve a sentarse, con toda su pompa, echando hacia atrás el abrigo negro que lleva, con costuras plateadas y centelleantes, dejando ver la especie de camisa que viste debajo.

Es cruzada y gris, ceñida a su pecho, tan ajustada que me sorprendería si no estuviera cosida directamente a su cuerpo.

Por desgracia, no es posible ver mucha de su piel, más allá de las manos y el rostro, de un tono más bronceado, como si se hubiera expuesto demasiado al sol durante el último mes.

Me pregunto por qué se cubre tanto, ya que aquí no hace tanto frío. Sin embargo, la pregunta que realmente quiero hacer, la que martillea mi cabeza como un clavo golpeado sin piedad, no tiene nada que ver con eso. Y cuando vuelvo a abrir la boca, mi voz rebota a nuestro alrededor.

—¿Quién eres? ¿Y dónde estoy?

No responde.

Me ignora con una capacidad aterradora mientras escribe algunas cosas en un cuaderno gastado e infla las fosas nasales, evidenciando irritación.

Soy incapaz de volver a analizar el lugar, porque mis ojos se niegan a apartarse de su figura sombría.

A su alrededor, una niebla plateada se alza y lo rodea con cuidado, espiralando como si intentara ocultarlo o apoderarse de él.

Lo cual resulta difícil, dados los músculos colosales visibles bajo la tela y el tamaño gigantesco de su torso.

Recordar los muslos y cómo pensé que eran una superficie distinta a las piernas de alguien también demuestra que los músculos trabajados se extienden por esa parte del cuerpo, y me pregunto si…

Hago una mueca.

No tengo que preguntarme nada.

Ni tampoco gustarme esa niebla que forma parte de él y parece responder a su humor, flotando hasta mí, ansiosa por atacarme de algún modo. Noto que las puntas doradas del humo son idénticas a las que vagaron por mi habitación horas antes, y me pregunto cuál es la relación entre esas cosas.

¿Cuál es la conexión?

Camino de un lado a otro, medio perdida y asustada, intentando escapar sutilmente del roce de cada uno de los brazos neblinosos.

Con cada movimiento, lo único que escucho es el crepitar de la chimenea y mis propios pasos, amortiguados por la alfombra bajo mis pies.

El silencio aterrador me saca de quicio.

¿Qué demonios le pasa a este hijo de puta?

—¿No vas a decirme quién eres? ¿¡Ni en qué maldito lugar he ido a parar!? —Recorro la distancia hasta su mesa y golpeo la madera con las manos, lo que atrae su atención por unos pocos segundos.

Ínfimos.

Recibo un suspiro pesado.

Sus dedos elegantes continúan trazando hermosos patrones sobre la hoja. Cuando miro de reojo, noto que es el mismo lenguaje del libro dorado cuando yo no lograba comprenderlo.

Necesito respuestas.

Aunque él no parezca inclinado a darlas.

Observo sus movimientos, con una extraña oleada de inquietud.

Ya había notado lo grande que es, pero al mirarlo mejor, es aún más grande de lo que pensé, ya que sentado nuestra diferencia de altura no supera los cinco centímetros.

Y yo no soy precisamente baja, mido casi 1,70. Así que él es muy alto.

Alto e insanamente hermoso.

¿Ya dije que es hermoso?

Porque, sin lugar a dudas, es el hombre más bello que he visto jamás. Y no limitado a los que vi en persona. Eso lo vuelve más hermoso que cualquier estrella de Hollywood o modelo famoso.

El cabello castaño, de un tono oscuro, cae algo desordenado a la altura de las orejas, y la ausencia de barba resalta los ángulos definidos de la mandíbula. Cuadrados y obscenos.

—Qué maravilla, ¡el gato se comió tu lengua!

—No necesitas saber quién soy. —La entonación es tan ronca que pulsa en el centro de mis piernas, mientras un brillo perspicaz cruza su mirada y puedo vislumbrar la sombra de una sonrisa ladeada que desaparece enseguida.

—¡Ni siquiera te conozco! ¿¡Por qué estás tan cabreado!?

¿Por qué lo estoy?

Claro que ser ignorada no es una sensación agradable, pero admito que hay algo que me está sacando de quicio.

—Qué personalidad tan… —alarga la pausa, la pluma estilográfica que usa queda suspendida un poco lejos del papel— irritante. Cada vez es una sorpresa. Ya debería haberme acostumbrado.

La manera en que lo dice es totalmente distinta a la mía. Hay cierto encanto en la forma en que las palabras se deslizan por su lengua, como una música sin ritmo definido.

Y aunque debería sentir curiosidad por lo que dijo, lo único que no me deja pensar con coherencia es la maldita necesidad de saber…

—¿QUIÉN. ERES. TÚ?

¿Quién es él?

—¿De verdad tengo que responder cuando fuiste tú quien cayó en mi regazo? Me parece innecesario. —Una vez más evita el tema, aún tan serio que me cala hasta los huesos con su frialdad.

