CAPÍTULO 2
La facultad estaba completamente despierta cuando Claudia llegó.
El contraste con la madrugada le resultó desagradable casi al instante.
Demasiadas voces. Demasiados pasos cruzándose en todas direcciones.
El murmullo constante de conversaciones llenando los pasillos como un ruido de fondo imposible de apagar.
Apenas había dormido una hora y lo notaba en cada movimiento.
Entró en el edificio mostrando la placa solo lo necesario.
Nadie parecía dispuesto a detener a una inspectora de policía con aquella expresión.
Mientras avanzaba por el vestíbulo observó a los estudiantes que se movían a su alrededor.
Algunos hablaban en grupos pequeños; otros caminaban pendientes del móvil o cargaban carpetas contra el pecho.
Había risas, olor a café recién hecho y gente entrando y saliendo de las aulas con absoluta normalidad.
Y precisamente eso era lo que más le molestaba en situaciones como aquella.
El mundo seguía funcionando exactamente igual mientras alguien desaparecía.
Se acercó al mostrador de información. La mujer que estaba allí levantó la vista en cuanto la vio acercarse.
—Policía. Necesito hablar con alguien de administración sobre una estudiante.
La mujer pareció ponerse nerviosa en cuanto escuchó la palabra policía.
—Sí... claro. Un momento, por favor.
Claudia asintió apenas y se apartó unos pasos del mostrador mientras esperaba.
Desde allí podía observar el movimiento del campus a través de los grandes ventanales.
El cielo gris volvía a amenazar lluvia y la sensación de cansancio empezaba a hacerse más evidente.
Se cruzó de brazos mientras repasaba mentalmente todo lo que sabía del caso. Y entonces escuchó su nombre.
—Inspectora Vega.
La voz consiguió que se girara casi por instinto.
Durante un instante permaneció inmóvil. Gabriel Navarro seguía exactamente igual que la última vez que lo había visto.
La misma calma en los ojos. La misma postura relajada.
La misma capacidad para observarlo todo sin dar la impresión de estar analizando nada.
Había personas que envejecían deprisa. Gabriel no era una de ellas.
—Aunque para mí siempre serás Claudia—saludó con naturalidad.
La forma en que pronunció su nombre hizo que, por un instante, pareciera que no habían pasado los años. No sonó sorprendido ni incómodo; simplemente la saludó con una familiaridad que Claudia no esperaba encontrar allí.
—No sabía que seguías trabajando aquí.
—Alguien tiene que quedarse.
Aquella frase, años atrás, probablemente le habría parecido incluso reconfortante. Ahora no sabía muy bien qué le hacía sentir.
—Me han dicho lo de la chica desaparecida.
—Paula Ríos estudiaba aquí. ¿La conocías?
Gabriel asintió despacio y algo parecido a la preocupación cruzó por primera vez su expresión serena.
—Sí. La conozco.
La intuición le dijo inmediatamente que aquello era importante. Gabriel no había necesitado pensar ni rebuscar en la memoria para identificar a Paula, y ese detalle bastó para que Claudia quisiera profundizar un poco más.
— ¿Hasta qué punto?
—Vino a hablar conmigo hace unos días.
El ruido del pasillo continuaba a su alrededor, pero Claudia dejó de prestarle atención. Había algo en la forma en que Gabriel hablaba de Paula que hizo que toda su atención se concentrara en aquella conversación.
— ¿Por qué?
Gabriel pareció elegir cuidadosamente las palabras antes de responder.
—No estaba bien. Se sentía incómoda aquí.
Claudia lo observó mientras hablaba. Seguía transmitiendo la misma serenidad de siempre, esa forma pausada de expresarse que conseguía que cualquier situación pareciera menos grave de lo que realmente era.
— ¿Incómoda cómo?
—Sentía que no la estaban escuchando.
Algo se tensó en el interior de Claudia al oír aquello. Había demasiadas historias que comenzaban exactamente igual: alguien pide ayuda, nadie presta atención y, cuando por fin llegan las consecuencias, ya es demasiado tarde.
— ¿Había denunciado algo?
—Sí.
— ¿Y alguien hizo algo?
Gabriel desvió la mirada hacia el pasillo lleno de estudiantes antes de responder.
—No realmente.
