16. Irene #2
—Solo estaba explicando…
—Voy a dejarme de rodeos. —Su voz se elevó, resonando ahora, y me di cuenta de que quería que la gente lo oyera.
Quería que lo presenciaran—. Tengo una esposa.
Se llama Irene. No existe ninguna versión de mi vida, en ningún momento, en ningún universo, en la que ella no sea la persona con quien quiero estar.
La carpa quedó en silencio.
—Cualquier historia que hayas estado contando, cualquier veneno que hayas estado difundiendo, se acaba ahora. Y cualquiera que haya estado repitiendo esas historias puede traer sus preguntas directamente a mí. Tendré mucho gusto en explicarles exactamente en qué se equivocan.
La cara de Hannah se puso roja, luego blanca. Abrió la boca para hablar, pero Jude ya se había dado la vuelta, ya me buscaba con la mirada, escudriñando la multitud hasta encontrarme.
Le miré fijamente desde el otro extremo de la fiesta paralizada, copa en mano, con el corazón martilleándome en el pecho.
Lo había hecho. En público. Delante de todos. Me había defendido a mí, nos había defendido a nosotros, había hecho una declaración que recorrería toda la isla antes del amanecer.
Debería haberme sentido agradecida. Debería haberme emocionado. Debería haberme lanzado hacia él, habérseme echado al cuello y haberle dicho que quizás, quizás, estaba empezando a creerle.
En cambio, lo agarré por la corbata y tiré.
—Ven conmigo.
—¿Qué?
—Ahora.
Lo arrastré por entre la multitud, pasando la barra, por la puerta trasera de la carpa, cruzando el césped hacia el cobertizo para botes que se alzaba en el extremo de la propiedad del club. Podía sentir las miradas sobre nosotros, oír cómo comenzaban los susurros, y me importaba un comino.
El cobertizo estaba oscuro y silencioso, lleno de siluetas apiladas de bolsas de velas y equipos, con olor a lona y a sal. Lo arrastré dentro y cerré la puerta tras nosotros.
—Irene, ¿qué…?
Le besé.
No había nada de suave ni de cauteloso en ello.
Le besé como si estuviera enfadada, porque lo estaba.
Le besé como si quisiera castigarle por hacerme sentir cosas que no estaba lista para sentir.
Le besé como si llevara semanas queriendo besarle y por fin me hubiera quedado sin razones para no hacerlo.
Respondió al instante, con las manos aferrándome la cintura, la boca abriéndose bajo la mía. Podía saborear el champán en su lengua, podía sentir el gemido vibrar en su pecho.
—Sigo enfadada contigo —jadeé contra sus labios.
—Lo sé. —Su voz era gravilla—. Desahógate conmigo.
—Esto no cambia nada.
—Eso también lo sé.
—Bien. —Fui a por su cinturón y le empujé hacia atrás, y él tropezó contra un montón de bolsas de velas, agarrándose para no caer—. Estoy enfadada y celosa y he estado pensando en esto toda la noche. Así que o me ayudas con eso, o salgo de aquí y busco a alguien que lo haga.
—De eso nada.
Me agarró por las caderas y nos dio la vuelta, aplastándome contra las bolsas de velas, cubriéndome con su cuerpo. Su boca encontró mi cuello y mordió con la fuerza justa para hacerme jadear.
—¿Quieres estar enfadada? —Sus manos estaban por todas partes, tirando de mi vestido, buscando la cremallera en la espalda—.
Estálo. ¿Quieres castigarme? Arráñame, muérdeme, arruíname.
Pero no vas a salir de aquí para buscar a nadie más.
Esta noche no. Nunca. Nadie más tiene derecho a follarte así, enfadada. Eso es mío.
La cremallera cedió. Sus manos se deslizaron hacia dentro, calientes contra mi espalda desnuda.
—Dilo —gruñó—. Di para qué me has traído aquí.
—Quiero que me folles.
—Pídelo con educación.
—No me siento nada educada.
—Bien. —Me alzó, y envolví sus caderas con mis piernas, con la espalda apoyada contra las bolsas de lona—. Yo tampoco.
Su boca se estrelló contra la mía de nuevo, desesperada y hambrienta, y yo estuve a la altura, mordiéndole el labio, tirándole del pelo, descargando cada una de las frustraciones de las últimas semanas en su cuerpo.
—Preservativo —jadeé.
—En la cartera.
Metí la mano entre los dos, forcejeando con su cinturón, su cremallera, hasta tener su polla en la mano, dura y caliente y palpitando contra mi palma. Él gimió y sus caderas se sacudieron, pero se echó hacia atrás el tiempo suficiente para sacar la cartera y encontrar lo que necesitábamos.
—Date prisa.
—Paciencia.
—No tengo ninguna.
Se rió, oscuro y sin aliento, y entonces se estaba poniendo el preservativo y apartando mi ropa interior a un lado y embistiéndome con tanta fuerza que las bolsas de velas se deslizaron.
Le mordí el hombro para no gritar.
—Por fin. —Empezó a moverse, fuerte y rápido, exactamente lo que necesitaba—. Toma lo que quieras. Úsame. Arruina la camisa, arruina mi espalda. Me la pondré en el brunch.
Lo hice. Le usé sin pudor, con los talones clavados en su espalda, las uñas marcándole los hombros a través de la camisa, la respiración entrecortada en jadeos que ahogué contra su cuello.
—Más fuerte —exigí.
Me lo dio más fuerte.
—Más rápido.
Me lo dio más rápido.
Estaba escalando deprisa, el calor enroscándose en lo bajo de mi vientre, y él me miraba la cara con esa intensidad concentrada, catalogando cada sonido, cada estremecimiento, archivándolos para más tarde.
—Estás a punto —susurró—. Este coño me aprieta tan fuerte. Hazlo. Córrete sobre mi polla y vuelve a esa fiesta radiante.
Me deshice con su nombre amortiguado contra su garganta, contrayéndome a su alrededor con tanta fuerza que él soltó una maldición. Dos embestidas más, brutales, y él también se corrió, gimiendo en mi pelo, con las caderas convulsionando.
Nos quedamos allí, respirando con dificultad, enredados entre las bolsas de velas. El sonido lejano de la fiesta se filtraba a través de las paredes, un recordatorio de dónde estábamos y de lo que acabábamos de hacer.
—Deberíamos volver —dije al cabo de un rato.
—Probablemente.
—Por separado.
—Desde luego.
Me desenredé de él, alisándome el vestido, comprobándome el pelo a tientas. Él se recompuso y se enderezó la corbata, y nos miramos el uno al otro a la tenue luz.
—Esto sigue sin cambiar nada —dije.
—Lo sé.
—Todavía no sé si puedo perdonarte.
—Eso también lo sé.
—Pero ha sido… —Busqué la palabra adecuada.
—Sí. —Su voz era suave—. Lo ha sido.
Salí del cobertizo la primera, tres minutos antes que él, y regresé a la fiesta con la barbilla alta y las mejillas encendidas.
Nadie dijo nada. Pero todos se dieron cuenta.
Y cuando Jude apareció exactamente tres minutos después, con la corbata ligeramente torcida, no había una sola persona en el Driftway Club que no supiera exactamente lo que había pasado.