Imbatible (Amar a un cowboy 3)
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Prólogo
Tyre se acercó al banco donde Dakota estaba con la pierna escayolada. La había visto caerse del caballo. También la llevaba viendo, desde hacía años, correr con los mejores caballos del rancho. Todos rumoreaban que esa joven iba a ser una gran jinete el día de mañana.
Su padre era el encargado de los caballos del rancho Landry y había enseñado a Dakota todo lo que sabía. Cuando se cayó, todos habían contenido el aliento. Hacía años, una caída de caballo en esas mismas tierras no acabó nada bien. La bisabuela de Tyre no vivió para contar un nuevo día.
Tyre y Dakota no eran amigos. Él era cuatro años mayor que ella.
Tenía dieciséis. Y su mala fama le precedía.
Odiaba las peleas, pero sus primos lo estaban siempre provocando por ser el bastardo del hijo del dueño.
Su abuelo lo odiaba y alentaba a todos a que lo despreciaran.
Si seguía allí era porque su madre no pensaba dejar que nadie le quitara a su hijo lo que le pertenecía por derecho de nacimiento.
A Dakota tuvieron que operarla y cuando Tyre la vio, en lo alto de la colina, sentada en el banco bajo la sombra de un gran árbol, fue hasta ella. De camino recogió flores y al llegar se las tendió.
Dakota emitió una pequeña sonrisa.
Desde entonces, Tyre le llevaba flores cada vez que la veía. Hasta que Dakota le habló.
—Tal vez no pueda correr nunca como jinete.
—Encontrarás otro lugar donde brillar. —Dakota se secó una lágrima disimulada.
Aunque Tyre tenía muchas cosas que hacer en el rancho para demostrar su valía a su abuelo, cada vez que la veía se acercaba a dejarle flores.
Le gustaba ver la sonrisa de Dakota. Empezaron a hablar más y más cada vez.
Se hicieron amigos, a pesar de que su diferencia de edad, en esa época, sí se notaba.
El tiempo hizo que pasaran de amigos a ser cada uno el mejor amigo para el otro. Tyre no tenía buena fama en el rancho: o se metía en problemas, o estaba con unas o con otras.
Pero un beso lo cambió todo y empezaron a salir.
—Tyre —Dakota se subió sobre Tyre en la camioneta de este. Ella tenía entonces dieciséis años y él, veinte—, te deseo.
—Preciosa, no. —Dakota lo besó y a Tyre le costó la vida apartarse de ella—. Cuando seas mayor de edad.
Aunque Dakota lo entendía, su rechazo le dolió. Y eso, sumado al miedo a perderlo, hacía que discutieran por cualquier tontería.
Como amigos habían sido los mejores, pero no sabían cómo ser novios sin que sus dudas y sus miedos los destrozaran por el camino.
Hasta que todo estalló.
***
—¡No te creo! ¡No te creo, porque tú eres así! ¡Eres un Landry! ¿Por qué ibas a cambiar por mí?
Tyre miraba a Dakota. Eran amigos desde hacía tiempo, aunque solo unos meses antes se había atrevido a ir más allá.
Él era cuatro años mayor. Tenía veinte, y ella dieciséis.
Aunque la deseaba como nadie, no quería llegar más lejos de cientos de besos robados hasta que fuera mayor de edad.
Aunque a veces se les iba de las manos y no habían tenido sexo de puro milagro.
Y, a pesar de eso, de esperar, de amarla, de ser mejor… por ella, los rumores no cesaban y ella los creía todos a pies juntillas.
—Porque me importas.
Tyre no sabía decir «te amo», porque nunca lo había dicho ni se lo habían dicho.
—Si te importara no te irías con otras.
—Solo salí de fiesta. —Tyre se pasó la mano por el pelo castaño—. Nunca te haría algo así…
—Voy a irme, Tyre. Este lugar no es para mí. —Tyre la miró con el corazón hecho trizas—. Este lugar está anclado, no avanza. Y yo, yo quiero ser entrenadora de caballos de carreras. Aquí nunca lo lograré. Ya he perdido lo de ser jinete. No puedo renunciar a todo.
—Tal vez si hablo con el viejo…
—Tu abuelo te odia. Ni siquiera quiere que lo llames abuelo. —Tyre apartó la cabeza—. Tyre, no puedo creerte, y si a eso le sumas que yo necesito ver mundo, creo que esto nuestro se acaba aquí.
Dakota se quitó el collar con una herradura que él le había regalado.
—No, quédatelo, para que te recuerde que los hombres somos todos unos putos cabrones incapaces de amar, ¿no?
—Eso solo confirma mis sospechas.
—Pensaba que tú me conocías mejor que nadie.
—Tal vez solo te idealicé.
Tyre se marchó, cansado de su vida. De que la gente solo viera lo peor de él y de que ella usara eso como excusa para irse al fin. Ella no pertenecía a ese lugar, siempre lo supo. Ahora ya nada la ataba al mugroso rancho de los Landry.