CAPÍTULO 16. LO QUE ESCUCHASTE #2
La cuenta había añadido nuevos mensajes. El lenguaje evolucionaba. Ya no era solo «activista vinculada». Ahora hablaba de «tensión interna en la agencia», de «decisiones tomadas sin plena coordinación con Altamar+» y de «posible recolocación de perfiles para reconducir la campaña».
Recolocación de perfiles.
Vega cerró los ojos.
A las siete, el equipo se desplazó a un evento pequeño en Chueca: una conversación posterior al proceso comunitario, con parte del equipo cultural de la serie y dos moderadoras externas.
No era un gran acto, pero sí era sensible.
Altamar+ quería presencia discreta. La agencia quería control de daños.
Vega quería que el suelo dejara de cambiar de sitio cada vez que pisaba.
El local tenía una sala principal alargada, camerino mínimo, pasillo estrecho y un backstage improvisado detrás de una cortina negra.
Todo olía a madera, cables calientes y perfume.
En la entrada, la gente hablaba con esa mezcla de curiosidad y sospecha que ya se había vuelto la banda sonora del proyecto.
Vega se movió entre saludos, comprobaciones y frases prácticas. Paula la acompañaba con una carpeta.
—Tienes diez minutos antes de entrar —dijo—. Nerea está con Teresa revisando prensa. Claudia ha llegado hace poco.
El nombre cayó entre ambas.
Paula hizo como si no.
—¿Quieres agua?
—Quiero una identidad nueva y una casa en un pueblo donde nadie diga narrativa.
—Tengo agua.
—Dame agua.
Paula se la dio. Vega bebió demasiado rápido.
—No subas al escenario si no quieres —dijo Paula en voz baja—. Podemos reajustar.
—No voy a esconderme porque alguien haya decidido que soy un personaje útil.
—No sería esconderte. Sería respirar.
Vega la miró. Paula tenía ojeras, un mechón rebelde y una lealtad que le iba grande en el cuerpo pequeño.
—Gracias.
—De nada. Pero si te mareas, te saco de ahí arrastrando. Con dignidad mínima, pero te saco.
Vega sonrió por primera vez en horas.
—Eso sí lo pongo en acta.
Paula se marchó a resolver un problema con micrófonos. Vega se quedó en el pasillo, junto a la cortina negra. Desde allí podía oír fragmentos de la sala principal, voces mezcladas, sillas moviéndose, alguien riendo demasiado fuerte para compensar una tensión que no sabía nombrar.
Entonces oyó la voz de Claudia.
Venía del pequeño corredor lateral que llevaba a la salida de emergencia. Vega no la veía. Solo la escuchaba, baja, controlada, al teléfono.
No debería haberse quedado.
Lo supo al instante.
También supo que no iba a moverse.
—Rodrigo, no voy a discutir esto en términos ambiguos —decía Claudia—. Si queréis reconducir, tendrá que haber garantías.
Una pausa.
Vega sujetó la botella de agua con fuerza.
—Sí. Puedo apartar a Vega de la primera línea pública.
El mundo hizo un movimiento mínimo.
Uno de esos movimientos que no ve nadie, pero que cambian la inclinación de todas las cosas.
Vega dejó de respirar.
Claudia continuó, pero un golpe de sonido desde la sala principal cubrió la frase siguiente. Aplausos de prueba. Un micrófono acoplándose. Alguien diciendo «perdón, perdón» con voz amplificada.
Luego la voz de Claudia volvió, fragmentada.
—…salvar el contrato exige medidas visibles…
Otra pausa.
—No. Ella no tiene por qué saber todos los términos todavía.
Vega sintió que la botella se deformaba bajo sus dedos.
No.
Había una parte de su mente intentando intervenir, desesperada, sensata, ridículamente leal. No has oído todo. No sabes de qué hablan. Pregunta. Entra. Oblígala a terminar la frase delante de ti.
Pero otra parte, más antigua, más cansada, ya estaba de pie en una sala de Chueca respondiendo preguntas sobre si era barniz perfecto. Ya estaba leyendo «agenda propia». Ya estaba escuchando a Claudia decir desde ayer, elementos legales, no puedo darte toda la información, contrato.
Y ahora esto.
Puedo apartar a Vega.
Salvar el contrato.
Ella no tiene por qué saber todos los términos todavía.
Suficiente.
Demasiado.
Vega retrocedió un paso.
La cortina rozó su hombro. Nadie la vio. Nadie la detuvo. En la sala principal, alguien anunció que faltaban cinco minutos para empezar. Paula apareció al fondo del pasillo, buscando con la mirada.
Vega no pudo hablarle.
Si hablaba, se rompía allí mismo, entre cables, carteles y vasos de plástico, como una aficionada. Y quizá lo era. Una aficionada al error de creer que el deseo podía distinguir una advertencia de una promesa.
Dejó la botella sobre una caja de sonido.
Sacó el móvil. Escribió a Paula: «No puedo salir. Perdón».
No esperó respuesta.
Caminó hacia la puerta lateral. La noche de Chueca la recibió con ruido, humo, luz de bares, gente riendo, motos pasando demasiado cerca y una ciudad entera fingiendo que las cosas importantes no acababan de romperse en un pasillo.
Vega avanzó sin rumbo claro. Detrás, dentro del local, su nombre todavía estaba en el programa.
Delante, Madrid abría calles como salidas de emergencia.
El móvil empezó a vibrar.
Paula.
Luego Nerea.
Luego Claudia.
Vega miró la pantalla cuando apareció el nombre de Claudia y sintió una calma horrible, perfecta, vacía.
No contestó.
Guardó el móvil en el bolsillo y siguió andando.
Esta vez no era Claudia quien se apartaba primero.
Esta vez era ella.