55 Neal Skytree 2 horas y 21 minutos para el solsticio de verano
T ras el temblor se eleva la alerta de tsunami no solo en la zona de Aomori, sino también en varios puntos de la costa, pues el gran yokai está furioso, es impredecible y el seísmo se siente, en mayor o menor intensidad, en casi todo Japón.
El problema de esta alerta es que se lanza prácticamente de noche, cuando no se puede actuar, y durante las horas oscuras la población está sola.
Un nuevo temblor sacude Tokio y hace que todos miremos, con el corazón en un puño, la pantalla en la que tintinean los puntos azules que señalan las bombas que tenemos localizadas.
Puede que haya más de un gran yokai furioso. Puede que todos estén anticipando la catástrofe… Pero si siguen así quizá no todas las bombas aguanten hasta medianoche.
En el mejor de los casos mañana amanecerá y contaremos los muertos solo de los seísmos y los tsunamis que se esperan en las costas. Aunque los temblores en Tokio no son tan fuertes como en otras zonas, también aquí tendremos que vigilar el mar.
Ojalá esa sea nuestra mayor preocupación mañana.
Me llevo la mano al pecho.
Este colgante tan pequeño no debería pesar y, sin embargo, siento los hombros tremendamente cargados.
—Debe saber que es un farol —murmura Markel, cuando el seísmo cesa—. No puede estar tan loca.
—Lo está —declara Kiera—. No tiene motivos para pensar que no vamos en serio. Hemos tenido mucho cuidado. Todos sus informes deben señalar que los misiles con las bombas están preparados para que alcancen los objetivos… Simplemente le da igual.
—¿Serviría de algo un último comunicado? —sugiere Kai—. Algo así como el comandante pidiendo perdón al mundo, alegando que no tiene opción si quiere proteger a Japón…
Se me encoge el estómago.
—No —descarta Kiera—. Creo que el silencio debería asustarla más. Aún cabe una pequeña posibilidad de que recule, pero…
—Se nos acaba el tiempo —termina Markel—. Podemos apurar hasta 28 minutos antes de la medianoche, pero…
—No vamos a apurar tanto —replica Kai—. Es tu mejor marca, pero no la peor. Necesitas 47 minutos, por si acaso.
Noto los latidos del corazón en un golpeteo rítmico y fuerte contra las costillas mientras los demás siguen hablando. No sé qué está diciendo Kiera cuando la interrumpo a media frase, la agarro por la muñeca y la saco del cuarto.
Les hago un gesto a los soldados que vigilan el perímetro para que se alejen.
—¿Estás bien? —pregunta ella, mirándome a los ojos.
Pienso en mentir: sí. Y en decirle la verdad: estoy aterrado.
En lugar de eso, sin embargo, me inclino sobre ella, deslizo una mano por su mejilla y le robo un beso en el que Kiera cede enseguida. Entreabre los labios, apoya una mano reconfortante en mi pecho y la otra me la desliza por la nuca y enreda los dedos en mi pelo.
Compartimos un beso profundo y sentido, quizá demasiado para estar en público; pero ni siquiera me importa.
No me preocupo por Kai y Markel ahí dentro, que deberían estar aprovechando así el tiempo, ni tampoco por los guardias que patrullan los extremos de la planta y a los que debemos estar ofreciéndoles un espectáculo encantador.
Solo importa este beso y, más que él, Kiera.
Kiera y sus manos sobre mí.
Kiera y esa valentía que la empuja a ponerse en peligro una y otra vez.
Kiera y su aroma a vainilla envolviéndolo todo.
Kiera y la suerte que tengo de que me ame una persona como ella.
—Te quiero —susurro, cuando me aparto de ella.
Toma aliento con fuerza, como si le faltara el aire.
—Neal…
—Te quiero —repito.
Parece asustada, más que antes, y odio haber sido yo quien lo ha provocado, pero tenía que hacer esto: besarla, sentirla entre mis brazos y decirle que…
—También te quiero, Neal Kellum. Te quiero muchísimo.
