Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 60 Neal Skytree 4 horas y 42 minutos después del solsticio de verano
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60 Neal Skytree 4 horas y 42 minutos después del solsticio de verano

K ai echa a correr en cuanto ve a Markel aparecer a las puertas del Skytree.

Una luz extraña empapa la mañana. El ámbar parece roto, cuajado de tonos disonantes mientras amanece… pero lo peor es el silencio; ese vacío denso que se traga todo lo demás.

Kai envuelve a Markel en un abrazo potente y sentido. Rodea sus hombros y su nuca y le entierra el rostro en el cuello para decirle algo al oído mientras yo solo escucho una nota estrangulada sostenida en el tiempo.

Todo es vacío hasta que, tras los chicos, la veo a ella.

Se ha detenido después de una carrera; lo sé porque el pecho se le mueve al ritmo de una respiración acelerada que poco a poco se calma. Me contempla con fijeza, con esos ojos azules del color del mar más profundo y yo… yo soy incapaz de moverme.

Es ella la que rompe el estatismo, echa a correr y en el preciso instante en el que sus manos rodean mi cuerpo el silencio se llena.

La abrazo, la estrecho con fuerza mientras me empapo de su aroma y permito que el calor de su cuerpo, sus manos en mi espalda y su pecho contra el mío penetren en ese vacío que tanto me aterra.

—Neal. —Mi propio nombre, pronunciado con tanto anhelo, me ancla a ella—. Neal —repite, cuando no le dejo apartarse.

Enredo los dedos en su pelo y apenas permito que levante un poco el rostro para mirarme a los ojos.

Qué hermosos son.

Kiera me acuna el rostro, lo recorre con los dedos como si no se lo creyera. Me acaricia el cuello y los hombros, el pecho y el estómago y la cintura… y entiendo que también ella había creído que no volvería a verme.

De pronto sus manos se detienen en la mía, en la palma abierta en la que antes me he clavado el camafeo. Se queda mirando una herida fea y bastante profunda que no he permitido que se cerrara.

Kai no ha dicho mucho en toda la noche, no ha sido capaz, y durante las horas de silencio solo el dolor me devolvía a la tierra.

En cuanto parecía que el dolor iba a desaparecer, los márgenes de la realidad se llenaban de agua salada, agua de espumas blancas, que me apartaban del suelo y de la tierra, que me hacían sentir blando y ligero…

y muy lejos. Y yo volvía a apretar con fuerza hasta que la carne desgarrada me traía de vuelta. Por eso la herida tiene ese aspecto.

Kiera la mira con cierta preocupación, pero no dice nada. Se queda en silencio, contemplándome a un palmo de distancia mientras empieza a aterrarme que tampoco ella sea capaz de hablar hasta que, con un susurro, pregunta:

—¿Qué ha pasado?

Contengo el aliento. Ahora, el pulso doloroso en la palma de mi mano funciona como un eco y un recordatorio:

Las monedas.

El Shinigami.

Y luego los misiles.

Las estelas rojas cruzando el cielo.

El horror.

Las pantallas en negro.

Y al final el silencio que lo ha devorado todo.

Me quedo mirándola, sin saber cómo explicarlo. Es imposible. Es absurdo. ¿Cómo puedo ponerle palabras a esto que siento?

—Hemos sido los dos —interviene entonces una voz grave y algo ronca.

La marea baja, las olas de espuma blanca se repliegan de vuelta a la pesadilla.

Kiera y yo nos giramos.

—Lo hemos decidido juntos —repite Kai, con firmeza.

Parece decidido y tan torturado como para que fuera cierto.

Le dedico una mirada consternada y él aparta la suya enseguida. No entiendo por qué lo ha hecho; yo no se lo he pedido… aunque es un gesto noble.

No cualquiera es capaz de repartirse contigo el peso de cientos de millones de muertos.

No sé si Markel se lo cree. Está impresionado, incapaz de decir nada al respecto.

Kiera, en cambio, articula un «vale» ahogado. Un «está bien, no tenemos que hablar de eso ahora».

Pero no se lo traga.

Ella no.

Yo lo sé.

Durante un instante Kai y ella se sostienen la mirada hasta que, de pronto, se quiebra este instante extraño y ambos echan a correr hacia el otro.

Se encuentran a medio camino, donde el matademonios envuelve a Kiera con fuerza.

No se dicen nada. No les hace falta. Kiera pega su frente a la de Kai y este agarra su rostro entre las manos y le da un beso en la frente antes de reírse levemente.

También a ella se le escapa una risa que acaba en llanto y ha de secarse con rapidez las lágrimas.

Markel echa a andar hacia mí. Me da un abrazo breve pero real que agradezco de verdad y, lentamente, siento que respiro un poco mejor.

Kiera regresa, se acerca despacio, me acaricia el brazo y tira un poco de mí.

Reclama mi atención con una caricia. Sus dedos en mi mejilla son demasiado amables, busca mis ojos sin miedo y cuando se pone de puntillas, vuelve a rodear mi cuello con un brazo y siento su aliento en mi oreja.

—Todo irá bien, Neal.

Me aparto para mirarla a los ojos, pero no me deja decir nada.

—Te quiero —me susurra, contra los labios, antes de darme un beso que arrastra el sabor del mar.

Solo entonces comprendo que estoy llorando, que Kiera no se ha creído la mentira de Kai y que a pesar de todo me ama.

Se aparta un segundo y me limpia las lágrimas con el pulgar.

—Creía que no volvería a verte en esta vida —reconoce, y se le quiebra un poco la voz.

Tiene las mejillas húmedas y los ojos enrojecidos de contener las lágrimas… y por fin reacciono.

Está viva, y eso es todo cuanto importa, me digo.

También yo le acaricio el rostro y siento el alivio que desprende cuando cierra los ojos y ladea la cabeza para seguir el roce de mis dedos.

Está viva, y puedo estrecharla entre los brazos.

Puedo sentirla.

Puedo besarla.

Tomo su mentón, la obligo a alzar el rostro y la beso como me pide el alma. Me aferro a ella, a su sólida presencia y al amor que arde aquí dentro.

Y entre beso y beso, me aparto un poco para murmurar, contra sus labios:

—Lo siento…

—Te quiero —responde ella con rotundidad y no me deja volver a pedir perdón. Me seca las lágrimas, vuelve a besarme, me estrecha contra su pecho y continúa—: Te quiero, Neal. Te quiero. Te quiero…