CAPÍTULO 14
La comisaría había dejado de ser un lugar tranquilo hacía horas.
Desde que la desaparición de Daniela había saltado a los medios, el ritmo de trabajo se había acelerado hasta el punto de que resultaba imposible encontrar un rincón en silencio.
Los teléfonos no dejaban de sonar, los agentes entraban y salían de los despachos con carpetas bajo el brazo y, en cada conversación que alcanzaba a escucharse por los pasillos, siempre acababan apareciendo las mismas palabras: Daniela, secuestro, rescate.
En una de las salas destinadas a las familias estaban sus padres.
El contraste entre ambos llamaba la atención incluso a través del cristal.
El padre era incapaz de permanecer sentado más de unos segundos seguidos.
Se levantaba, volvía a sentarse, caminaba de un lado a otro de la habitación y regresaba otra vez a la mesa como si el movimiento pudiera ayudarle a soportar la espera.
Su mujer, en cambio, permanecía inmóvil.
Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo y la mirada perdida en algún punto de la mesa.
Parecía escuchar las conversaciones que se desarrollaban a su alrededor, pero al mismo tiempo daba la sensación de encontrarse muy lejos de allí.
—Pagaremos lo que sea necesario—insistía el hombre por enésima vez—No me importa cuánto pidan. Solo quiero que mi hija vuelva a casa.
El agente que intentaba tranquilizarlo mantenía la calma con admirable paciencia.
—Lo entendemos, señor Sánchez. Pero todavía no hemos recibido ninguna llamada ni ninguna petición. Tenemos que esperar.
— ¿Esperar?
La palabra sonó casi como una provocación.
— ¿Y si no llaman? ¿Y si mientras tanto le hacen daño?
El agente abrió la boca para responder, pero terminó cerrándola de nuevo.
Porque no existía una respuesta capaz de aliviar aquel miedo.
Al otro lado del cristal, Rubén observaba la escena con los brazos cruzados.
No era la primera vez que veía una familia romperse por la incertidumbre.
Después de tantos años en el cuerpo había aprendido que la desesperación seguía siempre el mismo camino: primero llegaba la esperanza, después el miedo y, cuando ninguna de las dos cosas encontraba una salida, aparecía la necesidad de hacer algo, cualquier cosa, aunque fuera un error.
—Los periodistas ya están fuera—comentó uno de los agentes al acercarse—Y la familia quiere hacer una declaración.
Rubén apartó la vista del cristal por un momento.
—Déjalos.
El agente pareció sorprendido.
— ¿Está seguro?
—Cuanto antes se haga público, más posibilidades tendremos de que alguien recuerde haber visto algo.
—También tendremos a media ciudad opinando sobre la investigación.
Rubén dejó escapar una sonrisa.
—Eso iba a pasar de todas formas.
El agente miró hacia la sala.
—Esto se va a convertir en un espectáculo.
—Hace rato que lo es.
Durante unos segundos ambos permanecieron observando a los padres de Daniela.
El hombre seguía hablando con una intensidad casi desesperada, inclinándose hacia delante cada vez que formulaba una pregunta, como si así pudiera obtener respuestas más deprisa.
Su mujer seguía en silencio, aferrada a la esperanza de una forma mucho más discreta, pero probablemente más dolorosa.
—Claudia no se cree la teoría del secuestro.
Rubén ya sabía que la observación iba a llegar tarde o temprano.
—Lo sé.
—Y sigue convencida de que está relacionado con Paula.
—También lo sé.
El agente dudó unos segundos antes de continuar.
— ¿Y si se está equivocando?
Rubén tardó un momento en responder. No porque no tuviera una respuesta, sino porque la pregunta era más complicada de lo que parecía.
—Claudia tiene un instinto que le ha salvado más de una investigación.
—Pero sigue siendo humana.
—Como todos.
El agente asintió.
—A veces da la sensación de que ve cosas que el resto no vemos.
—Porque suele hacerlo.
La respuesta llegó con tanta naturalidad que el agente lo miró sorprendido. Rubén no añadió nada más. Volvió a dirigir la vista hacia la sala justo cuando el padre de Daniela se levantaba de golpe.
—No puedo seguir así—dijo con voz temblorosa—No pienso quedarme sentado esperando mientras mi hija está ahí fuera.
Rubén abrió la puerta y entró antes de que nadie más tuviera que intervenir.
—Entiendo cómo se siente.
El hombre se giró hacia él de inmediato.
—No, inspector, con todos mis respetos, no lo entiende.
La desesperación había terminado por imponerse a la educación.
—Mi hija ha desaparecido y nadie puede decirme dónde está.
Rubén sostuvo su mirada sin alterarse para tranquilizar a los padres.
—Tiene razón. No sé lo que está sintiendo ahora mismo. Pero sí sé lo que ocurre cuando una familia intenta actuar por su cuenta en una situación así—El hombre guardó silencio—Y también sé que suele empeorar las cosas.
Aquello consiguió que bajara un poco la intensidad. No mucho, pero lo suficiente.
—Si llaman...
—Cuando llamen, estaremos preparados.
— ¿Y si piden dinero?
—Entonces seguiremos el procedimiento correspondiente.
— ¿Y si...
Rubén lo interrumpió con suavidad.
