CAPÍTULO 10
Claudia no volvió a la comisaría. Sabía que debería haberlo hecho.
Lo lógico era regresar, revisar los informes de la escena, adelantarse al trabajo del día siguiente o quedarse unas horas más delante de una pantalla buscando respuestas donde quizá no las hubiera.
Pero no podía. Aquella tarde había llegado a un límite que conocía demasiado bien.
Uno de esos momentos en los que seguir trabajando no sirve para avanzar, solo para fingir que no estás sintiendo nada.
Cuando abrió la puerta de casa, el silencio la recibió como siempre. No tenía mascotas. No tenía pareja. No tenía a nadie esperando al otro lado. Solo aquel apartamento ordenado hasta el extremo y la sensación constante de estar viviendo más tiempo en la comisaría que allí.
Dejó las llaves sobre la encimera y se quitó la chaqueta lentamente.
Por un momento se quedó quieta en mitad de la cocina.
Sin moverse. Sin pensar siquiera en qué hacer después.
Simplemente intentando bajar el ritmo de una cabeza que llevaba días funcionando sin descanso.
Abrió una botella de vino y se sirvió una copa.
No porque le apeteciera especialmente. Más bien porque necesitaba que, aunque solo fuera durante unos minutos, su cabeza se callara.
Se apoyó en la encimera y dio un sorbo mientras observaba la oscuridad al otro lado de la ventana.
La imagen de Paula apareció enseguida. El descampado.
La tierra seca. El silencio. Aquella sensación insoportable de haber llegado tarde.
Otra vez. Cerró los ojos durante un instante.
Pero los recuerdos no desaparecieron. Nunca lo hacían.
Al contrario. Cuanto más intentaba apartarlos, más insistían en quedarse.
Terminó la copa y caminó hacia el salón.
La luz tenue de una lámpara iluminaba parte de la estancia.
El resto permanecía en sombras. Su mirada se detuvo donde siempre terminaba deteniéndose cuando tenía una noche complicada.
La estantería. Y el álbum... Llevaba años allí.
Aun así, cada vez que lo abría era como volver a una vida distinta.
Se sentó en el sofá y pasó las primeras páginas lentamente.
Fotografías familiares. Vacaciones. Cumpleaños.
Momentos corrientes que en aquel momento nadie imaginó que algún día se convertirían en tesoros.
Lucía aparecía en casi todas. Sonriendo.
Haciendo alguna tontería. Abrazándola por sorpresa.
O poniendo caras ridículas delante de la cámara.
Claudia no pudo evitar sonreír un poco. Muy poco.
Lo justo para que el recuerdo doliera todavía más.
Su dedo se detuvo sobre una fotografía tomada junto al mar.
Lucía debía de tener diecisiete o dieciocho años.
Llevaba el pelo revuelto por el viento y una sonrisa enorme que parecía capaz de iluminar la imagen entera.
Durante unos segundos, Claudia se quedó observándola.
Intentando recordar el sonido exacto de su voz.
La forma en que se reía. Las discusiones absurdas que tenían por cualquier tontería.
Y, como siempre, llegó el mismo pensamiento.
¿Qué habría sido de ella si hubiera seguido viva?
La pregunta seguía allí después de tantos años. Y seguía sin tener respuesta.
Cerró el álbum despacio y apoyó una mano sobre la portada.
Después dirigió la mirada hacia el cajón del mueble.
Sabía perfectamente lo que había dentro.
Llevaba años diciéndose que algún día lo tiraría.
Pero nunca lo hacía. Se levantó, abrió el cajón y sacó el expediente.
El de Lucía. El que nadie más conservaba ya.
Volvió al sofá y lo dejó sobre la mesa. Durante unos segundos no lo abrió. Simplemente observó la carpeta.
Las esquinas desgastadas. Las marcas del uso.
Las veces que había vuelto a leer aquellas páginas buscando algo distinto.
Algo que explicara lo que nunca consiguió entender.
Finalmente la abrió. Los mismos informes.
Las mismas declaraciones. Las mismas conclusiones vacías.
Todo seguía igual. Como si el tiempo hubiera decidido detenerse dentro de aquellas páginas.
Pasó una hoja. Después otra. Y otra más.
No estaba buscando nada concreto. Solo intentando convencerse de que esta vez era diferente.
Porque Daniela todavía estaba viva. Al menos eso esperaba.
Y esa diferencia lo cambiaba todo. Pensó en la llamada.
En la forma en que había dudado antes de hablar.
En el miedo que se escondía detrás de cada palabra.
Aquella chica estaba a punto de contar algo.
Claudia lo sabía. Lo había sentido. Y ahora había desaparecido.
Apretó los labios mientras cerraba la carpeta.
