CAPÍTULO 5
Al salir de la comisaría, las farolas ya iluminaban las calles de Barcelona y el bullicio del día había empezado a transformarse en el de la noche.
Había pasado tantas horas encerrada entre expedientes, declaraciones y llamadas que el simple hecho de sentir el aire fresco en la cara le resultó extraño.
Las calles estaban llenas de gente. Las terrazas seguían ocupadas, los camareros corrían de una mesa a otra y las conversaciones se mezclaban con el ruido constante del tráfico.
La ciudad seguía adelante. Siempre lo hacía.
No importaba que una chica hubiera desaparecido hacía apenas unas horas o que otra denuncia hubiera terminado archivada en algún cajón olvidado.
Barcelona continuaba respirando a su propio ritmo, indiferente a todo.
Claudia caminó sin una dirección concreta.
Necesitaba alejarse unos minutos de la comisaría.
De Rubén. De Paula. Incluso de sí misma.
Cuando vio el bar abierto en la esquina, entró casi por impulso.
El local estaba a medio llenar. Sonaba música suave de fondo y la iluminación cálida hacía que todo pareciera más tranquilo de lo que realmente era.
Durante unos segundos se quedó observando el ambiente antes de acercarse a la barra.
El camarero dejó el paño con el que estaba secando un vaso y se acercó.
— Buenas noches ¿Qué te apetece?
Claudia dejó la mirada perdida unos segundos sobre la barra antes de responder.
—Un whisky por favor.
Durante un instante pareció estudiar su expresión antes de preguntar:
— ¿Te lo sirvo solo?
—Sí. Solo.
Mientras esperaba, se llevó una mano al pelo y recolocó una de las trenzas que se había aflojado ligeramente durante el día.
Era un gesto mecánico, de esos que uno hace sin darse cuenta.
El vaso llegó unos segundos después. Lo sostuvo entre las manos antes de dar el primer sorbo.
El alcohol descendió despacio por la garganta.
Lo justo para aflojar un poco la tensión acumulada.
—A juzgar por esa cara, diría que el día no ha ido especialmente bien.
La voz llegó desde su derecha. Claudia giró la cabeza intrigada. Un hombre ocupaba uno de los taburetes cercanos. No recordaba haberlo visto al entrar. Tenía el vaso apoyado sobre la barra y una expresión relajada que rozaba peligrosamente la confianza.
—¿Tan evidente es? —preguntó ella.
—Digamos que no pareces alguien que haya salido a celebrar nada.
Claudia soltó una pequeña risa. Hacía horas que no lo hacía.
—Pues intento disimular.
—Entonces te recomiendo cambiar de estrategia.
Ella lo observó un instante con más atención...Era atractivo, sí, pero no era eso lo que llamaba la atención. Había algo en la forma en que hablaba. Una seguridad tranquila. Como si estuviera acostumbrado a leer a las personas antes de que ellas mismas supieran qué estaban sintiendo.
—¿Siempre analizas a desconocidos en bares? —preguntó.
—Solo a los que parecen querer escapar de algo.
—¿Y de qué estoy escapando yo?
Él dejó que una leve sonrisa asomara antes de responder. No era burlona ni pretendía impresionarla; tenía algo sereno, casi desarmante, que por un instante consiguió romper la coraza con la que Claudia solía mantener al resto del mundo a distancia.
—Si lo supiera ya no tendría gracia preguntarlo.
Aquello le arrancó otra sonrisa, mucho más pequeña, pero real.
—Vaya. Además de observador, misterioso.
—Intento mantener cierto nivel.
—Pues deberías seguir practicando.
—¿Tan mal voy?
—Bastante.
Él se llevó una mano al pecho y la miró con expresión teatral, fingiendo una indignación que resultaba difícil tomarse en serio.
—Eso ha sido cruel.
— Tranquilo sobrevivirás.
—Espero que sí.
Lo extraño no era que siguiera hablando con él. Lo extraño era que todavía no hubiera buscado una excusa para marcharse. Y eso la puso un poco en guardia. Hacía tiempo que no hablaba con alguien sin estar interrogándolo.
—¿Y tú? —preguntó ella— ¿Qué haces aquí?
—Lo mismo que tú, supongo.
—Lo dudo.
—Tienes razón. Yo he venido voluntariamente.
A Claudia se le escapó una mirada de incredulidad.
—Eres bastante pesado para alguien que no me conoce.
—Y tú bastante desconfiada para alguien que acaba de conocerme.
—Quizá porque no tengo motivos para confiar.
Durante un instante, el chico misterioso la observó con más atención. La sonrisa seguía ahí, pero algo cambió en su mirada. Como si acabara de entender que detrás de aquellas respuestas secas había algo más.
—Entonces tendremos que trabajar en eso.
—¿Tenemos?
—Claro. Yo ya estoy haciendo mi parte.
