Alessia Ricci
Me despierto y noto que la cama de Celina está vacía.
Recorro con la mirada la habitación aún oscura y no la encuentro, me siento en la cama frotándome los ojos, esperando que se acostumbren a la poca claridad, y lo primero que veo es su banquito apoyado cerca de la puerta del cuarto, fuera de su lugar, denunciando la huida.
Ella debe de haber esperado a que me durmiera para arrastrarlo y huyó a la habitación de Matteo.
Suspiro, ya cansada. Necesito hablar con ella sobre esto, y no va a ser una conversación fácil, porque Celina tiene cuatro años y la noción de "casa ajena" todavía no entra en su cabecita.
Pero va a ser necesario. No podemos actuar como si esta casa fuera nuestra, como si pudiéramos circular por todas partes, dormir en cualquier cama, abrir cualquier puerta.
Vinimos aquí para que yo pudiera trabajar.
No puedo dejar que mi hija se olvide de eso solo porque fue bien recibida.
Me levanto, voy al baño, me lavo la cara. El agua fría me despierta por completo, y con ella viene, sin pedir permiso, el recuerdo de anoche.
La manera en que llegó de la faena. El modo en que me habló.
Como si el niño no fuera mi prioridad, o como si hubiera dejado a su hijo pasar hambre, como si yo fuera incompetente, descuidada, cualquier cosa menos lo que soy.
Y lo peor es que ni siquiera me dejó explicarle.
No esperó ni tres segundos para preguntar el motivo.
Si hubiera preguntado, le habría contado que los niños quisieron esperarlo para cenar todos juntos, que se pasaron la tarde entera haciendo dibujos para él, para agradecerle por el material, y que estaban guardando eso como una sorpresa.
Pero él llegó atacando, y ni Matteo ni Celina tuvieron el valor de enfrentar su mal humor.
Se quedaron quietos, los dos niños, encogidos en la silla por culpa de un hombre que por la mañana fue capaz de dejar todo el trabajo de la hacienda para ir hasta el pueblo a comprar cuadernos de sus personajes favoritos y por la noche era capaz de congelar la casa entera.
Aquella cena me hizo sentir peor de lo que me sentí en dos años sirviendo a la familia que no me dejaba ni tomar agua en su casa. Y miren que creí que nada iba a superar eso.
Me cambio de ropa y salgo de la habitación, todavía con el mal sabor de la noche en la boca.
Me acerco a la cocina y veo la luz ya encendida.
Lorenzo está de pie junto a la estufa, terminando de colar el café, de espaldas a mí.
Respiro profundo antes de entrar y miro hacia la escalera por reflejo, esperando ver a los niños bajar para darme un motivo para olvidar lo que pasó ayer. Pero no hay nadie. Solo nosotros dos.
—Buen día —dice bajo, sin voltearse.
Me doy cuenta de que ya fue a ordeñar; el balde está en la encimera, cubierto con el paño. Miro el reloj pensando que dormí de más, pero no: todavía es temprano, temprano incluso para él. Fue él quien madrugó.
—Día —es lo único que suelto.
Él pone la cafetera en la mesa, al lado del pan que horneé ayer, y señala la silla para que me siente. Yo paso de largo. Voy hacia la estufa de leña, pongo la mano en el lateral para sentir si todavía quedan brasas de la noche, y pregunto sin mirarlo:
—¿Quiere algo específico con la leche hoy?
—No.
Asiento con la cabeza y empiezo a separar una porción de leche en una olla, para los niños cuando se despierten. Decido que con lo que quedó voy a hacer un pastel de leche cremoso para la merienda de la tarde; a los dos les gusta, y me da algo que hacer con las manos, que es lo que necesito ahora.
—Come primero —su voz viene desde atrás—. Antes de empezar a trabajar. Siéntate y come.
—Gracias. No tengo hambre.
Escucho que respira profundo; yo pongo los ojos en blanco sin que me vea y lo ignoro. Enciendo el fuego debajo de la olla de leche y me quedo de espaldas a él, revolviendo lo que ni siquiera está caliente, solo para no tener que mirarle la cara.
Él se aclara la garganta.
—Alessia.