—Esta vez no.
Su propia voz sonó extraña en medio del silencio. Llevaba tantas horas sin hablar con nadie que casi parecía la voz de otra persona. Apoyó una mano sobre el expediente.
—Esta vez no voy a llegar tarde.
Se dejó caer contra el respaldo del sofá y cerró los ojos.
El cansancio la golpeó de golpe. Sin avisar.
Como si hubiera estado esperando el momento adecuado para reclamar todo lo que llevaba días acumulando.
Ni siquiera recordaba cuándo se quedó dormida.
Solo sabía que el sonido insistente del teléfono la arrancó de un sueño confuso.
Abrió los ojos desorientada. La luz de la mañana se colaba por las ventanas y el cuello le dolía por haberse quedado dormida en una postura imposible.
El móvil seguía vibrando sobre la mesa. Lo cogió sin mirar quién llamaba.
— ¿Sí?
—Claudia.
La voz de Rubén bastó para despejar el cansancio que aún arrastraba. Algo en su tono hizo que Claudia comprendiera al instante que no se trataba de una llamada cualquiera.
— ¿Qué pasa?
Rubén tardó unos segundos en responder. No parecía inseguro. Más bien daba la impresión de estar midiendo cada palabra antes de pronunciarla. Hubo un breve silencio al otro lado.
—Tenemos la autopsia.
Claudia pasó una mano por su cara mientras se ponía de pie.
—Voy para allá.
—Hazlo—Rubén pareció dudar un instante antes de añadir: —Y ven preparada.
La llamada terminó. Claudia se quedó unos segundos inmóvil con el teléfono todavía en la mano.
Conocía demasiado bien a Rubén. Sabía cuándo estaba preocupado.
Sabía cuándo intentaba tranquilizar a alguien.
Y también sabía cuándo algo importante estaba a punto de cambiar el rumbo de una investigación.
Miró el expediente de Lucía todavía abierto sobre la mesa y la fotografía de su hermana una última vez antes de levantarse. La sensación que la acompañaba desde el descampado seguía allí. Incómoda. Persistente. Negándose a desaparecer.
CAPÍTULO 10
Antes incluso de cruzar la puerta, el olor característico de la sala de autopsias ya impregnaba el pasillo.
Por muchos años que llevara trabajando en homicidios, había cosas a las que uno nunca terminaba de acostumbrarse.
Claudia atravesó la puerta de la sala de autopsias y sintió inmediatamente el frío artificial del lugar.
Siempre era igual. Un frío seco que parecía quedarse pegado a la piel.
Rubén ya estaba allí, hablando con el forense cuando Claudia entró en la sala.
La conversación se interrumpió en cuanto la vieron aparecer.
—Buenos días—dijo el forense.
Claudia respondió con un leve gesto de cabeza antes de acercarse. La sábana cubría casi todo el cuerpo de Paula, pero aun así bastó una mirada para que volviera a sentir el mismo nudo en el estómago que había sentido el día anterior en el descampado. La escena era distinta. La sensación, no.
— ¿Qué habéis encontrado?
El forense bajó la vista hacia el informe que tenía entre las manos.
—No hay signos de lucha. Tampoco heridas defensivas.
— ¿Estaba sedada?
—Todavía estamos esperando algunos resultados, pero todo apunta a eso.
Claudia observó el cuerpo en silencio. Nada parecía fuera de lugar. Y precisamente ahí estaba el problema. Cuanto más observaba la escena, más le molestaba aquella sensación de control. Como si alguien hubiera pensado cada detalle antes de dejar el cuerpo allí.
— ¿Hay algo más? —preguntó.
El forense intercambió una breve mirada con Rubén antes de pasar una página.
—Hay ciertos detalles que me llamaron la atención durante la autopsia.
Claudia dejó de mirar el informe y levantó la vista hacia él.
— ¿Qué clase de detalles?
El forense apoyó las manos sobre la mesa antes de responder, como si quisiera ordenar primero las ideas.
—La forma de actuar. La ausencia de violencia visible, el control con el que parece haberse desarrollado todo y, sobre todo, la manera en la que apareció el cuerpo—Hizo una breve pausa antes de añadir: —Mientras la examinaba no dejaba de venirme a la cabeza otro caso.
Aquellas palabras bastaron para que el ambiente cambiara por completo. Claudia intercambió una rápida mirada con Rubén antes de volver a centrar toda su atención en el forense.
— ¿Qué caso?
—Uno bastante antiguo.
Claudia permaneció unos segundos en silencio, intentando adivinar por dónde iba aquella conversación.
— ¿De hace cuánto estamos hablando?
El forense respiró hondo antes de responder.
—De varios años.
