Ilhara: El linaje silenciado (Lux Mortem 2) 8. La mentira necesaria
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8. La mentira necesaria

La sala de curas se sostenía en silencio, quebrado solo por el goteo de una raíz de nocheluz. Serenya dormía con la cabeza en el regazo de Mirel cuando el cuerpo sobre la cama se agitó.

Un gemido ronco se abrió paso entre la fiebre, y ella despertó de golpe. Ezryn había entreabierto los ojos. La mirada, vidriosa, vagó sin rumbo hasta que logró enfocarla. Ella contuvo el aliento, inclinándose hacia adelante.

—Estás aquí… —susurró, casi sin voz—. Te has quedado… conmigo.

El corazón de Serenya se contrajo. Le tomó la mano húmeda y la apretó contra la suya.

—Siempre.

La lucidez se apagó de inmediato. Los ojos color vino se cerraron de nuevo, tragados por la fiebre. Serenya lo siguió acariciando, como si pudiera atarlo al mundo solo con la piel. Mirel le rozó la espalda con una caricia breve, un recordatorio de que no estaba sola en esa vigilia.

Lerith apareció, callada, como siempre, y colocó sus manos firmes sobre el pecho del enfermo.

—La fiebre sube demasiado rápido. La herida no sabe si quiere cerrarse o abrirse otra vez. Y cuando un cuerpo duda, la muerte se aprovecha —dictaminó Lerith, con calma grave. Pasó los dedos por la piel ardiendo—. No es la primera vez que lucha así.

Serenya alzó la mirada hacia la curandera. La frase la atravesó como un filo.

—¿Sabes quién es? ¿De verdad sabes quién… fue?

Sin apartar los ojos del enfermo mientras lo revisaba, continuó hablando.

—Sé lo que contaban los míos. Mi madre, mi abuela.

—Mientras hablaba, continuaba acomodando frascos, infusiones, cuencos…

Parecía incapaz de estarse quieta—. Hubo un tiempo en que el príncipe Maldrick no era veneno ni arrogancia.

Era el heredero serio en las reuniones con su padre, sí, pero cuando salía de la sala, volvía a ser un torbellino.

Arrastraba a Caelan por los pasillos. No eran amigos, no exactamente.

Pero aprendieron a conocerse en la costumbre.

Ese jovencito rescataba animales heridos.

—Sonrió levemente, al tiempo que su mano revisaba una incisión—.

Una vez, escondió un cachorro de lobo en las cocinas durante las semanas que los Maldrick se alojaron en este castillo.

Era antes de que la guerra lo tocara. Ese chico reía como si no conociera la palabra deber .

Mirel se quedó pensativa, como si esa versión de Ezryn encajara con algo que también había visto a lo lejos.

—Cuando todo pasó —continuó Lerith, haciendo un mohín con las manos—, se quebró.

Serenya bajó la vista hacia el rostro sudoroso. La garganta seca.

—Yo conocí al verdadero. Ese aún está aquí.

—Entonces, sostenlo —dijo Mirel, firme, pero tierna.

Lerith la observó un momento antes de hablar, como quien sabe más de lo que dice.

—Todos guardamos rostros que no mostramos. Y cada secreto pesa distinto. Algunos se esconden en cicatrices. Otros… en nombres que nunca se pronuncian.

Serenya la miró, confundida por el filo de esa frase. Mirel también, aunque no preguntó. Lerith ya había vuelto al oficio, triturando raíces como si lo otro nunca hubiera sido dicho.

—Lo importante ahora es que respire —añadió, sin mirarlas—. Que no se rinda. Si queda algo del Ezryn que conociste, será esa parte la que luche contigo.

El brazalete de cuero en su muñeca recogió un destello azul, como si la memoria aún se negara a apagarse. Serenya cerró los ojos, apretando su mano, aferrada a esa chispa tenue como a una promesa que no sabía si era suya o del propio Ezryn.

El eco sordo del mortero llenaba la sala. Las manos de Lerith trabajaban sin pausa, con exactitud, con el ritmo exacto de quienes saben lo que están haciendo. Vertió el polvo en un cuenco con agua y empapó un paño en la infusión.

—Frío, necesita frío —dictaminó.

