Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 38. El eco y la ceniza
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38. El eco y la ceniza

La noche había tragado el sonido de las campanas. Desde la ventana, Serenya veía la neblina del norte derramarse sobre el valle. El recuerdo del juicio le raspaba los huesos. Había sangre en su memoria —no la suya— y un silencio que dolía más que el grito.

«No lo hizo por placer», se repetía. «No podía negarse».

Pero eso no bastaba.

Se envolvió en su capa y salió. El pasillo dormía, iluminado solo por las antorchas.

Caminó hasta sentir un frío distinto y olor a lluvia.

Allí, en el borde del límite norte, la niebla se abrió como si la esperara.

Caelan estaba de pie, recostado contra una roca, el abrigo oscuro cubriéndole medio rostro.

Las sombras le rodeaban el cuerpo, inquietas.

—No deberías estar aquí —le advirtió él, sin moverse.

—Tampoco tú. —La bruma se cerró detrás de ella. El mundo se redujo a dos respiraciones—. Lo mató —dijo Serenya, sin prólogo.

Caelan alzó la vista.

—Lo sé. Es de lo único que se habla en el pueblo.

Serenya lo miró, con rabia contenida y un brillo que no era solo enojo.

—Ni siquiera dudó, Caelan. Lo vi. No hubo vacilación, ni culpa. Nada.

Él la observó largo rato, con esa calma que a veces duele más que las palabras .

—Dudar no siempre es una opción —murmuró—. Algunos solo aprenden a sobrevivir haciendo lo que deben.

—¿Y qué queda después? —replicó ella—. ¿Qué queda cuando la obediencia se come lo que eras?

Dio un paso. El perfume de la niebla le rozó el cuello.

—Culpa —respondió—. Y el recuerdo de todo lo que no pudiste detener.

Serenya bajó la vista.

—Yo no quiero memoria. Quiero verdad.

El silencio los envolvió. Él estiró una mano, sin tocarla, como si el aire entre ambos pesara demasiado.

—No busques justicia en él. Búscala en lo que decidas hacer con lo que viste.

Ella levantó la mirada, sorprendida por la ternura escondida en su tono.

—¿Y tú? ¿Dónde buscas la tuya?

Él sonrió, sin alegría.

—Yo la perdí hace mucho. —Hizo una pausa—. Pero tú aún puedes elegir.

Cuando ella se alejó, él no la siguió. Pero su sombra sí. Al regresar, la casa dormía, pero el sueño de Noctalis nunca era inocente.

Serenya empujó la puerta de su habitación, distraída. El fuego estaba encendido. La cama intacta. La ventana entreabierta. Pero había algo más. Una sombra que no era suya.

El instinto fue inmediato. Las sombras del rincón se alzaron como un enjambre silencioso, tensas, a la espera.

—¿Quién está ahí? —susurró.

Un murmullo, no humano, rozó el aire. No fue una palabra, pero la entendió igual: No temas. El temblor cedió. Las sombras se replegaron hacia la chimenea. Y entonces la vio.

—Por todos los cielos… —Exhaló, entre alivio y risa—. Casi te atravieso con media docena de sombras, Mirel.

La otra mujer sonrió, tranquila, como si nada pudiera sorprenderla.

—Te habría dejado intentarlo. Habría sido educativo para las dos.

El tono relajó la tensión de golpe. Serenya cerró la puerta tras de sí.

—¿Qué haces aquí a estas horas?

—Lo mismo que tú dando vueltas sola por tierras Sangreth.

La siguió hasta la mesa junto al fuego. Aun en territorio hostil, Mirel sabía hacer de cualquier lugar un refugio. El calor devolvió color a los dedos de Serenya.

—No podía dormir —dijo Mirel, sirviéndole una taza de té.

—¿Te pone nerviosa estar en la Casa Carmesí?

—He estado en sitios peores—le aseguró, chasqueando la lengua con diversión.

—Me gustaría saber más sobre eso. ¿Qué puede ser peor que estar donde a los Umbrae os quieren muertos?

—Si supieras… —suspiró—. Pero no vine a contarte historias, al menos no esa. —Tomó aire, buscando las palabras adecuadas—. Theneira perdió el útero.

La frase cayó como un hierro al agua. El vapor del té se volvió pesado. Serenya cerró los ojos.

—¿Ella lo sabe?

—Sí, se lo dijo Lerith antes de partir. Trató de ocultarlo durante el viaje, pero como no paraba de llorar terminó confesándomelo. Lo aceptará cuando el cuerpo deje de recordárselo. —Mirel la miró sin suavidad—. No es justo, pero está en paz. Vaelith, sin embargo…

—Quiere venganza…

Esa noche, cuando la vio, notó la desesperación en su voz. Estaba dispuesta a todo y eso podía ser terrible.

Ninguna de las dos dijo nada durante varios minutos. Se dedicaron a tomar el té, contemplando las sombras danzar en las paredes. El calor de fuego las adormeció levemente. Mirel apoyó su taza y deslizó una tela oscura sobre la mesa. Dentro, algo pesado, antiguo .

—Te traje esto. —Sus ojos se suavizaron—. Era de Aurenya.

Serenya desenrolló la tela. Bajo ella, un libro. Piel negra, sin título. Un relieve apenas visible bajo la luz. Las letras no se veían: se intuían.

—¿Qué es?

—Algo que Aurenya me pidió que escondiese. Lo guardé por si volvías alguna vez.

Serenya acarició el lomo. No era cuero ni tela. Al tocarlo, las runas se encendieron brevemente, con un resplandor tenue.

—¿Un grimorio?

—Ella lo llamaba diario de raíz . —Los ojos de Mirel se iluminaron—. Decía que las raíces guardan memoria.

Serenya lo abrió. Las páginas olían a humo y a mar. La caligrafía era firme; la tinta, aún viva.

«No toda sombra devora. Algunas protegen lo que la luz no alcanza».

Volteó otra página. Las letras, invisibles hasta entonces, empezaron a formarse. El fuego parpadeó. Una línea se alzó sola en el aire, escrita con una luz que no cegaba, pero dolía mirar.

«Tres voces hubo en el origen,

pero solo dos fueron oídas.

La tercera durmió bajo el agua,

custodiada por la envidia y el amor.

El mundo creyó que el silencio era olvido.

No sabía que el silencio también hereda».

Las letras se deshicieron en un suspiro. El papel quedó vacío, como si nunca hubiera tenido tinta. Serenya se quedó inmóvil.

—¿Lo viste? —preguntó Mirel.

—No estoy segura —susurró—. O quizá no quería verlo.

El fuego se apagó un instante y una de las sombras en la pared se movió sola, delineando algo parecido a una mano. No la tocó. Solo la reconoció.

Esa noche, cuando por fin se acostó, el diario descansó sobre su pecho. Bajo la piel, murmuraba un idioma antiguo .

Tres sangres, decía.

Una vuelve, dos recuerdan.

Y Noctalis pareció inclinarse hacia ella.