CAPÍTULO 48
Lo primero que sintió fue el dolor...
Un latido sordo le martilleaba las sienes mientras intentaba recuperar la conciencia.
Todo parecía envuelto en una especie de niebla que le impedía ordenar los recuerdos.
Respiró despacio, obligándose a abrir los ojos, y tardó unos segundos en conseguir que la imagen dejara de oscilar frente a ella.
El techo era bajo, de hormigón desnudo, iluminado por una única bombilla que proyectaba una luz amarillenta sobre la estancia.
El aire olía a humedad y encierro, como si aquel lugar llevara demasiado tiempo apartado del mundo.
Intentó incorporarse por pura inercia. No pudo, la presión que sentía alrededor de los tobillos hizo que el corazón se le acelerara de inmediato.
Bajó la vista y encontró las cuerdas sujetándola con firmeza a un poste de madera.
El recuerdo regresó de golpe. El hotel. El cigarro. Un ruido detrás de ella...
— ¿Hola...? —murmuró con la voz todavía ronca.
— ¿Claudia...?
Giró la cabeza hacia el lugar del que había salido aquella voz y la vio.
Daniela estaba atada a otro poste, a apenas unos metros de distancia.
Tenía el rostro pálido, el pelo revuelto y los ojos enrojecidos, pero permanecía consciente.
Claudia sintió cómo parte de la angustia que la atenazaba se aliviaba al comprobar que seguía con vida.
— ¿Daniela? ¿Te han hecho daño? ¿Te encuentras bien?
Daniela negó con rapidez.
—No...De momento no. Solo me trajeron hasta aquí.
Claudia la recorrió con la mirada de arriba abajo. No apreciaba heridas visibles, aunque el miedo que reflejaban sus ojos hablaba por sí solo.
—Escúchame. Necesito que intentes recordar cualquier detalle, por pequeño que sea. ¿Llegaste a ver a alguien? ¿Escuchaste alguna conversación? ¿Sabes cuánto tiempo llevas aquí?
La joven cerró los ojos un instante, esforzándose por recordar.
—Me cubrieron la cabeza casi todo el tiempo. Solo recuerdo que el coche estuvo mucho rato en marcha... Después me bajaron y me metieron aquí. Oía voces, pero nunca conseguía entender lo que decían.
Claudia asintió despacio.
—Está bien. No pasa nada si no recuerdas mucho. Lo importante es que sigas pensando. A veces los detalles aparecen cuando menos te lo esperas.
Daniela respiró hondo, intentando controlar el temblor de su voz.
—Lo estoy intentando... Te lo prometo.
—Lo sé—Claudia guardó silencio unos segundos antes de continuar— ¿Llegaste a ver la cara de alguno de ellos? Aunque fuera un instante.
Daniela negó con la cabeza.
—Nunca. Me cubrían la cara cada vez que me movían de un sitio a otro.
— ¿Y las voces? ¿Reconociste alguna? ¿Había algún acento, alguna forma de hablar que te llamara la atención?
La joven cerró los ojos, haciendo un esfuerzo por recordar.
—Uno de ellos casi no hablaba. El otro era quien daba las órdenes... Todos parecían obedecerle, creo que intentaba cambiar la voz para que no le reconociera...me resultaba muy familiar.
Claudia permaneció unos segundos en silencio. Aquello bastó para que varias piezas empezaran a encajar en su cabeza. Las notas, la caja abandonada frente a su casa, las amenazas y la forma meticulosa en que el responsable había evitado dejar el más mínimo rastro respondían al mismo patrón.
Un golpe metálico rompió el silencio de la nave y las dos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
La puerta del fondo acababa de abrirse y, unos segundos después, unos pasos comenzaron a resonar sobre el suelo de cemento con una calma que resultaba casi perturbadora.
Claudia siguió el sonido sin apartar la vista de la oscuridad que envolvía la entrada.
Durante un instante solo distinguió una silueta avanzando despacio, hasta que la luz de la bombilla terminó iluminando su rostro.
El corazón se le detuvo...Era Rubén. Permaneció inmóvil, incapaz de apartar la vista de él.
Una parte de su cabeza seguía buscando una explicación distinta, cualquier motivo que justificara su presencia allí.
Esperó, casi de forma inconsciente, que apareciera alguien más detrás de él y desmontara aquella escena absurda.
Que estuviera allí para salvarla. Pero nadie apareció.
Rubén siguió avanzando con la misma serenidad con la que recorría los pasillos de la comisaría cada mañana, hasta detenerse frente a ella. Su expresión era la misma de siempre. Serena. Controlada. Como si estuviera entrando en su despacho una mañana cualquiera.
—Sabía que acabarías llegando demasiado lejos.
Claudia permaneció inmóvil. Los labios se movieron ligeramente, pero ninguna palabra llegó a salir. Negó despacio, incapaz de apartar la vista de él, como si hacerlo significara aceptar una realidad para la que todavía no estaba preparada.
—No...
La voz apenas fue un hilo. Rubén sostuvo su mirada durante unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Nunca quise que terminara de esta manera Claudia, créeme. Siempre has sido como una hija para mí.
Claudia sintió un nudo en la garganta. Podría haber esperado cualquier cosa menos esa.
