39. Lo que aún respira
No bajó al desayuno. El silencio del castillo le pesaba en la lengua. El amanecer filtraba su luz entre las torres. Salió antes de que los sirvientes encendieran las lámparas. El aire afuera era más limpio, casi salvaje.
Llevaba el grimorio envuelto en un trozo de lino oscuro. No lo escondía por vergüenza, sino por instinto: algo en ese libro respiraba. Lo guardó dentro del abrigo, junto al pecho. Las sombras del corredor la envolvieron al pasar.
Mientras cruzaba el patio, la imagen regresó sin aviso: una figura encapuchada, el roce de unas manos, un gesto furtivo. No podía engañarse. Era una mujer. Recordó cómo Ezryn había ignorado la duda en su voz cuando lo mencionó.
El camino a través de colinas suaves, donde el musgo crecía entre las raíces, le despejó la mente.
El refugio apareció al final del sendero.
Aelira lo había construido para Ezryn y para ella.
Una casa coronada por enredaderas que florecían incluso en el frío.
No era un lugar roto, sino un rincón del mundo que aún recordaba cómo era la belleza antes de la guerra.
Los ventanales abiertos dejaban entrar la brisa del bosque; el agua del arroyo cercano corría bajo el suelo y ese murmullo bastaba para mantener la calma.
Vaelith abrió la puerta antes de que tocara. La luz del interior era dorada y tibia.
—Pensé que no te dejarían salir.
—Aún no lo saben —respondió Serenya .
Inclinó la cabeza con suavidad, observando como quien ya ha sacado conclusiones.
—Entonces, no tardes. El aire de Noctalis siempre cobra lo que se le escapa.
Entró. El calor de la chimenea la envolvió y el peso en el pecho cedió un poco. Vaelith se acercó al fuego y la observó.
—Has cambiado —dijo sin adornos—. Tienes la mirada de quien carga algo que no puede soltar.
Serenya desvió la vista hacia la ventana.
—Solo estoy cansada.
—Cansada no. Vacía —corrigió Vaelith, sin dureza—. Aunque eso tampoco dura. —Hizo una pausa.— Durante el viaje, Caelan estuvo más taciturno que de costumbre, si eso es posible. Los escoltas no nos dejaron solos ni un instante. Pero nadie nos miró mal. Nadie se atrevió.
—Ezryn impone —murmuró Serenya.
Vaelith rio, sin alegría.
—No impone. Aterroriza. Incluso cuando calla… Bueno, salvo a ti.
El fuego crepitó. Serenya jugueteó con una hebra suelta de su capa.
—A veces pienso que el miedo es su forma de proteger.
Vaelith la miró de lado.
—¿Y tú? ¿A cuál temes más?
El grimorio latía bajo su abrigo. Las palabras parecían haberse atascado en su garganta. Los dedos, torpes, no podían desatar la lazada de su capa. Se mordió el labio inferior hasta serenarse. Dejó la capa sobre una silla y levantó la vista hasta clavarla en su amiga.
—Con Caelan siento que puedo respirar.
—Y con Ezryn… —la interrumpió Vaelith, sin necesidad de pregunta.
—Con Ezryn siento que si me detengo, dejo de existir.
Vaelith apoyó la espalda en la columna, erguida incluso en el descanso. La luz del fuego le dibujaba los pómulos como si también fueran armas .
—¿Y cuál de los dos crees que es el verdadero vínculo? ¿El que te da aire o el que te consume?
—No lo sé —susurró—. Quizás el vínculo real sea el que no puedes soltar, incluso si te destruye.
Vaelith inclinó la cabeza.
—O quizá sea el que te recuerda quién eres, incluso cuando crees haberlo olvidado.
El silencio volvió, pesado y amable. Fuera, el arroyo seguía murmurando bajo la casa.
—Ezryn no habló de esos días —compartió Serenya al fin.
Vaelith asintió despacio.
—¿Tras la grieta? —Dejó la taza sobre la mesa, sin ruido, y al ver que Serenya asentía, continuó—: Lioran estuvo allí.
Serenya levantó la vista.
—¿Qué quieres decir?
—Que si hay alguien que pueda ayudarte a entender lo que calla, es él.
—¿Duerme aún?
Su amiga se encogió de hombros.
—Anoche no regresó —Le puso una mano en el hombro—. Deja que esta casa te respire un rato. Aelira la construyó para eso. Para recordar lo que sigue vivo. —Se dio vuelta para irse y agregó—: Iré a ver a Theneira, ¿quieres venir?
