Capítulo 22. Meissa
Meissa
Voy temprano al puesto de Tyre. La gente que me ve cuchichea.
Mi madre ya me habló de esto que pasa en los pueblos pequeños.
Se me hace raro, porque al vivir en la ciudad nunca había tenido que someterme a esto.
Bueno, vale, en el colegio sí, era la rarita de los cascos rosas. Vale, estas cosas pasan en todos lados.
Al llegar al puesto de Tyre le tiendo café en un termo. Me da las gracias y de nuevo pasa una mujer y dice:
—Con el ex de su hermana. Esta gente joven no tiene respeto.
—Al menos yo sí tengo educación —le digo con la mirada fulminante que uso para mis primos, y salen corriendo—.
¿Sabes qué está pasando? —pregunto a Tyre.
Saca su móvil y me enseña un vídeo de Lars bailando conmigo.
No se ve nada, pero al aumentarlo se distinguen las miradas vidriosas de ambos, cargadas de deseo.
Miro su boca y él la mía. El siguiente clip es de Lars abriéndome la puerta de su coche y yéndonos los dos solos.
—A ver, a mí me da igual lo que pasara. Pero si quieres hablar…
—No quiero hablar. —Expulsa el aire.
—Mejor, no se me dan bien estas cosas.
—Que hablen, así vendrán más al puesto para cotillear y nos aprovecharemos de eso.
—Esa mirada da miedo, primita.
—¿Qué mirada? —Miro a Aomar y pega un bote.
—¡A trabajar!
—¡Señor, sí, señora…! ¿Cómo mierda te llamo?
—Meissa. —Tyre se aguanta la risa y le doy en el brazo. Cada vez entiendo más por qué a Bonnie le cae tan bien.
Les mando faena a todos mientras trato de no pensar en Lars y en lo que pasó ayer. Hasta que miro hacia su puesto, lo veo con su sombrero negro calado, y se me viene abajo el mundo al recordar su boca, sus manos y lo que hicimos ayer.
Su mirada es triste. Me saluda con la mano y le respondo. Al menos, nuestra amistad no se ha roto. Ahora mismo me siento la peor hermana del mundo. Guardo todo eso para mí y me pongo a dar órdenes; nunca creí que mandar y organizar a la gente se me diera tan bien. La gente empieza a acercarse.
—Entonces, ¿te acuestas con Lars?
—Si compras algo, te respondo a eso. —La mujer compra un tarro de miel—. No, pero gracias por tu compra.
Gruñe, pero se marcha con la compra. Tyre me mira divertido.
—En el instituto se metían conmigo por ser una rarita.
Me jodió, pero luego me di cuenta de que si creían eso no tenía que fingir que era perfecta, que me gustaban sus mierdas y que aguantar sus tonterías iba conmigo.
Al final, me dieron la libertad de ser yo misma.
Iba al colegio, estudiaba y escuchaba música.
A estas personas me las meriendo mientras hago negocios.
Prefiero ser rarita que gilipollas. Es mejor.
—Lo dicho, das miedo, primita. Pero me gusta tenerte como socia.
—Casi socia. Y ahora, ponte a vender o no ganamos.
Tyre hace un gesto de «sí, mi general» y se pone a vender. En cuanto sonríe a las mujeres y les dice cuatro tonterías, caen rendidas. Aomar va a sentarse y le pego un grito. Al resto, igual. A mediodía estoy agotada y me escondo en una de las carpas de descanso del personal para comer algo.
—Huyendo de mandar. —Lars se pone tras de mí y me acaricia la espalda.
Mi cuerpo traicionero reacciona a su contacto.
—Es duro mandar a tantos vagos. —Al darse cuenta de que me está tocando, aparta la mano.
—Lo siento…
—Me gusta que me toques y los amigos se tocan, ¿no?
—No sé qué mierda hacen los amigos que desean a sus amigas. —Me apoyo en una mesa y Lars hace lo mismo—. No quiero pedirte perdón por lo de anoche, porque no me arrepiento.
—Gracias, porque sería raro que lo hicieras, como si hubieras deseado estar en cualquier parte menos conmigo.
—Estabas ahí, viste cómo te deseo. No quiero que me mientas y yo no te voy a mentir.
—Pero está Tara y no quiero joder las cosas con mi hermana.
—Ni yo que se tensen las cosas con Tara, por Robin.
Busca mi mano y la entrelaza con la suya.
—Tal vez, en ese caso, debería irme de tu casa. Para que eso no ocurra —lo digo en un murmullo y Lars se tensa. Tyre entra para decirme que es mejor que salga antes de que alguien nos vea.
La idea de irme me angustia. Me deja sin aire. Pero quizás sea lo mejor.
—¿Tienes un cuarto libre en tu casa para mí? —le digo a Tyre en un momento de descanso.
—Algo apañaremos. Soporto a toda esta panda de inútiles, por ti monto un palacio y la reforma de la casa grande va mejor. —La está haciendo él en sus ratos libres.
