7. Lo que sostiene
La sala de curas estaba en penumbra. Lioran dormitaba contra la pared, con la cabeza vencida y los brazos colgando como si fueran de plomo.
La barba de varios días le ensombrecía el rostro y el pelo se le pegaba a la frente.
Dormía mal, con los músculos tensos, como un animal que nunca baja del todo la guardia.
Serenya lo observó en silencio. Todavía le costaba creer que estuviera ahí, respirando, con vida. Lo había visto al borde del abismo y había sentido cómo se le desgarraba el alma al pensar que podía perderlo.
Desvió los ojos hacia Ezryn. La fiebre le enrojecía el rostro y las ojeras se le hundían hasta parecer sombra. Se rio para sí misma, sin humor real, al pensar en su apreciación.
«¿Sombra él? Nunca».
La respiración era irregular, demasiado ligera, como si su cuerpo luchara contra un enemigo invisible.
Serenya sintió la espalda entumecida, las piernas agarrotadas. El cansancio le quemaba los párpados. Alzó la vista al techo y se obligó a no cerrar los ojos.
«No puedo dormirme. ¿Y si me necesita y no lo escucho?»
El pensamiento se repitió como un rezo torpe.
La puerta se entreabrió con un chirrido leve. Apareció Mirel, seguida de Theneira y Vaelith. Traían un cántaro de agua y un manojo de raíces envueltas en tela húmeda.
Mirel dejó el cántaro sobre la mesa y, al ver a Lioran, sonrió. El ruido lo hizo removerse. Abrió los ojos a medias, desorientado, con la marca de la piedra aún impresa en la mejilla. La mujer arqueó una sonrisa, incapaz de dejarlo pasar.
—A tu edad deberías dormir en una cama, no contra un muro.
Él gruñó algo y se pasó una mano por la cara.
—Lo dice la que me lleva veinte años de ventaja.
—Por eso lo digo. Sé bien cómo duele la espalda cuando se duerme sentado.
Vaelith arqueó una ceja, cómplice.
—Pues no se nota, porque roncas como si arrastraras tres siglos encima.
Con picardía contenida, Theneira añadió—: La próxima vez te conseguimos una almohada, abuelo.
Las tres rieron bajito. Serenya también sonrió, agotada, y murmuró—: Ezryn no te perdonaría si finges que no necesitas descanso.
Lioran la miró, como si quisiera replicar.
Al final se limitó a asentir, resignado.
Se inclinó sobre la cama antes de dejarse llevar por las burlas y el sueño pendiente.
Pasó los dedos por el brazalete de Ezryn, murmuró unas sílabas en voz baja y trazó un símbolo invisible sobre su pecho.
El gesto fue rápido, pero no improvisado.
El enfermo se agitó, como si reconociera esa protección sin despertar.
Vaelith carraspeó con suavidad.
—Ven, hermano mayor. Te toca cama esta noche. Nosotras volveremos a relevar la guardia en un rato.
Por su parte, Theneira le tomó del brazo con firmeza.
—Y no protestes. Quejarse es para viejos, y tú aún tienes guerra en los hombros.
Gruñó una respuesta breve y, sin mirar atrás, se dejó guiar por ambas hacia la salida. La puerta de piedra se cerró despacio, dejando tras de sí solo el murmullo lejano de los corredores.
La sala se volvió más pequeña. El azul tenue de las raíces de nocheluz colgaba como un suspiro sobre la cama. Mirel se acomodó en el banco junto a Serenya, con las manos entrelazadas sobre la falda. No habló al principio, solo esperó.
Serenya le acarició la frente húmeda a Ezryn con el dorso de la mano. Sus labios temblaron antes de pronunciar palabra.
—La primera vez que lo vi fue en un baile de pueblo. Estaba vestido como un plebeyo y se presentó como Ez. Tenía una sonrisa descarada… y esos ojos —titubeó, buscando la palabra que nunca encontraba—... No sé ni cómo describirlos. Ardían.