Me volteo. Los ojos verdes están clavados en mí, y hay algo allí que no logro leer, y que tampoco tengo ganas de intentar.
—Los niños se durmieron tarde ayer. Deja que los dos descansen un poco más.
Entrecierro los ojos.
Tiene que ser una broma. Anoche este hombre me trató mal frente a dos niños por culpa de media hora de retraso en la cena, se empeñó en decir que la rutina de Matteo era sagrada, que el horario era sagrado...
¿y hoy, a la mañana siguiente, me manda a romper la misma rutina y dejar al niño dormir hasta tarde?
Este hombre o está loco, o se está volviendo chocho antes de tiempo, y no sé cuál de las dos opciones es peor.
No digo nada. Aprieto los labios, asiento con la cabeza y me volteo hacia el fregadero, porque sé que si abro la boca ahora no va a salir nada bueno, y todavía necesito este empleo.
Tomo la esponja, empiezo a lavar la taza que él dejó allí, haciendo de cuenta que eso es la cosa más importante del mundo.
Pero parece que el hombre se despertó hablador justo hoy.
—Y, Alessia.
Dejo la esponja. Me volteo otra vez.
—Podrías no prohibirle a Celina dormir en la habitación de Matteo, o al revés. Es que...
—No.
Lo corto antes de que termine. Seca. La palabra sale sola, y veo que se asiste con el tono, sus hombros subiéndose un poquito por la sorpresa, porque hasta ahora me había tragado todo callada, y él no se esperaba el freno.
Me alejo del fregadero y me acerco a la mesa. Ya que vamos a hablar, va a ser de cerca.
—Usted no puede decirme qué debo o no hacer con mi hija.
Abre la boca para responder, y no lo dejo.
—Ayer, en el almuerzo, usted actuó como si debiéramos sentirnos en casa.
Dijo que podíamos comer y tomar sin pedir permiso, que aquí no era como en la casa de los ricos a los que ya serví.
—Siento una lárima correr, de rabia, y me la limpio con el dorso de la mano, con rabia también—.
Pero luego usted llegó de la faena y me echó los perros encima, como si yo fuera una incompetente que dejó a su hijo morirse de hambre.
—Yo no...
—¡Usted me va a escuchar ahora!
Sale más alto de lo que pretendía, y él se sobresalta en la silla, callado por el susto. Bueno. Que se asuste.
—Ellos quisieron esperarlo ayer, para cenar todos juntos.
—Mi voz tiembla, pero no me detengo—. Querían entregarle unos dibujos que hicieron toda la tarde, para agradecerle por el material.
—Señalo el aparador al lado de la mesa, donde las dos hojas están hasta ahora, olvidadas, con los monigotes torcidos de Matteo y de Celina—.
Están ahí todavía, porque usted llegó demasiado enojado para verlos.
Enojado por no haberse dado cuenta solo de que su hijo es mucho más listo e inteligente de lo que usted cree que es.
Lorenzo se levanta de golpe, la silla se va hacia atrás y golpea contra el suelo, y él apoya ambas manos en la mesa, grande, serio, con la mandíbula travada, mirándome fijamente.
No retrocedo ni un paso.
—Así que no —continúo, más bajo, pero sin ceder—. No voy a dejar que mi niña duerma en su habitación y se acostumbre a creer que esta casa es nuestra, porque no lo es. Yo estoy aquí para trabajar. Usted se empeñó en dejar eso bien claro ayer. No que yo, en algún momento, haya pensado lo contrario.
—Solo puedes estar loca —habla entre dientes.
—Lo estoy. Sí, lo estoy —respondo al tiro—.
¡No tengo la culpa de que usted sea un viejo cascarrabias que no ve a su propio hijo!
¡Que no ve que ese niño se calla, se encoge, se hace el pequeño, solo para no serle una carga, para no darle trabajo, para no dejarlo más sobrecargado de lo que ya está! ¡Viejo insoportable!
—Vie...
—¿Están peleando?
La voz de Celina corta el aire de la cocina, y el resto de la frase que él iba a soltar se muere.
Me volteo hacia la escalera al mismo instante que él, y allá están los dos —Celina y Matteo, parados en el último escalón, de la mano, con los rostros hinchados por el sueño, el cabello de quien se acaba de levantar—. Cuánto tiempo llevarán allí. Cuánto habrán escuchado.