Nadie dijo nada durante unos segundos. El sonido lejano de algún aparato rompía de vez en cuando el silencio de la sala.
Claudia volvió a dirigir la mirada hacia el cuerpo de Paula y dejó que esta vez fuera el conjunto de la escena quien hablara por sí solo.
Durante unos segundos no pensó en pruebas, ni en informes, ni en hipótesis. Simplemente observó.
Y, casi sin darse cuenta, una idea empezó a abrirse paso con una claridad absoluta.
No era una intuición nacida del azar ni una teoría construida a partir de unos pocos indicios.
Era una de esas certezas que aparecen de forma inesperada, como cuando reconoces una voz conocida entre el ruido de una multitud.
Había algo inquietantemente familiar en todo aquello: el orden con el que había sido colocado el cuerpo, la limpieza de la escena y aquella ausencia casi absoluta de caos.
Nada transmitía la sensación de improvisación.
Al contrario. Todo parecía responder a un plan cuidadosamente pensado.
Sin olvidar la nota que encontró en el bolso de Paula.
Y Claudia estaba convencida de que ya había visto aquello antes.
—Es él.
Rubén giró la cabeza.
—Claudia...
Ella ni siquiera apartó la vista.
—Es el mismo.
El forense dejó el informe sobre la mesa sin apartar la vista de Claudia.
Rubén, en cambio, permaneció inmóvil. No necesitaba preguntarle a qué se refería.
La expresión de ella bastaba para comprender que aquel cuerpo acababa de despertar un recuerdo que llevaba años intentando dejar atrás.
Claudia respiró despacio antes de romper el silencio.
—La escena... La forma en que han dejado el cuerpo. Todo está demasiado medido, demasiado limpio. No es la primera vez que veo algo así.
Rubén mantuvo la calma antes de responder.
—Sé exactamente lo que estás pensando.
—No. Sabes a qué me recuerda, pero no por qué estoy tan segura—Durante unos segundos buscó las palabras adecuadas—Llevo demasiado tiempo intentando entender lo que pasó aquel día.
He repasado aquel escenario una y otra vez, preguntándome qué fue lo que no vimos.
Y cuando he llegado al descampado... he sentido exactamente lo mismo.
El forense permanecía en silencio, consciente de que aquella conversación iba mucho más allá de la autopsia que acababan de realizar. Rubén apoyó ambas manos sobre la mesa antes de hablar, lo quería hacer sin causarle ningún daño.
—Precisamente por eso necesito que seas prudente. Cuando un caso te toca tan de cerca es muy fácil acabar viendo conexiones donde quizá no las haya.
Claudia sostuvo su mirada sin alterarse.
— ¿Y si ocurre justo lo contrario?
— ¿A qué te refieres?
— ¿Y si llevo años intentando encontrar una respuesta y ahora, por primera vez, las piezas empiezan a encajar? ¿Y si el error no es relacionar los casos... sino seguir tratándolos como si no tuvieran nada que ver?
Ninguno de los dos habló durante unos instantes. Rubén sabía que Claudia no se dejaba arrastrar fácilmente por las emociones. Precisamente por eso le preocupaba verla tan convencida.
—Solo intento evitar que este caso termine haciéndote daño.
Claudia bajó la vista hacia el cuerpo de Paula. Después pensó en Daniela. Y, casi sin querer, el recuerdo de Lucía volvió a cruzarse en su memoria. Cuando volvió a hablar, su voz había recuperado la serenidad.
—Todavía creo que Daniela sigue viva.
—Ojalá tengas razón.
—No puedo demostrarlo. Ni siquiera sé si es una intuición o simplemente una necesidad... pero, mientras no aparezca una prueba que diga lo contrario, voy a seguir buscándola como si aún estuviéramos a tiempo.
El zumbido constante de los frigoríficos era el único sonido que rompía la quietud de la sala.
Claudia volvió a mirar a Paula una última vez.
Con Lucía habían llegado tarde. Con Paula también.
Sentía la misma impotencia, la misma sensación de llegar cuando ya no quedaba nada por hacer.
Hacía años que convivía con ella. Pero esta vez no estaba dispuesta a permitir que la historia volviera a repetirse.
—No pienso volver a quedarme un paso por detrás.
Nadie respondió... Rubén siguió observándola unos segundos después de que dejara de hablar.
Conocía demasiado bien aquella expresión.
Era la misma que aparecía cada vez que Claudia estaba convencida de haber encontrado el camino correcto.
Una sensación incómoda le recorrió el cuerpo.
Ya no tenía claro que pudiera detener lo que acababa de ponerse en marcha.
Y comprendió que, cuando aquella investigación llegara a su final, ninguno de ellos volvería a ser el mismo.