Mirel sostuvo la cabeza de Ezryn mientras Serenya acercaba el paño húmedo a su frente. El contacto le arrancó un estremecimiento. Ella le sujetó la mano y, casi sin pensar, las palabras comenzaron a fluir.

—¿Te acuerdas de aquella noche en la terraza de la Casa Carmesí?

Fingiste que el vino era demasiado fuerte solo para que yo me riera.

—Serenya apoyó el rostro en una de sus manos, perdida en sus recuerdos—.

Después me señalaste las estrellas, como si pudieras nombrarlas todas, aunque inventabas la mitad de los nombres.

Dijiste que una brillaba distinto porque estaba hecha para seguirnos, para que nunca nos perdiéramos.

Yo fingí que no te creía, pero cada noche, antes de acostarme, la buscaba…

Sus labios se entreabrieron. Le pasó otro paño por el cuello, con la voz temblando.

—Si te vas, esa estrella se queda sin nombre.

Unos pasos firmes inundaron la estancia. Lioran entró, un saco con provisiones en el hombro. Se detuvo al ver la escena y bajó el bulto al suelo, quedándose junto a la cama con los puños apretados. Serenya no pareció escucharlo, tan concentrada como estaba en él.

—Siempre dijiste que esa estrella era nuestra, Ez… Que brillaba solo para encontrarnos.

Unas sombras se deslizaron contra los muros. Ella alzó los ojos y se encontró con Caelan.

«Mierda».

Sabía que la había escuchado. Cada palabra íntima, cada nombre susurrado como si estuvieran solos. El calor le subió a la garganta.

«¿Por qué este hombre tiene que ser tan silencioso?»

Caelan avanzó despacio hasta el lecho. Su voz salió grave, firme, revestida de autoridad.

—¿Cómo está? —preguntó, sin apartar la vista del cuerpo febril.

La curandera levantó la cabeza con cansancio.

—La herida sigue luchando contra sí misma. Si la fiebre vence, no habrá nada que podamos hacer.

—Mantenedlo con vida. —El tono de Caelan era más orden que súplica—. Si el Archiduque descubre lo que ha sucedido, lo perderemos todo.

Lioran alzó la mirada, hasta ese momento clavada en su hermano. Habló bajo, pero firme, como un cuchillo que no necesita alzarse para herir.

—¿Perderlo todo? Lo único que perderemos es a Ezryn si lo convertimos en pieza de juego.

—Se inclinó hacia la cama, antes de añadir con un filo más crudo—: Y bien conoces a Lazhar.

No necesita pretextos para encender la guerra.

Si descubre esto, lo usará. Exigirá la cabeza de tu madre, o la tuya.

O ambas. No dejará pasar que su único heredero esté postrado luchando por su vida porque no has sabido protegerlo en tus tierras.

Mirel intervino rápidamente.

—Lazhar no necesita excusas. Los linajes menores, sí. Si corre la voz de que ocultamos al príncipe, ya tienen la suya.

Lioran fijó sus ojos en un punto lejano y continuó:

—También puede exigirte a ti una postura, Serenya. No aceptará que te quedes aquí porque sentirá que inclinas la balanza. Si Ezryn muere… —Respiró profundo, como si la mera idea le robase el aire—. Tú te convertirás en el campo de batalla .

Serenya apretó las palmas sobre sus ojos.

—¿Y qué hacemos? ¿Lo mostramos medio muerto? ¿Lo escondemos hasta que sane? Ambas cosas huelen a guerra.

Caelan se irguió, las sombras crispándose en torno a sus botas.

—Si lo mostramos ahora, los Sangreth dirán que fuimos los Umbrae quienes lo dejamos así.

Serenya alzó el mentón y una ceja.

—Verán traición. Y los Virel no los hemos traicionado. —Se pasó una mano por el cabello corto, en un gesto nervioso que lucía extraño en él—. Ocultarlo es la única forma de protegerlo hasta que pueda sostenerse por sí mismo.

Mirel lo miró con severidad.

—Y mientras tanto, ¿cómo evitamos que se esparzan rumores?

Lioran habló tras unos segundos, la voz baja, templada, pero con la sabiduría de quien lleva siglos leyendo heridas en la gente.

—Ezryn no necesita discursos, necesita tiempo. No les deis nada que Lazhar pueda usar. Cerrad las puertas, dejad que piensen lo que quieran. Su veneno será peor si lo alimentáis con medias verdades.