La vergüenza me sube por el cuello.
—No, pequeña —Lorenzo responde primero, y su voz cambia por completo, se vuelve baja, suave, sin ningún rastro del hombre que estaba gruñendo conmigo un segundo atrás—. No hay ninguna pelea.
Celina no se lo traga. Mira a Matteo, luego a mí, y solo entonces a Lorenzo, uniendo las piezas con esa cabecita que no se pierde nada.
—But yo escuché a mama diciéndote viejo, tío. —Inclina la cabeza, genuinamente curiosa, la inocencia en persona—. ¿Usted es viejo?
El silencio que cae en la cocina es insoportable.
Lorenzo gira la cabeza despacio en mi dirección, y la mirada que me lanza no tiene nada de suave. Es puro odio mal contenido, prensado debajo de la cara de póquer que le pone a la niña. Si una mirada pudiera hablar, esta me estaría insultando en tres idiomas diferentes.
Le devuelvo la mirada sin bajar los ojos. Pero, por dentro, al lado del rostro duro que yo también sé poner, una parte pequeña y traicionera de mí tiene ganas de reír.
Porque Celina, sin saberlo, acaba de hacer la pregunta del millón de dólares —y ninguno de los dos adultos en esta cocina tiene la menor idea de cómo salir de ella sin perder—.
—Soy viejo para algunas cosas —Lorenzo responde al fin, casi con los dientes apretados, sin quitarme los ojos de encima—. Y para otras, no.
—Pero mama dijo...
—Mama —él corta suavemente su razonamiento— habló sin pensar. ¿No es así, Alessia?
Contengo el impulso de tirarle la esponja a la cara.
—Sí —digo, por el bien de los niños, con la sonrisa más falsa que he dado en mi vida—. Mama habló sin pensar.
Celina lo acepta y baja el resto de la escalera jalando a Matteo de la mano, ya preguntando si hay leche caliente y si hoy va a haber pastel.
Matteo, por su parte, me mira diferente en el camino hacia la silla; atento, como si hubiera entendido mucho más de la pelea que Celina, y como si guardara eso para rumorearlo después.
Le finjo una sonrisa y le señalo la silla, y él se sienta sin dejar de observarme.
Sirvo la leche caliente, corto el pan, lo pongo frente a los dos.
Las manos todavía me tiemblan. Espero que Lorenzo diga algo —que me eche, que me dé un sermón, lo que sea—, pero él solo toma su sombrero del perchero, toma los dos dibujos olvidados en el aparador, los mira por un tiempo demasiado largo, y se va a la faena sin decirme una sola palabra más.
La puerta se cierra con un golpe. Y yo me quedo allí, en medio de la cocina, sin saber si gané o si perdí la discusión, sin saber siquiera de qué era la discusión de verdade.
Porque no era sobre Celina duemiendo en la habitación de Matteo.
De eso estoy segura. Él usó eso como pretexto para algo que no logro ver, y yo mordí el anzuelo como una tonta; grité, lloré de rabia, llamé al hombre que es mi jefe viejo insoportable frente a los niños, en mi cuarto día de empleo.
Yo, que me pasé la vida entera aguantando patrones groseros callada, con la cabeza baja, sin responder ni cuando debía.
Yo, que hice de la boca cerrada mi supervivencia.
Y entonces llega este hombre, y en cuatro días me transforma en una persona que yo misma no reconozco.
Eso es lo que me asusta, parada en medio de esta cocina con el corazón todavía latiendo acelerado.
No por la pelea. La pelea incluso pasa. Lo que me asusta es que todo en él me saca de quicio: la grosería, la dulzura escondida, la contradicción, el modo de mandar y de agradecer.
Nada en él encaja donde yo esperaría y yo, que siempre supe exactamente el tamaño de mi lugar en cualquier casa, al lado de él pierdo la medida.
Reacciono de más. Hablo lo que no debía. Sinto lo que no pedí sentir.
Revuelvo el resto de la leche con más fuerza de la que la olla merece, y decido que voy a mantener distancia. Profesional. Cordial. Todo el tramo de suelo que quepa entre nosotros dos es lo que voy a usar como distancia.