—Vamos a encontrarla.
No lo dijo para tranquilizarlo. Lo dijo porque necesitaba que creyera en algo. La madre levantó la vista por primera vez. Los ojos enrojecidos reflejaban un cansancio que parecía venir de mucho más lejos que aquellas últimas horas.
—Solo queremos que vuelva a casa.
La voz apenas fue un susurro. Rubén la observó durante un instante. Después respondió con la misma calma que había mantenido desde que entró en la sala.
—Y ahora mismo ese es también nuestro único objetivo.
Cuando salió de la sala, el ruido habitual de la comisaría volvió a envolverlo. Todo seguía moviéndose a su alrededor. Los teléfonos seguían sonando. Los agentes seguían cruzándose por los pasillos. La investigación seguía avanzando.
Sin embargo, mientras observaba aquella actividad frenética, no pudo evitar la sensación de que todos estaban mirando en una dirección distinta.
Sabía perfectamente lo que la mayoría creía que estaba ocurriendo.
Sabía lo que esperaban encontrar. Y también sabía algo más.
Si Claudia estaba en lo cierto, todavía estaban muy lejos de comprender la magnitud real de aquello.
CAPÍTULO 15
El aula estaba casi llena cuando Claudia y Alex aparecieron en la puerta.
La explicación del profesor se interrumpió a mitad de una frase y, poco a poco, el murmullo de los estudiantes fue apagándose.
Las miradas empezaron a dirigirse hacia ellos con una mezcla de curiosidad e inquietud.
No era habitual ver a la policía entrando en una clase, y mucho menos cuando toda la universidad llevaba días hablando de lo mismo.
Claudia esperó a que el silencio llegara antes de hablar.
—Perdonad la interrupción. Estamos investigando la desaparición de Daniela Sánchez y necesitamos hablar con un alumno que tenía relación con ella.
Las miradas comenzaron a cruzarse entre los estudiantes. Algunos bajaron la vista. Otros buscaron discretamente a alguien entre las filas. El profesor fue el primero en reaccionar.
— ¿Podéis concretar un poco más?
—Creemos que se trata de alguien cercano a ella. Si está aquí, preferimos hablar fuera un momento.
Durante unos segundos nadie dijo nada. Hasta que un chico sentado en la tercera fila levantó la mano con cierta inseguridad.
—Supongo que os referís a mí.
— ¿Te importa salir un momento?
El joven recogió la mochila con más torpeza de la que probablemente habría querido mostrar y salió al pasillo después de pedir permiso al profesor. La puerta se cerró a su espalda. Durante unos segundos permaneció allí de pie, sin saber muy bien qué hacer con las manos.
— ¿Ha pasado algo?
Intentó sonar tranquilo, pero no lo consiguió.
—Estamos investigando la desaparición de Daniela.
El color pareció desaparecerle de la cara.
— ¿Cómo que su desaparición?
—No ha vuelto a casa desde ayer.
El chico parpadeó varias veces sorprendido por lo que acababa de escuchar.
—No tenía ni idea. Te lo juro.
La reacción parecía sincera. O al menos lo bastante sincera como para que Alex decidiera no interrumpir.
— ¿Cómo te llamas?
—Rafael.
—Bien, Rafael. Cuéntanos un poco qué relación tenías con Daniela.
El joven bajó la mirada unos segundos antes de responder.
—No sé exactamente cómo explicarlo. Éramos amigos... o al menos empezamos siendo amigos.
Parecía estar buscando la forma adecuada de contar algo que ni él mismo tenía demasiado claro.
—Luego las cosas se complicaron un poco.
— ¿Estabais juntos?
Rafael esbozó una sonrisa incómoda.
—Depende de a quién le preguntaras. Yo habría dicho que sí. Daniela probablemente habría dicho que no.
Las palabras de Rubén hicieron que ambos intercambiaran una mirada de desconcierto.
— ¿Y cómo os llevabais?
—Había días buenos y días malos. La verdad es que últimamente discutíamos bastante. Yo sentía que cada vez estaba más distante. Como si tuviera la cabeza en otro sitio todo el tiempo.
— ¿Se lo dijiste?
—Varias veces.
Esta vez no tardó en responder. Parecía algo que llevaba tiempo dándole vueltas.
—Al principio pensé que era estrés por los exámenes o cualquier tontería parecida, pero después empezó a evitar conversaciones, cancelaba planes a última hora y siempre parecía preocupada por algo.
Claudia lo observó atentamente.
— ¿La última vez que hablasteis fue ayer?
—Sí. Aquí mismo.
— ¿Y cómo terminó la conversación?
El joven dejó escapar un suspiro.
—Mal—No intentó maquillarlo—Discutimos.
— ¿Por qué, que ocurrió?
—Porque estaba cansado de que me tratara como si fuera un desconocido. Le pregunté discretamente qué estaba pasando y se enfadó.
— ¿Qué te dijo?
—Que no podía contarme ciertas cosas.
Alex intervino entonces.
— ¿Te explicó por qué?
—No. Y eso fue precisamente lo que me puso de los nervios.
Durante unos segundos pareció debatirse consigo mismo antes de continuar.
—Le dije que no entendía por qué confiaba más en otras personas que en mí. Que si seguía alejándome, aquello acabaría mal.