ICE QUEEN DE MADRID (Amores de proximidad forzada nº 1) CAPÍTULO 15. CHUECA NO PERDONA #2
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CAPÍTULO 15. CHUECA NO PERDONA #2

La respuesta honesta tardó un poco más.

—Creo que intentaría protegerme sin preguntarme primero.

—Eso no es lo mismo.

—No. Pero puede doler parecido.

Lucía apoyó el vaso en la barra.

—Entonces no le regales tu voz. Ni a ella, ni a Altamar+, ni a esta sala. A nadie.

Vega tragó saliva. En la puerta, Inés se despedía de Paula.

Al otro lado del cristal, la calle parecía una película de gente que no sabía nada: motos, tacones, turistas, parejas, una drag fumando con abrigo de pelo sintético, dos chicos riendo demasiado alto, Madrid haciendo esa cosa suya de seguir funcionando aunque a una se le estuviera moviendo el suelo.

El móvil vibró.

Un mensaje de Nerea: «Cuando puedas, pásame resumen de riesgos comunitarios. No suavices».

Después, otro de Claudia.

Solo una línea.

«¿Estás bien?»

Vega miró la pantalla demasiado tiempo.

Escribió: «Sí».

Lo borró.

Escribió: «No lo sé».

Lo borró también.

Al final guardó el móvil en el bolsillo sin responder.

No por castigo. O no solo.

Porque todavía no sabía si Claudia preguntaba desde el cuidado o desde la necesidad de controlar daños.

Y Vega estaba cansada de no notar la diferencia.

En la oficina de Altamar+, la sala de videoconferencia tenía una luz demasiado blanca y una mesa demasiado grande. Claudia siempre había desconfiado de las mesas grandes. Solían pertenecer a personas que necesitaban muchos centímetros de madera noble para no escuchar lo que tenían delante.

Rodrigo Cifuentes apareció en pantalla con una sonrisa pulida, acompañado por dos miembros de Legal, una directora de contenidos y alguien de comunicación que no dejó de escribir durante toda la llamada.

Claudia estaba en la agencia, en una sala cerrada, con Nerea a su derecha y Teresa al otro lado de la mesa.

Habían decidido no llevar a Vega a esa reunión.

Claudia defendió que era por eficiencia operativa.

Nerea no la contradijo en voz alta, lo cual fue su manera de indicar que no se creía ni una sílaba.

—Ante todo —dijo Rodrigo—, quiero reconocer que el giro de estos días ha sido positivo. El evento del Círculo funcionó, y la reunión comunitaria de hoy parece haber reducido tensión.

Claudia no respondió al elogio. Los elogios de Rodrigo siempre llegaban con una trampa envuelta en papel reciclado.

—Todavía hay resistencia —dijo—. El clima mejora porque las medidas son verificables. No conviene acelerar lectura de éxito.

—De acuerdo, de acuerdo. Prudencia. Ya lo hemos entendido. Pero precisamente porque esto empieza a estabilizarse, tenemos que proteger la narrativa general.

Nerea bajó la mirada a sus notas. Teresa dejó el bolígrafo inmóvil.

Claudia sintió que algo, muy al fondo, se preparaba.

—Define narrativa general.

Rodrigo entrelazó las manos.

—Altamar+ asumirá la necesidad de mejorar procesos. Estamos dispuestos a comunicar aprendizaje, revisión, diálogo. Todo eso. Pero no podemos permitir que se instale la idea de una negligencia estructural.

—La negligencia estructural es lo que estamos reparando.

La directora de contenidos frunció los labios.

Rodrigo mantuvo la sonrisa.

—Estamos reparando percepciones de negligencia.

—No.

Una palabra. Sin volumen. Sin adorno.

Nerea no se movió, pero Claudia notó su atención lateral.

Rodrigo suspiró, como si Claudia fuera una alumna brillante con tendencia al dramatismo.

—Claudia, sabes tan bien como yo que, en este punto, conviene diferenciar entre fallos de proceso y excesos de interpretación.

—Cuidado.

—No estoy atacando a nadie.

—Todavía no.

El ejecutivo se reclinó en la silla.

—Vega ha hecho un trabajo valioso. Nadie lo discute. Pero también es evidente que algunas expectativas se han generado desde su interlocución directa con determinados grupos. Expectativas que quizá no estaban del todo autorizadas por Altamar+.

La sala pareció perder dos grados.

Nerea levantó la vista.

Teresa escribió algo. Una sola palabra, probablemente: riesgo.

Claudia apoyó las manos sobre la mesa.

—Vega no ha prometido nada que no haya sido trasladado y validado en documentos de trabajo.

—Documentos de la agencia.

—Documentos enviados a vuestro equipo.

—Enviados, sí. No necesariamente aprobados en todos sus términos.

Claudia sonrió.

No fue una buena señal.

—Rodrigo, te recomiendo que no confundas no leer un documento con no haberlo recibido.