La rabia apareció de inmediato. Porque conocía demasiado bien aquel tipo de historias.
Chicas que hablaban. Personas que minimizaban.
Papeles archivados. Y después, silencio.
Sintió la nota dentro del bolsillo casi como un peso físico-IGNORADA-La palabra volvió a atravesarle la cabeza con toda su fuerza.
Respiró hondo antes de obligarse a regresar al presente.
—Quiero ver su expediente.
Esta vez Gabriel pareció medir cuidadosamente sus siguientes palabras. Habría pasado desapercibido para cualquiera que no lo conociera, pero Claudia la detectó al instante.
—Necesitaré autorización de administración.
Sin apartar la vista de él, Claudia sacó la placa con calma y la dejó a la vista.
—Entonces consíguela.
Durante unos momentos Gabriel pareció valorar la situación desde una perspectiva distinta. La tranquilidad con la que había llevado la conversación hasta entonces se resquebrajó apenas lo suficiente para que Claudia lo notara antes de que terminara asintiendo.
—De acuerdo. Ven conmigo.
Empezaron a caminar por el pasillo. Gabriel avanzaba con aquella calma constante que Claudia recordaba perfectamente.
Había algo casi hipnótico en su forma de moverse, como si nunca permitiera que nada alterara del todo su ritmo.
Antes aquella tranquilidad le transmitía confianza.
Ahora empezaba a incomodarla. Doblaron una esquina mientras varios estudiantes pasaban junto a ellos hablando y riendo, completamente ajenos a lo que estaba ocurriendo.
Claudia observó el ir y venir de la gente sin detenerse realmente en ningún rostro.
Había algo en aquel lugar que no terminaba de gustarle.
Era solo una de esas intuiciones que aparecían de vez en cuando durante una investigación y que resultaban imposibles de justificar con hechos.
Por experiencia había aprendido a no ignorarlas.
— ¿Paula llegó a decirte quién era? —preguntó de pronto.
Gabriel siguió caminando unos pasos antes de negar suavemente con la cabeza.
—No.
Claudia no insistió. Sabía que aquel no era el momento.
Entraron finalmente en el despacho y Gabriel cerró la puerta tras ellos.
El ruido del exterior desapareció de golpe.
Después del caos del pasillo, el silencio de aquella habitación resultó extraño, casi demasiado aislado.
Claudia recorrió el despacho con la mirada mientras intentaba ordenar todo lo que acababa de escuchar.
La desaparición de Paula seguía siendo una incógnita, pero había algo que ya tenía claro.
Antes de desaparecer, la joven había intentado contar que algo no iba bien y, por algún motivo, nadie parecía haberle prestado atención.
Gabriel abrió uno de los archivadores y sacó una carpeta, dejándola sobre la mesa antes de empujarla suavemente hacia ella.
—Aquí está su expediente.
Claudia lo abrió despacio. Las primeras páginas no revelaban nada fuera de lo habitual: calificaciones, datos académicos, tutorías...
Pasó varias hojas hasta que un documento llamó su atención.
Era el registro de una cita con el servicio de orientación de la universidad. Levantó la vista hacia Gabriel.
— ¿La atendiste tú?
—Sí.
— ¿Y qué te contó?
Gabriel guardó silencio un instante antes de responder.
—Lo suficiente para saber que estaba asustada. No lo suficiente para decirme de quién.
Claudia volvió a bajar la mirada hacia el expediente. En la última página aparecía anotado otro nombre. Daniela Sánchez.
— ¿Quién es exactamente?
—Su mejor amiga. Iban juntas a todas partes y, si alguien puede saber qué le estaba ocurriendo a Paula en los últimos días, es ella.
Claudia permaneció unos instantes en silencio, asimilando la información, antes de cerrar la carpeta con suavidad.
—Entonces no perdamos más tiempo. Quiero hablar con Daniela cuanto antes.
Gabriel consultó un momento el reloj antes de sacar el teléfono del bolsillo.
—Estará en clase a esta hora. Haré que la avisen para que venga al despacho.
Claudia asintió sin decir nada más. Mientras Gabriel se apartaba unos pasos para hacer la llamada, volvió a mirar el expediente que tenía delante. Seguía sin saber qué le había ocurrido a Paula, pero cada minuto que pasaba tenía más claro que la respuesta no estaba en aquel papel.