Me dedica una sonrisa de verdad, una que se impone a pesar del miedo y de la oscuridad. Se desliza sobre esos labios que me hacen perder la razón y se me queda grabada a fuego en la piel.
—Cada error, cada pecado, cada paso desafortunado… Todo lo repetiría igual para acabar aquí contigo.
Deja escapar una risa que termina de ablandar algo en mi pecho.
—Yo estaba algo mejor en aquella playa de Kamakura —bromea—, pero sí, también yo haría…
No llega a terminar.
Las voces de Markel, desde el interior de la sala, nos hacen compartir una mirada y regresar dentro.
Está hablando por teléfono, completamente rígido, con el rostro lívido y la mirada perdida en algún lugar de esta sala.
No tarda en colgar, pero sí parece que necesita unos segundos para reunir valor antes de hablar.
—Es la Mori Tower… Los ingenieros que están en el silo dicen que la lanzadera ha sufrido daños estructurales con el último temblor. —Hace una pausa y aprieta la mandíbula—. Esos misiles no despegarán.
Los recuerdos de la primera simulación que nos enseñó vuelven a mí. El punto azul que señalaba la carga que se encuentra en la Mori, el radio de acción…
Millones de personas.
—¿Se puede arreglar? —pregunto.
—Lo están intentando. —Inspira con fuerza y nos mira a todos, pero se detiene en Kai—. Tengo que ir. Tendrán más posibilidades si voy.
—Bien. Voy contigo —sentencia enseguida el matademonios, y se lleva la mano izquierda a la empuñadura de su katana, creo que como un acto reflejo.
Entonces, dedico un vistazo a Kiera, que los observa con cierta consternación y sé, antes de que abra la boca, lo que va a decir.
—No puedes ir tú —murmura, con suavidad—. Si algo pasa durante el viaje, de noche… no tendrás muchas posibilidades.
—Peleo con la izquierda mejor que tú con la derecha —replica, con seguridad.
—Sí, y cualquier anomalía te destrozaría antes de que pudieras agarrar siquiera a Onimaru. —Toma aire, dejando que sus palabras calen lentamente en nosotros—. Yo acompañaré a Markel. Tú debes quedarte aquí, con Neal, para accionar los misiles.
Kiera me mira a los ojos con la misma intensidad que lo ha hecho antes, cuando me ha dicho que me quiere, y un recuerdo retorcido, del día que me traicionó para morir sola en el Scorpion V, me asalta y se enrosca alrededor de mi garganta, empujándome a decir «no».
Esta vez, sin embargo, no hay engaño: solo honestidad, una cruda y brutal, y yo tengo que confiar en que en esta ocasión todo irá bien.
Markel debe ir. Si esas bombas estallan ninguno de nosotros lo contará. Y si alguien puede hacer que el pequeño genio llegue a la Mori seguro, de noche, esa es Kiera.
No tiene sentido que Kai se arriesgue.
Y yo debo quedarme aquí, con la llave.
—Puedes cambiar las coordenadas de forma remota, ¿verdad? —pregunto.
Markel asiente.
—Cuatro minutos antes deberás dar la orden para que destruyan las Cinco Puertas del Infierno. Yo te llamaré cuando haya cambiado la trayectoria de los misiles. Solo entonces podrás usar la llave. No debes accionarlos antes.
También yo le hago saber con la cabeza que lo he entendido.
Markel se gira hacia Kai y le da un beso en los labios.
Kiera y yo nos miramos.
Me llevo la mano a la muñeca y mis dedos se encuentran con el nudo que ata la cinta dorada.
—Esta vez te toca a ti.
Kiera apoya los dedos sobre los míos y me detiene.
—Qué va. La parte difícil sigue siendo la tuya. —Se pone de puntillas y me da un beso en los labios que me destruye por completo—. Hasta pronto, comandante.
—Hasta pronto, soldado.
Me da un apretón muy suave y, entonces, me abandona y tengo que verla marchar mientras me desarmo pieza a pieza.