Alessia Ricci
Me despierto antes que él, com la luz entrando por la ventana que nos olvidamos de cerrar.
Tardo um segundo em recordar dónde estoy. Em su habitación. Em su cama. Com su brazo pesado em mi cintura y su respiración lenta em mi nuca. Nuestras ropas esparcidas por el suelo.
Me quedo quieta um tiempo, sin moverme. Hace tanto tiempo que no me despierto así, com alguien, que casi olvidé cómo es.
Despertar y no estar sola. Tener um brazo sosteniéndome.
Los últimos cuatro años me desperté sola, o com Celina dándome patadas em la cama, siempre com la cabeza llena, com miedo de no poder com todo.
Despertar así, sin prisa, sin miedo, com su cuerpo cálido em mi espalda, es uma de las cosas que yo ya había tachado de la lista de momentos que todavía me iban a pasar em la vida.
Y ahí, junto com el abrigo, llega el pensamiento molesto. ¿Y ahora qué?
Debí de haberme puesto tensa, porque su brazo me aprieta y su voz sale ronca de sueño.
—Se te escucha pensar desde aquí.
—No estoy pensando.
—Sí. Ya estás imaginando qué va a salir mal. —Me jala hacia él.
Me volteo para mirarlo de frente. El cabello desarreglado, la barba de unos días, uma media sonrisa perezosa em los labios. Es um Lorenzo que solo existe para mí, y saber eso me ablanda.
—Buen día —digo.
—Buen día. —Me besa, sin prisa, y ni le importa el aliento de la mañana, y a mí tampoco me importa.
—Roncas —digo, contra su boca.
—Yo no ronco.
—Roncas bajito. Como um gato grande.
—Eso es difamación. —Me jala hacia arriba de él—. Y aunque fuera verdad, vas a tener que aprender a dormir com eso.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Dice simple, y hay uma promesa em la broma que hace que mi estómago dé um vuelco, porque está hablando de muchas mañanas, de um futuro, y lo dice com la mayor naturalidad.
Nos quedamos ahí um poco más, pero el reloj no se detiene y Nina dijo que iba a traer a los niños por la mañana.
—Tenemos que acordar algo —digo, contra su pecho—. Antes de que ellos lleguen. Cómo va a ser frente a los niños.
—Todo sigue igual —responde al tiro, como quien ya lo hubiera pensado—. Frente a ellos, yo soy el tío y papá cascarrabias, y tú eres la niñera y mama que me llama viejo.
—¿Y cuando queramos estar a solas?
—La noche existe. —Sonríe—. La terraza, y está la despen...
—La despensa no. Casi nos atrapan em la despensa.
—Fue em el establo. —Me da um beso em la frente—. Pero está bien. Vamos com cuidado. Y cuando sea el momento de contárselo, se lo contamos juntos, a nuestra manera. Primero los niños. Después el resto del mundo.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo. Ellos van primero. —Me mira serio, sin la sonrisa—. No voy a dejar que ninguno de nuestros niños salga lastimado por culpa de mis prisas.
Y eso me calma más que cualquier outra cosa que pudiera haber dicho. Apoyo la cabeza em su pecho y dejo de inventar um desastre por unos minutos.
Dura poco, la paz.
Apenas habíamos bajado a la cocina cuando um carro entra al patio. Demasiado temprano para ser Nina.
Lorenzo mira por la ventana y suelta uma maldición baja em cuanto la puerta del carro se cierra com um golpe.
—¿Quién es? —pregunto.
—Guilhermo.
La puerta se abre sin tocar —quien entra sin tocar claramente cree que está em su casa—, y um hombre entra a la cocina como si la casa de hecho fuera suya. Más o menos de la edad de Lorenzo, guapo y consciente de ello, com lentes oscuros em la cabeza y sonrisa de quien no tiene prisa por nada.
—¡Bartolini! —anuncia—. Vine a robarte uma mañana. —Y ahí me ve, y su sonrisa cambia—. Ah. Buen día.
—Guilhermo. —Lorenzo cruza los brazos, sin ningún entusiasmo—. No recuerdo haberte estado esperando, menos tan temprano.
—Odio el tráfico, salí de madrugada. —Me extiende la mano, sin quitarme los ojos de encima—. Guilhermo. Amigo de este malhumorado desde los seis años. ¿Y tú eres...?
—Alessia. La niñera de Matteo.
—La niñera —repite, y sus ojos van de mí hacia Lorenzo y regresan, rápidos, listos. Después solo sonríe y se sienta sin que lo inviten—. Bartolini, estás diferente.
—No estoy diferente nada.
—Sí. —Guilhermo se recuesta em la silla, examinando a su amigo—. Hace veinte años que no te veo por la mañana sin cara de querer matar a alguien. Estás casi de buen humor. Esto es perturbador.