Dentro, la luz era tibia y olía a madera recién encendida.
Las paredes guardaban un calor suave. Todo en la estancia recordaba a Aelira: la delicadeza sin artificio, la belleza que no necesitaba demostrar poder.
Cortinas de lino claro tamizaban el sol.
Sobre el alféizar, un cuenco con flores silvestres.
Serenya se detuvo en el umbral. Aquella era la habitación que Aelira había pensado para ella y Ezryn: la única con vista al arroyo, donde el sonido del agua bastaba para dormir sin sueños.
Theneira estaba recostada junto al fuego, con una manta sobre las piernas. El color había vuelto a su rostro, pero no a sus ojos. Vaelith se sentó en la cama, junto a ella y le besó la frente. La recompensa fue inmediata cuando el rostro de Theneira se sonrojó.
—Sabía que vendrías —murmuró, y su voz sonó como una chispa que se niega a apagarse.
Serenya se arrodilló junto a ella.
—¿Cómo te sientes?
—Cansada. Pero viva. —La sonrisa se quedó congelada—. Es raro… siento que alguien más respira dentro de mí.
Serenya la tomó de las manos, conteniendo el estremecimiento. El tacto era frío, demasiado. Mirel, sentada cerca, no levantó la vista de las hierbas que preparaba.
—Su cuerpo sana —dijo con calma—. Pero hay cicatrices que tardan en entenderlo.
Serenya la miró con asombro.
—¿Cuándo has llegado tú aquí?
—Me trajo Ezryn más temprano. Quería hablar con Caelan y yo aproveché para venir a cuidar a esta niña.
Más tarde, en el jardín del refugio, Lioran la encontró sola.
El cielo ardía en tonos de vino y ceniza; el aire olía a tierra mojada y hojas secas.
Serenya esperaba a Mirel para regresar a la Casa Carmesí, pero la calma del lugar parecía retenerla, como si el mundo aún no quisiera devolverla al poder.
Lioran se detuvo a unos pasos, con las manos cruzadas a la espalda.
—No deberías mirar el horizonte tanto tiempo. A veces, lo que miras demasiado acaba mirándote de vuelta.
Ella giró, sin sorpresa.
—Desapareces cuando más falta haces. —No fue reproche, sino constatación—. ¿A dónde fuiste ayer?
—A donde los nombres están prohibidos —respondió, con esa calma suya, como quien ha visitado algo que no debería recordarse.
Serenya soltó un suspiro, frustrada. Había algo en su gesto, un temblor leve, imperceptible para muchos, pero Lioran lo notó .
—Te duele algo que no fue tuyo —murmuró—, pero lo cargas igual.
Ella lo miró, desconcertada.
—¿Qué sabes tú de lo que me duele?
—Lo suficiente —respondió, sin elevar la voz—. A veces lo que nos hiere no es la sangre derramada, sino lo que creemos que significa. —Se acercó un paso—. No todo lo que ves es real. A veces lo que crees herida es solo obediencia.
—¿Y qué diferencia hay? —preguntó, casi sin aire.
—La fe —dijo tras una pausa—. No en los dioses… en nosotros. En lo que aún no está roto.
—¿Tú crees que todavía hay algo de Ezryn que no lo esté?
Lioran levantó una mano, como si acariciara el aire entre ellos.
—Creo que hay partes de él que sangran solo cuando tú respiras. Y eso, Serenya, no es ruina.
Serenya dudó un segundo y, luego, se llevó la mano al abrigo.
—Hay algo que quiero mostrarte.
Desenvolvió el lino con cuidado. El libro quedó entre ambos, oscuro, inmóvil… pero no del todo inerte. Lioran no lo tocó. Pero su mano se tensó en el aire, como si hubiera rozado algo que no estaba allí. Frunció el ceño, más por el cuerpo que por la mente.
Un cuervo cruzó el cielo, rompiendo la tranquilidad del momento. Lioran bajó la voz.
—No podemos hacer esto ahora. El pueblo prepara una celebración. En tu honor.
Serenya arqueó una ceja.
—¿Una celebración?
—Así la llaman —dijo él, con media sonrisa—. Pero en Noctalis, hasta las fiestas parecen juicios.
Ella miró hacia el bosque.
—Entonces que arda también esa mentira.
Lioran la observó un segundo más.
—A veces, la mentira es solo un modo de seguir respirando hasta que la verdad se atreve.
El viento se llevó sus palabras, pero la verdad seguía allí.