A Claudia se le escapó una sonrisa divertida mientras negaba despacio con la cabeza.
—No sabes cuándo rendirte.
—Normalmente no.
La conversación consiguió rebajar algo la tensión que Claudia llevaba acumulando desde aquella mañana. No era mucho, pero después de las últimas horas casi se parecía a un descanso. El joven debió de notarlo, porque le tendió la mano con una pequeña sonrisa.
—Alex.
Ella observó la mano un segundo ante de estrechársela.
—Claudia.
—Encantado.
—Aún no lo sabes.
—Eso me gusta más.
—¿Qué te gusta exactamente?
—La gente que no se lo pone fácil a los demás.
Claudia sostuvo su mirada un instante antes de apartarla. Aquello era peligroso. No él. La facilidad con la que estaba consiguiendo hacerla sonreír. Terminó el whisky, dejó el vaso sobre la barra y se levantó.
—Ha sido interesante.
—Eso no responde a si te he caído bien o mal.
—Porque todavía no lo he decidido.
—Entonces supongo que tendrás que volver para averiguarlo.
Claudia dejó unos billetes sobre la barra, recogió el bolso y se lo colgó del hombro con la intención de poner fin a aquella conversación antes de que él siguiera desmontando sus respuestas con aquella desconcertante facilidad.
—No contaría con ello.
—Yo sí.
—Ese es tu problema.
Alex la siguió con la mirada mientras se alejaba hacia la salida.
Cuando Claudia llegó a la puerta, apoyó la mano en el tirador y permaneció inmóvil un instante.
Parecía debatirse entre marcharse sin más o volver la vista atrás.
Al final abrió la puerta y desapareció entre el bullicio de la calle.
Alex dejó escapar una sonrisa antes de bajar la vista hacia el vaso que ella había dejado vacío sobre la barra.
—No vas a volver... —murmuró para sí. Hizo una breve pausa—...o eso es lo que te gustaría creer.
CAPÍTULO 6
Claudia acababa de entrar en casa. Había dejado las llaves sobre la encimera de la cocina y seguía con la chaqueta puesta.
El apartamento estaba en silencio, demasiado silencioso después del ruido constante de la comisaría.
El móvil empezó a sonar. Durante un instante pensó en ignorar el teléfono.
No porque no quisiera hablar con nadie. Simplemente estaba cansada.
Cansada de expedientes, de declaraciones a medias y de personas que parecían esconder siempre algo.
Aun así, terminó cogiendo el móvil. En la pantalla aparecía un número desconocido.
—¿Sí?
Al otro lado se hizo un silencio breve. Después llegó una respiración contenida.
—¿Claudia?
La reconoció enseguida.
—¿Daniela?
La joven tardó unos segundos en responder.
—Siento llamar tan tarde.
—No pasa nada. ¿Ha ocurrido algo?
Escuchó cómo soltaba el aire lentamente. Como si llevara varios minutos preparándose para aquella conversación.
—He estado pensando en lo que me dijiste.
Claudia apoyó una mano sobre la encimera y esperó.
—Y creo que hay algo que debería contarte.
Aquello hizo que toda su atención se centrara de golpe en la llamada.
—Te escucho.
—No... No quiero decirlo por teléfono.
La voz de Daniela sonó mucho más baja esta vez, como si le costara pronunciar aquellas palabras. Claudia percibió de inmediato que algo no iba bien.
— ¿Por qué?
El silencio se alargó más de lo normal antes de que Daniela contestara. A Claudia le bastó ese instante para saber que algo no iba bien.
—Porque no sé quién podría estar escuchando.
Aquellas palabras terminaron de despejar cualquier duda. Desde que la conoció, Claudia había percibido el miedo en Daniela, pero ahora comprendía algo mucho más importante: no tenía miedo de recordar lo ocurrido. Tenía miedo de contarlo.
—Está bien—respondió con calma— ¿Dónde nos vemos?
—Mañana. En la facultad.
— ¿A qué hora?
—A primera hora. Antes de que empiecen las clases.
Claudia se quedó unos segundos en silencio.
— ¿Daniela?
— ¿Sí?
— ¿Estás bien?
Al otro lado de la línea se hizo un silencio que a Claudia le pareció demasiado largo.
—Sí.
Y ambas supieron que era mentira.
—Mañana hablamos. Buenas noches.
La llamada terminó unos segundos después.
Claudia dejó el móvil sobre la encimera, pero no se movió.
Algo no encajaba. Y esta vez no era una intuición difusa ni una sospecha difícil de explicar.
Era una sensación mucho más concreta. Como si acabara de perder una oportunidad que todavía no entendía. Aquella noche durmió poco. Y mal.
A la mañana siguiente llegó a la universidad antes de la hora acordada.
El cielo estaba gris y empezaban a caer las primeras gotas.
Se apoyó junto a la entrada principal observando a los estudiantes que iban llegando poco a poco.
