59 Kiera Mori Tower A las doce de la noche del solsticio de verano
E n otra vida, Neal y yo nos quedamos en esa playa.
Luchamos contra las olas bajo el sol templado de junio, tomamos aliento en la orilla y nos besamos sobre la arena. Siento sus dedos recorriendo el arco de mi mejilla, la curva de la ramita de lavanda bajo mi pecho, la ondulación de mi cadera.
En esta, el universo me arrebata sus últimas palabras y yo me río con amargura de él y le aseguro, con el poco coraje que me queda, que no me importa, porque conozco a Neal lo suficiente como para saber qué iba a decirme.
Una promesa de amor y de un reencuentro en otra vida más amable.
En la neblina de ese sueño nos veo en otra playa, ignorando las nubes negras hasta que la tormenta nos obliga a correr. Levantamos arena con los pies, nos encontramos con otros amigos a la carrera.
Un violento temblor me hace despegar los párpados. La fantasía se rompe, me escupe en un mundo que se desmorona y descubro que Markel me está agarrando de la mano.
Seguimos vivos, me digo.
Y me aferro a ese pensamiento.
Es la única forma de mantenerme cuerda.
Todavía.
Seguimos.
Vivos.
El gran ventanal que tenemos delante tiembla ante el seísmo y me pregunto si será el yokai o si será así como sintamos las bombas.
No quiero mirar la hora.
Sé que ya estamos en tiempo de descuento y no quiero morir preocupándome por cuánto más viviré.
Me giro hacia Markel, ignorando los cristales que están a punto de romperse. Voy a decirle algo amable y descubro que no me sale la voz, así que me limito a sonreírle y a apretarle más fuerte la mano.
Ojalá Neal se sienta querido cuando muera.
Que Kai encuentre redención.
Deseo que Hikari, Anna y Riku se salven.
El temblor se hace más intenso, los cristales se quiebran y no puedo evitar mirar afuera, al cielo estrellado que desde aquí parece tan lejano.
Que sea rápido, por favor.
Que no nos dé tiempo a ver la explosión.
El seísmo se intensifica, se oye un ruido sordo que procede de la tierra, del silo.
Y entonces, cuando cierro los ojos y me aferro a la mirada de Neal, a la forma en la que me ve… el seísmo cesa. Continúo oyendo un rugido sordo, pero en mi alma algo se queda en completo silencio.
Vuelvo a abrir los ojos. Primero miro a Markel, en cuyos ojos castaños se ha prendido una chispa de fuego. Luego, sigo la dirección de su mirada y me quedo sin aliento.
A lo lejos, la entrada al infierno: luz intensa y un rojo violento que se funde en amarillo. Es una bomba que ha explotado cerca del centro.
Pero Markel está mirando a otro lugar. Para las bombas estábamos preparados, para el resto no.
El cielo se llena de fogonazos rojos, cientos de estelas que surcan el firmamento oscuro y lo iluminan mientras ascienden, y suben y suben…
Solo unos metros más allá, el suelo se ha abierto y de él surge el misil que lleva las bombas de la Mori Tower; un fogonazo rojo, intenso, que se deshace en luz cegadora cuando parte… lejos de Japón.
Dos lágrimas silenciosas me resbalan por las mejillas mientras contemplo el cielo en llamas.
Markel y yo compartimos una mirada.
Y mis labios encuentran la manera de pronunciar:
—¿Qué has hecho, Neal?