Sus ojos se fijan en los míos y el negro vuelve a surgir, dominante.

Sin disimular, noto cuando su evaluación recorre todo mi cuerpo y ladea la cabeza de una forma tan sutil que solo sigo el gesto porque lo miro fijamente, en busca de respuestas que el ser más hermoso que he visto en mi vida no quiere darme.

—Sí. —Cruzo los brazos—. Exijo saber qué está pasando aquí, quién eres y, sobre todo, dónde estoy. Eso si no estoy soñando, claro —murmuro la última parte, deseando que sea verdad.

Sé que debería estar desesperada; al fin y al cabo, nada de lo ocurrido tiene la menor explicación lógica. Sin embargo, mejor aterrorizarme con calma e intentar mantener la cordura para descubrir lo máximo posible.

—¿Exiges?

La pregunta podría sonar divertida, si no me mirara como a alguien a quien le gustaría ver muerta.

Es animal, brutal.

La chispa de ira se convierte en incendio y veo cómo su mandíbula se tensa, mientras el frío de su alma brinda con la mía, transformándolo todo en una nevada absoluta.

Una especie de llama insistente y terca nace en mi estómago y migra a lugares que prefiero ni aclarar.

Esa hija de puta toca ese punto justo en el centro de mis piernas, en un momento en el que no debería.

En un momento en el que no tendría que sentirme atraída por este hombre inmenso, fuerte como un toro y a punto de incinerarme.

Reducirme a pedacitos.

Que sin duda devorará después.

—Solo quiero entender qué hago aquí. En realidad, ¿estoy aquí?

¿O todo no es más que una pesadilla y tú eres una creación de mi subconsciente?

—Hago una pausa al notar algo importante—.

Sí, no sé si tendría la capacidad de imaginar a alguien tan indecentemente hermoso, así que ignora la última parte y céntrate en las demás preguntas.

Otra sombra de sonrisa.

Creo que estoy logrando avances significativos.

—Lo estás. Y sí, es una pesadilla. Pero una pesadilla real.

La voz resuena por las paredes, y la opresión en mi pecho me dice que estoy a punto de descubrir la peor verdad de todas.

—¿Dónde sería aquí, específicamente?

Él indica con la cabeza un punto detrás de mí y, cuando me giro y miro por la abertura en la pared de piedra perfectamente tallada, veo una luz roja muy intensa que, en algunos puntos de los bordes, coquetea con el naranja.

Me acerco a la ventana y escucho gritos agonizantes.

Al buscar el origen de los lamentos, distingo las siluetas en medio de un incendio de enormes proporciones.

Desde donde estoy, puedo verlo desde arriba, lo que indica que estamos en lo alto, mientras todo ese mar de fuego arde incansable sin mostrar señales de disminuir.

—¿Qué es eso? —El calor distante es tan innegable que ráfagas de aire caliente me golpean—.

¿Y qué hacen esas personas allí? ¿Por qué no las saca de ahí?

—Una puerta aparece de repente junto a la ventana y, cuando la abro, de no haber estado un poco más atenta, habría caído por un precipicio directo a un mar de color cobrizo en llamas que serpentea en el valle justo debajo.

Parece una serpiente.

Una especie de río fluorescente, el resultado de una erupción de enormes proporciones.

—¡Criatura estúpida! —El hombre pierde la compostura al reprenderme—. ¡No hagas deseos absurdos! —Una ráfaga de viento me desequilibra y, en cuestión de segundos, está a mi lado, tirando de mí con urgencia y cerrando la puerta.

Desaparece.

Y si no la hubiera visto, dudaría de su existencia.

—No entiendo, qué… qué… qué… —El susto de casi caerme me deja mareada y sin aire—. ¿Cómo apareció esa puerta así y por qué casi me mata?

Sostengo su mirada gélida y lo veo fruncir los labios.

—Este lugar cumple tus deseos. Todos ellos.

Y algo en su forma de hablar parece encerrar un misterio mucho mayor del que deja escapar.

—¿Cómo que…?

—Si no entendiste una frase tan directa, no me daré el trabajo de explicarla.

Camina de nuevo hasta la mesa y yo lo sigo, con pasos duros y obstinados.

—Perdona mi absoluta falta de inteligencia —digo con sarcasmo—, pero ¿cómo esperas que entienda algo cuando dices un montón de mierda sin sentido?

—Estás en un pozo de aguas incoherentes y, si esperas respuestas, jamás las encontrarás. En este mundo, o las buscas y luchas por ellas, o morirás antes de que termine el nox.

—¿Mundo? ¿Morir?

¿Escucha el pavor en mi voz? Porque, joder, de desesperarme con calma paso a desesperarme con prisa. Una rapidez tan insana que los latidos de mi corazón se aceleran y piedras se depositan en mi estómago.

—Bienvenida al infierno, querida.