Algunos caminaban deprisa cargando mochilas; otros se detenían a hablar antes de entrar.
El tiempo pasó. Diez minutos. Quince. Veinte.
Pero Daniela no apareció. Claudia revisó el móvil por tercera vez.
Ninguna llamada. Ningún mensaje…tampoco respondía a sus llamadas…
Intentó convencerse de que simplemente llegaba tarde.
Pero la sensación que había empezado la noche anterior seguía ahí. Y cada minuto se hacía más fuerte.
Media hora después ya sabía que algo iba mal…
Conseguir la dirección de Daniela no le llevó demasiado tiempo.
El edificio se encontraba en una zona acomodada de la ciudad, una de esas calles tranquilas donde todo parecía excesivamente ordenado.
Los portales limpios. Las fachadas impecables.
Las plantas perfectamente cuidadas. Nada que ver con los escenarios habituales de muchos de los casos que investigaba.
Fue una chica joven quien abrió la puerta. Llevaba una sudadera demasiado grande y todavía tenía aspecto de haberse levantado hacía poco. Miró la placa de Claudia y parpadeó confundida.
— ¿Ha pasado algo?
—Estoy buscando a Daniela Sánchez.
La joven la observó con una mezcla de extrañeza e incertidumbre antes de responder.
—No está.
—¿Cuándo la viste por última vez?
La chica tardó unos segundos en contestar.
—Ayer por la noche… o eso creo.
Claudia reparó enseguida en aquella duda.
—¿No estás segura?
—Salió después de cenar. Dijo que necesitaba despejarse un poco y pensé que volvería más tarde, pero ya no la vi.
Aquella respuesta hizo que una incómoda sensación volviera a abrirse paso dentro de Claudia.
— ¿No volvió a casa?
La chica negó despacio. Y en cuanto lo hizo, ambas comprendieron lo que significaba aquella respuesta.
—No. Esta mañana vi que no había dormido aquí.
El silencio que siguió fue mucho más revelador que cualquier explicación.
— ¿Es habitual que desaparezca sin avisar?
La joven respondió casi de inmediato, sin necesidad de pensarlo.
—No. Siempre avisa, aunque solo sea con un mensaje. Ambas tenemos esa costumbre.
Claudia sacó una tarjeta de su bolso y se la dio.
—Si recuerdas algo más o se pone en contacto contigo llámame.
Horas después, la comisaría estaba mucho más agitada. La noticia se había extendido rápidamente y varias personas discutían posibles escenarios alrededor de la sala de reuniones.
—Con esa familia lo más lógico es pensar en un secuestro —comentó uno de los agentes.
—Su padre mueve mucho dinero.
—Si alguien busca cobrar un rescate, tiene sentido.
Las teorías se sucedían unas detrás de otras. Claudia permanecía apoyada junto a la mesa escuchando en silencio. Rubén se acercó despacio.
—No parece una mala hipótesis.
Ella negó con la cabeza más convencida que nunca.
—No.
— ¿Por qué no?
—Porque no encaja.
Varios agentes dejaron de hablar para mirarla. Rubén cruzó los brazos.
—Explícate.
Claudia sostuvo su mirada unos segundos antes de responder.
—Anoche Daniela me llamó—El silencio empezó a extenderse por la sala—Quería contarme algo.
Rubén no apartó los ojos de ella. Consiguió captar toda su atención.
— ¿Y?
—Habíamos quedado esta mañana—La tensión fue creciendo poco a poco—Y nunca apareció...
Nadie dijo nada durante unos instantes. Claudia dejó que la mirada recorriera lentamente la sala antes de volver a detenerse en Rubén.
—Daniela estaba asustada. Sabía algo relacionado con Paula y ha desaparecido pocas horas antes de hablar conmigo. No creo en ese tipo de casualidades.
Rubén desvió la vista un instante hacia la carpeta que tenían sobre la mesa, como si repasara mentalmente todo lo que sabían hasta ese momento, antes de volver a mirar a Claudia.
—También puede ser una coincidencia. Todavía no tenemos pruebas de que una cosa esté relacionada con la otra.
Claudia negó despacio.
—Ojalá fuera así, pero no me lo creo. Desde que empezó este caso tengo la sensación de que alguien va siempre un paso por delante… y Daniela acaba de confirmármelo.
Hizo una breve pausa antes de añadir, con una convicción que ya no dejaba espacio para las dudas:
—Lo que le ha pasado está relacionado con Paula.
Rubén no respondió de inmediato. Nadie lo hizo.
El murmullo habitual de la sala había desaparecido y, durante unos segundos, solo se escuchó el zumbido lejano de los ordenadores.
Claudia observó las fotografías de Paula y Daniela sobre la mesa.
Dos chicas. Dos desapariciones… Y demasiadas coincidencias para seguir llamándolas casualidad.