—¡Eh, no te pases con lo del palacio, que no necesitamos princesas! —dice Aomar.
—No, suficiente tenemos con todos los cerdos del rancho. —Aomar me mira furioso y se marcha.
—No debí insultar a los cerdos. —Tyre no dice nada—. Lo pensaré, y gracias.
Sigo vendiendo como si nada hasta que mi padre se acerca con su mujer y el móvil en alto.
—Tu hermana lleva todo el día tratando de hablar contigo. ¿Puedes tranquilizarla?
Cojo el móvil y me marcho atrás.
—Hola, Tara, no he follado con Lars, estoy trabajando, adiós.
Ni espero que hable, devuelvo el móvil a mi padre y les vendo varios quesos.
A media tarde estoy abrumada y no puedo más.
Me pongo los auriculares y voy hasta la parte de las camionetas para organizar todo.
No escucho a Lars llegar, pero lo siento acariciando mi espalda antes de ponerme delante agua fresca.
Me quita uno de los auriculares.
—No te vas a ir de mi casa, Meissa, eres parte de mi mundo y nadie te va a sacar de allí. Te ataré al sofá si hace falta.
Sus palabras humedecen mis ojos. No era consciente de lo mucho que necesitaba que me obligara a quedarme. Contengo los sollozos, pero a duras penas. Me abraza con fuerza.
—No pedí sentir esto.
—Yo tampoco, cariño.
¿Yo tampoco qué? ¿Deseo? ¿Amor? Tiemblo en sus brazos y no deja de abrazarme hasta que me relajo. Se marcha y dice que nos vemos luego en la fiesta. Estoy yo para fiestas. Bonnie viene a buscarme y nos cambiamos en casa de Delfina.
***
—A mí no me gustan estas fiestas de pueblo por eso. La gente es muy cotilla. —Delfina pone tres vasos de chupito en la mesa.
Bonnie me está retocando el maquillaje y Delfina parece que se apunta.
—En la ciudad también pasa —respondo—. No pasa nada, que les den.
—Esto es cosa de tu hermana, es una celosa de cuidado —apunta Delfina—. El pobre Lars, menudas ha tenido que pasar con ella. Lo ponía celoso solo para verlo pelear.
—Eso sí —añade Bonnie.
—Lo sé. Pero ella lo dejó.
—Lo dejó cuando no tenía tanto dinero, bonita.
Ahora esperaba recuperarlo porque los une un hijo, pero has aparecido tú en la ecuación y de golpe sus planes se han venido abajo.
Tara pensaba vivir la vida y luego volver como si nada.
Y que su matrimonio sobreviviera, como pasó con tu padre.
—Me mira—. Ellos siguieron adelante a pesar de todo.
—Tal vez solo quiere poner celoso a Lars de nuevo —comento.
—¿Irse por Europa con unos y con otros para ponerlo celoso? —Delfina asiente.
—Exacto —confirma Bonnie.
Ehud sale del cuarto con una camisa negra arremangada.
—¿A que estoy guapo?
Su mujer le da un beso y le toca el culo.
—No estás mal. Lo mismo hasta aguanto hasta las doce.
—Lo dudo, en cuanto te aburras vendrás a leer —le dice su marido.
—Cómo me conoces.
Ehud se despide de nosotras y se marcha.
—Bueno, ya estamos listas. —Bonnie llama a su hermana.
Gretel aparece en la pantalla. Con una corona en la cabeza. Su cara de fastidio deja claro lo poco que le gusta esto. La había visto ya en otras videollamadas, porque su hermana quería presentármela.
—Contadme algo interesante.
—Me he besado con Lars. —Delfina escupe el tequila.
—Joder, estaba fuerte. —Bonnie se ríe.
—¿Solo besos? —Me sonrojo ante la pregunta de Gretel—. Vale, besos y algo más. Joder, lo que me estoy perdiendo por este puto concurso de los cojones.
—Podrías mostrar ese lado tuyo en la pasarela —le dice Delfina—. Así nadie te vota.
—Lo mismo sí, por joderme. —Gretel mira a lo lejos—. Viene mi madre. Hablamos pronto, estáis muy guapas.
Cuelga y las dos mujeres me miran a la espera de que les cuente más. Y se lo cuento. Al menos, esto sí es verdad.
—Vale, creo que necesito otro trago. —Delfina nos sirve otro chupito.
Cuando salimos de la casa tenemos un punto que nos reímos por todo. La gente nos mira y los saludamos como si fuéramos tres misses . Cuando llegamos donde están los chicos, Darren nos pone el agua delante.
—Por hoy ya habéis bebido suficiente.
Miro a Lars y dice que piensa lo mismo. Cojo su cara entre mis manos y le planto un beso en los morros.
Se queda petrificado. Él y medio pueblo. Tarde me doy cuenta de lo que acabo de hacer. Mierda. Cojo el agua sin discutir y bebo esperando que se me pase el contento. Si sin beber digo lo que se me pasa por la cabeza, bebida mucho más.