—¿Quieres café o viniste solo a analizarme?
—Quiero las dos cosas. —Guilhermo mira alrededor de la cocina, se fija em los dos platos secándose em el fregadero, em las dos copas, y su sonrisa aumenta um milímetro. No comenta nada. Pero lo ve. —Primero el café, gracias.
Lorenzo bufa y va a preparar el café. Yo aprovecho para acomodar la mesa; los niños van a llegar pronto, y aprovecho para escapar de la mira del hombre, porque hay algo em su forma de mirar que parece leer de más.
—¿Tú vives aquí, Alessia? —pregunta, intentando sonar casual um tiempo después.
—Sí. Em la habitación del fondo, com mi hija —respondo firme, sin darle entrada—. Es parte del trabajo.
—Claro. Es parte del trabajo —repite, y bebe el café que Lorenzo le acaba de poner enfrente, y no dice nada más, pero continúa sonriendo, y ya entendí que este hombre es del tipo que guarda información para usarla em el momento em que le sea más divertido.
Nina llega media hora después com los niños, y el patio se vuelve uma fiesta.
Celina baja pareciendo um huracán gritando ¡MAMA!
A todo pulmón y se me lanza encima como si hubiéramos pasado um año lejos y no uma noche.
Viene llena de novedades: que Nina hizo palomitas, que vio um dibujo animado nuevo, que el Bruno de Nina es diferente a nuestro Bruno, que casi no durmió de lo emocionada que estaba —mentira, se quedó profundamente dormida a las ocho, Nina me lo contó después—.
Matteo viene detrás, más callado, sosteniendo el gato de Celina que ahora lleva a todas partes, y va directo hacia Lorenzo, se apoya em él, del modo em que lo hace cuando quiere decir “te extrañé”.
Nina baja al último com la mochila de los niños al hombro, y cuando ve quién está sentado em la cocina, se le descompone el rostro em el acto.
—Ah —dice—. Tú.
—¡Nina! —Guilhermo abre los brazos—. Sigues hermosa y malhumorada. ¿Me extrañaste, la mia vita?
—Solo si estuviera loca sentiría algo por ti. Y deja de llamarme así. —Deja la mochila em la silla sin mirarlo—. ¿Qué te trajo por aquí? ¿Se te acabó el dinero outra vez?
—Vine a tratar negocios com Lorenzo, para tu información. Negocios serios.
—Serios. Tú. —Nina se ríe sin humor—. Tú no sabes lo que es tomarse nada em serio.
Se nota que esa pelea ya lleva años. Los dos se lanzan indirectas com la naturalidad de quien ya se memorizó los diálogos del outro.
Celina, em mi regazo, nota al extraño y se le queda mirando, sin ceremonias. Estudia su cabello, su ropa buena, su sonrisa. Y entonces me jala del cuello y me susurra al oído alto, creyendo que es um secreto y la sala entera la escucha:
—Mama. Esse muchacho se parece al príncipe de Rapunzel.
Lorenzo, que estaba tomando café, se atraganta. Y se ríe. Se ríe fuerte, carcajeándose, y tarda em detenerse; Guilhermo dibuja uma sonrisa enorme, todo orgulloso, creyendo que se ganó um halago.
—¿Lo vem? —Guilhermo apunta a Celina—. La niña tiene buen ojo. Príncipe. Anota eso, Nina.
—Tiene cuatro años. —Nina cruza los brazos—. A esa edad cualquiera sin dientes es príncipe.
—Tengo todos los dientes, para que conste —añade Guilhermo—. Y son míos.
—Princesita. —Guilhermo viene em nuestra dirección y se agacha a la altura de Celina, y su sonrisa com ella es más dulce, lo reconozco a regañadientes—. Nina aquí me odia. Desde siempre. ¿Sabes por qué?
Celina sacude la cabeza, encantada.
—Porque ella estaba enamorada de mí cuando tenía más o menos tu edad —dice bajito, como quien cuenta um gran secreto—. Nunca me perdonó que rechazara su propuesta de matrimonio.
—Tú debes de estar loco —responde Nina desde la puerta de la cocina—. Yo no sabía lo que estaba haciendo. ¡Y tú me jalabas el cabello!
—Te lo jalaba —Guilhermo se voltea hacia ella, com uma sonrisa—, porque era el cabello más hermoso que había visto jamás, y tú eras tierna, a pesar de ser uma mocosa.
Nina abre la boca. La cierra. Se pone roja —de rabia, o de outra cosa, yo no sabría decirlo—, y sale pisando fuerte, refunfuñando que tiene más cosas que hacer.
—Me ama —me confidencia Guilhermo, em um susurro alto—. Solo que todavía no lo sabe.
—Te ESTOY escuchando, plaga —viene la voz de Nina desde afuera.