El hombre de Legal de Altamar+ intervino con tono blando.

—No se trata de negar comunicaciones, sino de delimitar responsabilidades. La señora Serrano ha mantenido contacto muy estrecho con voces externas. Desde una perspectiva de riesgo, podría interpretarse que ciertas propuestas nacen de una iniciativa individual excesivamente entusiasta.

Excesivamente entusiasta.

Claudia sintió una claridad fría, casi hermosa.

Ya estaba. El movimiento.

Mientras Vega sostenía el golpe ante Chueca, Altamar+ preparaba la palabra exacta para convertirla en exceso.

Activista radical si convenía a los medios hostiles.

Consultora entusiasta si convenía a Legal.

Pieza útil en ambas versiones. Una mujer demasiado cerca de la comunidad, demasiado visible, demasiado fácil de separar del cuerpo corporativo cuando el cuerpo corporativo necesitara fingir inocencia.

Claudia pensó en el mensaje sin respuesta. «¿Estás bien?»

Qué pregunta tan pequeña para una amenaza tan grande.

—No vais a hacer eso —dijo.

Rodrigo perdió por fin la sonrisa.

—¿Eso qué?

—Construir una salida donde Vega aparezca como origen de compromisos incómodos y Altamar+ como una empresa sorprendida por el celo de una colaboradora externa.

—Estás dramatizando.

—Estoy leyendo.

—Entonces lee también el contrato. La agencia responde ante Altamar+ por la gestión estratégica. Nosotros podemos aceptar parte del desgaste, pero no una admisión que comprometa territorios, inversiones y futuras ventanas de explotación. Necesitamos una versión sostenible.

—No necesitáis una versión sostenible. Necesitáis un fusible.

El silencio posterior tuvo una cualidad deliciosa y terrible.

Nerea cerró muy despacio su carpeta.

Rodrigo miró fuera de cámara, quizá a alguien de Legal, quizá a su propia paciencia.

—Claudia, no conviertas esto en una batalla personal.

Ahí estuvo su error.

Personal.

La palabra rozó algo que Claudia llevaba días tratando de mantener fuera de cualquier sala.

La habitación de hotel. La mañana del límite.

La mirada de Vega al pedir no ser excepción.

La dignidad feroz con la que había aceptado una estructura que dolía para que nadie pudiera ensuciar su trabajo.

Y ahora Rodrigo, con su traje claro y su vocabulario de contención, intentaba ensuciarlo igualmente.

Claudia habló más bajo.

—Precisamente porque no es personal, lo vamos a documentar todo. Cada compromiso. Cada correo. Cada versión. Cada aprobación tácita, expresa o convenientemente ignorada. Si queréis revisar alcance, lo haremos por escrito y con trazabilidad completa.

Teresa asintió una vez.

Nerea añadió:

—Y cualquier comunicación que individualice en Vega la responsabilidad de medidas discutidas en el marco de la agencia será considerada una ruptura de coordinación estratégica.

Rodrigo miró a Nerea, luego a Claudia.

—Está bien. Veo que necesitáis tiempo para valorar.

—No —dijo Claudia—. Necesitamos que Altamar+ decida si quiere reparar o fabricar una culpable.

La directora de contenidos palideció apenas. Rodrigo no.

—Hablaremos mañana.

—Por escrito —dijo Teresa.

La pantalla se quedó en negro.

Durante unos segundos, nadie habló.

Claudia miró su reflejo en el cristal apagado de la videollamada. Impecable, otra vez. Fría, otra vez. Pero debajo había algo distinto. No miedo. No solo.

Rabia.

Nerea fue la primera en romper el silencio.

—Van a por ella.

Claudia no apartó la mirada de la pantalla.

—Sí.

—Y Vega no lo sabe.

Claudia pensó en Chueca, en esa sala pequeña donde la comunidad la habría mirado con apoyo y sospecha al mismo tiempo. Pensó en la posibilidad de que Vega hubiera defendido medidas que Altamar+ pretendía atribuirle como imprudencia. Pensó en todas las veces que había confundido proteger con callar.

La rabia encontró forma.

—Prepara un dosier completo de trazabilidad —dijo—. Correos, actas, versiones, aprobaciones y silencios relevantes. Teresa, quiero un mapa de exposición legal si Altamar+ intenta individualizar responsabilidades. Nerea, revisa con Paula todas las filtraciones de las últimas cuarenta y ocho horas.

—¿Y Vega? —preguntó Nerea.

Claudia levantó el móvil.

Ninguna respuesta.

La pantalla le devolvió su propio mensaje como una acusación mínima.

¿Estás bien?

No. Claro que no estaba bien. Ninguna de las dos lo estaba.

—A Vega —dijo Claudia— no la van a convertir en chivo expiatorio.

Nerea la observó con una dureza necesaria.

—Eso tendrás que decírselo a ella.

Claudia cerró los dedos alrededor del móvil.

—Lo sé.

Y por primera vez, saberlo no le dio ningún control.