Serenya alzó la vista, entrecerrando los ojos.

—¿Y cómo supieron dónde estábamos?

El silencio que siguió fue más pesado que las palabras. Caelan fue el primero en romperlo.

—Investigaré. Y si descubro quién nos entregó, no dudes que pagará.

Serenya sostuvo su mirada. La respiración de ella se hizo más honda, la mandíbula de él se tensó hasta que las venas se marcaron en su cuello.

Ella apretó la mano de Ezryn, pero no apartó la vista.

Había en sus ojos un desafío, y algo más: la memoria de todo lo que ardía cuando estaban demasiado cerca.

Lioran carraspeó suavemente, quebrando el silencio con ironía amarga .

—Si vais a mediros así, al menos hacedlo lejos de la cama de un enfermo.

Serenya parpadeó. Él desvió la mirada, pero no rompió del todo el contacto; las sombras lo delataron, vibrando contra las paredes.

El eco seco de unos tacones retumbó en el corredor. Rápido, urgente. El chirrido de la puerta cortó la tensión como un cuchillo. Vaelith irrumpió con la capa húmeda, la respiración entrecortada.

—Un mensajero Sangreth ha llegado a las puertas —informó, sin preámbulos—. Exige audiencia inmediata. Pregunta por el príncipe Maldrick.

Lioran se incorporó de la silla como si la piedra lo hubiera expulsado. Caelan no se movió, pero sus sombras estaban listas para devorar.

—Pregunta por él con insistencia. —Los ojos de Vaelith, tensos, fueron de Serenya a Caelan—. Si no reciben una respuesta, amenaza con volver con un ejército.

Mirel se puso de pie, la falda rozando la piedra.

—No podéis seguir escondiéndoos. Si no dais la cara, la sospecha será peor que la verdad.

—¿Y qué verdad damos? —replicó Caelan, con un filo cortante—. ¿Que el heredero Sangreth arde de fiebre en mi castillo? ¿Que los Umbrae no pudimos protegerlo? ¿Qué había traidores entre mis filas? Verdades así encienden guerras.

Los dedos de Lioran rozaron la manta. Concentró su mirada en su amigo, pensando cómo podrían evitar lo que parecía inevitable.

—Desviadlos —comentó, sin alzar la voz, pero con un peso que llenó la sala—. Mostrad otra cosa. Que vean movimiento, que vean firmeza. Que crean que la grieta os ocupa más que cualquier herida.

Los ojos de todos giraron hacia Serenya. La quietud se volvió juicio. Ella lo sintió en la piel, como si la piedra misma le exigiera.

—Queréis que me muestre —murmuró—. Que los distraiga con mi presencia mientras Ezryn yace aquí, medio muerto.

—Es supervivencia. Nadie pensará que agoniza si tú sales de esta sala —respondió Vaelith, con firmeza.

Caelan se acercó a ella.

—Si no sales, Lazhar creerá que ocultamos algo.

Si sales sola, verá una elección, y la usará contra ti.

En ambos casos sospechará. Pero si apareces con Lioran, cambia la imagen.

No parecerá encierro, ni abandono. Y nadie pensará que Ezryn se nos muere si su mano derecha se muestra firme, como si todo siguiera en pie.

El cuerpo femenino se tensó.

—¿Quieres que lo abandone? Nadie creerá que todo está bien si Ezryn no aparece.

Lioran se inclinó hacia ella.

—Diremos que Ezryn se repone y su descanso es orden médica; que Umbrae y Sangreth repelieron un ataque anónimo y hubo caídos Umbrae en el deber.

Bajó la cabeza. Los párpados de Ezryn temblaron. Un hilo de voz, ronca, rota, escapó de su garganta.

—Ve…

Serenya lo miró, incrédula. Él no había abierto los ojos del todo, pero su boca había formado esa palabra como si la llevara grabada en la sangre.

El calor le subió a la garganta. Cerró los ojos y lo escuchó con claridad.

—Muéstrales lo que quieren ver. Yo… te encontraré cuando regreses.

El aire se volvió irrespirable. Serenya apretó su mano contra la suya, como si al hacerlo pudiera prometerle lo imposible.

El brazalete ardió leve contra su muñeca.

Un ancla.