54 La Emperatriz Palacio Imperial 2 horas y 47 minutos para el solsticio de verano
N o tienen a dónde huir. Por eso lo han hecho de noche.
Sus aliados no la querían durante el asalto. No deseaban arriesgarse a que le ocurriera algo. No es que teman por su vida, ni por la que lleva consigo; ellos todavía no lo saben. Temen quedarse sin el poder que creen que Echo Akiyama podría darles cuando esto acabe.
La realidad es que la mayoría de ellos estarán muertos mañana a estas horas.
Es lo que ha decidido la Emperatriz, que ahora se abre paso por el Palacio que arde.
No le da miedo quedarse atrapada entre el fuego y la oscuridad. Cree que los kami la protegen… y el gran yokai que hace temblar Tokio es una señal.
La muerte de Ryosuke ha sido de lo más insatisfactoria.
Ya agonizaba cuando ha llegado a su lado. Cuando esto acabe, también mandará buscar al soldado que ha desobedecido su orden de dejar a su hermano con vida y lo matará.
Si esta vez quiere hacerlo bien, nadie puede desobedecerla jamás.
También tendrá que tomar decisiones difíciles. Dejó vivir al sobrino pequeño de Ryosuke por debilidad. Tendrá que enmendarlo.
También tendrá que decidir qué hará con sus otros hermanos: Iemitsu, Midori, Sayoko… Todos son suficientemente mayores como para resultar un peligro. Y ella ha aprendido la lección con Tora: no puede fiarse de nadie.
Piensa que una muerte rápida será lo mejor, una en la que no se enteren de lo que va a ocurrir. Eso los librará de una vida de intrigas políticas y maquinaciones en la que los usarán contra ella.
Al menos, no sufrirán.
Se ha sentado al lado de Ryosuke en su cama empapada de sangre y le ha retirado el pelo oscuro de la cara.
No le ha dicho nada. Se ha limitado a acariciarle el cabello como una hermana devota mientras lo veía retorcerse de dolor. Sabe que irse así, viéndola sonreír, ha debido de ser castigo suficiente.
A Tora no lo han matado.
Estos soldados sí han obedecido.
Lo tienen arrodillado y con las manos tras la espalda, y ella pide que los dejen a solas.
No quiere público. Prefiere disfrutar de esto en la intimidad.
—Podrías haber gobernado a mi lado —le dice. Ya no tiene que esforzarse para que no se noten el dolor y la amargura. Solo queda ira dentro de ella, y a veces ni siquiera es más que el aleteo de una polilla moribunda.
La Emperatriz ha dejado de sentir.
—Ya te lo dije. No me interesaba el poder. Solo la libertad.
—¿Te sentiste más libre después de traicionarme?
—Sí —contesta, con convicción, y alza el mentón.
—¿Y cómo encaja en esa libertad haberte acostado con una mujer a la que desprecias?
El sexo no ha nacido de la furia. No ha sido un encuentro pasional y violento, y él no ha sido un compañero egoísta. Es más, Echo lo consideraría un amante bastante generoso.
Tora le sonríe con desdén.
No se avergüenza, pero a Echo no le importa lo suficiente como para intentar desentrañar qué se le pasa por la cabeza.
Tora le dijo la verdad en algo: ambos han crecido en el mismo mundo y los dos saben que las normas que rigen lo que es el bien y el mal, la ética y la moral, no se les aplican a ellos.
Lleva una katana en la mano. Siente el peso del acero y sabe que en cuanto trace un arco con ella habrá segado su último vínculo con la única persona que puede entenderla… aunque él la odie profundamente.
—Antes de matarme, dime algo: ¿no te destroza haber acabado con la vida de la mujer que amabas? Te conozco suficientemente bien como para saber que eso era real. Alexa no era como los demás, ¿verdad? ¿Por eso tuviste que matarla?
Echo siente que se le emborrona la visión.
Le ha pasado más veces desde el día en que Alexa murió.
Lo siente como una presión en el pecho, una presa que se llena hasta que cree que no puede más y cuando está a punto de reventar, el agua encuentra una salida:
«Alexa la traicionó».
«Ya no era ella misma».
«Y su muerte no fue culpa suya».
—El amor no existe. No ese tipo de amor, al menos —le responde y aferra más fuerte la empuñadura de la espada—. Dime tú algo antes de morir. ¿Cómo se llamaba tu madre?
Consigue sorprenderlo. Eso le hace abrir mucho los ojos y parpadear. Se pasa la lengua por el labio inferior y se revuelve un poco, incómodo. Sin embargo, cuando responde lo hace con voz serena:
—Se llamaba Harumi. ¿Por qué deseas conocer su nombre? ¿Te arrepientes ya de los crímenes que iniciaron todo esto?
—No. No me arrepiento. —Sonríe con cierta benevolencia—. Es un nombre muy bonito. Quería conocerlo para saber qué nombre le pondré a nuestra hija si nace niña.
Su rostro se desdobla y Echo disfruta de ese horror.
—Mientes —escupe.
Se lleva la mano libre al vientre, la misma mano con la que ha acariciado el pelo de su hermano hasta que ha exhalado su último aliento.
—Al final va a resultar que no vas a tener un hijo, sino un heredero; porque eso es lo que será.
Se convertirá en el Imperio, igual que lo soy yo ahora.
Lo siento de verdad por ti… ¿O es que también en eso mentiste?
—Levanta la katana y se prepara para segar el último hilo de humanidad—.
En fin, ha sido un placer conocerte, Tora Kanmu.
Tora sonríe, pero no consigue más que esbozar una mueca. Su rostro desencajado es un vistazo a un alma temerosa. Echo sabe que todavía duda y que una parte de él aún se aferra a la posibilidad de que esto no sea más que una treta para torturarlo antes de matarlo… y no le gusta.
Quiere que la vea vencer.
Quiere que sea plenamente consciente de todo lo que ha perdido.
Quiere que reconozca su error.
Y no podrá hacerlo si está muerto.
Echo baja la katana y Tora frunce el ceño más asustado que cuando se enfrentaba a una muerte inminente.
La Emperatriz acaba de darse cuenta de que lo necesita vivo.
—¿Qué tipo de madre sería si no dejara que mi hijo conociera a su padre? —susurra y sonríe ante la expresión desquiciada de Tora—. ¡Guardias! Lleváoslo. Protegedlo hasta que amanezca y, luego, encerradlo.
—No —farfulla—. ¡No! —brama, cuando los guardias obedecen.
Echo Akiyama ve cómo se llevan al padre de su hijo, gritando y revolviéndose como un animal furioso. Se apoya la mano en el vientre y sonríe. Está convencida de que los kami lo han elegido y, si es así, esta vez nacerá vivo, y fuerte, y listo para sucederla y convertirse en el Imperio, en Japón.