—Dime que hay una explicación...—susurró, sin dejar de mirarlo—Dime que no eres tú.
Por un instante creyó ver un destello de duda en sus ojos. Pero desapareció tan rápido como había aparecido.
—Ojalá pudiera hacerlo.
Aquella respuesta fue mucho peor que cualquier confesión.
Claudia bajó la vista un instante, intentando ordenar el torbellino de pensamientos que acababa de estallarle en la cabeza.
Recordó los años trabajando a su lado, los consejos, las conversaciones después de cada caso, todas las veces que había confiado en él sin plantearse siquiera que pudiera ocultarle algo.
Cuando volvió a mirarlo, tenía los ojos llenos de incredulidad.
—No puede ser...—murmuró con la voz quebrada—Tú no.
Rubén no trató de defenderse. Ni de justificarse.
Permaneció en silencio, dejando que fuera ella quien encontrara la respuesta.
Y ese silencio terminó de romper todo lo que Claudia creía saber sobre él.
Sintió que el estómago se le encogía. Como si, de un momento a otro, todos los recuerdos que compartían hubieran dejado de pertenecer a la misma persona que tenía delante.
De pronto comprendió el motivo de tantas conversaciones, de tantos consejos, de cada ocasión en la que él había intentado apartarla de una línea de investigación o sembrar dudas cuando estaba a punto de acercarse demasiado.
Siempre había estado allí. Observándola.
Guiando cada paso. Esperando el momento adecuado. Le costaba incluso mirarlo.
—Después de todos estos años...—consiguió decir al fin—Después de todo lo que sabías... ¿cómo has podido hacerme esto?
Rubén bajó la vista durante un instante antes de responder.
—Hay decisiones que dejan de pertenecerte cuando las cosas llegan demasiado lejos.
Claudia sintió un escalofrío. Aquella ya no era la voz del hombre que la había enseñado a ser inspectora, ni la del jefe que la había acompañado durante tantos años. Incluso le consideraba como un padre. Frente a ella solo quedaba un desconocido.
Un aplauso lento rompió el silencio de la nave.
Claudia giró la cabeza de inmediato hacia el fondo de la estancia.
De entre la penumbra comenzó a surgir otra figura que avanzaba con absoluta tranquilidad, como si hubiera presenciado la escena desde el principio y no tuviera ninguna prisa por intervenir.
Era Gabriel. Se detuvo junto a Rubén y paseó la mirada entre Claudia y Daniela con una calma que resultaba mucho más inquietante que cualquier amenaza.
—Tengo que reconocerlo, inspectora...—dijo con una leve inclinación de cabeza—Has estado mucho más cerca de descubrirnos de lo que imaginábamos.
Claudia no apartó la vista de Gabriel. Ahora ya no quedaban dudas. Todas aquellas visitas a la universidad. Las respuestas medidas. La aparente colaboración. Cada gesto adquiría un significado completamente distinto.
—Por eso me resultaba tan familiar esa voz...—dijo Daniela en un susurro.
—Así que eras tú...—murmuró Claudia sin apartar la mirada—Todo empezó contigo.
Gabriel no respondió de inmediato. Se limitó a observarla durante unos segundos, como si estuviera valorando hasta dónde había conseguido reconstruir la verdad.
—No exactamente. Todo empezó porque alguien tenía que poner orden. Nadie más estaba dispuesto a hacerlo.
Claudia dejó escapar una risa breve, completamente vacía.
—Curiosa forma de evitarlo. Dos chicas asesinadas, otra secuestrada... y ahora yo.
—Tres chicas que cruzaron una línea que nunca debieron cruzar.
Aquellas palabras hicieron que Daniela levantara la cabeza de golpe.
— ¿Qué... qué está diciendo?
Gabriel caminó despacio por la estancia sin perder la calma.
—La mayoría de la gente cree que el mal aparece sin motivo. No es cierto. Todo tiene un origen. Siempre hay alguien que provoca las consecuencias de sus propios actos.
Claudia no dejó pasar la oportunidad.
— ¿Y quién decide dónde está ese límite? ¿Tú?
Gabriel la miró por primera vez con una expresión de decepción.
—Ese es precisamente el problema. Vivimos rodeados de personas convencidas de que pueden hacer cualquier cosa sin asumir responsabilidades. Mienten, manipulan, utilizan a los demás... y cuando todo se rompe siempre encuentran a alguien a quien culpar.
Daniela comenzó a negar con la cabeza.
—Yo no he hecho nada...
Gabriel se volvió hacia ella.
—Eso mismo decís todas.
El silencio que siguió hizo que el aire pareciera todavía más pesado.
Claudia aprovechó aquel instante para estudiar cada rincón de la habitación.
No buscaba una salida imposible; buscaba información.
Una puerta. Una escalera que conducía a un altillo.
Herramientas apoyadas contra una pared...
Cualquier elemento podía convertirse en una oportunidad si lograba el momento adecuado.
Gabriel la observó con una calma que empezaba a resultar insoportable.
— ¿Sabes cuál fue tu verdadero error, Claudia? —Ella no apartó la vista de él—Confiar en la persona equivocada.
Una breve sonrisa cruzó el rostro de Gabriel.