Reacomodó la manta sobre el pecho de Ezryn antes de continuar.
—Bailamos, y pensé que era solo un desconocido que había aparecido para robarme una noche. —Una mecha de sonrisa prendió en su boca—. O toda mi vida.
Meneó la cabeza sin quitar la mirada del rostro masculino.
—Lo supe desde el momento en que me dio la mano.
Y me dio miedo. ¡Pánico! Fue tan fuerte, tan inesperado…
—La voz se le quebró—. Cuando terminó la fiesta, la gente del pueblo desmontó los puestos.
El sol estaba saliendo y él se despidió con un beso entre mis dedos.
No pude dormir. Me pasé los días siguientes intentando encontrarlo.
Serenya rio, perdida en sus recuerdos.
—Pregunté por todos lados si alguien conocía a Ez hasta que descubrí la verdad. El príncipe Maldrick.—Chasqueó la lengua—. Un maldito príncipe. Y no cualquiera: el destinado a la corona.
Volteó hacia Mirel y notó que estaba ladeando la cabeza.
—Lo odié por haberme engañado.
Su amiga sonrió con ironía cómplice.
—O quisiste odiarlo —agregó, guiñando un ojo.
—La segunda vez que hablamos ya no era el mismo.
Era el príncipe Sangreth, con todo lo que se esperaba de él.
Y no me refiero solo a las telas de calidad ni a los múltiples anillos, sino a una frialdad que no parecía suya.
—Acarició la mano de Ezryn, casi sin darse cuenta—.
Pero yo ya estaba perdida, porque debajo de todo ese veneno vi lo otro.
El fuego. La forma en que me buscaba, incluso cuando yo no quería ser encontrada.
Se inclinó un poco más, dejando que su frente rozara el dorso de la mano febril de Ezryn.
—Para todos era el príncipe —susurró—. Para mí siempre fue Ez. El que me dio la mano en un baile como si no llevara corona, el que me hizo creer que solo era un hombre que bailaba conmigo. —Suspiró—. Para mí… y para Aelira.
Se mordió el labio, los ojos fijos en su rostro ceniciento.
—Después, cuando ya no podía ocultarse, siguió persiguiéndome. En cada pasillo, en cada batalla, en cada palabra envenenada. Siempre estaba ahí, empujándome, recordándome que no lo ignorara. Me irritaba… e intrigaba por igual. Quería alejarme, pero nunca pude hacerlo.
Su voz bajó aún más.
—Creo que incluso después de la grieta… también me buscó. En cualquier rincón donde pensara que podía hallarme. No sé cómo, pero estoy segura de que lo hizo.
Mirel respiró hondo, con ternura y gravedad a la vez.
—Entonces, él también te sostiene, aunque no quieras admitirlo.
Se quedó en silencio un instante. El recuerdo le ardía en la garganta, mezcla de culpa y de certeza.
—La gran ruptura fue… —Se quedó sin aire— mi culpa. No supe gestionarlo y dejé que el poder me consumiese.
Mirel negó despacio, los dedos rozando el borde tibio del cuenco.
—No cargues sola con un destino que no nació de ti.
Guardó silencio un instante. Cuando volvió a hablar, la gravedad teñía sus palabras.
—Yo estuve allí. Caelan me pidió que me sumara a su grupo, y acepté. Tú no me recuerdas porque me mantenía oculta. No podía acercarme… —se interrumpió, buscó palabras, y al final las dejó caer—. No es el momento. Fui porque quería verte con mis propios ojos. Quería saber que estabas a salvo .
Alzó la mano y le acarició el cabello con una ternura que quemaba.
—Presencié todo. Y no pude cumplir con la promesa que le hice a tu madre.
Serenya abrió la boca para preguntar algo, pero Mirel se adelantó.