—¡Yo sé que sí, la mia vita! —responde él, encantado consigo mismo.
Lorenzo me mira y pone los ojos em blanco, susurrando que ellos son así desde siempre. Después me explica bajito, solo a mí:
—Estos dos pelean desde siempre. El pueblo entero ya esperaba que terminaran casándose cuando Nina fuera mayor de edad, y em su lugar, ella prefiere abrazar al demonio antes que ver a Guilhermo enfrente.
Cada vez que él aparece, es esta misma telenovela.
—Sacude la cabeza—. Yo ya desistí de entenderlos.
Matteo, por su parte, observa a Guilhermo desde lejos. Él mira a Matteo, dibuja uma sonrisa y le guiña el ojo cómplice.
Guilhermo y Lorenzo se pasan buena parte de la mañana encerrados em la oficina tratando esse asunto de negocios —esas cosas de gente que um día tuvo uma empresa—.
Yo me quedo com los niños, pongo a Celina a ayudarme a pelar papas —pela tres y desiste—, preparo el almuerzo, y la mañana transcurre sin grandes emociones.
Por la tarde Guilhermo se va del mismo modo ruidoso em que llegó.
Abraza a Lorenzo, le da uma caricia em la cabeza a Celina, le saluda de lejos a Matteo sin invadir el espacio del niño, y promete regresar pronto ahora que descubrió que esta hacienda se puso mucho más interesante, guiñándome el ojo de uma forma que hace que Lorenzo suelte um gruñido bajo.
Más tarde, com los niños viendo dibujos animados em la sala, Lorenzo me encuentra em la cocina.
Se apoya em la encimera a mi lado, todavía com cara de quien se pasó la mañana sumergido em tablas de datos, y se queda allí, em silencio, viéndome cortar las verduras para la cena.
Yo lo dejo quedarse. Ya llegamos a esse punto de poder compartir um silencio sin necesidad de llenarlo, y eso, para mí, es uma intimidad tan grande como la de anoche.
—¿Qué quería al final? —pregunto después de um tiempo—. El príncipe de Rapunzel.
Se ríe bajo por el apodo que Celina le puso a su amigo, al que evidentemente le encantó.
—Vender acciones. —Se encoge de hombros—.
Abrió uma empresa hace unos años, diez o quince; quiere disminuir el ritmo, está vendiendo algunas acciones y pretende contratar a alguien para que se encargue de su empresa.
Vino a ofrecérmelas a mí primero porque sabía que yo tenía interés.
Conozco la empresa, es sólida. Las compré.
—¿Las compraste todas?
—La mitad. —Toma uma manzana de la frutera, le da uma pulida com la camisa y la muerde, y habla como si no fuera nada—.
Es uma empresa buena, da excelentes ganancias cada año.
Para mí fue um buen negocio. —Mastica—. Y separé la mitad de lo que compré y lo puse a nombre de Matteo y de Celina. La mitad para cada uno.
Me detengo em lo que estaba haciendo.
—¿Compraste acciones para Celina?
—Para los dos.
—Lorenzo, no hacía falta que hicieras eso. —Me volteo hacia él—. Ella ni siquiera... ella no tiene nada que ver com tu vida ni com tus negocios. No tenías obligación ninguna de...
—Yo sé que no tenía obligación —me corta tranquilo, dando outra mordida a la manzana—.
Quise hacerlo. Es diferente. —Me mira—. Dentro de quince, veinte años, eso se convierte em um dinerito que puede pagar uma universidad, um departamento, lo que ellos quieran.
No iba a separar para Matteo y dejar a tu hija fuera. Ni me pasó por la cabeza hacer eso.
Me quedo sin palabras, y él se da cuenta, y la comisura de su boca se levanta.
—Además —continúa, tirando el resto de la manzana a la basura—, no había manera de no comprar para esa pequeña habladora. Me convenció de dejar que uma gallina viviera dentro de la casa, Alessia. Uma gallina. Si logra eso, se merece um futuro garantizado solo por su capacidad de negociación.
Me río.
—¿And si se entera de que hay dinero a su nombre?
—Ahí estamos perdidos —dice serio—. Va a querer comprar uma hacienda solo de gallinas. Com piscina. Y um trono. —Hace uma pausa—. Por eso solo se va a enterar cuando tenga edad para entender que el dinero no crece em los árboles. Tipo... a los treinta años.
Me río más, com los ojos húmedos ahora, porque este hombre que me pasé meses creyendo que era solo corteza dura acaba de garantizar el futuro de mi hija como si fuera la cosa más natural del mundo poner a Celina em el mismo lugar que a Matteo.
—Eres imposible —digo.
—Lo sé. —Me da um beso rápido, com um ojo em la puerta para ver si no vienen los niños—. Pero te gusta así.
And me gusta. Esse es el problema. Me gusta exactamente así.