—Descansa ahora, Serenya. Ya habrá tiempo para preguntas.
Se incorporó un poco en el banco y, con suavidad, guio su cabeza hasta su regazo.
—Apóyate aquí —susurró, como lo haría una madre—. Yo velaré por él. Y si algo cambia, si necesita algo, te despertaré.
El cansancio pesó más que la culpa. Cerró los ojos al calor de esa promesa y, por primera vez en días, dejó que otra sostuviera la vigilia.
Los corredores se estrechaban a cada paso. El basalto sudaba humedad, las antorchas escupían humo azul y dejaban un rastro amargo en el aire. Caelan avanzaba con la mandíbula tensa.
El castillo no estaba hecho para recibir.
Era un laberinto construido para apagar voces.
Las paredes estaban cubiertas de tapices ennegrecidos, bordados con escenas de guerras antiguas, donde siempre eran los Umbrae quienes sobrevivían.
Algunos colgaban a medio deshilachar, y en los huecos aparecían cuadros desvaídos: rostros severos, ojos que seguían cada movimiento con un brillo apagado.
El suelo pulido devolvía un eco hueco a cada pisada, como si debajo hubiera más túneles. El olor era espeso, impregnado de humo viejo y sangre seca. No había ventanales, solo rendijas estrechas donde el viento ululaba como un lamento.
Caelan conocía esa oscuridad. Había crecido con ella, pero cada vez que regresaba sentía el mismo peso. La piedra no lo recibía: lo medía, lo juzgaba, lo recordaba niño, obediente y quebrado .
Giró en un pasillo y se detuvo en seco.
Kyrion conversaba con un guardia que lo miraba con nerviosismo. Ninguna cadena, ningún cerrojo. Las sombras de Caelan estallaron. Se quebraron alrededor de su cuerpo, reptaron por los muros y arañaron la piedra hasta hacerla crujir. El guardia retrocedió aterrado.
—¡Fuera! —tronó Caelan sin apartar la vista de Kyrion.
El soldado dudó un segundo antes de huir, dejando el eco de sus pasos en el corredor vacío.
—No deberías estar aquí —gruñó Caelan.
El corazón le golpeaba con fuerza, desbocado. Dio un paso adelante y el pasillo entero tembló bajo sus botas.
—¿Qué más quieres arrebatarme? ¿No fue suficiente con entregar a Serenya a Elías, como si fuera una moneda de guerra? —escupió. Las sombras se arremolinaban, colmadas de rabia—. ¿O debo pensar que también mataste al rey para quedarte con lo que no era tuyo?
Kyrion abrió la boca.
—Caelan, yo…
—¡No! —lo cortó el príncipe, la furia quebrándole la garganta—. No digas nada. No quiero tus verdades.
El silencio se llenó de hierro. Kyrion le sostuvo la mirada, un cansancio antiguo empañando sus ojos, la culpa de quien quiere hablar y ya no tiene derecho. Caelan apretó los puños hasta clavarse las uñas.
—Eres mi mayor enemigo.
Las sombras, fauces negras listas para devorar. Las contuvo a la fuerza y se marchó.
La puerta de la sala de curas cedió bajo su mano. Dentro, el contraste lo golpeó. Serenya dormía al fin, la cabeza apoyada en el regazo de Mirel. La luz azulada envolvía el rostro cansado, sereno por primera vez en días.
Mirel levantó la vista y él se acercó despacio. Sus ojos recorrieron el cuerpo febril y su ceño se frunció. Una de sus sombras se deslizó hasta la manta y la acomodó con un gesto brusco. Ezryn se agitó brevemente y volvió a hundirse en el sopor.
El príncipe permaneció allí, rígido, respirando hondo, hasta que recuperó el control y las sombras retrocedieron. Mirel lo observó, pero calló. Volvió a bajar la mirada hacia el enfermo y le pasó un paño por la frente.
El silencio se mantuvo intacto.